El niño rata sobrevive al Apocalipsis - Capítulo 79
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79: CAPITULO 31 VERDUGO 79: CAPITULO 31 VERDUGO Las luces del almacén parpadeaban con un zumbido grave, como si el edificio mismo respirara en sobresaltos.
El aire era denso, casi irrespirable, cargado con el olor metálico de la sangre fresca, el sudor rancio del miedo y el acre hedor de la pólvora quemada.
Mientras las sombras danzaban con cada parpadeo errático de las bombillas.
[Huhuhuhu.] En medio de esa presión intermitente, Aníbal reía.
No una risa nerviosa ni incrédula, sino un regocijo genuino, cálido y antinatural.
Las chicas lo observaban con desconcierto.
La imagen de un hombre con un agujero en la frente, sonriendo con serenidad, había sobrepasado el punto del horror.
Pero el miedo y la conmoción duraron apenas un latido y pronto fueron reemplazados por una cautela helada.
Para personas que habían visto el cielo llenarse con un planeta enfermo, la invulnerabilidad de un político corrupto era simplemente el siguiente punto en una lista de imposibles.
Anibal noto el rápido cambio en sus posturas.
En los ojos de las chicas, no estaba el terror ni la rendición que esperaba.
En su lugar, sus ojos eran peligrosamente agudos.
[Parece que aún no entienden] —dijo con voz suave, casi paternal.
Mientras ladeaba la cabeza, curioso, como un niño observando un insecto interesante.
El eco de su voz se sentía cada vez más inhumano.
En sus palabras se colaba un timbre grave, áspero, como si dos voces intentaran ocupar el mismo espacio.
[Oh, lo entiendo perfectamente] —Replico Yumi.
Su voz era tranquila, pero cortó el aire como un cristal roto mientras se interponía entre Aníbal y las niñas.
Sus ojos y los de Flora no se detuvieron en Aníbal.
Se movían, escaneando a la turba, buscando los ángulos, identificando las armas y, sobre todo, tratando de localizar a los guarda espaldas armados.
Pero al no encontrarlos, Yumi hizo una seña casi imperceptible a Flora, un ligero movimiento de la barbilla que lo decía todo.
[Entiendo que mi maldito mocoso se metió de nuevo en problemas] —dijo Yumi mientras le entregaba su pistola a Flora, quien retrocedió detrás de la barricada improvisada.
La acción no solo sorprendió a Aníbal; todas, a excepción de Flora, se quedaron en shock.
Una tensión inexplicable floreció en sus corazones, como si, de repente, estuviesen siendo acechadas por un depredador mucho más peligroso que la turba.
[Aquí] —dijo Flora, lanzando un bate de béisbol de aluminio hacia Yumi.
Con un movimiento fluido, Yumi atrapó el bate.
Su postura cambió.
Sus hombros se relajaron, su peso se asentó en las puntas de sus pies.
Su aura protectora y maternal, desapareció sin dejar rastro, reemplazadas por algo más brutal.
El metal giró en su mano, no como un arma improvisada, sino como una extensión de su voluntad.
“¡BOM!” El suelo tembló cuando Yumi estrelló la punta del bate contra el concreto.
Un impacto seco, poderoso, que dejó una telaraña de grietas en el suelo.
[Y entiendo] —dijo, alzando la mirada con arrogancia — [que ustedes, pequeños hijos de puta, son el obstáculo que me impide ir a apoyarlo.] La voz de Yumi había bajo una octava.
Entre sus palabras se filtraba un deseo de violencia apenas contenida.
Su lacio cabello negro pareció erizarse, como el pelaje de un depredador a punto de saltar sobre su presa.
[¡AHAHAHA!
¡Lo sabía!] —en medio de la tensión, Teresa rio de buena gana, como si la situación no tuviese nada que ver con ella.
[Sabía que eras tú, el gran jefe que gobernó toda la Costa Verde antes que yo.
Eres la brutalidad encarnada, “Ogro Negro”.
Soy tu fan.] – continuo.
Las palabras de Teresa golpearon a Yumi con tal fuerza, que su aura intimidante se perdió por un instante y se tambaleo ligeramente.
Yumi solo podía estar agradecida de poder apoyarse en el bate que acababa de estrellar contra el suelo.
Pero su cara seria era traicionada por el ardiente rubor que calentaba incluso sus orejas.
[Puf…] —incluso Flora no pudo evitar reírse del pasado oscuro de su amiga.
[Cohou…
Podemos hablar de eso después] —murmuró, tratando de recuperar compostura.
[Ah, lo siento, lo siento.
Sé que no es el momento, pero después de esto, me tienes que enseñar algunos movimientos.] Teresa se disculpó mientras caminaba para ponerse al lado de Yumi, haciendo girar su propio bate.
[Si sobrevives, lo hablamos] —replicó Yumi, alzando el bate.
[Entonces, ¿qué?
¿Eres un zombi o algo?] —Teresa miró a Aníbal con una media sonrisa.
En sus ojos, un filo depredador no inferior al de Yumi.
Pero Aníbal no retrocedió.
Negó lentamente con la cabeza y luego avanzo un paso.
Su sonrisa no había cambiado, pero su presencia llenó el espacio.
Las luces parpadearon otra vez, y las sombras se estiraron hacia él, como si la propia oscuridad quisiera tocarlo.
[Corderos descarriados] —dijo, con voz melosa.
Sus ojos dorados brillando con una intensidad antinatural.
[traeremos redención.] – Las palabras un eco gutural que vibraba en el pecho más que en el oído.
Y, como si la frase fuera una orden, la turba detrás de él comenzó a moverse.
No era una carga caótica; era una marea de cuerpos moviéndose con una sincronía espeluznante.
Yumi no necesitó más.
Dio un paso adelante.
Teresa la imitó, su sonrisa convirtiéndose en una mueca salvaje.
Un hombre joven de rostro conocido, tropezó con los objetos esparcidos por el suelo.
Su mandíbula colgaba en un ángulo imposible, pero aun así rugió y se lanzó hacia ellas.
Yumi no se atrevió a tener dudas en su corazón, trazó un arco rápido.
Crack.
El golpe impactó en la sien del hombre con la fuerza de un martillo hidráulico.
El cuerpo se desplomó, pero ni siquiera eso detuvo a los demás.
Teresa giró sobre un pie y golpeó con un movimiento lateral, rompiendo un brazo que se extendía hacia ella.
El sonido del hueso quebrado fue seco, nítido.
Yumi hacia honor a su nombre, .
Rodilla, cabeza, costillas, brazos.
No importaba donde conectara, el escalofriante crujir de los huesos servía como música de fondo.
Seguido por la caída del cuerpo que había sido arrojado lejos por la fuerza del impacto.
Mientras tanto Teresa era un torbellino.
Usaba su agilidad para fluir entre los atacantes, sus golpes rápidos y precisos.
Aunque la fuerza del impacto quedaba ligeramente rezagada en comparación a Yumi.
Cada ataque era mas que suficiente para destrozar los huesos de sus victimas y debido a su velocidad.
Mientras Yumi asestaba un golpe, ella había asestado 3.
[Tsk.] Flora, que seguía disparando con precisión desde la retaguardia para darle cobertura a ambas, chasqueo los dientes.
[No malgasten energía, en definitiva, solo la cabeza funciona.] – continuo, sintiéndose un poco inquieta de confirmar que había terminado en una especie de apocalipsis zombie.
Los cuerpos en el suelo no dejaban de moverse.
Se arrastraban, intentaban levantarse pese a sus miembros rotos, sus ojos vacíos fijos en ellas con una persistencia inhumana.
Yumi asintió de acuerdo mientras estrellaba su bate contra un hombre que se arrastraba hacia ella aun que Yumi previamente le destrozo la columna—.
[En definitiva, solo la cabeza funciona, lo demás solo los retrasa.] Teresa también estuvo de acuerdo y embistió hacia adelante.
Su bate descendió como un martillo, hundiéndose en el cráneo de una mujer que aún murmuraba oraciones entre dientes.
La escena se volvió un torbellino.
El olor a carne abierta, el sudor, el sonido de los pies deslizándose en el suelo manchado.
[Esto es…] — hablo Carla, en su voz se reflejaba su creciente tensión mientras apretaba su lanza improvisada.
Por supuesto, sus amigas eran iguales.
Incluso si su resistencia mental ya es superior a la de una persona normal.
La escena frente a ellas era particularmente inquietante.
Después de todo, ya no podían decir si lo que enfrentaban eran monstruos o víctimas.
Notando su vacilación y lucha interna, flora hablo con cuidado, pero al mismo tiempo, con una autoridad incuestionable.
[Este no es momento para dudas.
No pierdan la concentración, ¿no es así como han sobrevivido hasta ahora?] — Dijo.
Mientras otro disparo de su pistola apoyó a Teresa, dándole un segundo vital para reposicionarse.
[Incluso así, esto es un poco…] —Replico Ana, su tez pálida por la escena que le traía recuerdos desagradables.
[Los zombis son nuevos…] —la apoyó Jennifer.
[Chicas, rápido, cambien sus armas] —interrumpió Sophie, mientras les pasaba barras de metal y bates a sus amigas, instándolas a soltar sus lanzas.
Al comienzo estábamos confundidas, pero pronto lo entendimos.
Además de aquellos cuyas cabezas habían sido literalmente aplastadas, el resto, incluso con extremidades fracturadas, seguían arrastrándose, intentando atacar.
Aunque nerviosas, instintivamente cambiaron al arma mas eficiente.
La vos familiar y a veces molesta seguía resonando en sus cabezas “Muévanse o mueran”.
[¡Hijo de puta!] —rugió Yumi, apartando a un atacante de un rodillazo en el abdomen.
El movimiento le dejó el flanco descubierto; otro brazo se alzó a su derecha.
Pero antes de que pudiera reaccionar, Teresa saltó hacia adelante, bateando el brazo atacante hasta que el hueso sobresalió de la piel.
[¡Te cubro, jefa!] —gritó, jadeando.
[¡Deja los apodos para después!] —gruñó Yumi, blandiendo su arma otra vez.
[Vienen, prepárense] —advirtió Flora a las niñas, al notar que Aníbal las había señalado.
Como pensó, la turba comenzó a actuar con más inteligencia y una parte se desvió, tratando de llegar a flora y las niñas.
Yumi y Teresa cambiaron de la agresión a la defensa, pero era imposible contenerlos a todos.
En medio de todo, un sonido más agudo, un gemido inhumano, hizo que todas se sobresaltaran.
““¡GRIIII!”” Las goblins entraron en escena.
Pequeñas, pero furiosas.
Ya no había miedo en sus ojos, solo una determinación salvaje.
Usando su tamaño a su favor, se deslizaron entre las piernas de los atacantes, sus mazos impactando rodillas y tobillos.
Una de ellas saltó sobre la espalda de un hombre caído y golpeó repetidamente su cabeza hasta que dejó de moverse.
Sus ojos encendidos en sangre.
“¡NYA!” Y detrás de ellas, el gato negro se lanzó al combate.
Se convirtió en un borrón de garras y dientes.
Con pura agilidad, escalaba la ropa de los atacantes hasta llegar a sus rostros, arañando rostros y desgarrando sus ojos.
Antes de saltar a la siguiente víctima.
Aprovechando la torpeza causada por la ceguera, las goblins se apresuraron para asestar el golpe fatal, creando un equipo de 3, sincronizado y efectivo.
Al ver a los tres tan decididos, las niñas no se atrevieron a dudar más.
Apretaron sus armas y se unieron a la pelea.
El caos, por un instante, se volvió una coreografía.
Yumi y Teresa en el frente, las niñas formando una línea dispersa, Flora cubriendo los huecos, las goblins y el gato moviéndose entre las piernas de todos como demonios domésticos.
El suelo estaba cubierto de cuerpos antes de que nadie se diera cuenta.
Para cuando el último de los atacantes cayo.
La respiración de las chicas era lo único que sonaba entre los chasquidos eléctricos de las luces.
Sus cuerpos, cubiertos de heridas sangrantes y moretones.
“¡Plas!
¡Plas!
¡Plas!” Y allí, observando todo con una sonrisa benévola, como si estuviera viendo la obra más entretenida, Aníbal aplaudía.
El sonido, lento y deliberado, era una profanación en medio de la masacre.
Su benévola sonrisa no se había movido ni un milímetro.
[Esto no es normal] —susurró flora, sus ojos entrecerrados mientras apuntaba a Anibal y trataba de calcular cuanta munición le quedaba.
[Nunca lo fue] —dijo Teresa, escupiendo al suelo.
Finalmente, Aníbal dio un paso hacia adelante, y el aire pareció endurecerse.
[¿Lo ven?] —dijo con voz tranquila—.
[Miren lo que han hecho.
¿Aún se atreven a decir que no son herejes?] – agrego, su voz dual una mezcla de reproche y perdón.
El silencio cayó como una losa.
Incluso las luces parecieron atenuarse.
[Tsk] —Yumi chasqueó la lengua, su rostro una mezcla de indignación y asco.
Flora sintió que algo rozaba su pierna y vio cómo las sombras del almacén convergían hacia Aníbal, serpenteando por el suelo hasta fundirse con la suya.
No era una ilusión; tenía textura, como humo líquido y frío.
Y cuando la sombra abrió dos ojos dorados sobre sí misma, todas retrocedieron por instinto.
La temperatura se desplomó.
Un zumbido grave llenó el aire, vibrando en los dientes.
La sombra de Aníbal se retorció.
Los dos puntos dorados se encendieron, no como ojos, sino como brasas de un infierno frío.
Aníbal alzó la cabeza, complacido.
[Hehehe…] Rio ante su desconcierto.
Y como si fuese la señal, la sombra comenzó a despegarse de la pared.
No se desvaneció; se peló, como tinta espesa o alquitrán vivo, estirándose, ganando volumen con una nauseabunda plasticidad.
Muy lentamente, la figura de tres metros se irguió detrás de Aníbal, una silueta de pura oscuridad líquida.
Unas alas hechas de noche sólida se desplegaron a su espalda, y su cabeza se solidificó en la de un búho terrible, con los ojos dorados y vacíos fijos en ellas.
[Herejes sin salvación…] —dijo Aníbal, pero la voz ya no era solo suya.
El susurro antiguo y áspero emanaba también de la criatura a su espalda—.
[Yo seré su verdugo.] El eco se desdobló por todo el almacén, vibrando en los huesos y rompiendo el aire.
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