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El niño rata sobrevive al Apocalipsis - Capítulo 27

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27: CAPITULO 27 IMPRESIÓN DE KITI 2 27: CAPITULO 27 IMPRESIÓN DE KITI 2 [Bien, esa es tu amiga, ¿no?

La llevo y ustedes me siguen.

Ya perdí mucho tiempo.] ¿“Perdí el tiempo”?

¿De verdad?

… Olvídalo ¿Qué sentido tiene indignarme a estas alturas?

No era momento de sobre pensar.

No puedo seguir esperando que alguien me salve.

Si mi príncipe azul murió, necesito uno nuevo; si no funciona, me volveré mi propio príncipe.

Y, curiosamente, quien me enseñó eso fue este remedo de ser apenas humano.

Del dicho al hecho… hay un cable vibrando.

Muévete, mueve maldición.

¿Por qué no me muevo?

¿Miedo irracional al cable?

¿El peso real de quedarme atrás?

¿Qué gané con sonreír a Carlos mientras me dejaba?

¿Qué gané callando cuando todos me dieron la espalda?

¿Qué gané siendo considerada y lógica?

Aunque entienda su razonamiento y no los culpe… ¿se supone que muera en silencio?

[E… espera, por favor, también ayúdame a mí…] Y entonces, por primera vez en mi vida, decidí conscientemente ignorar la ecuación.

Que se jodan los cálculos.

Que se joda la probabilidad.

Lo dije.

A la última persona del mundo a la que ese ruego debería afectarle.

Déspota, frío, narcisista; orientado a la eficacia.

Aun así, mis palabras salieron.

Un instinto primitivo me dijo que él sí escucharía.

¿Resultado?

Me miró como si hubiera contado un chiste.

—¿Ah?

¿Y eso en qué beneficia al niño rata?

Fue un golpe directo.

Ni intentó disimular el desprecio.

No me rendí.

[Yo… puedo ser útil.

Soy una genio.

Puedo hacer muchas cosas.] Lo sabía: no tenía razón para ayudarme.

Ayudarme lo ponía en riesgo.

Cero ganancia, cien por ciento riesgo.

Estaba en mis cálculos.

[¿Una genio?

Entonces porque no mejor calculas el tiempo que te tomara morir de hambre por no mover tu pequeño culo en lugar de estarme llorando…] Pero… [SNIF… 3 días… 7 horas… 30 minutos… 15 segundos… UWEEEE.] Las lágrimas salieron sin permiso, cuando la última pizca de esperanza se me resbaló de los dedos.

……………… [Mira, ya llegamos.

Todo está bien, así que te calmas, ¿sí?] ¿Qué, por todos los elementos de la tabla periódica, está pasando?

[¿Puedes soltar al niño rata?

El niño rata está ocupado.] Cállate, imbécil, pienso.

[Bien, entiendo, me callo.] Apreté un poco su camisa y entendió sin palabras.

Su mano me acarició el cabello, sorprendentemente eficaz para calmarme.

¿Empático y perceptivo?

¿Y si usaras esa habilidad correctamente…?

[El niño rata no quiere.] No leas mi mente.

Concéntrate.

Algo en el flujo estaba mal.

El cambio de tono había sido demasiado brusco.

Repaso rápido: Abandonada por mi crush: Sí.

Dejada para morir por todos: Sí.

Rogar a un despojo humano: Sí.

Ser rechazada: Sí.

Morir abandonada: No.

¿Abrazada a un niño en zona relativamente segura?: Sí.

… Abrazada… a un niño… en… WAA, WAAAAAAAA.

[¡Suéltame!] Me separé de golpe, la vergüenza devorando mi racionalidad.

Él no se molestó.

Se levantó, se estiró, listo para cruzar otra vez.

Su silencio fue mil veces más vergonzoso que cualquier insulto.

[Cof, cof.

Tu ayuda es apreciada.

Como era de esperar de alguien con tus especificaciones físicas; alguien con las mías no habría aguantado el viaje, ¿bien?

No es que tuviese miedo ni nada, ¿entiendes?] Mi lengua más veloz que mi mente.

¿Qué estupidez dije?

No respondió.

Saludó de espaldas y se colgó del cable hacia la escuela llena de lobos.

[Esto… no estaba en mis cálculos…] El ardor en mi cara, a pesar de la noche fría, no tenía sentido.

………………………… [¿No harás nada?] No sabía si reír o llorar por la situación que se volvía cada vez más anticlimática.

En un momento estoy esperando la muerte y, al siguiente, apenas puedo contener la risa por un drama romántico barato.

[Naaa, cuando está gruñona es más como ella.] [¡CÁLLATE!] Louise estaba roja como un tomate, tratando de ocultar su vergüenza con mal genio, pero sin resultados tangibles.

Sus amigas, fieles a su papel, la rodeaban con risitas nerviosas, como si bastara con distraerla para suavizar el bochorno.

El contraste entre la caótica situación y Astrad, inmóvil, con esa calma extraña que parecía dominar el lugar más que cualquier grito.

Me hacía cada vez más difícil sostener la idea de que era solo un lunático vulgar.

Había en él un tipo de control que no dependía de la fuerza física ni de títulos de líder… y que me dejaba en un punto incómodo: entre el miedo y la seguridad.

Después de todo, aparentemente me había encontrado con una persona que, debajo de gritos e insultos, no ocultaba inseguridades, sino un aura dominante y un liderazgo innato.

Y, honestamente, no sabía qué pensar.

……………………………………..

Cuando entramos al aula después del cruce, el aire se volvió denso.

No era solo la humedad ni el polvo pegado en las paredes.

Era el silencio.

Un silencio que pesaba más que cualquier grito.

Todos nos miraban.

No a él, no a Astrad.

Nos miraban a nosotras: las que habíamos cruzado con él, las que no murieron luego de haber sido abandonadas.

Ese instante bastó para entender que algo se había roto entre los que fuimos compañeros.

En los ojos de todos se reflejaba la más pegajosa y repugnante culpa.

Culpa con olor a sudor rancio, culpa disfrazada de silencio.

Porque ahí estábamos, las que habían abandonado sin miramientos, a salvo gracias al mismo tipo que habían despreciado, juzgado y señalado hace menos de dos horas.

No necesitaban palabras.

Podían leerlo en sus rostros: esa mezcla amarga de vergüenza y remordimiento.

Como si alguien les hubiera estampado en la cara un espejo imposible de evitar.

Y lo que veían reflejado en nosotras era la imagen cruda y sin filtros de la decisión que habían tomado.

Yo bajé la mirada, no porque me avergonzara, sino porque entendía el peso de esa bofetada colectiva.

Una que nadie quiere recibir, pero que llega sola: la prueba viva de que habían preferido salvarse a sí mismos antes que extender una mano.

Cada paso nuestro, cada respiración que dábamos, era una prueba viviente de su cobardía.

Y lo sabían.

En medio de eso, ahí estábamos nosotras, caminando sobre esa culpa como si fuese alfombra.

No los juzgaba.

En teoría, entendía su decisión: era racional, lo necesario para sobrevivir.

Pero la teoría no neutraliza la punzada.

No cuando recuerdas la sonrisa de alguien que te abandona fingiendo calma.

No cuando esos mismos ojos evitan los tuyos porque ya no tienen derecho a sostenerlos.

[…Kiti… me alegra que pudieses pasar…] Carlos.

Su voz sonó apagada, como si la culpa le hubiera drenado toda la fuerza.

Por un momento me quedé inmóvil.

No sabía si responderle o no.

Lo miré, y lo que vi en sus ojos fue culpa.

Culpabilidad por no haberme ayudado, por haber tomado la cuerda primero, por haberme dejado atrás con esa sonrisa tranquilizadora que en realidad era un disfraz.

Quise decirle que estaba bien, que yo entendía.

Que era lo lógico, lo racional, lo que cualquier persona sensata habría hecho… Y lo entendía.

De verdad lo entendía.

Pero eso no borraba la punzada que me recorre el pecho.

No podía evitar sentirlo: ese vacío, esa grieta que se abre cuando alguien a quien valoras demuestra que, llegado el momento, no te eligió… Al final, comprender no significa perdonar.

Lo único que pude hacer fue desviar los ojos.

Un movimiento leve, tan simple como una resta en una ecuación.

Y aun así, definitivo.

Sin rencor explícito.

Sin reclamos.

Solo un desapego frío que se instaló sin mi permiso.

Milia también habló.

Bajó la cabeza, pidió perdón.

Su voz temblaba.

Pero nadie le respondió.

Ni rencor ni reproche: solo un vacío frío.

Como si todos hubieran aceptado que las palabras no pesan nada cuando los hechos ya dijeron todo.

En medio de ese silencio incómodo, él se movía.

Astrad recogía sus cosas de la mesa como si estuviera en un día cualquiera.

Papeles, botellas, su mochila.

Tarareaba.

Lento.

Deliberado.

Disfrutaba cada segundo de la incomodidad ajena.

No necesitaba discursos.

No necesitaba señalar a nadie.

El contraste entre su calma y la vergüenza del resto lo hacía todo por él.

Louise lo fastidió, le lanzó insultos a medio camino entre la furia y el rubor.

Él respondió con esa ironía vulgar que lo caracteriza.

La escena tenía algo de cómico y, a la vez, de insoportable.

No podía evitar pensar que su boca era un desastre… pero que la seguridad que proyectaba servía de ancla.

Cuando las miradas se cruzaban en la sala, se notaba la fractura.

Ellos querían que nada hubiera pasado.

Querían un borrón.

Pero ya no podían volver atrás.

Los que habían cruzado y los que no.

Los que actuaron y los que se quedaron quietos.

Dos categorías nuevas, grabadas en silencio.

Yo respiré hondo.

Una parte de mí quería cerrar los ojos y fingir que aún éramos compañeros atrapados en la misma tormenta.

Pero otra parte sabía que esa ilusión había muerto en el cable.

El silencio volvió a imponerse.

Un reloj invisible marcaba cada segundo.

Y yo comprendí algo que me revolvió el estómago: nos habíamos acostumbrado a dejar morir a los demás.

Entonces Astrad habló.

[Bien.

Louise, Milia, nos estamos yendo.] No lo dijo como un plan ni como una propuesta.

Fue una sentencia.

Y esa seguridad suya, tan brutal, fue lo único que logró romper el estancamiento del ambiente.

Louise protestó, intentó negociar por sus amigas.

Él la cortó con la misma mezcla de burla y autoridad que había usado todo el tiempo.

Cuando otros se ofrecieron a seguirlo, él les puso condiciones que parecían imposibles, o directamente humillantes.

Pero ya no me molestaban las palabras que salían de su boca.

Porque lo entendí luego de que me salvara.

Sus palabras tenían tanta sustancia y peso como las promesas de un político.

Porque era alguien que solo valoraba acciones y hechos, y justo así actuaba.

No gritando lo bueno que es, no reclamando superioridad moral.

Solo acciones crudas y duras.

Y ahora que comprendo eso… Entiendo finalmente, porque su mirada hacia el resto de nuestros compañeros parece permanentemente cargada de un desprecio tajante… Y no puedo evitar que mi propia mirada hacia ellos se cargue con la misma repulsión.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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