El niño rata sobrevive al Apocalipsis - Capítulo 53
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53: CAPITULO 5 RACIONAL O IRRACIONAL 53: CAPITULO 5 RACIONAL O IRRACIONAL El día comenzó como cualquier otro, todos trabajábamos juntos, dividiendo las tareas e investigando la situación tanto como fuese posible, usando el internet.
Por supuesto también estábamos aprendiendo a profundidad el “diario de monstruo” de Astrad.
Honestamente, la primera vez que escuche de él, me pareció algo tierno.
Nunca lo vi como el tipo de persona que pondría tanto tiempo y esfuerzo en algo como un “diario de monstruo”.
Si el mundo no se hubiese convertido en esto, probablemente sería una historia que contaríamos años en el futuro como un “pasado oscuro” y reírnos… Pero por algún capricho del destino, resuelta que, lo que debió ser una anécdota de risas, se convirtió en una esperanza ridícula.
Y con una sonrisa agridulce frente al archivo pdf, de páginas resaltadas con marcadores y pensamientos aleatorios.
No sabía si reír o llorar mientras un diario tonto, me muestra una faceta de él que nunca pude ver… o tal vez, una que nunca quise ver.
[No, concéntrate] Apretó mis manos contra mis mejillas, cualquier posibilidad de recuperar el pasado es algo que dejo de existir hace mucho.
Y entonces.
Por primera vez en días, la sensación de mi pecho siendo apretado volvió.
Los foros eran un caos de videos fragmentados y gritos digitales.
Puerto Dorado.
Las imágenes eran borrosas, grabadas con el pulso tembloroso del pánico.
Vi la plaza, el humo, y una marea de criaturas pequeñas y viciosas que pululaban como insectos.
Y entonces, por un segundo que se estiró hasta romper algo dentro de mí, la vi a ella.
Yumi Akito.
Mi madre.
No era un rostro en una foto; era una figura de acción, coordinando a un puñado de oficiales tras una barricada de coches patrulla.
El video se cortó, pero la imagen quedó grabada a fuego en mi retina.
La chaqueta con un parche mal cosido en el pecho, el corte simple del cabello de siempre.
Era imposible creerlo y al mismo tiempo no creerlo: mi madre, con sangre en la manga y la comisura de los labios tensa.
Tenía la mirada clavada en algo que no aparecía en el video.
Su boca se movió, trató de decir algo, pero la señal dejó de reproducir su voz.
Pero la grabación se cortaba en ese momento junto a un ruido sordo.
Aun así, no importaba.
Tenía todo lo que necesitaba: no eran rumores, no era propaganda ni un recuento tibio de radio.
Había visto su rostro.
Había visto su uniforme.
Rápidamente guardé el archivo y salí de mi cuarto.
………………………………..
[Tenemos que ayudar a mi mama] En la sala de mi casa, le pido a mis amigos luego de mostrarles el video que acababa de encontrar.
[Sé que es de hace días, pero se puede ver como armaron una son segura alrededor de la estación de policía, mi mama me dijo que ese lugar era muy resistente y estaba bien equipado, definitivamente con caerán fácilmente] Dije, aunque obviamente, mis palabras y mis emociones no coinciden, o, en primer lugar, ni siquiera sugeriría ir.
Arriesgando la seguridad de todos.
Aun así, tengo que decirlo, tengo que aferrarme a mi esperanza.
Incluso si es egoísta.
[¡Iremos!] – Franco, como siempre, fue el primero en apoyarme.
Una ola de alivio y gratitud invadió mi pecho casi al instante, pero entonces… Carlos dobló los brazos y miró la pantalla con la frialdad de quien calcula pérdidas y beneficios en un mapa.
Su voz fue un cuchillo envuelto en seda.
[Ir ahora es idiota.
Tres días a pie, zona hostil, recursos limitados.
Si movemos a todo el grupo y fallamos, la mayoría morirá.
No podemos sacrificarlo todo por una posibilidad.] Desde allí, por primera vez, creo que pude entender una milésima parte de las emociones que debieron sentir Loauise y las demás, al ser abandonadas ese día en la escuela.
La discusión rodó como una piedra por una pendiente: abiertas posiciones ideológicas chocando contra el deseo visceral de no perder a alguien en carne propia.
Otros defendieron posiciones intermedias: esperar más pruebas, enviar un equipo de reconocimiento.
Yo me quedé en el borde del círculo, viendo cómo cada argumento hería de formas distintas.
Pero no podía culparlos.
No estaban diciendo nada malo.
Así como era lógico no arriesgar sus propias vidas y las del resto del grupo, para trasladar a unas niñas con vértigo.
No es lógico arriesgar nuestro grupo y provisiones, a través de un lago y peligroso viaje, solo para llegar a una instalación de la cual no estás seguro si sigue en pie.
Un deseo personal no puede anteponerse a la seguridad del grupo.
[Milia… Yo…] — Finalmente, franco se volvió para mirarme, curiosamente, todos los demás, apartaban la mirada.
[Nosotros… La situación es…] – Franco luchaba por encontrar las palabras, la voz baja de quien intenta que no se rompa algo.
Pero aún estaba mejor que yo.
Después de todo, mi garganta ahora seca mientras miraba los rostros de los amigos que me daban la espalda, ni siquiera me permitía pronunciar palabra.
Y lo peor es que no podía juzgarlos.
Porque yo misma estuve de ese lado hace no mucho, yo misma antepuse el “bien del grupo” por encima de las vidas de 5 compañeras antes.
Y franco, el hombre que elegí, ahora mismo, solo está siguiendo el sistema que nosotros mismo elegimos, el que yo misma decidí abrazar… [Milia… Sé que es difícil… Todos estamos preocupados por nuestras familias… Pero en este momento, lo mejor que podemos hacer, es mantenernos a salvo…] Instintivamente asentí… Asentí a la decisión, asentí a la seguridad.
Honestamente, tienen razón… Yo lo sabía… [[[[[…]]]]] Pero en mi asentimiento, el silencio solo se volvió pesado… Curiosamente, fue en esa situación tan lamentable, donde me vino a la mente su rostro.
Más específicamente, recordé una caución.
Fue durante una de nuestras innumerables peleas.
Recuerdo como le reclame por su actitud, recuerdo preguntarle “¿Por qué tienes tanto deseo de oponerte al sistema?
¿Por qué no puedes ceder, aunque sea un poco?” Pero, sobre todo, recuerdo sus palabras, esas palabras que solo hasta hoy, pude entender.
“¿Qué se supone que concilie?
Un sistema que solo funciona bajo la premisa de que todo está bien mientras lo malo le pase a otro, es un sistema de mierda que no tiene nada rescatable.
¿Quieres que viva con miedo de ser el siguiente peón desechable del sistema?
Para vivir con miedo, mejor mátame de una maldita vez.” Antes de darme cuenta, estaba corrido.
[[[MILIA]]] Escuche sus gritos detrás de mí, pero mi cuerpo no respondió a sus voces.
Abrí la puerta y corrí a través del jardín, la casa familiar estaba a mi vista.
Mi respiración entrecortada y mi corazón a toda máquina.
Mi cuerpo se movió sin permiso, mientras mi mente recordaba las palabras del dueño de la casa junto a la mía.
“Si el sistema no está dispuesto a protegerme hasta las ultima consecuencias, entonces que no se queje porque me defiendo a mí mismo y a los míos.
Porque si muero, moriré de pie, le guste a este puto sistema o no.” [Si es el…] Sé que es hipócrita, lo se mejor que nadie… Pero yo… YO… “Top, top, top.” Mi mano temblaba mientras golpeaba la madera.
[¡ASTRAD!] —grité, mi voz rompiéndose—.
[¡ASTRAD, POR FAVOR, ABRE!
¡ASTRAD!] La puerta se abrió de golpe.
[Zorra, más te vale que sea bueno] —Dijo, su voz cargada con el mismo sarcasmo de siempre.
Lo vi, y por un segundo, el alivio fue tan abrumador que me robó las palabras.
Detrás de él, la luz cálida de la casa, los rostros de las chicas que ahora vivían con él.
Un mundo al que yo ya no pertenecía.
[Mi mamá…] —logré decir—.
Sus ojos no mostraron compasión.
Se inclinó, como si olfateara el aire.
[¿Qué pasa con mi tía?
¿Ya regresó?
¿Trajo cerveza?] El golpe de su indiferencia a mi estado alterado fue casi físico.
[Ella… Ella está en peligro.] ……………….
En la sala tan familiar, pero a la vez tan desconocida, tropezando con mis propias palabras explique la situación.
Igual que antes, la hostilidad de las chicas alrededor de Astrad, era casi palpable.
La pequeña Alicia, sentada en su regazo como si fuera un trono.
Louise, a su lado, mirándome no con odio, sino con una calma posesiva que era infinitamente peor.
Le mostré los videos.
Expliqué lo que sabía, mi voz compitiendo con la tensión que llenaba la sala.
[¿Cuál es el gran problema?] —dijo él, después de ver las imágenes—.
[Están repeliendo a los monstruos lentamente.] Su análisis era tan frío, tan distante.
Intenté explicar, hablé de las barricadas, de las zonas seguras, de cómo la situación empeoraba.
Fue entonces cuando Louise intervino, su voz afilada.
[¿No eres muy conveniente?] —dijo, sus ojos fijos en mí—.
[Yo solo veo que lo estás chantajeando para que haga lo que tú quieres.
¿No eres tú la que está todo el rato diciendo “no soy tu novia” y “supéralo de una vez”?
Después de lo que pasó, ¿cómo siquiera te atreves a hablarle?] [Eso es… Tú no sabes nada…] —repliqué, pero mis palabras sonaron huecas.
Ella tenía razón.
Yo era la traidora que venía a pedir un milagro.
Estaba parada en el centro de la sala, sintiendo el peso de todas las miradas, atrapada en un limbo.
Había abandonado la lógica de mi grupo solo para estrellarme contra el pragmatismo del suyo.
Y en medio de todo, estaba él, observándome, juzgándome en silencio.
[Astrad] —dije, mi voz apenas un ruego—.
[Iremos a rescatar a mamá… ¿cierto?] Aferrada hasta las últimas consecuencias, al hombre que yo misma rechace por miedo.
……………………………………..
—————- Punto de vista de Simon ————————– Una vez más estamos aquí.
Y una vez más, no puedo entender a esta persona.
Tan irracional en su racionalidad.
[Ouch, ouch, ouch] —se quejó Astrad mientras era pellizcado por Louise.
[Concéntrate] —respondió ella, con un tinte de amenaza en su tono.
[¿Y bien?
¿Qué quieren?] El desinterés en la voz de Astrad era absoluto.
Una pregunta lanzada solo por compromiso, o quizás por miedo al regaño de la mujer a su lado.
Y aun así, esa pregunta bastó.
[¿No irás?] —la voz de Milia era una súplica vacilante.
[Saldré en la tarde.] La respuesta fue instantánea, casual, como si estuviera decidiendo qué almorzar.
Y ahí estaba la paradoja que me consumía.
¿Por qué?
¿Por qué la única persona de la cual no puedes esperar compasión es la única dispuesta a arriesgarlo todo por nada?
No era lógico.
Un ser tan pragmático no debería actuar con tal irracionalidad.
Pero por alguna razón que se me escapaba, cuando él lo hacía, sus acciones creaban su propia y brutal lógica.
[¿En serio?] Casi pude ver el alma de Milia volver a su cuerpo.
Sus ojos se iluminaron con una esperanza que nosotros, el grupo que la acogió, no pudimos darle.
[Si eso es todo, largo.
El niño rata está ocupado.] Pero en la voz de Astrad no había regodeo, ni juicio, ni siquiera burla.
Solo el frío desdén de alguien a quien le han interrumpido con una pregunta estúpida.
[Iré contigo.] [No.
Ahora, largo.] [Definitivamente iré.] [Sí, a tu casa.
Adiós.] [Iré contigo a rescatar a mi mamá.] La conversación que siguió fue un tira y afloja predecible, pero mi mente ya no estaba en las palabras.
Estaba en la ecuación.
El cerebro, Astrad, se lanzaba a una misión suicida, mientras que el corazón, Milia, intentaba detenerlo con argumentos que ya no tenían valor.
Mientras más lo pensaba, menos lo entendía.
[Yo también iré.] [Franco…] [Incluso si no estoy convencido… No puedo dejarte ir sola a un lugar peligroso.] [Ahhh… qué voy a hacer con ustedes.
Supongo que no los puedo dejar solos.] [Jeje, no me quedaré atrás.] [Cuenta conmigo.] [Chicos…] Sin darme cuenta, la dinámica había cambiado.
Mientras yo estaba sumergido en mis pensamientos, mis compañeros, envalentonados por la decisión de Astrad, comenzaron una extraña rutina de fortalecimiento de lazos, ofreciéndose a unirse a una misión que minutos antes consideraban imposible.
Ninguno de ellos parecía notar que su recién descubierto valor no nacía de su propia convicción, sino de una confianza instintiva en el mismo chico que tanto les gustaba criticar.
Aun así, me sentí aliviado.
Sin importar la razón, que el grupo aliviara la tensión era beneficioso a largo plazo.
Sin embargo, fue en ese momento cuando supe que las cosas pronto saldrían mal.
El plan de Astrad era solitario.
No incluía un séquito.
[Bueno, que tengan un viaje seguro a su casa.
Adiós.] [Iremos contigo a salvar a mi madre, no puedo estar tranquila mientras ella afronta un peligro asi.] [No.
Fuera.
Tengo preparativos importantes.] [Iremos.
Sin importar qué.] Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando Milia se puso de pie.
No por su determinación, ni por la de los compañeros que la apoyaban.
Temblé porque, por primera vez ese día, los ojos de Astrad nos miraban.
Realmente nos miraban.
Y en ellos no había indiferencia.
Había cálculo.
[Bueno… ya que lo pones así, supongo que no me dejas opciones.] Y como si el universo exigiera darme la razón, golpeó a Milia sin vacilación.
[¡Milia!] [¡Malditoooo!] El caos fue inmediato.
Franco gritando, los demás poniéndose en pie, listos para una pelea que no podían ganar.
¿Son estúpidos?
No tengo nada en contra de mi grupo, pero a veces, no puedo evitar entender por qué Astrad nos prefiere lejos.
“GRRRRRRRRRRRRRR.” Por suerte, al menos entienden la elocuencia de un lobo gigante posiblemente homicida.
El desafío murió antes de empezar.
[¿De verdad creíste que diría algo como «¿No se puede evitar, supongo que debo protegerlos con mi vida en juego?» ¿Crees que estás en un manga de Naruto?
Lo más importante para el niño rata es la vida del niño rata.
¿Por qué debo aumentar el riesgo del niño rata para satisfacer tu maldito capricho?] Y allí estaba, finalmente, la cara que conocía.
La lógica fría, metódica, un razonamiento tan malditamente impecable que cabreaba.
[¿Qué se suponen que aportan al niño rata?
¿El poder del amor y la amistad?
¿Creen que están en My Little Pony?
Fuera de mi casa.
Lo que hagan no es problema mío, pero si me siguen, más les vale que sea a una distancia en la que yo no pueda verlos.
Que les quede claro: son solo un estorbo y, como tal, serán eliminados si se atraviesan.] Astrad era la racionalidad hecha persona.
Y alguien así no debería lanzarse a una misión suicida por una sola vida.
No debería.
[Yo…] [¿Hay algo más?] [[….]] [Tú… ¿Traerás a mi madre?] [… Los niños rata cuidamos a los nuestros.
Ahora, váyanse.] Y, aun así, ahí estaba él.
Haciendo exactamente lo que su propia lógica dictaba que no debía hacer.
Y sin una pizca de vacilación.
[Ah… eso me recuerda.
El niño rata tenía que decirles algo antes de que se vayan.] Pero incluso en medio de tal acto de heroísmo fragante, digno de un héroe merecedor de quedarse con la chica.
[El niño rata tiene un límite en su paciencia.
Lo que trato de decir es que, si cuando regrese, alguien —cualquiera, sin ninguna excepción— ha tocado siquiera por un segundo una sola de mis pertenencias…] No tiene ningún reparo en tomarse el tiempo para recordarnos.
Que meterse con él, significa enfrentar el infierno del villano.
[Lo mataré.] “GRRRRRRR” En ese momento, creo que lo entendí un poco mejor.
Astrad no era un héroe ni un villano.
Era una ecuación diferente.
Mientras mi grupo hablaba de “humanidad”, él hablaba de “los suyos”.
Y no se refería a la misma especie.
Podrías ser un alienígena de Urano; no importaba.
Ser humano no te garantizaba un lugar en su círculo.
Y si no eras de los suyos, entonces, a sus ojos, no eras nadie.
Una variable sin valor.
Pero si por algún milagro lograbas entrar, si te aceptaba…
te volvías indispensable.
Sus acciones nunca fueron irracionales.
El golpe la amenaza…
no eran actos de un loco.
Eran las acciones de un ser que aplicaba una lógica tribal y despiadada: nosotros no valíamos el riesgo.
No éramos de su clan.
Su heroísmo irracional y su crueldad territorial no eran una contradicción.
Eran dos caras de la misma moneda.
Por eso, la misma persona.
Es capaz de lanzarse a una misión suicida por un solo individuo, y al mismo tiempo es capaz de dejarnos morir a manos de una rata mutante sin pestañear.
Nosotros, simplemente, no éramos parte de su círculo.
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