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El niño rata sobrevive al Apocalipsis - Capítulo 47

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  4. Capítulo 47 - 47 CAPITULO 47 - EPILOGO - CUIDA A MIS NIÑOS
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47: CAPITULO 47 – EPILOGO – CUIDA A MIS NIÑOS 47: CAPITULO 47 – EPILOGO – CUIDA A MIS NIÑOS Cuando era niña, recuerdo que, a los sacerdotes en las iglesias les encantaba describir el fin del mundo, como el momento en el cual el infierno subiría a la tierra, sumiendo todo en un sofócate y perpetuo olor a polvo y azufre.

Lamentablemente, termine descubriendo que se equivocaron.

El fin del mundo no huele a pólvora ni a azufre.

Huele a hormigón mojado, a carne rancia y al dulzor nauseabundo de la sangre coagulada.

[El fin del mundo apesta a fracaso…] Murmuro para nadie en particular, en parte un intento de aliviar mi estrés con auto culpa irracional.

Llevábamos tres días atrapados en la Comisaría Central de Puerto Dorado.

Diez días desde que el cielo se rompió y el infierno decidió que nuestra ciudad era un buen lugar para abrir una sucursal.

La “Estación principal”, como la llamábamos, que una vez fue el símbolo del orden y la ley en La Costa Verde, era ahora nuestro único santuario.

Sus muros de hormigón, diseñados para resistir disturbios, ahora gemían bajo el asedio de algo que simplemente no tiene ningún sentido para cualquier persona cuerda.

Desde mi puesto de observación en el segundo piso, con la mejilla pegada al frío metal de una barricada de archivadores, veía la plaza de enfrente.

O lo que quedaba de ella.

La estatua del fundador de la ciudad había sido derribada.

En su lugar, había un trono improvisado, hecho de coches patrulla destruidos, restos de muebles, telas y cuerpos en descomposición.

Y siendo en él, esa maldita cosa.

No soy muy fanática de las novelas de fantasía, pero si tuviese que apostar, diría que es un orco o un gigante… O una asquerosa combinación de los dos.

Una montaña de músculo gris verdoso, con colmillos amarillentos que sobresalían de una mandíbula que podría triturar acero.

Su armadura, originalmente hecha de huesos y pieles de animales.

Ahora incluía señales de tráfico y placas de policía.

Una burla tan fragante y obvia, que es imposible no apretar la mandíbula.

A sus pies, pululaba la horda.

¿Goblins tal vez?

Cientos de ellos.

Pequeños, muchos de ellos encorvados, con una piel correosa de color cetrino y ojos que brillaban con una malicia febril.

Se movían como una marea, armados con tuberías oxidadas, cuchillos de cocina y cualquier cosa afilada que hubieran podido saquear.

Su risa, un cacareo agudo y constante, era la banda sonora de nuestra extinción.

[Akito.] La voz me sacó de mi trance.

Era Flora, mi amiga.

Su rostro, normalmente inexpresivo, era una máscara de hollín y agotamiento.

[¿Es tan malo?] —Pregunte con una cara amarga, flora no se acercaría durante mi turno si todo estuviese bajo control….

O al menos bajo el control que nos permite esta nueva normalidad.

[¿Tienes que poner esa cara?] [¿Qué quieres que haga?

Solo te acercas con malas noticias.] Flora se sienta a mi lado entre sarcasmos, incluso este duro suelo se vuelve mas accesible junto al calor de una amiga.

[Hum, tal vez, solo quiero conversar esta vez] – Dice mientras me ofrece un cigarrillo.

[Así de mal ¿eh?] – Me quejo tomando el cigarrillo, el aroma del humo se extiende y finalmente puedo sentir que estoy en el infierno prometido.

[El generador del sótano está fallando.

Jhonas dice que, en el mejor de los casos, resistirá 7 días antes de que algo irreparable se rompa.

La sala médica… bueno, tenemos suficientes suministros, pero sin electricidad, el equipo es inútil.] Asentí, mientras cerraba los ojos para disfrutar el ardor en mi garganta.

[¿Y las malas noticias?] —pregunté finalmente.

[… Se acabo el café.] [… Esas si son malas noticias.] [Las peores.] [[Hahaha]] Ahhh, maldita sea… ……………..

Terminé mi turno de observación y bajé al primer piso junto con Flora.

El olor era peor aquí.

El hedor a miedo era tan espeso que casi podías masticarlo.

Los pocos oficiales que quedaban, mezclados con un puñado de civiles aterrorizados, mantenían la vigilia tras las ventanas reventadas y las puertas atrancadas.

Sus rostros eran un lienzo de desesperación.

…………..

Recuerdo el primer día.

El planeta enfermo en el cielo.

Las columnas de luz.

Y luego, los monstruos.

Al principio, eran la fauna local mutada.

Ratas del tamaño de perros, gatos como panteras.

Caótico.

Sí.

Difícil.

Como el infierno.

Pero tras un esfuerzo sobre humano y casi 48 horas sin pegar un ojo, recuperamos un control relativo de la situación.

Nosotros, la policía de Puerto Dorado, mantuvimos la línea.

Establecimos perímetros, evacuamos a los civiles, coordinamos con el ejército.

Por un momento, creí que ganaríamos… Fui inocente.

A mitad del segundo día, algo comenzó a cambiar.

Algunos animales mutados resistían balas, otros eran demasiado rápidos… Finalmente, las cosas que aparecían ni se molestaban en fingir que pertenecían a este mundo.

Y entonces, llegaron ellos.

Los goblins y los orcos.

No sabemos de dónde vinieron, hay quienes juran haberlos visto emerger de una de las columnas de luz, pero eso ya no importaba.

Eran una marea verde que no se regía por la lógica animal, sino por una inteligencia cruel y organizada.

Y un objetivo… Conquista.

Luchamos.

Dios sabe que luchamos.

En las calles, en los edificios, casa por casa.

El el jefe Wiston lideró la carga, un león viejo y furioso.

Flora coordinaba las comunicaciones desde la centralita, su voz la única ancla de cordura en medio del caos.

Yo dirigía las unidades tácticas, intentando aplicar la lógica de la guerrilla urbana a un enemigo que no valoraba sus propias vidas.

Pero eran demasiados.

Por cada diez goblins que caían, veinte más salían de las sombras.

Los orcos eran arietes vivientes, derribando barricadas con una fuerza imparable.

Caímos hacia atrás, un retroceso sangriento y desesperado, hasta que solo quedó un último bastión: la Estación.

Donde apenas resistimos gracias a los muros de hormigón, perímetro de carros arrejuntados y el fuego continuo, que, si bien no los mata directamente, parece ser una disuasión lo suficientemente convincente.

Es eso o… Solo están jugando con nosotros… ………………..

[YA ME ARTASTE MALDITO IMBECIL.] El grito atronador del jefe Wiston me obligo a salir de mis pensamientos.

[VOY A MATARTE] Maldijo mientras arrojaba su escritorio por los aires.

[HIII] Chillo el alcalde de la ciudad, aterrado, mientras se escondía detrás de sus guarda espaldas.

[jefe pare] [SUELTAME HOY VOY A MATAR A ESTE IMBECIL.] [Sosténganlo.] Mis compañeros se unen para someter al jefe que está a punto de saltar hacia el alcalde, sin importarle las armas ya desenfundadas de sus fornidos guarda espaldas.

Incluso siendo hombres grandes y entrenados, necesitan 5 de ellos para someter al jefe, un viejo exmilitar con más músculos en su mano derecha que un humano promedio en todo su cuerpo.

[Supongo que es otra negociación fallida.] Comento Flora casualmente, en sus ojos un desprecio manifiesto se dirigía al alcalde Anibal soto.

[Wiston ¿Te atreves a atacar a un superior?

Are que te destituyan.] [¿De qué mierda me van a destituir imbécil?

¿no ves en que situación estamos?

Entrega las claves del armamento de una maldita vez, antes de que use tus malditos huesos para rascarme el trasero.] Aunque Aibal trato de mantenerse valiente, no puede evitar temblar frente a los ojos inyectados en sangre de un hombre que definitivamente puede cumplir su amenaza.

Respecto al motivo de la pelea, ni siquiera tengo que preguntar.

El depósito de armas principal en el sótano de la estación.

Un lugar con suficiente armamento y munición para equipar completamente a un batallón.

Además de tener armas de mayor calibre y especializada.

[Abre el maldito deposito de una vez, mientras lo estoy pidiendo por las buenas.] [Ya te lo he dicho mil veces, la última solicitud de aprobación fue rechazada.

Las órdenes son esperar refuerzos, definitivamente podemos mantener esta posición solo tenemos que esperar según las órdenes.] [Ya son dos días desde nuestro último contacto, la situación ha cambiado.] [No importa si cambiaron o no, sabes perfectamente como es Morgenstern, si me salto algún procedimiento, mi vida política está acabada.] [Hijo de puta ¿sabes cuantas vidas pudieron haber salvado esas armas si solo las hubiesen repartido a la población?] [Eso es solo especulación, no es como que no hubiera otras armerías en la ciudad, además, incluso si controlábamos a las criaturas ¿Cómo íbamos a controlar a una población armada después?

El caos pudo ser peor.

Los superiores debieron tener una razón para no aprobar distribuir el armamento.] Una razón… si, aparentemente, la seguridad de los civiles, nunca fue una razón válida para usar el armamento guardado en las estaciones de policía.

Usarlas para reprimir manifestaciones como lo hicimos el mes pasado, era sin duda una razón de mayor peso que el apocalipsis.

[Tuuu…] Fue cuando el jefe parecía a punto de saltar sobre el alcalde.

[Capitana.] La voz de Jhonas resonó, su rostro una mescla de fatiga y resignación.

[Estamos acabados] —Dijo sin floristerías baratas mientras se dejaba caer en un mueble cercano—.

[7 días, ni un minuto más, si esa máquina explotando no nos mata, todo lo demás si lo ara.] El silencio se apodero del lugar, tenso pesado.

Mientras todos comprendían que nuestro ultimo refugio se había convertido, con gran probabilidad en nuestra futura tumba.

Y entonces, un nuevo sonido.

No era de la sala.

Venía de fuera.

Un rugido.

Profundo, gutural, un sonido que hizo vibrar el propio edificio.

No era el aullido de los lobos ni el cacareo de los goblins.

Era algo más… Grande.

Los gritos en la plaza cesaron.

Incluso la risa de los goblins se ahogó.

Corrí hacia el puesto de observación, el Comisario pisándome los talones.

Lo que vimos en la plaza nos heló la sangre.

El jefe de guerra orco había sido arrancado de su trono.

Su cuerpo ensangrentado mientras él y sus aliados orcos, luchaban contra algo que doblaba en tamaño incluso a esos mastodontes de 3 metros.

Un coloso de hormigón y vigas de acero retorcidas, arrancado de los cimientos de los edificios caídos.

No tenía cabeza, solo un único ojo de un faro de coche que brillaba con una luz roja y pulsante.

Con cada paso, el suelo temblaba.

Los goblins, que segundos antes eran una marea de caos, ahora huían en pánico.

El golem levantó un brazo que era una viga de construcción y barrió la plaza, aplastando a docenas de ellos como si fueran insectos.

Se había desatado una guerra de monstruos y nosotros teníamos asientos de primera fila.

…………..

[Ahhhh…] Suelto un suspiro cansado mientras me dejo caer en el asiento frente al escritorio de la sala de comunicación.

Mi mente quería apagarse, rendirse.

Pero mis manos, traidoras, se movieron solas hacia el equipo.

Hacia la última y más estúpida de las esperanzas.

Cada vez que sintonizaba una frecuencia, una parte de mí rezaba por encontrar silencio, porque el silencio significaba que aún podía fingir….

Pero esta vez…

[Aquí estación principal de la policía Costa Verde, solicitamos refuerzos urgentes…] Mi voz mecánica resonó en la habitación como muchas otras veces desde que esto empezó.

[Aquí estación principal de la policía Costa Verde, solicitamos refuerzos urgentes…] Como el día antes de este y el día después de este, sintonice una a una las diversas frecuencias de trasmisión.

[Aquí estación principal de la policía Costa Verde, solicitamos refuerzos urgentes…] Siempre el mismo mensaje, siempre las mismas palabras ensayadas.

[Aquí estación principal de la policía Costa Verde, solicitamos refuerzos urgentes…] Un trabajo tedioso que originalmente todos se turnaban para hacer a diversas horas del día, en busca de un rayo de esperanza.

[Aquí estación principal de la policía Costa Verde, solicitamos refuerzos urgentes…] Pero que ahora, solo Flora y yo, mantenemos incluso ahora, aunque solo sea en la mañana y en la noche.

[Aquí estación…] Pero esta vez… en algún momento, mi voz se quebró… [Principal de la policía…] ¿Miedo?

… Si… pero… No a la muerte… [Costa Verde…] Esto es un miedo mucho peor, un miedo que atormenta a todo padre desde el dia en que sostiene a su hijo en brazos por primera vez… [Astrad… Si puedes oír esto…] Mi voz, entrecortada por sollozos que no pude contener, mi deseo, solo uno.

[Te lo suplico… Cuídate… Y… Cuida a mi hija…] Dios, por lo que más quieras… [Cuida a Milia…] No dejes que nada les pase a mis niños.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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