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El niño rata sobrevive al Apocalipsis - Capítulo 75

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75: CAPITULO 27 SALIDA 75: CAPITULO 27 SALIDA  [Terminó la cumbia.] El aviso, corto y seco, cortó la reunión estratégica en la azotea como un cuchillo.

El aire, que olía a óxido y sal, pareció congelarse.

Abajo, el ritmo hipnótico de los tambores cesó de golpe, dejando un silencio antinatural que zumbaba en los oídos.

Todos volvieron su atención a la turba a lo lejos.

Efectivamente, la llama de la hoguera había extinguido, dejando solo el metal al rojo vivo de la lanza, incrustado entre las cenizas moribundas de la hoguera.

[Vienen los sacrificios] — dijo Wiston con una expresión sombría.

Casi de inmediato, la procesión improvisada comenzó a moverse.

Figuras atadas con cuerdas y cadenas eran arrastradas sobre tablas toscas y puertas rotas, partes sobresalientes de sus cuerpos raspaban contra el asfalto en un desfile macabro.

Como lo había mencionado Wiston, los sacrificios eran variados.

La mayoría eran monstruos, obviamente reconocibles ya fuese por sus tamaños o sus formas únicas.

Pero… [Mierda] — carraspeó Jhon, su voz un nudo de rabia ahogada al reconocer la figura humana entre las víctimas.

Un silencio helado cayó sobre los hombres en la azotea.

Nadie tuvo que decir nada; la misma imagen se proyectó en la mente de todos: su camarada, su amigo, sufriendo el mismo destino.

Los dientes de todos se apretaron mientras la procesión continuaba abajo entre bullicios de celebración, completamente indiferente al dolor de los hombres.

[Kekeke, veo algo bueno] —dijo Astrad en medio de la tensión.

Todos voltearon a verlo incrédulos, pero luego siguieron su mirada.

No le importaba el humano ni los monstruos; sus ojos estaban fijos en un único goblin entre los sacrificios, atado de una forma particularmente humillante.

Wiston también lo notó: las alabanzas de un gran número de goblins vacilaron por un instante, pero al final recuperaron el “ánimo” bajo la mirada escrutadora del jefe orco.

[Ese color…] —comentó Wiston, sus ojos entrecerrados notando un tono grisáceo destacado entre los goblins, que normalmente tenían diversas tonalidades de verde.

Aun así, el color le resultaba extrañamente familiar.

[¿Será algún familiar de las niñas goblins?] —preguntó finalmente Carlos.

Todos miraron a Astrad de reojo.

Ya sabían cómo era él con esas goblins y les preocupaba que cometiera una imprudencia.

Y, como pensaban, la mirada del niño se había tornado peligrosa.

Pero, para su sorpresa, al seguirla, sus ojos no estaban en el goblin, ni siquiera en el humano.

No, estaban fijos en algo más: la criatura al final de la procesión, la más lejana.

Su pelaje harapiento estaba apelmazado con sangre seca y barro, un mapa de batallas perdidas.

Sus dos ojos habían sido arrancados hacía mucho tiempo, dejando nada más que cicatrices.

De un vistazo, era la criatura más rota entre los sacrificios.

Pero, al mismo tiempo, era la única que, en lugar de parecer resignada, se movía con una furia brutal.

Tensaba las cadenas hasta el límite, y sus enormes garras rugían al raspar el metal de la puerta a la cual la habían atado con cadenas.

[¿Un tigre?] [De hecho, creo que es un gato.] [¿Un gato más grande que un carro?] [Un gatote…] Los hombres trataron de comentar casualmente, esperando que Astrad los pusiera al día.

Pero el niño, usualmente bocón, guardó silencio.

Wiston dejó de prestar atención a los goblins y en su lugar miró a Astrad.

La mano de Astrad, hasta entonces apoyada con desinterés en el borde de la azotea, se cerró con tal fuerza que los nudillos se pusieron blancos.

Los dientes apretados marcaban su mandíbula; sus ojos destellaban una intención asesina completamente diferente a la que había mostrado antes.

Era fría y metódica, pero, al mismo tiempo, ardía con una ira incontenible, como un animal salvaje a punto de lanzarse a la garganta de su presa.

En ese momento Wiston lo notó.

A lo lejos, el enorme y violento animal había dejado de moverse.

En su lugar, su rostro lleno de cicatrices había apuntado hacia ellos.

No, estaba “mirando” a Astrad.

Y no fue el único en notarlo; el jefe orco también lo hizo.

Intercambió una mirada entre el gato y Astrad antes de esbozar una sonrisa maliciosa.

Tras un gesto de su mano, el gato fue alejado del resto de los sacrificios y puesto junto al trono del rey orco.

Con gestos deliberadamente lentos y provocativos, el orco puso su pie sobre la cabeza del gato, forzando su cabeza contra el suelo.

La bestia, sin embargo, ya no luchaba.

Mantenía su atención fija en Astrad, en un silencio absoluto.

[Gehehehe.] La fría risa de Astrad hizo que incluso Wiston, un veterano de cientos de campos de batalla, se estremeciera.

Del otro lado, el gato bajó la cabeza; su respiración agitada se calmó y todo su porte dominante desapareció.

Para la mayoría, parecía que se había rendido.

Pero los ojos más agudos lo vieron: no era la calma de la derrota, sino la de una bestia que esperaba su oportunidad.

Por supuesto, el jefe orco lo notó, pero lejos de ponerse nervioso.

“¡GRA… GRAHAHAHA… GRAHAHAHAHAHAHAHAHA!” Entre risas roncas que reverberaban con una agresividad que hacía temblar la tierra, el jefe orco se levantó de su asiento, hacha de batalla en mano.

“¡GRAHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!” Gritó con furia mientras levantaba ambas manos, como si señalara el inicio del torneo, pero sus ojos se mantenían fijos en Astrad.

En un instante, la rivalidad y el respeto de guerrero a guerrero se habían transformado en una declaración de intención.

[Ya estás muerto, hijo de puta.] “GRRRR.” Uno de los dos debía morir ese día.

…………….

[Los sacrificios comienzan al final del torneo, ¿no?] —preguntó Astrad.

Su voz había vuelto a la normalidad, pero aún ocultaba una intención metódica, diferente a su caos habitual.

[Sí] —respondió Wiston sin decir mucho más.

Sabía que, hiciera lo que hiciera, no podría detenerlo, así como nadie podía detenerlo a él en su juventud.

[¿Hay vehículos activos?] [Logramos reparar algunos blindados.

Lamentablemente, perdimos la oportunidad de retirarnos y terminamos atrapados por las barricadas que nosotros mismos levantamos.] [Bien, traigan el C4, las granadas y todas las bombas de humo.] Los ojos de todos se estremecieron.

La combinación de palabras sonaba a locura de principio a fin.

[¡Ey!

¿No estarás pensando lo que creo que estás pensando?] —preguntó Jhon.

En su voz había un dejo de urgencia mientras lanzaba miradas a Wiston, como si buscara ayuda para convencerlo.

Pero Wiston mantuvo la mirada fija en Astrad, que se la devolvió sin vacilar.

[Pensé que el plan era dejarlos matarse y salir corriendo] —preguntó Wiston finalmente, con el rostro solemne.

[Y lo sigue siendo.] – respondió Astrad antes de señalar al jefe orco a lo lejos – [Luego de borrarle esa estúpida sonrisa de su fea cara] […Guhuhu, qué casualidad, yo también tenía unas perras ganas de hacer justo eso] —Respondió wiston, su viejo rostro distorsionado en una risa salvaje que no había mostrado en años.

[Kekeke, ¿tienes algunas ideas?] [Hablemos, mi lindo nieto.

Guhuhu.] El resto de los hombres en el tejado vio la escena con expresiones incrédulas.

El agotamiento que pesaba sobre sus hombros pareció evaporarse, reemplazado por una adrenalina helada.

Eventualmente, sus rostros también se distorsionaron lentamente en una risa asesina, mientras se unían a los dos y compartían ideas.

[Estos bastardos están rotos…] —se quejó Carlos con resignación, antes de unirse a la macabra planificación.

…………….

El estacionamiento subterráneo era una tumba de concreto.

El aire, frío y viciado, olía a gasolina vieja y a humedad.

La única luz provenía de bombillas viejas que parpadeaba intermitentemente, proyectando sombras largas y danzantes.

[Todo listo] —dijo Jhon con cierta renuencia mientras cerraba la cajuela de la camioneta, tras terminar de programar el C4.

El sonido metálico resonó en el silencio.

Luego caminó a un lado, donde Astrad terminaba de ajustar las correas de su equipo.

El chasquido de los cargadores al encajar en sus fundas hizo eco en el precario lugar.

[Este es el interruptor] —dijo Jhon, entregándole el pequeño detonador.

Un LED rojo parpadeó una vez al quitar el seguro de plástico—.

[Quitas el seguro, presionas el botón y hace “boom”.

Rango efectivo de cien metros, ¿entiendes?] [Sí, sí, el niño rata no es tonto.

No es la primera vez que explota bienes públicos] —respondió Astrad, poniéndose nuevamente su capucha.

Había dejado de lado la mayoría de los objetos prácticos para mejorar su movilidad, un sacrificio calculado.

Pistolas en sus muslos, cuchillos y granadas en su pecho.

Y las hachas de mano en su espalda.

Estaba equipado para una pelea, no para una expedición.

[¿Acabas de admitir vandalismo en la cara de un policía?

¿dentro de una comisaría?] [El niño rata no recuerda tal cosa] [Acaba de pasar] [Sino me acuerdo, no paso.] [Ahhh… Recuerda no morirte o todo mi esfuerzo con Yumi se irá a la basura] —dijo Jhon entre suspiros, mientras Astrad se subía a la camioneta.

[Kekeke, de hecho, es al revés.

En su momento de fragilidad, puedes por fin avanzar] —respondió Astrad con sarcasmo mientras verificaba el escudo antimotín que había atado sobre la puerta del piloto.

[He, lo tendré en cuenta.] En medio de su conversación.

[Ey, ¿pueden dejar de hablar como si ya estuviésemos muertos?] —Carlos se quejó mientras se ponía una máscara de gas.

Los hombres en la parte de atrás de su camioneta asintieron en vigoroso acuerdo.

[¿Nunca te han dicho que arruinas la atmósfera?] [Hablas como mi hermana.] [Kekeke] —se burló Astrad mientras también se colocaba una máscara.

Jhon y otros dos policías que habían ayudado a preparar todo se hicieron a un lado mientras el motor de las camionetas comenzaba a rugir.

En ese momento, las luces del estacionamiento parpadearon violentamente y murieron.

El mundo se sumió en una oscuridad absoluta durante dos largos segundos, el rugido de los motores el único sonido.

Luego, con un zumbido agudo, las luces de emergencia volvieron, tiñendo todo de un rojo enfermizo.

[Esas son las luces de emergencia] —dijo Jhon, entrecerrando los ojos.

Su voz tensa.

[¿Por qué siento que no es normal?] —preguntó Carlos.

[Muy pronto.

No imposible, pero raro] —dijo Jhon mientras enviaba una mirada significativa a sus colegas.

[Olvídenlo, concéntrense en el plan.

Suban y dennos cobertura] —Interrumpió Astrad antes de que Jhon y los demás pudieran moverse, sus nudillos ya blancos por sus manos apretando el volante de la camioneta con excesiva fuerza.

[¿Seguro?

Si es un sabotaje, Sophie y las demás podrían enfrentar problemas pronto] —preguntó Jhon con cuidado.

Astrad asintió.

[¿Cuál es tu punto?

Si ellas fallan, estamos muertos; si nosotros fallamos, estamos muertos.

Todos hacemos lo que tenemos que hacer y confiamos en que el otro haga su parte] —dijo, mirando a Jhon y los demás a través de la máscara.

[Ahora suban y hagan su parte] —concluyó.

Jhon y los demás dudaron, pero al final asintieron y se fueron a toda prisa.

En el oscuro estacionamiento donde solo se escuchaban dos motores en marcha.

[Niño, ¿en serio me sacaste de la cárcel para matarme, no?] —preguntó Carlos con sarcasmo.

[Kekeke, ¿querías vivir para siempre?] La descarada respuesta hizo que Carlos hiciera una mueca divertida, pero antes de responder, la comunicación llegó por la radio.

[Todos en posición… Chico, no mueras en nuestra primera fiesta.] Con la señal, el primero en arrancar fue Carlos.

[¿Y perderme mi baño de esponja?

Sueñas] —escupió Astrad.

Sus manos vagaron hacia la radio, deteniéndose por un instante.

Bastaba un simple movimiento para contactar a las chicas.

[Kekeke] —al final, apartó la mano con una risa seca.

Sus ojos fijos en la salida, mientras ajustaba el vehículo para ponerlo en marcha.

[Mis zorras pueden con un gilipollas en traje y una turba de maricas] —dijo y apretó el acelerador.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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