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El niño rata sobrevive al Apocalipsis - Capítulo 32

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  4. Capítulo 32 - 32 CAPÍTULO 32 EL DEBATE DE LAS SOMBRAS
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32: CAPÍTULO 32 EL DEBATE DE LAS SOMBRAS 32: CAPÍTULO 32 EL DEBATE DE LAS SOMBRAS Amaneció sin amanecer.

Lo digo así porque la luz que entraba por los ventanales agrietados del centro comercial no parecía un día nuevo, sino la lámpara cansada de un depósito olvidado.

La claridad apenas se estiraba, gris, difusa, dejando que el polvo flotara como nieve lenta en un invierno sin viento.

Cada respiro llevaba sabor a metal y humedad rancia.

Dormíamos dispersos en camas improvisadas: colchones inflables, retazos de ropa apilada, cartones reforzados con cinta.

Desde fuera podría parecer deprimente, pero para nosotros era un cielo prestado.

Estómagos llenos de galletas, sodas y dulces que creíamos perdidos para siempre; una noche sin perros ladrando ni monstruos rascando las puertas.

Dormir y despertar con vida se sentía como un lujo.

Claro que esa sensación era solo para los mortales comunes.

No para él.

En el fondo del supermercado, Astrad se había instalado como si lo mejor le perteneciera por derecho natural.

Una cortina improvisada dividía la “zona común” de la sección de lencería.

Detrás, dormía rodeado de cinco chicas que orbitaban a su alrededor como satélites malhumorados.

A ratos roncaba, a ratos reía dormido.

Nunca supe si eso era más tranquilizador o perturbador.

……………… La reunión empezó temprano.

Franco fue el primero en juntar a la gente, con esa voz firme de capitán que todavía cree que el mundo es una cancha donde todo se ordena a base de gritos y buena fe.

[El ejército] —dijo, sin rodeos—.

[Si hay seguridad en algún lado, tiene que estar ahí.

Si salimos hoy con luz podemos cubrir dos o tres sectores.

No somos inútiles.

No podemos depender…] Se quedó mirando sus nudillos, como si allí estuviera escrito lo que evitaba decir: “No podemos depender de él”.

Carlos, el delegado, se ajustó el puente de las gafas.

Inteligente, frío, con la calma medida de alguien que calcula vidas y pérdidas como si fueran fichas en una libreta.

—[El ejército es una apuesta] —añadió—.

[Si existe mando, protocolos, rutas seguras, ahí sobreviviremos.

Si no, lo sabremos pronto y reajustaremos.

Lo que no podemos es improvisar eternamente.

Astrad no es un plan.

Es su opuesto.] Un murmullo de aprobación corrió entre los presentes.

El deseo de estructura era tan fuerte como el hambre.

Y yo mismo sentí esa punzada: la fantasía de volver a uniformes, órdenes claras, reglas que obedecer en vez del caos.

Milia levantó la mano.

Su voz era suave, pero hablaba como quien coloca ladrillos: firme, sin temblar.

[Mi casa no está lejos.

Agua en tanque, rejas, un sótano como refugio, medicinas.

Podemos atrincherarnos, reagruparnos, trazar un mapa del barrio desde un lugar que conozco.

No digo quedarnos para siempre.

Solo no jugar a la ruleta en la calle si no hace falta.

Podemos llevar suficientes provisiones desde aquí.] Franco apretó la mandíbula.

No era un no, pero sí un golpe a su idea.

Carlos calculaba en silencio, midiendo variables invisibles.

Un grupo de amigos de Milia apoyó la propuesta sin ruido, mientras la mayoría seguía aferrada a la palabra “ejército”, brillante como espejismo.

Y unos pocos, más que nada, al deseo de “alejarse de Astrad”.

Nadie se atrevió a preguntarle nada.

Tal vez por miedo a escucharlo, tal vez porque sabían que haría lo que quisiera de todas formas.

Del otro lado de la cortina se oyó el crujido de bolsas y la masacre de papitas entre dientes.

Astrad salió sin ceremonia: cortes viejos en el brazo, una tirita despegada, ojos de insomnio divertido.

[Plan A: ejército.] —Contó con los dedos—.

[Plan B: casita de la princesa Milia.

Plan C: se mueren y yo les robo las mochilas.

¿Alguno más pensado?] [No es gracioso] —saltó Franco.

[Es estadística.] —Se encogió de hombros.

Luego señaló con un chasquido los cinco carritos de supermercado alineados junto a la zona de lencería—.

[Ya que el comité ético está en sesión, aviso: mis zorras ya cargaron.

El que toque, muere.] Solo entonces los vi: carritos rebosantes de comida enlatada, botiquines, vendas, encendedores, baterías, cuerdas, plásticos, cinta americana, dos multiherramientas, linternas portátiles… y, porque la vida es absurda, una malla anti-viento de campismo.

[¿Cuándo…?] —murmuré.

No recordaba que estuvieran allí cuando me acosté.

¿Las chicas se habían levantado de madrugada?

¿O lo hicieron mientras todos dormíamos?

El punto era claro: si algo escaseaba, ellos ya lo tenían apartado.

Carlos dio un paso al frente, su tono envuelto en lógica fría.

[No puedes apropiarte de los recursos del grupo.

Esto exige un protocolo.

Repartición equitativa.] [Protocolo mis cojones.] —Astrad lanzó una lata al aire y la atrapó de nuevo—.

[La próxima vez levantan la manito y piden permiso para sobrevivir.

Yo no colecciono aplausos: junto herramientas.

¿Ejército?

¿Casa?

Háganlo.

Pero háganlo.

El mundo no va a esperar su votación.] Milia lo fulminó con la mirada.

Y sin embargo, hubo un cruce extraño: la de dos personas que se conocen demasiado como para odiarse de manera simple.

Louise, encaramada en un exhibidor de medias baratas, sonrió.

[Traducción al idioma humano: “Muévanse o mueran.

Para sobrevivir hay que adaptarse rápido”.

Es lo más cerca que estará de mostrar buena voluntad.] [Zorra, deja de calumniar al niño rata.

Solo quería regodearse en sus miserias.] [Sí, sí.] [¿Quieres bronca?] [Atrévete.] Un par de risas tensas estallaron.

Yo quería que el aire siguiera así, entre amargura controlada y humor torcido.

Pero entonces pasó.

Tac.

Un sonido mínimo.

Como una botella contrayéndose con el frío.

Tac.

Otro, más cerca.

Tac.

Un tercero, desde otro pasillo.

El silencio se apoderó del grupo como si sostuviera el techo entero.

[¿Escucharon?] —susurró Franco, rígido.

[Cállense.] —La voz de Astrad se afiló de inmediato—.

[Nadie respira fuerte.

Nadie tose.

Si su nariz quiere estornudar, arránquesela o lo hago yo.] El aire se volvió una plegaria contenida.

El polvo siguió flotando, indiferente.

En el pasillo de lácteos, un destello se arrastró sobre un estante, como si la luz hubiera tropezado.

Otro chisporroteo más atrás.

Carlos apoyó una mano en el hombro de Franco: “No corras aún”.

El tercer reflejo fue un corte oblicuo que me quemó la retina.

Cerré los ojos.

Cuando volví a abrirlos, la figura ya estaba allí, entre yogures y quesos.

No apareció: se armó.

Como si las sombras se plegaran sobre un esqueleto de vidrio.

Marcos oxidados en lugar de articulaciones.

Brazos terminados en racimos de cuchillas.

Lo peor no fue verlo.

Fue escucharlo.

Un coro de chirridos: cien copas rozando con dedos mojados, vidrio contra metal.

El sonido me revolvió el estómago; alguien detrás vomitó ácido.

[Vitrum.] —murmuró Astrad, frunciendo el ceño.

Y yo supe, antes de que se moviera, que ese nombre iba a perseguirme en todas mis pesadillas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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