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El niño rata sobrevive al Apocalipsis - Capítulo 83

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  4. Capítulo 83 - 83 CAPITULO 35 RISAS EN EL CAOS
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83: CAPITULO 35 RISAS EN EL CAOS 83: CAPITULO 35 RISAS EN EL CAOS “¡POP!” La puerta de las escaleras reventó hacia adentro, arrancada de sus bisagras por el impulso combinado de Astrad y el gato.

[Aquí te dejo un regalito] —dijo Astrad con una maldición, soltando las granadas que traía enganchadas en el cinturón mientras subía las escaleras.

“¡CRACK!” Un instante después, la pared a su lado fue destrozada.

El concreto se pulverizó y una mano colosal atravesó el bloque de cemento como si fuera papel mojado.

Los dedos se abrieron, buscando a ciegas, barriendo el aire donde Astrad estaba.

[Mierda] —se quejó Astrad, saltando hacia atrás.

Pero era demasiado tarde.

Por suerte, el gato reaccionó con velocidad.

A pesar de sus heridas y su respiración sibilante, se lanzó contra el brazo de Astrad, empujándolo y arrastrándolo hacia arriba por el siguiente tramo de escaleras, alejándolos del peligro.

Lamentablemente, sus heridas le impidieron mantener ese impulso.

“¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!” El edificio retumbó con un sonido crujiente, similar al de una galleta siendo masticada, mientras el concreto y el metal salían disparados con la facilidad de un adulto atravesando una estructura de legos.

El jefe orco, demasiado grande para el pasillo.

Con cada movimiento, reventaba vigas y pulverizaba escalones, usando las paredes como peldaños improvisados, su fuerza bruta convirtiendo la arquitectura en escombros.

En ese momento.

“¡BOM!

¡BOM!

¡BOM!” “¡GRAAAAAAA!” Las granadas explotaron a sus pies, haciéndolo rugir de dolor y tambalearse.

[Kekeke] —se burló Astrad, sin detener su ascenso.

Como respondiendo a su provocación, el jefe orco se sostuvo de las paredes y escaleras rotas.

“¡GRAAAA!” Rugió mirando hacia Astrad, pero en su rostro seguía sin haber odio, solo esa risa manifiesta, cargada de un regocijo infantil.

En sus ojos, que bullían con anticipación, se reflejaba el rostro de Astrad, cuya expresión parecía un reflejo de la suya.

“¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!” El edificio retumbó como si un equipo de demolición lo estuviese martillando.

El orco escalaba entre las paredes y las escaleras que se destrozaban a su paso.

“¡BANG!

¡BANG!

¡BANG!

¡BANG!” Astrad se había montado sobre el gato.

La bestia corría escaleras arriba, sus garras aferrándose al cemento, esquivando cascotes que caían, mientras Astrad, aferrado a su pelaje, disparaba su Magnum hacia abajo con una precisión fría.

El calibre 50 no mataría al orco, pero el dolor era una herramienta útil.

Un disparo en la cabeza lo obligaba a retroceder un segundo.

Un disparo en la mano desviaba un agarre mortal.

“¡BANG!” “¡GRAAAAAAAA!” Finalmente, un tiro dio justo en el ojo del jefe orco, que no se movió a tiempo para esquivar, y un grito de dolor salió de su garganta.

[Va uno, falta uno, kekeke] —en las palabras sombrías de Astrad, incluso el gato, que no podía ver, se pudo imaginar lo que había hecho, y una mezcla de ira y miedo se apoderó de él.

“¡GRAAA!” Mientras tanto, el jefe orco había cambiado de estrategia.

Dejó de escalar.

Hundió sus extremidades en las paredes de concreto y se encogió como un resorte colosal, sus músculos tensándose hasta el límite.

[¡MALDITA SEA, POR ALLÁ!] —Astrad gritó anticipando la acción del jefe orco.

Golpeó el costado del gato, dirigiéndolo hacia la puerta de salida al piso 5.

“¡POC!” La puerta del pasillo se abrió con un estruendo cuando el gato entro de un empujón.

“¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!” El pasillo de las escaleras y la pared detrás de ellos simplemente dejó de existir.

El orco se había lanzado como un misil balístico, atravesando varios pisos de concreto reforzado en un solo salto, reventando la estructura del edificio y deteniéndose solo dos pisos, por encima de ellos.

[Corre, corre, corre, corre] —Astrad ni siquiera se molestó en dudarlo, instó al gato a apresurar el paso, su vista puesta en la ventana al final del pasillo.

El gato tampoco lo dudó; sin su ventaja de velocidad debido al daño, no podía darse el lujo de estar quieto.

“¡GRAAA!” “¡CRACK!” El jefe orco se puso al día casi de inmediato.

Su masivo cuerpo destrozó el techo y se lanzó sobre Astrad, destrozando el pasillo con cada movimiento.

Debido a su masivo cuerpo, cada paso reventaba el piso.

Su avance destrozando las paredes y el techo.

En lugar de una persecución a pie por un pasillo, era como si el titán nadara en el cemento, con cada movimiento destrozando todo sin control y los escombros siendo arrojados como si de salpicaduras de agua se tratasen.

[¡AHORA!] —gritó Astrad a centímetros de la ventana, como si indicara al tigre que saltara.

El tigre rugió de acuerdo y su cuerpo se tensó para un impulso.

Por supuesto, el jefe orco también lo notó.

En un rápido movimiento, se impulsó hacia adelante, su puño gigantesco atravesando el techo, listo para aplastarlos.

Pero entonces.

[O] [Kekeke] —cuando la fría y antinatural risa de Astrad resonó incluso entre la destrucción, el jefe orco supo que había caído en algo de nuevo, pero era demasiado tarde.

Su cuerpo se abalanzó, pero el del tigre no.

En lugar de saltar por la ventana, el gato giró sobre sí mismo y saltó directo al rostro expuesto del jefe orco.

Fueron fracciones de segundo que, intoxicados por la adrenalina, parecieron una eternidad.

Y, aun así.

“¡GRAAAAAAAAAAAAAAAAAA!” [¡HAHAHAHA!] Diversión.

Pura y sin adulterar.

En esa lucha de tres, el único desesperado por su vida era el enorme gato.

“¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!” Fuera del edificio, el grupo de Wiston, los goblins e incluso los sacrificios liberados, que solo habían podido escuchar la catástrofe dentro del edificio con una mezcla de miedo y anticipación, abrieron los ojos en shock cuando la pared exterior del quinto piso explotó.

Los tres salieron en una nube de escombros y su caída parecía en cámara lenta, pero todo pasaba a toda velocidad.

El gato usó sus enormes garras y colmillos para caminar sobre el orco, desgarrando su carne en cada paso, obligándolo a tratar de controlarlo con una mano, al mismo tiempo que con la otra trataba de tomar a Astrad.

Astrad, por su parte, disparó su Magnum mientras usaba su hacha para anclarse a la piel del jefe orco, usando su masivo cuerpo como pivote para moverse a su alrededor mientras hacía todo el daño posible.

La vista era irreal; era como si dos gatos domésticos tratasen de luchar contra un oso, mordiéndolo y arañándolo mientras caminaban por todo su cuerpo.

“¡GRAAA!” Finalmente, el jefe orco dejó de tratar de atraparlos y, Con un movimiento feroz, su brazo barrió su propio pecho como un látigo, golpeando a ambos y mandándolos a volar hacia los escombros de su antiguo trono.

Incluso a costa de que su brazo fuese desgarrado por las garras del gato y el hacha de Astrad.

Al ser arrojado, el gato rápidamente tomó a Astrad y lo cubrió del impacto con su cuerpo.

Solo un instante antes del impacto.

“¡BOM!

¡CRACK!” El mundo pareció temblar cuando el jefe orco se estrelló contra el suelo.

Los goblins se hicieron a un lado aterrados; la mayoría de los antiguos sacrificios ya estaban huyendo a toda velocidad.

Wiston, en la azotea, recuperó la conciencia.

[¿QUÉ HACEN?

¡FUEGO, FUEGO, FUEGOOOOOOOOOOOOOOOO!] Instados por el rugido de su líder, los policías volvieron a disparar, todas sus municiones hacia la masiva silueta entre el humo y los escombros.

Pero lamentablemente, el ímpetu no duró mucho.

Pronto, el sonido de las armas quedándose sin munición comenzó a resonar en la azotea.

[Mierda… Yumi, Flora, por lo que más quieran…] —la esperanza de Wiston no encontró consuelo en el mundo que parecía haberse quedado mudo de nuevo.

Y entonces, en medio de la tensión que parecía poder cortarse con un cuchillo.

[Ha… Hahaha…] La ronca risa, que estaba más cerca del rugir de una bestia que de una risa, desgarró el silencio, estremeciendo a cada ser vivo.

Y casi inmediatamente después.

[Hahaha… hahahahahahaha.] Otra risa, más humana, más infantil… pero, ni por un instante, menos viciosa.

[[HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA]] Por ilógico que fuese, las risas de Astrad y el rey orco parecían resonar en cada rincón a kilómetros, cargando consigo un anhelo bestial que estremecía el alma.

De entre los escombros y el humo, el rey orco se puso de pie.

Su cuerpo destrozado por la batalla seguía regenerándose, pero visiblemente más lento, mientras la sangre verdosa caía como cascada y la piel muerta colgaba como cuerdas viejas en un árbol torcido.

Su ojo izquierdo, antes destrozado, estaba a medio regenerar y en los huesos descubiertos de su cara desgarrada lentamente crecía la piel.

Extremidades destrozadas, tripas colgando.

Pero nada de eso le importaba.

“¡Bom!…

¡Bom!” Con cada paso hacia el destruido trono, el suelo parecía temblar y el asfalto crujía a sus pies.

En sus ojos un anhelo, en su rostro una sonrisa, en su garganta una risa ronca.

En contraste con su figura aterradora y dominante, su objetivo, Astrad, era francamente lamentable.

Cada movimiento parecía costarle años de vida.

Con esfuerzo se puso de pie, tambaleándose, apoyado solo por el felino que también se esforzaba por levantarse, preparado para la amenaza entrante.

Y, de alguna manera, esa vista era incluso más impactante que la del jefe orco.

El gato trató de dar un paso adelante, pero Astrad lo detuvo con un gesto.

El joven, con una sonrisa salvaje y una risa que no podía contener, dio un paso adelante entre los escombros.

Todo su cuerpo sangraba, su gabardina y el resto de su ropa ya eran inutilizables, su brazo izquierdo definitivamente no podía moverse y su brazo derecho no duraría mucho más.

Y, aun así, miró hacia arriba, al jefe orco que se acercaba, su cuerpo titánico cada vez más cerca.

En los ojos de Astrad no había miedo.

En los ojos del orco no había desprecio.

[[HEHEHEHEHE]] En las risas de ambos solo había el deseo salvaje de la victoria, de ver quién agachaba la cabeza, de ver quién se sometía.

Pero en sus ojos ardía el deseo incuestionable de la pura violencia, el anhelo de una muerte digna y la silenciosa súplica a su oponente: “no te atrevas a rendirte”.

[Ven si tienes los huevos, hijo de puta] —dijo Astrad, levantando su dedo medio hacia el orco, su sonrisa una mezcla de anticipación y deseo.

En sus ojos, un brillo rojizo amenazaba con consumirlo todo.

Al ver esto, la sonrisa del rey orco se ensanchó a tal nivel que podía sentir que su mandíbula se dislocaba, pero no le importó.

Instado por su digno oponente, levantó sus enormes brazos sobre su cabeza, el destello carmesí en sus ojos reflejando la misma locura.

El gato detrás de Astrad tampoco se movió, su cuerpo se tensó en espera del impacto que se avecinaba.

Y entonces.

“¡BOM!”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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