El niño rata sobrevive al Apocalipsis - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 CAPITULO 26 IMPRESIÓN DE KITI 1
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26: CAPITULO 26 IMPRESIÓN DE KITI 1 26: CAPITULO 26 IMPRESIÓN DE KITI 1 El primer encuentro aún se siente irreal.
Un arpón apareció de la nada, clavándose contra el duro concreto sin preguntas ni permisos.
La cuerda atada a su base cayó al suelo como el cuerpo de una serpiente a la que le han cortado la cabeza.
El sonido seco del metal incrustándose en el concreto y el golpe de la cuerda contra el frío piso hicieron eco en el tenso silencio con escalofriante claridad.
Durante un instante nadie respiró.
Luego vinieron los gritos: caóticos, infantiles, inútiles.
Como si el simple hecho de alzar la voz sirviera de protección.
Yo me quedé inmóvil, observando la cuerda.
Cuerda nueva.
Firme.
No era improvisación.
De la bolsa colgando del arpón salió un sonido áspero: propio de un walkie-talkie.
—[Niño rata 1 a niño rata 5, responde niño rata 5] —dijo una voz cargada de filo.
Nadie contestó.
Algunos se empujaban entre sí para alejarse del dispositivo, como si fuera una bomba a punto de estallar.
Y, en cierto modo, lo era: una bomba de contacto social.
Un contacto que, por la situación, podía ser una bendición o una maldición.
Lo cual es irónico si tienes en cuenta que nos estamos muriendo de hambre, rodeados de lobos asesinos gigantes.
En medio de la incomodidad y la duda, una figura inesperada tomó acción.
Louise, una niña transferida este año.
La manera en que se mordía el labio, el rubor en sus mejillas y la firmeza de sus dedos al tomar el aparato me revelaron tanto como sus palabras.
—[A… aquí niño rata 5… cambio] —dijo, sin convicción.
La respuesta fue una carcajada cargada de insultos.
La voz del otro lado —reconocible, aunque todavía nadie se atrevía a aceptarlo— la llamó “zorra”, “gal” y otras tantas cosas.
Y, sin embargo, pese al vocabulario repulsivo, había algo en el ritmo del intercambio que no cuadraba con una simple agresión.
Era un saludo retorcido.
Una forma de reconocimiento.
Yo observaba las reacciones a mi alrededor: Milia apretaba los labios, visiblemente molesta, como si cada palabra fuese una puñalada contra el poco orden que intentaba mantener.
Carlos fruncía el ceño, incapaz de ocultar que trataba de entender la lógica detrás de tanta vulgaridad.
El resto, divididos en sus pequeños grupos —deportistas, populares, delincuentes, nerds—, miraban entre la ventana y Louise como si no supieran quién representaba mayor peligro.
Poco a poco, los demás fueron entrando al aula, atraídos por el escándalo.
Y, sin que nadie lo declarara, Louise quedó en el centro.
La cuerda, el arpón y el walkie la señalaban como protagonista de una escena que parecía sacada de un mal guion.
Yo, desde un costado, medía.
El ángulo del arpón, la firmeza de la cuerda, la distancia hasta la otra edificación.
Todo hablaba de planificación previa.
Nada de lo que estaba viendo podía provenir de un loco improvisador.
Y, sin embargo, cada palabra que salía del aparato era la definición misma de “desquiciado”.
El contraste me perturbaba más que los lobos en el patio.
La ejecución era de un profesional; la comunicación, de un niño con problemas de ira.
Las dos variables no podían coexistir en la misma persona.
Y sin embargo, lo hacían.
La paradoja era fascinante.
“¿Cómo puede alguien demostrar tanta precisión analítica y tanta torpeza en la comunicación?”, pensé.
Aunque quizás… no era torpeza.
Quizás esa fachada agresiva servía para algo.
Tal vez era parte del control de la situación.
Por supuesto, no todos pensaban como yo.
Carlos, mi querido amigo, avanzó hacia Louise y, sin pensarlo, lo seguí.
Rápidamente, el grupo se dividió en dos bandos: básicamente Louise y sus dos amigas contra todos los demás.
Honestamente pensé que sería lo mejor dejar que ella se encargara, pero no me atreví a decir nada.
En primer lugar, alguien con mis especificaciones físicas está viva casi por milagro y, aunque no me considero socialmente torpe, mi voz no es precisamente la más fuerte.
Además, no es que no entendiera a los demás.
En una situación tan crítica, no quieres ver cómo alguien comienza a insultar y maldecir a tu posible salvador, por muy pequeña que sea la posibilidad.
Finalmente, cuando la discusión parecía encaminarse por mal camino, Louise cedió con el ceño fruncido.
¿Resultado?
El alivio duró poco.
Tan pronto como Carlos habló por el walkie, la atmósfera se desplomó como un edificio mal cimentado.
—[Maricón, ¿quién mierda te dio permiso de tocar mis cosas?] El estallido verbal fue tan brutal que hasta los que no entendían la jerga comprendieron la amenaza implícita.
Carlos palideció y retrocedió apenas un paso, lo suficiente para delatar el golpe a su orgullo.
Y Louise, lejos de defenderlo, cruzó los brazos con esa arrogancia tan suya: autosuficiente, provocadora, como si disfrutara del caos que había causado.
El walkie terminó de vuelta en sus manos.
La forma en que lo sostuvo, como si fuese una reliquia robada, lo decía todo.
Lo que siguió fue una secuencia absurda de insultos: un intercambio cargado de veneno y sarcasmo que parecía eterno.
Louise respondía con furia medida, casi como si disfrutara jugar al mismo juego; él, desde el otro lado de la cuerda, parecía encantado de mantenerla en ese terreno hostil.
Y alrededor, las caras de los demás se deformaban entre la ansiedad y la desesperación, incapaces de interrumpirlos.
Yo solo observaba.
Y analizaba.
Cada palabra suya sonaba como la de un desquiciado, sí, pero lo inquietante era la manera en que mantenía el control de la escena.
Ni un segundo dejaba que la tensión cayera.
En cierto modo, nos tenía a todos bailando a su ritmo.
Un aullido distante se filtró por las paredes, grave, prolongado.
Fue suficiente para recordarnos dónde estábamos: el patio seguía infestado.
El momento parecía una coreografía macabra: la discusión en el aula, la manada afuera “aplaudiendo”.
Y entonces, sin aviso, la conversación cambió de tono.
—[¿Cuál es la situación actual?] —preguntó él, como si nada.
Louise respondió con sarcasmo, pero terminó confesando lo evidente: comida y agua agotadas, encierro, higiene inexistente.
Lo redujo todo a una frase mordaz, pero detrás de su humor ácido había una verdad incómoda: estábamos al límite.
Él, en lugar de condolerse, atacó de nuevo con burlas y promesas grotescas.
Lo extraño fue que no sonó como crueldad gratuita.
Parecía… una forma de arrancarnos de la parálisis.
Como si nos empujara a movernos, aunque fuera a base de provocaciones.
Cuando explicó su plan, algunos respiraron con alivio: la cuerda, el cruce, el punto A al punto B.
Directo, lógico.
El problema era obvio: no era sencillo para adolescentes comunes.
La mayoría de las miradas se tornaron de nuevo desesperadas.
Yo también sentí el vértigo.
Era factible, sí, pero a un costo.
Y entonces lo dijo: que solo necesitaba que Louise y Milia cruzaran.
El resto… era prescindible.
La mención del nombre de Milia nos dejó en silencio absoluto.
Todos giramos a verla.
Ella se estremeció, sorprendida, como si su intimidad hubiera sido arrancada a la fuerza.
Casi instintivamente, mis sospechas se confirmaron.
—[¿Tú… conoces a Milia de algo?] —[Es algo así como mi vecina y amiga de la infancia.] Esas palabras fueron como un trueno en medio del aula.
Algunos se llevaron la mano a la boca; otros se miraron entre sí, incapaces de procesar.
Yo misma sentí un nudo extraño en el estómago.
Porque ya todos lo intuíamos.
Esa voz, ese tono, esa insolencia que parecía sacada de los pasillos del instituto.
Era imposible no reconocerlo si lo habías visto una vez.
El nombre cayó como sentencia: —[Lo soy, ¿algún problema?] Un grito desgarrador llenó el salón.
Louise —la autosuficiente, la reina, la dominante, la que nunca se dejaba vencer— se derrumbó de rodillas, sollozando con el rostro enterrado entre las manos.
Y entonces, solo entonces, entendí algo.
No se trataba de un loco cualquiera apareciendo de la nada.
No era un extraño improvisando un rescate a medias.
Era Astrad.
El mismo que muchos habían olvidado, el mismo que otros recordaban como un desastre.
El mismo que, con insultos y carcajadas, acababa de tomar el control de todo un salón sin siquiera estar presente.
Y yo… no supe si debía temerle o sentir alivio.
……………… El cruce comenzó como un milagro mecánico y terminó como un suplicio de nervios.
Cada estudiante que avanzaba por el cable parecía caminar sobre el borde mismo de la muerte.
El metal vibraba con un zumbido tenso, recordándonos que bastaba un mal paso para caer directo en las fauces dormidas abajo.
Los primeros en cruzar respiraron con alivio y hasta sonrieron.
Yo, desde atrás, no podía compartirlo.
Bastaba con abrir la ventana y asomar la nariz para entender que la calle no ofrecía un futuro mejor: frío, humo, carne podrida.
Un aire que recordaba con insistencia que no estábamos salvados, apenas trasladados a otro infierno.
Astrad lo dijo en voz alta, claro, pero no hacía falta: todos lo sabíamos.
Carlos, por supuesto, tomó el liderazgo.
Mi amigo siempre fue así: dispuesto a dar un paso adelante.
Aunque él mismo no es muy atlético, siempre al frente del grupo como el representante de la clase.
Un niño inteligente, confiable, mi querido amigo, alguien junto al cual podría afrontar cualquier dificultad… Al menos eso pensé.
……………… —[No podemos dejarla…] —[No es que yo quiera, pero… ¿Qué podemos hacer?…] Las conversaciones “silenciosas” de Milia y Franco me sacaron de mis pensamientos.
En el salón, antes abarrotado, ahora solo quedaban siete personas que se rehusaban a moverse.
Entre ellas, Milia y Louise.
Las verdaderas princesas protagonistas en medio de nosotros, los extras.
—[Chicas… lo siento…] Finalmente, Milia se inclinó ante nosotros con una disculpa, mientras que Franco evitaba nuestras miradas.
Louise se mantuvo indiferente mientras ella y Carmelia consolaban a su amiga Amelia, desplomada, que seguía disculpándose y suplicando que la dejaran atrás.
Solo Mika, una conocida delincuente escolar, y yo permanecimos inmóviles, mirando la escena con ojos muertos.
Porque, en este mundo cruel, tener vértigo es una pena de muerte.
Y, frente a tal pena, incluso tu supuesto amigo y amor de la infancia es capaz de abandonarte.
Y lo peor… lo anticipé.
Ni siquiera me atrevo a juzgarlo.
¿Cargar un peso extra en una tarea que ya es titánica por sí sola?
¿Arriesgar tu propia vida o la de muchos otros por una persona?
La ecuación era simple.
El resultado, inevitable.
La lógica dictaba que yo era un coste aceptable.
Lo entendía.
Lo odiaba, pero lo entendía.
Deja los cuentos de hadas para las películas de Disney.
Esto es el mundo real.
(Tranquila, saldremos de esto).
Recordaba la sonrisa tranquilizadora de Carlos cuando decidió cruzar la cuerda sin mí, aun sabiendo que tengo vértigo.
No, incluso antes que eso, aun sabiendo que es imposible para mi físico.
—[Eh…] No pude evitar soltar una risa autocrítica por mantener la mínima esperanza en sus palabras, aunque ya sabía la verdad.
Sí, todo estaba en mis cálculos… O eso pensé.
Porque ese niño… resultó ser incalculable.
—[Hijas de perra, si les digo que se muevan, entonces se putas mueven…] Se quejó mientras entraba al salón por la ventana, sujeto a la cuerda tensada.
Bastaba con verlo desplomarse en el suelo por el cansancio para adivinar que el viaje era casi imposible por sí mismo, mucho menos llevando a alguien en brazos.
Y, aun así… aquí estaba él.
—[Eres un idiota…] —[Cállate, zorra maldita.
Si hubieses cruzado obedientemente, esto no hubiese pasado.] Quizás no era un héroe.
Quizás ni siquiera era un buen compañero.
Pero en esa absurda coreografía de estudiantes, lobos dormidos y rencores adolescentes, él era la única variable que se negaba a ser definida por su sufrimiento.
El único que se negaba a actuar como víctima.
Y según mis horribles cálculos… Esa variable… Lo cambiaba todo…
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