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El niño rata sobrevive al Apocalipsis - Capítulo 74

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74: CAPITULO 26 PREPARACION 74: CAPITULO 26 PREPARACION ————– Punto de vista de tercera persona ———— El aire olía a óxido y sal, un perfume rancio que se pegaba a la garganta.

Desde la azotea, la línea del mar era una cicatriz gris entre los escombros y la bruma.

El sol, atrapado tras un velo espeso de nubes, teñía la costa de un cobre enfermo.

A unos quinientos metros de la comisaría, una multitud se movía con un ritmo propio, una masa irregular que oscilaba como una criatura viva.

Astrad observaba en silencio.

Sus ojos, acostumbrados a buscar el peligro más que la esperanza, recorrían el semicírculo de figuras verdes que se agitaban en el descampado.

A primera vista parecía un caos, pero si uno se quedaba lo suficiente, notaba el patrón.

Había compases.

Golpes.

Voces.

El viento arrastraba los ecos como si fueran fragmentos de una pesadilla: tambores improvisados, cantos guturales y el sonido hueco de huesos chocando como instrumentos.

La tierra temblaba apenas, una vibración sorda que subía por las suelas de las botas.

No era simple alboroto.

Alguien con conocimientos de civilizaciones antiguas lo habría llamado un ritual.

Para Astrad, solo era un tic en el ojo.

[Wuag, qué asco] —gruñó Astrad, con el rostro torcido—.

[¿Me llamaron para ver a unos monos verdes bailar cumbia?] [Oye, a nosotros tampoco nos gusta, pero te aseguro que son malas noticias] —respondió un policía joven a su lado con una sonrisa irónica.

A su lado, Wiston no se movía.

El viejo militar mantenía los brazos cruzados, el semblante endurecido por los recuerdos aflorantes.

[Esto otra vez…] —murmuró, sin apartar la vista.

[¿De nuevo?] —preguntó Carlos.

Wiston asintió.

[Sí.

La última vez fue justo antes de que iniciaran la gran invasión que nos obligó a replegarnos aquí] —su voz tenía la aspereza de quien revive una derrota—.

[Es una especie de ritual de preparación.

Eligen a los líderes del ataque.] Jhon, sentado en una caja de arena con el rifle descansando sobre las rodillas, completó la idea.

[Algo parecido a un torneo para elegir generales.

Los ganadores encabezan las tropas.] Astrad soltó una carcajada corta.

[¿Cómo eligen?

¿Bailando cumbia?

Haberlo dicho antes.

Vayan allí y tráiganle el oro al niño rata.

Luego usen su autoridad como general para dejarnos escapar.] [[[Hehehehe.]]] Las payasadas de Astrad hicieron estallar en carcajadas a los hombres, como si la situación no tuviera nada que ver con ellos.

[¿Cómo no lo pensé antes?

Mis años en la pista de baile no pueden ser en vano, hoy les mostrare como conquiste a mi esposa] —siguió Wiston el juego, mientras hacía unos movimientos extraños.

[Creo que es hora de sacar los pasos prohibidos.] [Mi juventud practicando la de Michael Jackson por fin rendirá frutos.] [Tienen todo mi apoyo moral.] [Grábenlo, definitivamente irá a YouTube.] [¿Qué dices, chico?

¿Competirás?] [Kekeke.

Solo si el premio es tu nieta.] [Me tientas, me tientas.] Pronto, una conversación en desacorde con la situación se llevó a cabo entre risas y burlas.

Pero nadie apartaba los ojos del horizonte.

En esa azotea no había héroes ni soldados de élite, solo supervivientes con fusiles gastados y el miedo fresco en los huesos.

El viento arrastraba un olor a aceite quemado, a metal oxidado y a la promesa de violencia.

Abajo, los goblins rugían al compás de su propio delirio.

Pero incluso en la grotesca escena que presagiaba un final siniestro, el ánimo no se desplomo.

En sus ojos no había esperanza, solo la fría certeza de que, si iban a caer, al menos lo harían armando un buen escándalo.

¿Miedo?

Por supuesto.

Pero, ¿de qué servía?

Llorar o estar nervioso nunca solucionó nada.

La tensión de los últimos días no les había servido de nada.

Entonces, ¿por qué no reír junto a su pequeño y jodido bufón?

[Hehehe] —Wiston era el que reía con mejor ánimo.

Sin pensarlo, acarició la cabeza de Astrad a su lado.

(Estos viejos huesos ya no se adaptan a la velocidad de los jóvenes) —pensó, observando a Astrad con una sonrisa paternal.

Los ojos del niño tenían un brillo depredador que le recordaba a él mismo cuando era más joven.

Sabía que no solo no se había rendido, sino que, en este preciso momento, incluso entre chistes y sarcasmos, ya estaba armando su propio tablero.

Y eso le encantaba.

Aun así, sintió una punzada de lástima.

Ya había planeado arrastrarlo a su central tan pronto como se graduará; incluso hizo que su nieta ingresara a la misma escuela para forjar un vínculo.

Aunque nunca se lo dijo directamente, Wiston sabía que Carla no era tonta.

Incluso sin palabras, ella entendía lo que su abuelo quería y, como él esperaba, los informes llovieron.

Y cada caso solo convencía más a Wiston.

(Mi hermosa jubilación…) —pensó con pesar.

[¿Qué hacen ahora?] —preguntó Astrad, devolviendo a Wiston a la realidad.

Al mismo tiempo, los tambores se hicieron más intensos.

Desde la distancia se distinguía una figura de mayor tamaño: un orco.

Su piel, gris opaca, brillaba con una pintura rojiza.

Alzó una lanza envuelta en trapos y, con cada gesto, los goblins se arrodillaban en oleadas.

Finalmente, prendió la lanza en fuego y la incrusto entre un rejunte de madera, creando una enorme hoguera.

[Esa es nuestra cuenta atrás] —dijo Wiston en un tono solemne.

Astrad levantó la ceja, pero no dijo nada; esperó a que terminara.

[Cuando eso se apague, comenzará el torneo.

Luego, los ganadores serán marcados usando la punta de la lanza y la sangre de los sacrificios] —aclaró Wiston, mientras en su mente se reproducía la noche en que su línea de defensa fue violada.

[¿Sacrificio?

¿A quién?] —preguntó Carlos con un mal presentimiento.

Los hombres apretaron los dientes.

Ya todos sabían que los goblins, desde hacía tiempo, solo jugaban con ellos, y que este ritual simplemente marcaba el fin del juego.

Era una burla descarada, una proclamación de fin a un enemigo que consideraban inferior.

Bailaban frente a ellos, elegían sus filas frente a ellos, sacrificaban a su gente frente a ellos.

[A cualquier ser vivo que tengan a la mano… Monstruos, animales, humanos, ellos mismos… La única condición parece ser que, mientras mayor sea el rango, más fuerte debe ser el sacrificio.

Doce sacrificios en total.

Uno de nuestros colegas fue el sexto la vez pasada…] —dijo finalmente Jhon, apretando los dientes.

Nadie habló durante un momento.

La brisa trajo un olor metálico.

[¿Qué hay del cargo de jefe?

¿No se pone en juego?] —Astrad rompió el silencio.

Algunos se sorprendieron por su frialdad, pero al mismo tiempo estuvieron de acuerdo con él.

Había un momento para todo, y estos veteranos lo sabían mejor que nadie.

(Los muertos no lloran tumbas).

[No sabemos.

Al menos la vez pasada no pasó] —respondió Wiston.

Astrad lentamente procesó la nueva información y la unió a la suya.

Miró con cuidado cada detalle.

Originalmente había más de doce orcos, por eso, la vez pasada todos los puestos principales les pertenecieron.

Pero luego del devastador ataque de un golem, solo quedaban cinco de ellos, incluido el jefe orco.

Astrad recordó las conversaciones con la Red: todos los goblins y orcos parecían tener cicatrices específicas como marcas, pero algunos tenían una “X” sobre la cicatriz.

Además, tenía otra “marca”, aunque solo pintada.

Debido a esto, especularon respecto a posibles facciones que habían perdido a sus líderes en juegos de poder, y no estaban tan lejos de la realidad.

[¿Recuerdan de lo que hablamos?] —preguntó Astrad.

[Lo de provocar una rebelión, ¿ya tienes algo en mente?] —asintió Wiston y preguntó de vuelta.

Aunque la idea planteada era posible, no habían tenido tiempo de formularla con cuidado.

Mientras Wiston repasaba las escasas posibilidades, la sonrisa de Astrad ya se había ensanchado.

Donde los demás veían un ejército, él veía un mapa de fracturas.

Notó a un grupo de goblins en el flanco izquierdo que no vitoreaba, solo observaba.

Vio cómo un orco menor miraba al caudillo con algo más que miedo: era resentimiento.

Cada símbolo, cada aplauso fuera de ritmo, cada mirada desviada en la multitud, era una coordenada en su plan.

La multitud, aparentemente unida, estaba fragmentada por facciones que esperaban su momento.

Y lo que era mejor, el ritual mismo lo anunciaba con marcas que, para Astrad, brillaban con una intensidad provocativa.

La falta de orcos significaba que muchos goblins tendrían la oportunidad de consolidar un poder real.

Solo necesitaban un empujón.

[La soberbia mata, hijo de puta] —la sonrisa de Astrad se volvió agresiva; en su mente ya estaba jugando con su vida como apuesta.

Abajo, el caudillo bebía de un barril improvisado y rugía de risa, rodeado de goblins que lo celebraban.

Cuando levantó la vista, sus ojos se cruzaron con los de Astrad.

Un silencio cargado vibró entre ambos.

Dos depredadores reconociéndose.

Finalmente, el orco esbozó una sonrisa provocadora.

[Kekeke, si quieres bronca, bronca tienes.] ———— Punto de vista de astrad ——————- [¿Ya abrieron la armería?

¿Por qué no le dicen al niño rata?] —pregunto con dudosa duda, frente a las dos maletas llenas de democracia.

Y cuando digo democracia, me refiero a granadas de todo tipo, algunas armas de calibre fuerte, municiones e incluso barras de C4.

[Ahahaha… Bueno, en realidad, son el armamento personal del jefe.

Casi todo lo que estamos usando es también suyo.

Lo único que había libre aquí eran pistolas de bajo calibre, algunas escopetas y rifles viejos, además de granadas de humo para motines y equipo de protección antimotín.

Aunque en equipo general y defensivo estamos muy modernos, en general, nuestra capacidad ofensiva es muy baja salvo autorización.

Las municiones de la comisaría para los rifles y escopetas también se acabaron hace unos días, solo quedan municiones de pistola.] El domador de gorilas aclara con una sonrisa irónica, mientras mira al resto del equipo que los changos trajeron cuando pedí un recuento de municiones y equipos, aprovechando el tiempo libre mientras los estúpidos goblins bailaban cumbia a lo lejos.

También señaló el sello para que yo pudiera entender qué era del abuelito y qué era de la fuerza policial.

La comparación era similar a la de un adulto y un niño.

El equipo oficial de la policía era así de patético.

Incluso las “escopetas y rifles” estaban más cerca de ser reliquias de museo que armas funcionales.

[[…]] El abuelo orangután y yo intercambiamos miradas silenciosas.

[¿Qué?

¿Es malo ser precavido?] —dijo finalmente, apartando la vista avergonzado.

[Abuelito…] —El niño rata se puso sentimental, así que lo digo con una carga de emociones.

[Nieto…] —el abuelito orangután responde a mi emoción y me mira con ojos brillantes.

Luego, sin decir nada más, nos abrazamos.

¿Eres tú?

¿El abuelito perdido que nunca quise?

[Qué demonios están haciendo…] Escucho quejas a lo lejos, pero el niño rata tiene un momento emocional aquí.

Porque encontró a su abuelito perdido hace diecisiete años.

¿Qué es esto que siente el niño rata en su pecho?

¿Hambre?

[Quiero dos semiautomáticas.] Le pido dos pistolas al abuelito orangután.

[Claro, aquí tienes.] Sin pensarlo, el abuelito rebuscó entre los bolsos y me entregó dos Magnums Desert Eagle y dos 9mm automáticas, junto a varios cargadores y cajas de municiones.

Vine buscando cobre y encontré oro.

Grande el abuelito orangután, grande el abuelito del niño rata.

[Aunque pensé que serías más de armas pesadas.] [El niño rata tiene cero condición física, el niño rata no puede manejarlas.] [¿Sabes cuánto pesaban tu capucha y equipos?] [El niño rata se ve genial con sus dos pistolas.] [Entonces ese es tu objetivo real.] Soy el niño rata.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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