El niño rata sobrevive al Apocalipsis - Capítulo 33
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- Capítulo 33 - 33 CAPÍTULO 33 DE MAL EN PEOR
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33: CAPÍTULO 33 DE MAL EN PEOR 33: CAPÍTULO 33 DE MAL EN PEOR ¿Qué demonios es un vitrum?
[Qué maldita mala suerte] —gruñó Astrad, levantando el rifle de aire como si estuviera harto de repetir el tutorial de un videojuego que nadie entendía.
[Se acabó la asamblea.
Las mujeres, tomen todo lo que puedan y hagan ruido, mucho ruido.
Los hombres, consigan armas y prepárense para pelear… y hagan aún más ruido.] [¿Estás loco?] —protestó Franco, aferrado a la barra de metal que llevaba de improvisado bate—.
[¡Hay que evacuar!] [OBVIAMENTE hay que evacuar] —escupió Astrad—, [pero la puerta está cerrada.
Y aunque no lo estuviera, esas porquerías te seguirán hasta el fin del mundo.] Silencio.
La verdad nos golpeó tarde: las mismas puertas que nos habían protegido eran ahora barrotes de jaula.
[…Mierda.] El insulto de Franco fue la señal.
El primero de los monstruos dio un paso.
“Paso” es un término amable.
Su extremidad raspó el suelo como uñas contra pizarra.
A su derecha apareció otro, y un tercero se levantó detrás de los congeladores, multiplicando reflejos como espejos de feria maldita.
Astrad disparó sin vacilar.
El estampido me atravesó el cráneo.
El proyectil arrancó un hombro de cristal y lo convirtió en lluvia de cuchillas.
La criatura ni se inmutó.
Levantó el rostro —ese amasijo de filos brillantes— y emitió un chillido tan agudo que sentí mi estómago revolverse.
Algunos retrocedimos temblando.
Otros se quedaron paralizados, presas fáciles.
Solo Astrad y sus cinco satélites se movían con naturalidad.
No porque fueran valientes, sino porque ya habían aprendido la única regla: moverse o morir.
Kiti desapareció como un gato: cruzó bajo la cortina y volvió del lado opuesto con una mochila gris y cinta pegada al antebrazo.
Louise tiró de Carmelia hacia los pasillos.
Amelia cargó un botiquín con torpeza maternal.
Mika, la delincuente, corrió hacia la bodega de limpieza con la sonrisa torcida de quien ya eligió el caos.
[¡Ya escucharon todos!] —gritó Franco, levantando la barra como si fuera a batear al destino mismo.
La primera cuchillada atravesó la cortina de plástico a mi izquierda.
El aire frío me rozó la cara.
Y luego el grito.
[AHHHHHHHHHHHHH!] Desgarrador paralizante, el punzante recordatorio de nuestra situación.
Grito con desesperado terror mientras sostenía su cara; la sangre se filtró entre sus dedos como agua en piedra.
Los monstruos lo celebraron con un chirrido que parecía aplauso.
[¡Atrás!
¡Formen línea tras las canastas!] —ordenó Franco.
Tarde.
Lo supe como quien ve un vaso caer en cámara lenta.
Demasiado impulso.
Demasiada torpeza.
El segundo monstruo, brazo desproporcionado, barrió el aire.
Sentí la vibración en el suelo antes del impacto.
El chico herido en la cara no bajó la cabeza a tiempo: la cuchilla le abrió la garganta en un corte tan limpio que parecía quirúrgico.
Cayó como un muñeco al que le cortan los hilos.
Ni épica, ni gloria.
Solo pánico y corte.
Por un momento lo recordé.
Era el chico que siempre se sentaba dos puestos delante de mí en clase de química.
Nunca supe su nombre.
Y ahora, nunca lo sabré.
[Ahora sí.] —sonrió Astrad, cínico—.
[Bienvenidos al tutorial.] Disparó de nuevo, apuntando a las articulaciones: codos de vidrio, cuellos falsos, tobillos de metal corroído.
Cada impacto arrancaba un trozo, pero por cada figura tambaleante otra se “armaba” de reflejos como un rompecabezas vivo.
[Voy a abrir la puerta.] [No te apures.] Astrad no lo miró—.
[Si salen al aire libre, nos van a seguir y se vuelven modo boss.
Aquí, en espacio cerrado, podemos desorientarlos.
Hagan ruido.
Mucho ruido.
Eso los jode.] [¿Podemos ganar?] [Podemos hacer que no todos mueran.
Es lo más cercano que tendrán a un “sí”.] [¿De dónde conoces a esas cosas?] [Luego hablamos.] Entre pasillos, la voz de Louise cortó el pánico con precisión quirúrgica.
[¡LAS NIÑAS, CONMIGO A LA SECCIÓN DE TELAS!
Kiti, lleva la cinta y alambres al idiota.
Amelia, venda sus manos.
Carmelia, harina y agua.
Mika, líquidos inflamables.
¡YA!] [Kekeke, perra, me gusta cómo piensas.] [Consecuencias de la mala junta.] Intercambio absurdo, pero efectivo.
La batalla improvisada tomó forma.
Astrad disparaba, avanzando dos pasos, retrocediendo tres.
Los hombres rodeábamos a las criaturas, gritando, golpeando estanterías para atraer atención.
El aire se llenó de fragmentos de vidrio que rebotaban como cuchillas vivas.
Astrad usaba su antebrazo vendado de escudo, pero pronto la sangre empapó el suelo.
No gritó.
Cada gota parecía volverlo más insolente.
Carlos nos movía como piezas de ajedrez.
Franco cubría la retaguardia, dispuesto a convertirse en muro humano si era necesario.
Ridículos: con bates de hockey, palos de escoba y protectores de fútbol, parecíamos figurantes de película barata.
Pero en ese momento, era lo único entre nosotros y el abismo.
Y lo irónico: sin que nadie lo nombrara, todos seguíamos al indeseado.
El bufón de boca sucia era, de pronto, el único líder.
Jejeje… la ironía casi me mata de risa antes que el vidrio.
[¡Lo tengo!] —gritó Carmelia, empujando un carrito cargado de harina y botellas de agua.
[¿Harina?
¿Para qué?] —preguntó alguien.
[PARA QUE ME HAGAS UNA TORTILLA.
¡Mueve las manos, no la boca!] —gruñó Astrad.
Nubes blancas explotaron cuando lanzó los paquetes.
El polvo cubrió los pasillos y, como por arte de magia, los monstruos dudaron.
Sus movimientos se volvieron más lentos, más visibles.
[¡LOUISE, ESTADO!] [CASI!
AGRÚPENSE AQUÍ!] Todos obedecimos instintivamente, atrapados en el ritmo absurdo de esa gente.
Nadie entendía el plan.
Todos lo seguíamos igual.
[Bien, reagrupémonos en la entrada.] [¿Qué?] [Pero ahora que sabemos su debilidad, podemos…] [Mueran como quieran.
El niño rata se va.
Paz.] Se dio media vuelta.
Y, como si fueran imanes, las cinco lo siguieron sin chistar.
El resto nos quedamos inmóviles, confundidos, traicionados.
Y entonces… El techo gimió.
No un derrumbe inmediato.
No.
Un gemido largo, como huesos viejos que recuerdan que están vivos.
Las lámparas vibraron en parches de luz, y los monstruos estallaron en un coro distinto: no chillaban, cantaban.
Como si alguien invisible levantara la batuta.
Mi estómago lo entendió antes que mi cabeza: esto iba a ponerse peor.
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