El niño rata sobrevive al Apocalipsis - Capítulo 70
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- Capítulo 70 - 70 CAPITULO 22 SOY MAS FUERTE SOY MEJOR
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70: CAPITULO 22 SOY MAS FUERTE, SOY MEJOR 70: CAPITULO 22 SOY MAS FUERTE, SOY MEJOR ————— Punto de vista de Carla ——— El aire en la recepción se había vuelto denso, espeso como el humo.
El murmullo bajo de la multitud de refugiados, que hasta ahora había sido un zumbido de fondo, se estaba transformando.
Ya no era el sonido del miedo; era el de la ira.
Y esa ira tenía un director de orquesta: el alcalde Aníbal.
[Lo preguntare una vez más, Wiston, ¿Qué significa esto?] — dijo, su voz untada con una falsa preocupación, mientras señalaba no a mi abuelo, sino a nosotras; a las dos pequeñas goblins que se acurrucaban detrás de mis piernas, en guardia con un gruñido bajo y sus manos apretadas en sus armas.
Vi cómo funcionaba el veneno del alcalde.
No necesitaba dar órdenes, solo plantar una semilla.
Sus palabras eran un permiso para que el dolor de la gente encontrara un objetivo.
Una mujer se abrió paso al frente de la multitud.
Sus ojos estaban hundidos, vacíos, pero ardían con una luz febril.
[Mi hijo…] —comenzó, su voz rota—.
[Mi hijo murió luchando contra esas… cosas.
Y ustedes… ¿ustedes las protegen?
¿Les dan nuestra comida?
¿Nuestro refugio?] [Señora, la situación es más compleja] —intentó decir Flora, su tono inflexible y profesional.
[¡No hay nada complejo!] —gritó un hombre detrás de ella—.
[¡Son monstruos!
¡Mataron a mi esposa y a mi hijo menor!
¡Y ustedes los tienen aquí, incluso las alimentan con comida mientras nosotros saltamos comidas por el racionamiento!] El grito rompió la contención.
El murmullo se convirtió en un rugido.
La multitud se agitó, un único cuerpo movido por un único dolor.
Vi el pánico en los rostros de Jennifer y Sophie, que instintivamente se unieron a mí, formando una barrera humana frente a las goblins.
Ana, detrás de nosotras, se aferraba a las goblins que parecían querer saltar al ataque, movidas por un instinto de supervivencia.
[Por favor, háganme caso y cálmense] -susurraba Ana.
[“”Griiiirrrrrr.””] Tal vez por entenderla, las goblins calmaron su impulso, pero aun así seguían emitiendo un gruñido bajo.
Mi abuelo dio un paso al frente, su voz un trueno que intentaba imponerse al caos.
[¡Mantengan la calma!] Como era de esperarse, la multitud vaciló ante su autoridad.
Pero no bastó.
El eco de las pérdidas era demasiado profundo.
La situación continuaba deteriorándose con cada segundo.
Si fuese cualquier criminal o una persona problemática como Aníbal, mi abuelo no dudaría en patearlo, pero en esta situación, incluso él dudaba.
Estas eran buenas personas, afligidas tras innumerables pérdidas; personas que habían dejado que su dolor los volviera manipulables.
Vi a Aníbal, de pie a un lado, con una expresión de sombría satisfacción.
Había encendido la mecha con éxito.
Los policías formaron una línea.
No sacaron sus armas, pero sus rostros eran de piedra.
No eran guardias de seguridad tratando con civiles; eran policías enfrentados a las personas que se esforzaron por proteger.
Sus cuerpos, tensos, listos para el impacto.
Cada segundo que pasaba empeoraba todo.
Cualquier avance era rápidamente cortado por algunas palabras incitantes de Aníbal.
Sus ojos estaban fijos en nosotras con una satisfacción mórbida.
Finalmente, la mujer de los ojos febriles no se detuvo.
Su dolor era tan grande que había consumido su miedo.
Se abalanzó hacia nosotras, sus manos como garras.
[¡Denme a esos monstruos!] El padre de Sophie, Jhon, la interceptó.
No lo hizo con delicadeza.
La empujó hacia atrás con una fuerza contenida pero brutal; un movimiento entrenado para neutralizar una amenaza, no para consolar a una madre en duelo.
La mujer cayó al suelo.
Y la habitación explotó.
[¿Cómo se atreven a usar la fuerza en los ciudadanos honestos por proteger a unos monstruos?] – [E] el alcalde no perdió la oportunidad y sus palabras fueron el último chispazo.
El rugido de la multitud se convirtió en un grito de pura furia.
La gente parecía a punto de lanzarse hacia adelante, una marea de cuerpos impulsada por días de trauma, hambre y desesperación.
Pude ver la sonrisa de Aníbal ensancharse cuando la mano de mi abuelo se movió discretamente hacia su cintura.
[¿Van a dispararnos por unos monstruos?
¿Eh?
¿Van a hacerlo?] – el hombre que había perdido a su esposa y a su hijo menor volvió a dar un paso al frente, mientras sostenía una barra de metal en su mano.
Junto a él, un joven que parecía tener mi edad, posiblemente su otro hijo.
Frente a las miradas desesperadas de padre e hijo, mi abuelo vaciló.
[Dennos a esas cosas.
Dénnoslas ahora.] [Esas criaturas no son las mismas que nos han estado asediando.
Matarlas no resolverá nada y no traerá a tu familia de vuelta.] [¡NO ME IMPORTA!
¡ENTRÉGALAS, CÁLLATE Y ENTRÉGALAS!] – [E] gritó ya desesperado, agitando la barra de metal aleatoriamente.
Su hijo estaba igual de aterrado y, por supuesto, las personas detrás comenzaron a avanzar lentamente con ellos, como si trataran de medir si mi abuelo y sus hombres realmente usarían la fuerza con ellos.
Después de todo, así es la gente.
Les encanta hacerse los valientes con los uniformados, aprovechando para mostrar valor ante aquellos que deben respetar la ley; un valor que jamás mostrarían ante un asaltante real.
Pero no es tan simple.
Esto no es solo una escaramuza.
Mi abuelo definitivamente no priorizará a estas personas desquiciadas por encima de sus hombres y de mí.
Y entonces lo vi: la mano tensa de mi abuelo volviendo al arma.
Las personas lo vieron como un farol, aun tanteando para avanzar, pero los que lo conocemos, lo entendimos.
Incluso ese bastardo de Aníbal ya había sacado su teléfono y comenzado a grabar.
Era una trampa.
Pero antes de siquiera poder decir algo… [Tsk] – Un chasquido de dientes se hizo eco con espantosa claridad en medio del ruido, tan antinatural como inadecuado para la situación, que la habitación se congeló.
Instantáneamente, la atmósfera cambió.
Ese impulso agresivo, cargado de ira y desorden, fue tragado por la sofocante sensación de ser observado por un depredador.
Dejó a la mayoría momentáneamente confundida.
Por supuesto, no a mí.
No a mis amigas.
Porque nadie que haya vivido en carne propia, verlo llegar a ese nivel de irritación, podría confundirlo jamás.
[[[[…]]]] Como si estuviésemos en cámara lenta, nuestras miradas vagaron en busca de la fuente del chasquido.
Fue solo cuando algunos de los oficiales se hicieron a un lado que todos pudimos verlo con claridad.
Junto a Yumi, que ahora lo miraba con una expresión tensa, Astrad observaba a la multitud con un desprecio manifiesto en sus ojos.
Sí, en él no había nada ni remotamente parecido a un héroe.
Tenía el pelo revuelto y ojos que parecían gritar que estaba a punto de matar a alguien.
[[[[…]]]] Cuando Astrad comenzó a avanzar sin decir palabras, la tensión parecía poder cortarse сon un cuchillo.
Yumi levantó la mano, tal vez quería pedirle que se calmara un poco, pero finalmente la bajó con un suspiro tenso.
Los policías no estaban mejor.
Eran hombres que vivían en el peligro diario; sentir la atmósfera anormal y conocer los antecedentes de Astrad fue suficiente para hacerlos apartarse de su camino.
Si perderían o no contra un adolescente, no importaba.
La regla de oro de alguien que vive con su vida al límite es evitar problemas tanto como sea posible.
Y, por supuesto, los civiles entendieron de inmediato que algo andaba mal.
Antes de darse cuenta, habían comenzado a retroceder ante el avance de Astrad.
[T… Mocoso, ¿quién eres… cuagggggg?] – el hombre que había tomado la delantera trató de plantarle cara, pero antes de que siquiera terminara de hablar, una patada se conectó en su estómago, empujándolo varios pasos hacia atrás mientras dejaba caer la barra de metal.
Ante los eventos repentinos, las personas de la turba retrocedieron con urgencia.
[¡P-papá!] – gritó el chico, que también soltó su arma improvisada mientras se abalanzaba hacia su padre.
Pero mientras trataba de agacharse para socorrerlo… [¡KUAAAAGGGG!] – Grita de dolor cuando Astrad patea su cara, obligándolo a retroceder de golpe y a caer al suelo.
[¡YERRI!] – gritó el padre, desesperado, extendiendo la mano hacia su hijo que ahora se retorcía de dolor, solo para ser pateado en la cara nuevamente por Astrad.
[¡AHHHH, HAAAAAA, AAAAA!] – Padre e hijo gritaban en el suelo, retorciéndose de dolor mientras apretaban sus rostros, frente a las miradas aterrorizadas de todos.
[Molesto] – Astrad finalmente habló.
Su única palabra no tenía sarcasmo ni burla, solo un desprecio tajante mientras daba otra patada al hombre tumbado, esta vez en su estómago.
[Detente, detente, por favor, detente… ¿Quién eres?
¿Por qué haces esto?] Apretando los dientes, el hombre finalmente lloró entre toses y sollozos.
La sangre seguía brotando de su boca, mientras su hijo se arrastraba lejos sin apartar la mirada.
[Porque quiero.] – respondió Astrad con indiferencia mientras daba otra patada al incrédulo hombre.
[Y porque puedo.] – continuó, cada frase una nueva patada.
Su lógica era tan insulsa que ni siquiera podía ser rebatida.
[E-eso no tiene sentido… kug] -trató de rebatir el hombre, solo para ser pateado de nuevo.
[¿Ahhh?
¿Qué no tiene sentido?
¿No era ese tu tren de pensamiento cuando trataste de matar a las goblins del niño rata?
¿Ahhh?
¿No estabas de montonero con tus amiguitos, tratando de salirte con la tuya y hacer lo que querías porque podías?
¿Ahhh?
¿Tú puedes hacerlo, pero el niño rata no puede?
¿Es eso lo que quieres decirle al niño rata?
¿Ahhhh?] Las preguntas de Astrad cayeron como lluvia.
Cada una venía acompañada con una nueva patada que caía sobre el hombre indefenso, mientras todos solo podían mirar, aterrorizados.
[Es, es diferente.
¡ELLAS SON MONSTRUOS!] – gritó, al borde de las lágrimas.
[¡PUES PARA MÍ, TÚ ERES UNA MONSTRUOSIDAD!] – Astrad gritó más fuerte, su pie estampándose contra el pecho del hombre, forzándolo contra el suelo sin señales de levantarlo.
[Mi esposa, mi hijo… solo quiero vengarlos.
Ellos, ellos…] El hombre forcejeó como pudo, sus lágrimas caían de resentimiento.
[¿Ellas los mataron?] Por primera vez, la pregunta de Astrad pareció tener el mínimo de sentido.
Al punto de que algo de brillo regresó a los ojos del hombre mientras hablaba.
[Fueron ellos, los monstruos como ellos.
Si no fuese por ellos…] – habló mientras señalaba hacia nosotras, su tono como el de alguien que parecía haberse aferrado a un indulto.
Pero yo solo podía suspirar para mis adentros, porque Astrad es el tipo de persona que solo te habla con lógica cuando está realmente cabreado.
[Incluso si los goblins no existieran, tu esposa e hijos estarían muertos.] El dedo del hombre se congeló en el aire cuando las frías palabras de Astrad resonaron en la habitación, que había sido envuelta en un silencio sepulcral.
[Incluso si pudieses volver al pasado, tu esposa y tu hijo se morirían.] Continuó, su voz adquiriendo un tono cada vez más bajo, hasta volverse un susurro que te calaba los huesos, capaz de presionar tu pecho.
[Incluso si a ese pasado regresaras completamente armado, tu esposa e hijos seguirían muriendo.] Mientras Astrad hablaba, podía verse cómo lentamente aumentaba la presión de su pie en el pecho del hombre.
Pero en lugar de gritar de dolor, el hombre lentamente volvió la vista hacia Astrad, mientras su rostro palidecía cada vez más con cada palabra.
[El niño rata ha visto a innumerables basuras como tú.
Maricas de mierda que tiemblan de miedo frente a cualquiera un poco más fuerte que ellos, agachando la cabeza y soportando humillaciones, solo para descargar esa frustración en cualquiera que sea más débil que él.
Después de todo, ¿qué más puede hacer?
Es solo un cobarde marica, hijo de puta.] Las palabras de Astrad hicieron estremecer no solo al hombre, sino a casi todos los presentes.
Los recuerdos de nuestro primer y segundo año llegaron a mí como una marea.
Los recuerdos del chico que odia la hipocresía por encima de todo.
Del chico que prefirió la soledad antes que renunciar a su justicia por un sistema hipócrita.
[¿Dices que quieres matar a estas goblins para vengar a tu esposa?
Kekeke, no me hagas reír.
Solo quieres satisfacer tu patético placer mórbido, descargando tu ira en aquellos más débiles que tú.] Astrad siguió hablando, sus palabras cargadas de desprecio mientras el hombre solo podía tartamudear ante sus ojos, sin pronunciar ninguna palabra coherente.
[Ellas no mataron a tu esposa e hijo.
Tu esposa e hijo murieron porque eres un patético marica cobarde que prefirió correr a esconderse que proteger a su familia.] Los labios del hombre se abrían y cerraban ante la mirada de Astrad.
[Kekeke, pero, ¿sabes?
El niño rata es un niño rata considerado.
Creo que te daré una oportunidad.] Dijo, quitando su pie del pecho del hombre.
Luego dio unos pasos a un lado y recogió la barra de metal, que después lanzó suavemente junto a él.
[El niño rata te propone algo: golpéame con eso.
Si logras vencerme, las goblins son tuyas para hacer lo que quieras] —dijo, acercándose de nuevo al hombre aturdido.
[¿Qué pasa?
¿No te pones de pie?
O, ya sé, ¿necesitas más ventaja?
¿Qué tal esto?
El niño rata promete no defenderse, ¿cómo suena?
Además, me pondré a tu alcance, mira.] El hombre temblaba como gelatina, incluso cuando Astrad le puso la barra en la mano y la apretó en su puño, incluso cuando se acercó lo suficiente y sin cuidado.
Cada acción y palabra de Astrad, lejos de motivarlo, lo hacían temblar de más miedo.
[¿QUÉ COÑO ESPERAS, HIJO DE PUTA?
¿UNA MALDITA INVITACIÓN?
¿CREES QUE TENGO TODO TU MALDITO DÍA?] Finalmente, Astrad se impacientó y le gritó mientras se subía sobre el pecho del hombre.
Con una mano agarró su camisa y la otra la cerró en un puño.
[¿No ves que no me estoy defendiendo?
¿Por qué no atacas?
¿Ah?
¿No ibas a vengar a tu amada familia?
¡Marica hijo de puta!] Igual que antes, una pregunta, un golpe.
[¿Dónde está el coraje?
¿Dónde está el padre vengador?
¿Por qué sueltas la barra?
¿Debo atártela con cinta?
¿Ahhh?
Hijo de puta, ¿por qué no le respondes al niño rata?
¿No sabes hablar?
¿No estabas gritando a todo pulmón antes?
¿Ahh?
¿Por qué lloras?
¿Llorando se revive a la gente?
¿Ahhhhhhhhhhhhhhh?] No sé cuánto tiempo pasó, ni cuántas maldiciones se dijeron.
En mis ojos solo la sonrisa despiadada de Astrad y su rostro, manchado con la sangre del hombre, se registraban.
En esa risa no había placer, solo desdén, indignación e ira.
Finalmente, el hombre no pudo resistir más y se desmayó.
Solo entonces, Astrad se detuvo.
Con calma se levantó, levantó al hombre inconsciente y lo arrojó a su hijo, que aún estaba sollozando en el suelo.
[Ey, imbéciles] –dijo, por primera vez, viendo al resto de los civiles y al alcalde, que habían olvidado cómo respirar.
[Las goblins son intocables, porque lo digo yo.
Y lo que yo diga, se hace.
Porque soy más fuerte que ustedes, más listo que ustedes, mejor que ustedes.] Habló, cada palabra una orden sin posibilidad de réplica; solo la declaración tajante de la ley del más fuerte.
[Y ahora, desaparezcan de mi vista.
A cualquiera que vea cuando cuente hasta cinco… voy a matarlos a todos.] Antes de que siquiera pudiese comenzar a contar, las personas salieron corriendo de la habitación como pudieron.
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