El niño rata sobrevive al Apocalipsis - Capítulo 44
- Inicio
- Todas las novelas
- El niño rata sobrevive al Apocalipsis
- Capítulo 44 - 44 CAPITULO 44 LO QUE SOLTE
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
44: CAPITULO 44 LO QUE SOLTE 44: CAPITULO 44 LO QUE SOLTE No sé qué salió mal… Recuerdo cuando lo conocí.
Tenía cinco años y mi padre había muerto hacía poco.
Amaba a mi padre, aunque no estaba mucho en casa.
A esa edad, no solo no podía entender por qué ya no podía verlo, tampoco entendía por qué mi mamá, de repente, tenía que dejarme sola todo el día.
“Snif…” Abandonada en el momento en que más los necesité.
Atrapada entre llantos en la oscuridad de mi habitación.
[¿Por qué lloras, mocosa?
¿Qué solucionas con eso?] Su voz, del otro lado de la ventana, aunque más infantil, ya tenía los rasgos marcados de esa personalidad.
En ese momento me hizo sentir segura, aún recuerdo su olor… Tierra mojada y a la promesa de una aventura.
No sé cómo describir mi infancia con Astrad.
Sola, afrontando una pérdida que no entendía, él fue mi luz.
Insolente, de boca descuidada, aventurero… siempre un paso adelante, siempre el último en retirarse ante el peligro.
Simplemente, el tipo de niño del cual te enamoras a esa edad.
Pronto conocimos a Franco, un niño tímido, pero de buen corazón, y desde ese día, fuimos inseparables.
Yo estaba feliz.
Nuestra relación se volvió sentimental con el tiempo y pensé que esa felicidad duraría para siempre… Honestamente, no sé cuándo comenzó a salir todo mal.
No… Si lo se.
No éramos solo franco y yo, en la primaria, Astrad era el héroe de todos.
Peleaba sucio, pero por nosotros.
Siempre un paso al frente.
Pero a los quince, en el instituto, todo cambió.
El héroe de todos, el centro que brillaba… siguió brillando… pero por razones diferentes.
La música empezó a desafinar.
Antes de eso, las peleas de Astrad eran nuestra mitología privada.
Siempre se metía en problemas, sí, y peleaba sucio, pero esa suciedad siempre estaba a nuestro servicio.
Era el héroe improbable que nos defendía de matones mayores e incluso de adultos despreciables.
Era nuestro guardián, siempre un paso al frente.
Pero en el instituto, esa contención desapareció.
Las peleas se volvieron diarias.
El héroe de los columpios se convirtió en el problema de la dirección.
Es normal ¿no?
La adolescencia viene con sus hormonas, los chicos comienzan a ser más atrevidos y algunos exploran un mal camino.
Franco y yo “maduramos”, aprendimos a navegar el sistema, a negociar.
Pero Astrad…
él declaró la guerra.
Su justicia se convirtió en una política de “tolerancia cero”.
No había piedad.
Las peleas eran casi diarias, hasta el punto de que mi madre lo recogía en la comisaría como si fuera una parada más de camino a casa.
El héroe de cuentos de hadas se había convertido en un problema que ya no entendía.
Lo veo ahora.
En ese momento, pensaba que Astrad había cambiado para mal… pero no era así.
Él no cambió.
Yo cambié.
Franco cambió.
Crecimos… o así pensaba.
Y esa desconexión me alejó de él.
Y luego, en algún momento… amé a otro hombre.
Amé a Franco, la versión de Astrad que había madurado, o al menos así lo veía.
Entonces, pasó.
No fue una decisión.
Fue…
un instante.
El sol de la tarde se filtraba por los ventanales del gimnasio del club de deportes.
Franco y yo reíamos, una broma estúpida sobre un profesor, nada más.
Pero la risa se sintió diferente.
Se unió en el aire.
Y en el silencio que siguió, él se inclinó y me besó.
Fue torpe, fue rápido, fue un error…
Y en ese momento, me sentí vista.
No como la “novia de Astrad”, sino como yo.
Y entonces, lo vi.
Astrad, parado en la puerta del gimnasio, con su mochila deportiva colgando de un hombro.
No dijo nada.
La sonrisa torcida que siempre llevaba se borró de su rostro, reemplazada por un vacío que helaba más que cualquier grito.
No hubo una pregunta.
Solo un reconocimiento silencioso.
Luego vino la pelea.
Franco intentando disculparse.
Astrad lanzando el primer golpe.
Y todo el equipo, *nuestros* amigos, eligiendo un bando.
Fue un uno contra todos.
Y mientras lo veía pelear, ensangrentado, pero negándose a caer contra cinco, seis, siete de ellos, entendí que no solo lo estaba perdiendo a él.
Lo estaba echando.
Estaba eligiendo la calma de Franco sobre el caos de Astrad.
No justifico la traición, pero entiendo a mi yo de ese entonces.
Astrad era el problema: inmaduro, agresivo.
Todas las cualidades que me atrajeron de niña, ahora las etiquetaba como un defecto.
Y, por supuesto, mi entorno respaldaba mi afirmación.
Mientras Franco y yo hacíamos amigos, Astrad era cada vez más marginado.
Pero, en retrospectiva… ¿por qué era marginado?
¿Por decir la verdad en la cara de las personas?
¿Por tratar con mano dura a los delincuentes?
Sí, lo veo ahora.
Era así.
Por eso, las veces en las que más se me revolvía el estómago no era porque peleara, sino porque él tenía razón.
Esa persona que era amada por todos, pero que él decía que era un mal nacido.
Esa persona repudiada que el defendía.
Esos chicos a los que golpeaba hasta dejarlos casi irreconocibles.
Ese profesor que todos adoraban menos él y resulto ser un abusador.
Todas y cada una de las veces, Astrad siempre estaba allí para burlarse, para decir “se los dije”.
Cuando se demostraban con hechos sus palabras.
Y siempre, el golpe de gracia, esa palabra que a todos les encantaba decirle a él, pero que siempre volvía como un bumerán: [Maduren de una vez, ya no son unos mocosos.] Ahhh… lo veo ahora… Sentada en esta sala familiar, no como una compañera, sino como una extraña frente a él.
Sus ojos ni siquiera me buscan.
Demasiado ocupado jugando con las mujeres a su alrededor.
Y los únicos ojos que se dirigen hacia mí son los de esa mujer, Louise.
No me mira con odio, sino con algo peor: una calma posesiva, la mirada de quien ha ganado una guerra que yo ni siquiera sabía que estaba peleando.
Ella le dice algo al oído, una broma estúpida que no alcanzo a escuchar.
Y él, sin reservas, suelta una risa.
Una risa genuina, corta y torcida.
Una que no había visto en años, no desde que éramos niños en el parque.
Una que nunca más fue para mí.
Louise le ofrece una de las papitas que están comiendo.
Él ni siquiera mira; simplemente abre la boca y ella se la da, un gesto de una intimidad tan casual y tan profunda que me roba el aire.
Se entienden sin palabras.
Operan en una frecuencia que yo ya no puedo sintonizar.
Y en ese gesto tan simple, en esa risa que ya no me pertenece, finalmente lo entiendo… Astrad nunca fue el problema.
Yo nunca quise que cambiase.
Eran celos.
Celos por el niño que podía seguir adelante sin cambiar bajo el peso de un sistema que me exigía obediencia sin dar a cambio nada de igual valor.
Celos por el niño que podía hablar libremente sin miedo a incomodar, mientras yo medía cada palabra.
Y… el más amargo de todos… celos por no ser capaz… de ser la mujer que pudiera provocar esa risa, la que pudiera caminar a su lado sin intentar cambiarlo.
Ahora por fin entiendo qué salió mal.
Y de la misma manera entiendo… Que la puerta de aquella ventana, la que él abrió para mí cuando tenía cinco años, ahora está cerrada para siempre.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com