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El niño rata sobrevive al Apocalipsis - Capítulo 35

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35: CAPITULO 35 TIEMPO PERFECTO 35: CAPITULO 35 TIEMPO PERFECTO [¡AHORA!] —gritó Louise.

Los que se habían escondido sobre los estantes se pusieron de pie, rompiendo bolsas de harina y tarros de talco.

En cuestión de segundos, el aire se volvió una niebla blanca, espesa, áspera en la garganta.

Y en medio de esa nube, los chillidos.

Ese maldito chillido que te perforaba el estómago, agudo, inhumano, aun con los tapones en los oídos.

Pero nadie tenía tiempo para llorar; el grito era la señal.

Los estudiantes que se ocultaban bajo montones de ropa salieron como arañas trampilla.

Mika y Franco, apostados a la base de la mesa donde se encaramaba el Vitrum, descargaron sus barras de metal contra sus articulaciones.

El monstruo perdió el equilibrio, cayó sobre el colchón de telas y alfombras, mientras ellos rodaban a un costado, apenas evitando ser aplastados.

Y por primera vez el chillido cambió: no fue amenaza, ni burla, ni advertencia.

Fue dolor.

[[[[[[AHHHHHHHHHHHH]]]]]] Un chillido desgarrador que nos hizo aullar también.

Nos cubrimos los oídos por instinto, mientras sus dos compañeros rugían más atrás, coros de vidrio colérico que sacudían el aire.

Casi todos nos paralizamos.

Casi.

[A MÍ NO ME GRUÑAS, feo hijo de puta.] Astrad, sentado, levantó su rifle y disparó.

Una, dos, tres veces a quemarropa contra el rostro del Vitrum caído.

Luego giró y disparó contra los que esperaban atrás.

La sangre le corría de las orejas, prueba de que el chillido lo estaba destrozando por dentro, pero él seguía, implacable, apretando el gatillo como si lo disfrutara.

[¿QUÉ HACEN?

¡ATAQUEN!] —ordenó Louise.

Y lo hicimos.

Cada grupo cumplió su papel: Unos lanzaban harina y talco, otros corrían preparando los siguientes pasos bajo las órdenes crispadas de Carlos.

Franco, Mika y los deportistas golpeaban con todo lo que tenían, eran como una pandilla de motociclistas improvisada, pero en lugar de atacar a una pobre víctima inocente, peleaban contra un coloso de cristal y metal.

Chillidos desgarradores y amenazantes seguían mezclándose, pero no tenían esa coordinación asesina que te paralizaba y dañaba.

De pronto, vino a mi mente una posibilidad.

Un pensamiento nítido, como si siempre hubiera estado allí: [Todo este tiempo solo estaban jugando.] El Vitrum se retorció como confirmando mi idea.

Una de sus deformes manos se estiró con un movimiento antinatural, rompiendo las reglas de la forma humanoide.

El brazo se disparó como látigo, girando 360°.

Uno de los nuestros no reaccionó.

Su torso y piernas quedaron separados, no por un corte limpio, sino por una hilera desgarrada como salida de una trituradora.

Otro alcanzó a retroceder, pero su brazo quedó hecho jirones.

[¡NOOOO!] El grito colectivo nos devolvió al miedo puro.

El Vitrum vibraba cubierto de sangre, chillando una mezcla de dolor y placer sádico.

Su cuerpo se expandía, deformándose, como si anunciara que ahora sí, empezaba en serio.

[Excítate con esta.] Maldijo Astrad y disparó el lanza arpones.

El proyectil atravesó rostro y torso, clavándolo al suelo.

El chillido perdió coordinación, se volvió puro odio.

[¿DÓNDE ESTÁ LA MALDITA LONA?] —Rugió Astrad, sin dejar de disparar a los otros dos.

[¡AQUÍ!] Louise desplegó una lona de acampada imposible de doblar bien ni con veinte manos.

Entre varios la lanzamos sobre el Vitrum.

No fue elegante: parecíamos pescadores torpes atrapando un demonio.

Pero lo hicimos.

Lo cubrimos completamente, sin olvidarnos de arrojar polvo, ropa, lo que fuera, debajo de la lona, mientras el monstruo se retorcía empalado.

La lona no lo contenía del todo: Era atravesada por cuchillas encada sacudida, varios terminaron heridos, pero poco a poco notamos algo.

Los fragmentos no se reacomodaban.

Los cristales se atascaban en la tela, en las alfombras, en los colchones.

El cuerpo dejaba de reformarse.

La Vitrum se hinchaba como un erizo de vidrios, chillando con la furia de un infierno enjaulado.

[Buen tiempo, kekeke.] La risa de Astrad sonó casi casual.

Pero sus ojos tenían ese brillo peligroso que nos hizo estremecer, porque parecían presagiar una realidad para la que nadie estaba preparado.

………………………… [Buen tiempo, kekeke.] —dijo Astrad entre risas mientras bajaba su rifle, probablemente sin municiones o gas.

A lo lejos, los Vitrum se rearmaban lentamente.

Sus gruñidos, ahora completamente descoordinados, eran prueba del infinito odio que albergaban, no hacia nosotros… sino hacia él.

La existencia que no siguió su juego sádico de principio a fin.

Un némesis no en el sentido de fuerza, sino en el juego psicológico.

Como si estuviese en una obra de teatro, Astrad se bajó de la mesa con total indiferencia.

Con calma, tomó una pala y un gran escudo improvisado que estaban cerca.

Todos sabíamos lo que eso significaba.

Era hora de terminar esto.

Nadie tuvo que decir nada.

Carmeli y Amelia recogieron las cosas que Astrad dejó atrás y corrieron hacia la salida, tomando lo que podían de camino.

La mayoría hizo lo mismo, recogiendo objetos y avanzando hacia la salida, desde donde ya se escuchaba el ruido de la reja metálica siendo levantada.

Pero los Vitrum no prestaban atención.

Sus rostros, si es que podían llamarse así, estaban fijos en el niño ensangrentado que los miraba de vuelta, presagiando un desenlace siniestro.

Mientras tanto, Louise y un pequeño grupo se acercaron a Astrad, que ya estaba frente al Vitrum convaleciente.

Sin decir palabra, arrojaron sobre él cubos de agua que habían preparado previamente.

[No te atrevas a morir.] —dijo Louise, haciendo una seña, y todos nos alejamos de la zona central para ocultarnos entre los estantes, con la salida detrás de nosotros.

Astrad, ahora ligero, con nada más que su capucha vacía, unos guantes especiales anti cortes, la pala en mano y el enorme escudo improvisado a su lado, permanecía imperturbable.

[Así que muy valiente.] —Su voz resonó en el supermercado, que había vuelto al silencio después de mucho tiempo.

Cada palabra cargada de un sarcasmo vicioso.

Lo entendimos en ese momento, desde el principio, Astrad nunca había sido realmente hostil con nosotros.

Solo ahora estábamos a punto de entender, lo que era estar en su lado malo.

Su voz, emanaba una intención tajantemente y siniestra.

Incluso el cansancio en su respiración creaba un contraste extremo con el niño malhablado y desagradable, pero inofensivo mientras no lo provocases.

Los que más lo sintieron fueron, por supuesto, los Vitrum.

Aquellas criaturas que nunca dejaron de emitir sonidos infernales desde que aparecieron, ahora completamente mudos frente a la imponente presencia de un niño tan insignificante.

[¿Qué pasa si son más fuertes?

¿De qué sirve contra nosotros?

La especie montonera por excelencia] —dijo, mientras levantaba la pala, el metal curvado apuntando a la cabeza del Vitrum que apenas sobresalía de la lona.

[¿Tienes huevos para lastimar a las zorras del niño rata?] —Exclamó con ira manifiesta, sus ojos desprendían un odio irreconciliable mientras incrustaba la pala en el cuello del Vitrum.

El chillido agobiante se apoderó nuevamente de todo el centro comercial mientras Astrad retorcía la pala.

Y aun así… [Kekekeke.] Su risa, escalofriante y viciosa, se escuchaba con claridad.

[¿Qué pasa, hijos de puta?] —dijo, mirando a los dos Vitrum casi completamente rearmados no muy lejos.

Soltó su mano izquierda de la pala, sin dejar de presionar al Vitrum con la pala aun agarrada por su mano derecha.

Luego movió la mano ahora libre sobre la cabeza de este y cerró el puño con evidente fuerza.

Mientras lo hacía, no apartó su mirada de los otros dos Vitrum, sus ojos ensanchados en provocación, hundiendo su mano en aquel cúmulo de vidrios y metales entrelazados.

Por supuesto, el Vitrum no se quedó quieto.

Incluso en su estado atascado, logró clavar estacas de vidrio y arrojar fragmentos que lentamente le causaron nuevas heridas a Astrad, especialmente en la mano que presionaba la cabeza.

Pero nada de eso parecía importarle.

[Pensé que nos estábamos divirtiendo…] —dijo mientras jalaba la mano hacia atrás, endureciendo el agarre en la cabeza del Vitrum al mismo tiempo que empujaba la pala hacia su cuello.

Los chillidos del Vitrum se hicieron cada vez más desesperados, mientras los otros dos, ya rearmados, se expandían y deformaban en criaturas irreconocibles, más cercanas a bestias que a hombres.

[AHAHAHA.] —Pero a Astrad no le importó.

Apoyó el pie en la pala y tiró con más fuerza, soltando una carcajada casi lunática.

Por un instante, juraría que vi un destello carmesí atravesar sus pupilas oscuras, mientras la imagen del niño sarcástico en mi mente se deformaba y reconstruía.

[¿POR QUÉ DEJARON DE CANTARLE AL NIÑO RATA, HIJOS DE PUTA?] —gritó finalmente, sus palabras una invitación, provocación y advertencia simultáneamente.

Todo esto mientras arrancaba la cabeza del Vitrum con un fuerte jalón, arrastrando consigo un largo hilo de metal entretejido y vidrio destrozado.

—GRIAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA —el Vitrum estalló con el grito más lamentable que jamás había escuchado mientras su cabeza era arrancada de raíz, su cuerpo atrapado retorciéndose en agonía.

Los otros dos Vitrum finalmente no lo soportaron más.

Cargaron sin reservas.

Cada paso desgarraba telas, colchones y prendas.

Los retrasos resultantes quedaban sobre ellas, acumulándose lentamente.

[¡AHORA!] —gritó Louise.

Rápidamente, todos prendimos el mechero y lo arrojamos a los lugares previamente acordados.

En un instante, las llamas se extendieron como serpientes buscando a su presa, desde todas direcciones, pero hacia un único objetivo.

Astrad, rodeado por el fuego mientras los Vitrum cargaban hacia él, soltó la pala y la cabeza del Vitrum como si fuera basura.

Luego agarró el enorme escudo que había dejado a un lado y comenzó a correr hacia nosotros.

Pero no era lo suficientemente rápido.

Uno de los Vitrum se acercó a su compañero caído, cubriéndolo con su cuerpo, mientras el otro cargaba sin reservas.

[[[ASTRAD]]] —gritamos, cuando la enorme garra se abalanzó sobre él, corriendo hacia nosotros.

[Tsk] —chasqueó la lengua, levantando el escudo.

Las llamas los habían alcanzado a ambos.

El chirrido sofocante del metal y el vidrio chocando retumbó en todo el supermercado.

Al instante siguiente, un cuerpo salió disparado de las llamas, chocando contra los estantes, rebotando como una pelota de tenis.

[¡TODOS CORRAN!] —rugió Louise, sus piernas más rápidas que su boca, corriendo hacia Astrad, que había sido arrojado hasta las cajas registradoras.

No hizo falta decirlo dos veces.

Todos corrimos a toda prisa, el fuego ardiendo a nuestras espaldas, tapándonos los oídos en un intento desesperado por resistir los chillidos indescriptibles.

[Más te vale que no te hayas muerto] —reclamó Louise, agachándose para ayudar a Astrad, pese a sus palabras sarcásticas, su voz cortada delataba su preocupación.

[Si me muero, tú vienes conmigo] —respondió Astrad, su voz arrastrándose, el dolor evidente, pero aun así se puso de pie tambaleándose, ayudado por Louise y Mika, que lo había alcanzado.

[Más te vale…] —insistió Louise, intentando sonar dura, aunque sus sollozos y alivio eran evidentes.

Todos los que sobrevivimos salimos del supermercado, ahora envuelto en llamas abrazadoras que se extendían lentamente.

Los chillidos habían dejado de ser amenazantes para convertirse en una cacofonía de lamentos suplicantes.

Nos movimos con torpeza, empujando carros, arrastrando mochilas y cargando a los heridos más graves.

Los Vitrum seguían chillando, y el canto nos perseguía como una jauría musical del infierno.

En el corredor del centro comercial, la luz del exterior —pálida pero franca— recortó nuestras siluetas.

[¿Están… atrapadas?] —susurró alguien, con un alivio que sabía a nada.

[Más o menos] —dijo Astrad, de pie con torpeza, negándose a recibir tratamiento, más interesado en salir que en cualquier otra cosa.

Aun así, incluso él no pudo evitar mirar de nuevo al supermercado en llamas.

Parecía inclinarse como un barco viejo que se hunde tras su última batalla.

Un olor a plástico caliente comenzó a expandirse.

[Se incendia…] —dijo Amelia, con una voz que acompañaba más que lamentaba.

[Que se incendie] —dijo Astrad, escupiendo sangre.

Por un instante incómodo, entre el mar de fuego aparentemente infinito, tuve la impresión de ver bailarinas torpes cruzando un escenario con cuchillos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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