El niño rata sobrevive al Apocalipsis - Capítulo 77
- Inicio
- Todas las novelas
- El niño rata sobrevive al Apocalipsis
- Capítulo 77 - 77 CAPITULO 29 FARO EN LA OSCURIDAD
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
77: CAPITULO 29 FARO EN LA OSCURIDAD 77: CAPITULO 29 FARO EN LA OSCURIDAD ————– Punto de vista de tercera persona ————– En su improvisada oficina, Aníbal Soto se sirvió otro dedo de licor.
Su carrera, su legado, su nombre: todo se reducía a ese instante.
Esta catástrofe no era el fin del mundo, era una crisis.
Y las crisis, para hombres como él, eran escalones.
Si jugaba bien sus cartas, si mantenía el control y seguía el protocolo de Morgenstern, saldría de esto no como un simple alcalde, sino como un héroe.
O al menos así lo veía él.
La idea le calentó el pecho más que el propio whisky.
Pero había un problema.
[Primero Wiston y ahora…] —masculló por lo bajo, apretando el vaso entre los dedos.
Cuanto más recordaba al mocoso insolente, más se tensaba su mandíbula.
“Clack.” El cristal se hizo añicos contra la pared.
El whisky barato salpicó el mapa de la ciudad, manchando de ámbar los círculos rojos y las líneas de estrategia garabateadas a mano.
El líquido se escurría lentamente, como si la ciudad misma sangrara bajo su rabia.
Afuera, los guardaespaldas ni siquiera se inmutaron; no era la primera vez que el alcalde tenía un arrebato.
[Yo soy el alcalde.
Yo soy la autoridad.
¿Cómo se atreve un mocoso a desafiarme?] —susurró entre dientes, mientras su voz temblaba con una furia helada.
Entonces, lo sintió.
Un escalofrío súbito, tan violento que por instinto giró la cabeza, buscando una ventana abierta que no existía.
No era frío.
Era una ausencia de calor.
Por el rabillo del ojo, la sombra proyectada por el archivador pareció retorcerse, adoptando fugazmente la forma de un pájaro oscuro con las alas plegadas.
Pero en un parpadeo, todo volvió a la normalidad.
Aun así, la sensación de ser observado no se fue.
[…Debo estar cansado.] —murmuró, pasándose una mano por la frente.
La idea se desvaneció, pero algo de ella se quedó suspendido en el aire, adherido a las paredes, respirando con él.
(No puedes dejar que te pisoteen) —susurró una voz en su cabeza.
Sonaba como la suya, pero más nítida, más firme—.
(Ellos usan la fuerza bruta.
Tú tienes el poder real.
La gente te escucha a ti, no a un animal con uniforme.) Aníbal asintió sin pensarlo.
Era verdad.
Wiston podía tener las armas, pero él tenía la legitimidad.
Se puso de pie, enderezó su traje arrugado y miró el mapa empapado.
Era hora de recordarles a todos quién mandaba aquí.
………………………..
El primer movimiento fue sutil.
Reunió a los civiles en el vestíbulo principal, el único espacio lo bastante grande que no apestaba a sangre seca.
Les habló de esperanza, de refuerzos en camino, de la importancia de mantener la calma y la estructura.
Sus palabras, ensayadas durante años de campañas políticas, fluían con una facilidad tranquilizadora.
Pero mientras hablaba, esa extraña frialdad volvió a asentarse en la sala.
Las sombras en las esquinas parecían más profundas, más atentas.
Los susurros en su mente ya no eran solo suyos.
(No es suficiente) —siseó la voz—.
(La esperanza es frágil.
Necesitan un enemigo.
Un enemigo cercano.
Uno al que puedan odiar.) Aníbal asintió de acuerdo.
Por una fracción de segundo sus labios se curvaron en una sonrisa, antes de que su expresión se hundiera en un dolor fingido.
[Ellos, los hombres que se supone deben cuidarnos… Ellos están acogiendo monstruos.] El aire en la comisaría se cortó.
Un murmullo de incredulidad y miedo recorrió a los refugiados.
Aníbal vio el camino antes que nadie con una claridad aterradora y lúcida.
Instigado por el susurro y su propia ambición, siguió su discurso, cada palabra ensayada y ajustada para obtener exactamente la reacción deseada.
Y en sintonía con eso, los refugiados también comenzaron a escuchar los susurros.
(Contaminación) —la palabra resonando con un poder casi sagrado—.
(Ellos traen la plaga a tu refugio.
Protegen al monstruo mientras tus hijos mueren.
¿Es esa la justicia de Wiston?) Algunos susurros se escuchaban de manera general, pero también había otros dirigidos a personas específicas.
(¿Mi hijo murió por esos monstruos y ellos solo los acogen?) (¿Es así como nos protegen?) (Tengo hambre.
¿Cuánto más tengo que sufrir?) Lentamente, la habitación se cargaba con una atmósfera afilada.
Ya nadie prestaba atención a las sombras antinaturales que parecían vagar por el lugar.
A medida que las personas lo alababan y apoyaban más, la soberbia de Aníbal crecía.
Caminó hacia el centro de la multitud, sus pasos resonando en el silencio tenso.
Levantó las manos, no como un político pidiendo la palabra, sino como un pastor a punto de revelar una verdad terrible.
[Amigos míos.
Conciudadanos] —comenzó, su voz cargada con una empatía que él mismo no sabía que poseía—.
[Comprendo su dolor.
He visto sus pérdidas.
He llorado con ustedes la caída de esta, nuestra amada ciudad.] Hizo una pausa, dejando que la pena colectiva llenara el espacio.
[Y mientras sufrimos, mientras racionamos nuestra comida y rezamos por nuestros caídos… ¿qué hacen aquellos que juraron protegernos?] —su tono cambió, volviéndose un susurro conspirador que obligó a todos a inclinarse para escucharlo—.
[¡Abren las puertas al enemigo!
¡Alimentan a las mismas bestias que nos arrebataron a nuestros hijos!] Mientras hablaba, Aníbal sintió que flotaba.
Las palabras no eran suyas, pero salían de su boca con una convicción absoluta.
Sentía el miedo de la gente, su ira, su dolor… y sin darse cuenta, había comenzado a saborearlo.
Detrás de él, la sombra de su propia figura en la pared parecía deformarse, alargándose, sus hombros ensanchándose como si le crecieran alas.
(Sí) —canturreó la voz en su cabeza, deleitándose—.
(Dales un objetivo.
Dales un sacrificio.
Conviértete en su ira.) [No podemos permitir esta traición] —rugió Aníbal, su voz ahora un trueno que hacía vibrar el aire—.
[Si nuestros guardianes han decidido aliarse con los monstruos, ¡entonces nosotros, el pueblo, debemos impartir justicia!] El primer grito de apoyo fue el de una mujer cuyo rostro estaba surcado por lágrimas secas.
Luego otro.
Y otro.
En cuestión de segundos, la multitud ya no era un grupo de víctimas.
Eran una turba.
Una horda con un propósito.
Y él, Aníbal Soto, era su rey.
………………………….
Cuando irrumpió en la recepción seguido por la masa enfurecida, se sintió invencible.
Wiston, Flora… todos parecían pequeños, insignificantes ante la voluntad del pueblo que él ahora encarnaba.
Su paranoia se había convertido en una certeza divina: él era el único que veía la verdad.
Todos los demás eran traidores o herejes.
[Lo preguntaré una vez más, Wiston, ¿qué significa esto?] —dijo, su voz resonando con el poder prestado de la multitud a su espalda.
Señaló a las goblins, el epicentro de toda la podredumbre.
La confrontación que siguió fue música para sus oídos.
Cada grito de dolor de los refugiados, cada argumento desesperado de los policías, era una nota en la sinfonía de la discordia.
Él solo tenía que dirigirla.
Vio a la mujer de los ojos febriles lanzarse hacia adelante, vio a Jhon interceptarla.
El momento perfecto.
[¿Cómo se atreven a usar la fuerza en los ciudadanos honestos por proteger a unos monstruos?] —sus palabras fueron la gasolina sobre el fuego.
La sala explotó.
Aníbal se sintió embriagado de poder.
La energía psíquica del conflicto era una droga, una corriente eléctrica que lo hacía sentir más vivo que nunca.
En el reflejo distorsionado de un monitor apagado, no se reflejaba su figura.
Había una criatura aterradora, con la cabeza de un búho oscuro, ojos que ardían como brasas y una espada hecha de pura sombra en la mano.
La imagen volvió a la normalidad en un parpadeo, pero la sensación de poder permaneció.
Aníbal estaba a punto de saborear su victoria, a punto de ver a Wiston doblegarse o ser consumido por el caos.
Y entonces, desde el pasillo, se escuchó un chasquido de lengua.
Un sonido tan simple, tan cargado de desdén, que cortó el rugido de la multitud como un rayo.
La brutal intervención de Astrad fue una bofetada helada.
Vio cómo el chico frenaba el impulso de sus peones en seco, no solo con golpes, sino con palabras que eran veneno puro.
Vio cómo la ira de la turba se convertía en miedo.
Su ejército, su poder, se desvanecía ante un solo adolescente desquiciado.
(Te ha robado tu poder) —siseó la voz en su cabeza, esta vez llena de veneno—.
(Te ha humillado.
Él es el verdadero monstruo.
Él es la verdadera amenaza.
No puedes controlarlo.
Y lo que no puedes controlar…
debes destruirlo.) La humillación fue un sabor metálico en la boca de Aníbal.
El carisma divino, el poder embriagador de la turba, todo se había evaporado ante la violencia cruda y sin adornos de un solo adolescente desquiciado.
La multitud, su ejército, ahora retrocedía, sus miradas ya no llenas de ira justa, sino del miedo primitivo a un depredador superior.
Astrad no solo había golpeado a un hombre; había roto el hechizo.
………………………….
[Mierda, mierda, mierda] —de vuelta en el vestíbulo, Aníbal masculló por lo bajo.
Sus ojos, cada vez más hundidos, parecían lentamente perder el brillo de la racionalidad.
Y no era el único; los civiles a su alrededor parecían haberse comido un insecto igual de amargo.
La habitación, ahora ahogada en una desesperanza que lentamente parecía transformarse en algo más, a medida que las sombras antinaturales parecían ganar terreno y los susurros provocativos se hacían más fuertes y frecuentes.
[Están contra mí.
Esos malditos no respetan mi autoridad.
Son estúpidos, son herejes.] Cada segundo que pasaba, la paranoia de Aníbal crecía, pero los refugiados, lejos de ver con desdén sus murmullos desquiciados, comenzaron a animarlo y a darle la razón, instigados por los susurros de las sombras.
Pero su espiral de locura se vio interrumpida de repente.
[Aníbal.
Estás arrestado por incitar un motín] —entró Wiston y declaró.
Su tono era calmado, pero sus ojos estaban cargados de una autoridad innegable.
Aníbal sintió el pánico subir por su garganta como bilis.
Estaba acabado.
Iba a ser encerrado, despojado de su estatus, reducido a nada.
(No) —susurró la sombra en su mente, la voz ahora un siseo gélido y reconfortante—.
(Aún no.
Mira a tu rebaño.
Ellos son los sensatos, los que entienden tu genio y superioridad.
Necesitan a su pastor.
Protégelos.
Úsalos.) En un movimiento que no fue del todo suyo, Aníbal no retrocedió de Wiston, sino que lo señaló.
[¡Miren!] —gritó, su voz temblando con una falsa indignación—.
[¿No ven lo que ha pasado?
¡Este es el caos del que les advertí!
¡Wiston y sus hombres protegen a los monstruos y permiten que lunáticos como ese niño de antes nos golpeen en nuestra propia casa!] Con sus mentes al borde del colapso e instigadas por los susurros, las personas instintivamente cerraron filas alrededor de Aníbal, creando un escudo humano.
Aníbal sintió una oleada de poder.
Ya no era un cobarde escondiéndose; era un mártir defendiendo a su pueblo.
Wiston se detuvo y sus hombres vacilaron.
[¡Suficiente!] —rugió Wiston, su paciencia finalmente rota—.
[¡Vamos a abrir la armería!
¡Tomaremos las armas pesadas y terminaremos con esto nosotros mismos!] Era un movimiento lógico, una declaración de poder que debería haber unido a todos.
Pero el susurro en la mente de Aníbal fue más rápido.
(Un error.
Su último error.
Ahora, destrúyelo.) [¡Armas!] —exclamó Aníbal, su voz cortando el aire—.
[¿Y quién las controlará?
¿Ellos?] —Señaló al círculo de policías, su dedo temblando—.
[¿Los mismos que nos han fallado?
¿Los que dudan mientras el enemigo baila en nuestras tumbas?
¿Quieren darles más poder para oprimirnos?] La semilla de la duda fue plantada más profundamente.
Las miradas de los refugiados se volvieron aún más recelosas.
La confianza, un recurso más escaso que la comida, estaba al borde de la extinción.
[¡Y piensen!] —continuó Aníbal, su voz bajando a un tono conspirador que obligaba a la gente a aguzar el oído—.
[¡El ejército vendrá!
¡El orden se restaurará!
¿Y qué pasará entonces?
¿Cuándo vean que hemos saqueado un arsenal federal sin permiso?
¡No nos verán como supervivientes, nos verán como criminales!
¡Nos culparán por el caos!
¡Wiston, en su locura, nos está condenando a todos!] La lógica era retorcida, pero los susurros constantes la validaban de alguna manera.
Cada vez que se dejaban convencer, un poco del brillo en sus ojos se apagaba.
Aníbal podía sentirlo.
La entidad invisible a su lado se deleitaba, bebiendo de la paranoia que ahora llenaba la sala como un gas venenoso.
El aire se enfrió aún más.
Las sombras en las esquinas parecían alargarse, retorcerse como serpientes.
El propio Wiston parecía desconcertado, atrapado en una guerra que no podía ganar con balas.
Un motín podía ser aplastado; una idea, por venenosa que fuera, no.
Con un gruñido de frustración, el jefe de policía dio media vuelta.
[Esto no ha terminado.] – Dijo al retirarse, seguido por sus oficiales.
La victoria de Aníbal fue silenciosa, vacía.
Se quedó en medio del vestíbulo, rodeado por las miradas expectantes de su nuevo rebaño.
Había ganado.
Entonces, ¿por qué sentía un pánico más frío que nunca?
Se retiró a la pequeña oficina al final del vestíbulo, el corazón martilleando en su pecho.
La puerta se cerró, dejándolo en la penumbra.
Estaba solo.
(No estás solo) —susurró la voz, ahora la única compañía en su cabeza—.
(Has ganado.
Eres su líder.
Pero él no se ha rendido.
Intentará tomar las armas de todos modos.
Te desafiará.) [No puede] —murmuró Aníbal para sí mismo—.
[La gente está conmigo.] (La gente es débil.
La fuerza de Wiston es real.
Sus armas son reales.
Mientras él tenga esa opción, tú no tienes el control absoluto.
Mientras haya luz, hay esperanza para ellos.
Y su esperanza… es tu debilidad.) Aníbal se quedó mirando la única bombilla que parpadeaba sobre el escritorio.
La luz.
La energía.
El generador.
Una sonrisa lenta y desquiciada se dibujó en su rostro.
[Para ser el único faro en la oscuridad, primero hay que apagar todas las demás luces] —murmuró, convencido de que lo que decía tenía algún sentido.
Una lógica impecablemente retorcida.
El último vestigio de cordura en sus ojos desapareció, reemplazado por un brillo diferente, uno desenfocado y desquiciado.
Una sonrisa desaliñada se extendió en sus labios mientras su mente comenzaba a fraguar una idea.
En el silencio de la habitación, solo se escuchaba el latido acelerado de su propio corazón.
Después de mucho tiempo, Aníbal se levantó de su asiento, con una sonrisa benévola en sus labios.
[El primer paso es, por supuesto, asegurarme de que las ovejas estén bien guiadas] —susurró mientras se acercaba a la puerta.
Ni él mismo notó que su voz parecía contener dos tonos diferentes que se fusionaban en uno.
El susurro en su cabeza se había ido.
Ahora era “su propia voz”, “su propia idea”.
La vieja puerta rechinó cuando Aníbal la abrió.
La luz del vestíbulo entró, expandiendo la sombra de Aníbal hasta la pared trasera.
O al menos así debía ser… Pero la sombra proyectada, ya no era humana.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com