El niño rata sobrevive al Apocalipsis - Capítulo 81
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81: CAPITULO 33 DESEO 81: CAPITULO 33 DESEO No fue como en una epopeya épica.
No hubo trompetas ni discursos.
Ningún grito coordinado de guerreros marchando a la batalla.
El único heraldo fue el áspero rugido de un motor quemando gasolina, un sonido desgarrado que rebotó contra el concreto herido de la plaza.
[Preparados.] – Advirtió Wiston cuando la camioneta de Carlos irrumpió desde las sombras del estacionamiento, una bestia de metal cargando directamente hacia la horda.
El motor aulló, las ruedas escupieron grava y la estela de polvo que dejaba tras de sí se acentuaba lentamente.
[Quiero volver a la cárcel] — maldijo Carlos, viendo la horda de goblins cada vez más cerca.
Aunque sus palabras eran ligeras, sus ojos agudos permanecían concentrados detrás de la máscara de humo.
[[¡Hehehe!]] En la parte trasera, los dos policías rieron, una risa tensa, cargada de adrenalina.
Abrieron la maleta de la camioneta.
Con movimientos rápidos, comenzaron a liberar los seguros de las granadas de humo enganchadas a los costados y al parachoques trasero de la camioneta.
No las lanzaban; las dejaban colgando, activadas, creando la tensa imagen de un vehículo suicida envuelto en su propio sudario de humo blanco y acre.
Al mismo tiempo, el jefe Orco, que había estado observando todo con el aburrimiento de un rey hastiado, ensanchó una sonrisa petulante.
Vio el vehículo humeante acercarse, no como una amenaza, sino como un juguete nuevo y ruidoso.
“¡GRAAAAAAA!” Gritó, como si ordenara, pero no se molestó en levantarse de su asiento.
Pero fue suficiente, los goblins y los orcos menores apartaron su atención del torneo sangriento.
Se giraron y sus ojos brillando con una mezcla de curiosidad y hambre.
Pronto, los gritos de guerra y placer estallaron.
Para ellos, la camioneta no era un enemigo, era un delivery.
[¡FUEGO!] —rugió Wiston..
Desde la azotea de la comisaría, las balas cayeron como lluvia de acero.
Las balas rasgaron el humo, buscando abrir un camino.
Abajo, dentro de la camioneta, los policías comenzaron a arrojar granadas de humo por las ventanas, espesando la niebla artificial.
Carlos giraba el volante con violencia, el vehículo derrapando sobre charcos de sangre seca y escombros, esquivando los cuerpos ágiles de los goblins que saltaban sobre el capó, intentando romper el parabrisas blindado con piedras y huesos afilados.
“““¡GRAAAAAAAAAAAAAAAAA!””” El rugido coordinado de los orcos resonó en la plaza, un sonido profundo y bestial cargado de un anhelo sádico.
Dieron un paso adelante, ignorando las balas que rebotaban en su piel curtida.
No buscaban apoyar a los goblins que caían; buscaban el placer de la destrucción.
[Mierda] —maldijo Carlos, apretando el acelerador.
El vehículo se sacudía violentamente.
[¡Respondieron muy pronto!] —advirtió uno de los policías, su voz ahogada por el humo y el estruendo—.
[¡No llegaremos al objetivo sin que nos derriben!] [¡Tenemos que poder… Prepárense!] —respondió Carlos, sus ojos fijos en el coliseo improvisado: un pequeño círculo de tierra aplastada justo delante del trono de chatarra y huesos, manchado de sangre oscura.
Como si respondieran a su intención, la intensidad del fuego de cobertura desde la azotea se redobló.
Carlos no retrocedió.
Los orcos cargaron desde varias direcciones, moles de músculo y furia sin estrategia aparente, solo el deseo de aplastar.
“¡BOM!” El hombro de un orco chocó contra el lateral de la camioneta con la fuerza de un ariete.
El metal aulló, abollándose hacia adentro.
Los neumáticos chillaron sobre el asfalto roto y la camioneta giró violentamente, casi volcando.
Carlos luchó con el volante, el sudor frío pegándole la máscara a la cara.
Los otros orcos no se quedaron atrás.
Algunos fueron evitados por centímetros, sus puños gigantescos golpeando el aire.
Otros impactaron con una eficiencia brutal, abolladuras apareciendo por todo el chasis blindado.
El parabrisas reforzado se agrietó bajo un golpe, la telaraña de fracturas extendiéndose como hielo quebradizo.
[¡AHORA!] —gritó Carlos, tirando del freno de mano.
La camioneta derrapó en un giro de 180 grados, quedando detenida justo al borde de la arena ritual.
Inmediatamente, sus dos compañeros lanzaron la enorme caja de madera llena de las granadas de humo restantes al centro del círculo y tiraron de los cordeles entrelazados que activaban las espoletas.
El efecto fue instantáneo: una erupción de humo denso y blanco que se expandió rápidamente, tragándose la arena y el trono.
Pero incluso envuelto en la niebla, el jefe orco no se movió.
Su ronca risa resonaba a través del humo, un sonido gutural y confiado.
Los orcos menores tampoco se detuvieron; rugieron, disfrutando del nuevo juego, y cargaron ciegamente hacia el vehículo.
[¡NOS LARGAMOS!] —gritó Carlos pisando el acelerador.
[¡DISPAREN A LOS ORCOS!] —ordenó Wiston.
Desde la azotea, la lluvia de balas se concentró en las siluetas borrosas de los orcos entre el humo.
Los proyectiles no los detenían, pero los molestaban lo suficiente para crear aperturas.
Carlos maniobró la camioneta maltrecha a través del caos.
Un último impacto, un golpe sordo y desgarrador, reventó uno de los neumáticos traseros.
El vehículo cojeó, ladeándose peligrosamente, pero siguió avanzando, dejando atrás la nube de humo y la risa del caudillo.
Y fue justo en medio de ese alboroto que un segundo vehículo rugió desde la oscuridad del estacionamiento.
[Kekeke] —Astrad rio, una risa aguda y expectante al ver el pandemonio desplegarse frente a él.
Sin dudarlo, pisó el acelerador a fondo.
La camioneta saltó hacia adelante.
El humo blanco de las granadas llenaba la cabina.
El vehículo traqueteaba brutalmente sobre los escombros y los cuerpos, cada golpe una sacudida que le hacía rechinar los dientes.
Su conducción era un reflejo de su propia personalidad.
A diferencia de Carlos, que manejaba rodeando obstáculos.
Astrad era directo: huecos, escombros, cuerpos.
Nada importaba.
Entre tumbos y golpes, se mantuvo firme en su carga.
La sonrisa del jefe orco se ensancho.
Incluso a través del espeso humo, podía sentirlo.
Esa presencia anhelada por fin había decidido cargar.
Su corazón latía con un anhelo olvidado.
No era la cacería de una presa o la lucha contra un enemigo.
Era el desafío de un igual.
Al mismo tiempo, la camioneta semi-destrozada de Carlos pasó junto a la de Astrad.
Sus miradas se cruzaron a través de los cristales rotos y las máscaras de gas.
No hubo palabras, solo un reconocimiento tácito.
[No te mueras.] [Keekekeke.] “¡GRAAAAAAAAAAAAAAAAAA!” El jefe orco volvió a rugir, no con ira ni para ordenar.
Su rugido parecía cargado de genuina emoción.
El grito fue más atronador que ningún otro, una presión tan imposible que incluso el humo alrededor se dispersó por algunos segundos.
El jefe Orco se puso de pie, su enorme hacha de guerra brillando débilmente bajo la luz roja del atardecer.
Los demás orcos e incluso los goblins notaron el cambio.
Sus cuerpos se tensaron, no de miedo, sino de expectación primordial.
“““¡GRAAAAAAAAAAAAAAAAAA!””” Los primeros en reaccionar fueron los orcos.
Volvieron a cargar entre el humo que se espesaba nuevamente, pero no hacia Carlos, sino hacia Astrad, atraídos por la nueva confrontación.
Aunque su visión estaba limitada por el humo, podían distinguir la silueta de la camioneta que se acercaba como un toro enfurecido.
Astrad vio a los orcos convergiendo hacia él.
Vio al jefe orco levantar su hacha, preparándose para cargar.
Y en su rostro se dibujó una sonrisa salvaje que mostró sus colmillos.
Su corazón martilleaba contra sus costillas, ¿Miedo?
Por supuesto, pero sobre todo una euforia febril.
El mundo se redujo a ese instante: el rugido del motor, el olor acre del humo, en sus ojos, un brillo asesino tintineaba en un tono carmesí, esporádico y caótico.
Observando al jefe orco, un anhelo vicioso, reflejo oscuro del propio monstruo, se apoderó de él.
Y entonces, rio.
[Guhuhuhu… ¡HAHAHAHAHA!] —realmente rio.
No una risa provocativa ni despectiva ni siquiera una risa burlona.
Solo la risa genuina de un niño que estaba a punto de hacer la mejor estupidez de su vida.
Pura adrenalina.
Pura emoción.
Puro deseo.
[¿QUÉ PASA, HIJO DE PUTAAAA?
¿NO TIENES LOS HUEVOS?] Gritó, sus ojos fijos en el jefe orco.
“¡GRAAAAAAAAAAAAAA!” El rugido ensordecedor respondió a sus palabras.
El jefe orco dio un poderoso salto mientras blandía el hacha.
Pese a su enorme tamaño, la vertiginosa velocidad y potencia fueron suficientes para hacer estremecer a cualquiera.
En sus ojos, el brillo febril de quien no puede esperar un segundo más.
El tiempo pareció fracturarse.
El caudillo orco, una montaña de músculo y furia, volando por el aire, el hacha descendiendo como un cometa oscuro.
Los orcos menores, cargando desde los flancos.
Los goblins, congelados en shock, pequeñas figuras en un drama de titanes.
Astrad, soltando el acelerador para escabullirse por la ventana mientras cortaba la cuerda que sujetaba el escudo sobre el techo de la camioneta y saltaba junto con él.
“¡CRACKKK!” El sonido del hacha partiendo la camioneta en dos fue obsceno, un chirrido metálico que desgarró el aire.
[Keekekeke] —la risa de Astrad flotó sobre el estruendo.
Incluso el jefe orco sintió como si la fría mano de la muerte le apretara el corazón.
[¡Vámonos todos al infierno, hijos de puta!] —dijo Astrad, interponiendo el escudo entre él y la camioneta destrozada.
Su pulgar encontró el botón rojo del detonador.
“¡BOM!” La explosión no fue un sonido.
Fue una fuerza.
Una onda de choque que barrió la plaza, tragándose el humo, los gritos y la risa en una bola de fuego furiosa.
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