El niño rata sobrevive al Apocalipsis - Capítulo 45
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45: CAPITULO 45 LO QUE NO ALCANCE 45: CAPITULO 45 LO QUE NO ALCANCE Sentado en el suelo, con la espalda contra un sofá que no era mío, observaba a Milia dormir detrás de mí, agotada.
Su rostro, incluso en sueños, estaba marcado por una tensión que yo conocía demasiado bien.
Era la misma tensión que sentía en mis propios hombros, un peso que no se iba ni con el descanso.
Recuerdo cuando conocí a astral.
Yo era un niño flacucho y asustado, acorralado en un rincón del parque por matones que me parecían aterradores gigantes.
No había lógica en su crueldad, solo poder.
Y yo no tenía ninguno.
Entonces, apareció él.
Astrad.
Flaco como yo, pero con una sonrisa torcida que no conocía el miedo.
No peleó con honor.
Usó tierra, patadas bajas, insultos.
Y ganó.
Era… Deslumbrante… Ese día, no vi a un niño peleando sucio.
Vi una luz.
Una fuerza caótica y libre que yo anhelaba con cada fibra de mi ser.
Quería caminar a su lado, tener su fortaleza, enfrentar juntos el mundo irracional… Me esforcé mucho, comencé a entrenar, jugando con él, aprendí a hacer deportes, mis músculos crecieron, mi condición física estaba a la altura.
Los matones ya no podían intimidarme… Pero… no pude… Lo entendí cuando ingresamos a la segundaria.
Por mucho que entrenase mis músculos… No podía levantarles la voz a los adultos, no podía patear a un pandillero sin pensarlo dos veces, no podía escupirte tus verdades a la cara con una sonrisa… Su corazón, su coraje… No podía igualar eso… La convicción para defender la justicia sin miedo a las consecuencias, el coraje para tratar a otros con el desprecio que pueden llegar a merecerse… Cada incidente donde él podía hacer algo con lo que yo solo podía soñar… Me destruía más… Con cada día que pasaba, por mucho que estirase el brazo para alcanzar ese sol ardiente… por mucho que corriese detrás… Solo se alejaba más… Y en algún momento… Deje de correr… Baje mi brazo, ahora quemado por un sueño imposible… Pero lo peor es que… El se detuvo… Extendió la mano… Como lo hizo ese día hace tanto años, en ese viejo parque… Con esa sonrisa siempre segura en sus labios.
Pero esta vez… no tome su mano… esta vez… lo abandone… Mientras él desafiaba al sistema, yo aprendía sus reglas.
Mientras él coleccionaba cicatrices, yo coleccionaba buenas notas.
Las cadenas del “deber ser”, del “adulto funcional”, me pesaban demasiado.
Me quedé atrás, observando desde la seguridad del camino pavimentado cómo él se adentraba en la maleza.
Y entonces, trace la última línea con ese brillante sol.
Milia… En sus ojos, vi mi propio anhelo, mi propio reflejo.
El del que se quedó atrás.
Ambos habíamos amado esa luz, y ambos nos habíamos asustado de su calor.
Las palabras sobraban.
Ese día, dejamos de ser dos amigos de un sol, para convertirnos en dos lunas orbitando la misma ausencia, construyendo un refugio con los restos de nuestro fracaso compartido.
Por una vez, el dolor de no poder alcanzar ese ardiente sol, no se sentía tan pesado.
Por una vez, sentía que podía ser un tipo de héroe diferente, uno más… ajustado al sistema… Pero… Un héroe al fin… Creí que era el camino correcto.
Creí que me había convertido en el héroe que debía ser.
Y entonces… El mundo se acabó.
Cada vez que cierro los ojos, vuelvo allí.
Al primer día.
Al caos.
Recuerdo el aullido.
Recuerdo el primer grito del profesor de matemáticas, un sonido que se cortó demasiado pronto.
Y recuerdo el miedo.
Un miedo frío y paralizante que me dejó clavado en el sitio, viendo cómo esas bestias, esos Lupus brunneis, entraban en la escuela como si fuera suya.
Mi primer instinto fue el de todos los demás: correr, esconderme, sobrevivir.
El pánico era una niebla espesa.
Pero entonces… que curioso… al final… en medio de mi mas profunda desesperación.
No vino a mi mente la imagen de políticos o grandes eruditos.
Al final, a mi mente solo llego su imagen.
En medio de esa espesa niebla y oscuridad, recordé ese ardiente sol.
La imagen recorrido mi mente como un relámpago.
Un recuerdo de un parque, de matones que parecían gigantes y de un niño flaco con una sonrisa torcida que no conocía el miedo.
El niño que me salvó.
¿Qué haría Astrad?
La pregunta fue un chispazo.
Y la respuesta, una certeza.
PELEA.
Él no se escondería.
Él pelearía.
Y en ese instante, reuní el valor.
No era mi valor; era el suyo, uno que tomé prestado.
[¡AQUÍ!
¡A LAS ESCALERAS!] —grité, mi voz rompiéndose—.
[¡BLOQUEEN EL PASO!] Funcionó.
Mi grito rompió la parálisis.
Entre todos, a duras penas, logramos crear una barricada.
Sobrevivimos.
Y en el silencio que siguió, en la oscuridad del tercer piso, me convertí en el líder.
No porque fuera el más fuerte, el más listo o el más popular, sino porque fui el primero en recordar cómo actuar.
Me convertí por un breve instante, en ese sol que actuaba sin hacer preguntas… Pero la felicidad no me duraría mucho.
Los días pasaron.
La comida y el agua se acabaron.
Y el peso de ser un héroe se volvió insoportable.
Cada decisión era una ecuación de vidas y recursos.
El miedo, la fatiga, la desesperación… ser un líder, descubrí, no era dar el primer grito, sino soportar el silencio que venía después.
Y entonces, llegó la cuerda.
La oportunidad.
Y la prueba.
Recuerdo a Kiti, a Amelia, a las otras chicas al otro lado.
Recuerdo sus ojos.
Y recuerdo el cálculo frío en mi cabeza: el agotamiento, el riesgo, las pocas probabilidades.
Mi deber era proteger al mayor número posible.
Era la decisión lógica.
La correcta.
La que un líder debe tomar… Por el bien del grupo… Lo entendí en ese momento… Entendí porque astrad siempre le tubo tanto desdén a este sistema, entendí porque eran espectros irreconciliables.
Lo entendí cuando finalmente lo usé de la forma en que todos realmente lo usan.
“Un bien mayor… por el bien del grupo…” todas palabras hermosas y convenientes… Para ocultar tu propia cobardía… Y lo peor no fue ser un cobarde.
Lo peor fue saber que Astrad, en mi lugar, nunca habría hecho el cálculo….
Mientras me daba la vuelta, dejando a Kiti y las demás atrás, sentí una parte de mí romperse.
La luz prestada de Astrad se apagó por completo….
Y solo quedó la sombra….
Porque la luz no ilumina a un cobarde… Aun así, me aferre… Con desespero me aferré al sistema que elegí.
No tenia otra opción, incluso ahora no la tengo.
Ahora sin derecho a habitar su luz, este mundo llamado “bien mayor” es todo lo que me queda y lo único que podía justificarme.
Esta mascar de hipocresía que el tanto desprecia, ya no podía perderla.
Tenia que demostrar, que incluso si es algo hipócrita, mi camino también tiene su propio valor, su propia fortaleza… Que incluso si es algo hipócrita a veces, ese “bien mayor” no era siempre hipocresía, que ese “bien mayor” a veces era una decisión basada en los hechos, el camino correcto.
Pero frente al sol, la sombra palidece.
Palabra como “no hay otra opción”.
Solo florecen sin un sol que llega para darte una ardiente bofetada en la cara.
Aun recuerdo los rostros de las niñas cuando entraron a esa habitación.
Pero, sobre todo, recuerdo los ojos de astrad… Ojos cargados con un desprecio manifiesto e irreconciliable, incluso más feroces y repugnados que cuando paso lo de Milia.
Pero mi humillación estaba lejos de terminar.
En el supermercado, nuevamente me encontré frente a la gran pared.
La diferencia entre fingir ser un líder y serlo realmente.
La diferente entre las palabras y la acción.
Los Vitrum.
No eran como los lobos; eran el caos encarnado.
Cuando nos atacaron, volví a hacer lo que sabía: intenté imponer orden.
– [¡Atrás!
¡Formen línea!] -.
La voz del capitán.
Las palabras de un hombre que ya no creía en sus propias órdenes.
Pero Astrad… No, Astrad obviamente no necesitaba algo tan mundano como órdenes.
Astrad No veía el caos; bailaba con él.
No intentaba controlarlo; lo redirigía.
Cada uno de sus movimientos, cada insulto, cada disparo, era una pieza de una sinfonía de violencia que yo era incapaz de componer.
Él no lideraba gritando órdenes; su mera presencia era una orden.
Todos —Sus compañeras, y eventualmente, nosotros— nos convertimos en instrumentos de su voluntad.
No era un capitán.
Era el director de orquesta del puto infierno.
Y yo… yo era solo un músico más, aferrado a mi barra de metal, intentando seguir el ritmo.
Lo peor fue cuando actuó de cebo.
Ese acto suicida y arrogante… fue exactamente el tipo de jugada que el niño que yo admiraba habría hecho… Y… así de simple… Una vez más… El solo me había quemado… Pero esta vez, por supuesto, no extendió la mano.
……..
“[Tu actitud es patética]”, recordé como le dije esas palabras con el viento frio de la noche rosando mis mejillas, en el techo de esa casa abandonada.
“[Tú te quedaste estancado en tu propio veneno.]” Continue con fingida convicción.
Je… jejeje… Qué irónico… en realidad, ya lo sabía… siempre lo supe, solo no quería aceptarlo… que esas palabras, desde siempre, estaban dirigidas a mí mismo… Miro a mi alrededor.
A Carlos, analizando el mapa del Diario que Simón consiguió.
A Milia, respirando con calma por primera vez en días.
Estamos a salvo.
Y estamos aquí gracias al chico al que le dimos la espalda.
Al héroe que yo no pude ser.
No sé cuál es el camino correcto ahora.
Solo sé que el mío me ha traído hasta aquí… Ya no hay espacio para ese niño que corrió desesperadamente a su lado.
Ahora solo me queda caminar… A la sombra de su luz.
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