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El niño rata sobrevive al Apocalipsis - Capítulo 87

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  4. Capítulo 87 - 87 CAPITULO 2 DULCE SUEÑO
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87: CAPITULO 2 DULCE SUEÑO 87: CAPITULO 2 DULCE SUEÑO Bajo la fría luz plateada de la luna llena, el penthouse parecía un mausoleo de lujo.

Las sombras se alargaban en las esquinas, convirtiendo muebles caros en siluetas amenazantes.

[No… No, por favor…] La delicada voz de Carla era lo único que rompía el silencio, que lejos de ser acogedor, se sentía asfixiante.

[Para…] —insistió, su voz ahogada mientras sus nudillos se ponían blancos al aferrarse a las sábanas—.

[Ayuda… Astrad…] — llamo, sentándose de golpe, con el pecho agitado como si acabara de emerger del agua.

[Ah… ahhh… ahhh…] – Su cuerpo temblaba.

– [Ahhhh…] – Con dificultad calmó su respiración.

Las manos apretadas a su pecho en busca de un consuelo que no llegaba, mientras sus ojos se humedecían.

[¿Otra pesadilla?] —preguntó Sophie.

Su voz era frágil desde su propio colchón.

[…Perdón, ¿te desperté?] —respondió Carla, ocultando rápidamente su rostro, limpiándose las lágrimas avergonzada.

[¿Despertarme?

Para eso, primero tendría que poder dormir…] —la voz de Sophie era un hilo amargo—.

[Cada vez que cierro los ojos, veo sus caras.

La forma en que nos miraban cuando…] Sophie detuvo sus palabras a la mitad, tragando saliva.

Carla lo entendió de inmediato.

La sensación del bate impactando en los refugiados.

El crujido húmedo.

[¿Qué hay de ti, Ana?] —preguntó Sophie, sentándose en su colchón y abrazando sus rodillas.

[Duermo a ratos…] —respondió Ana también sentándose.

Su silueta en la oscuridad parecía encogida, la voz apenas un susurro—.

[Sigo sintiendo el peso…

El sonido que hizo su rostro cuando lo golpee con el palo… no se detiene… snif…] Jennifer, en su propio colchón, se dio la vuelta bruscamente, dándoles la espalda, fingiendo dormir.

[Ahhh…] —Carla finalmente soltó un suspiro resignado y se abrazó las rodillas—.

[Yumi y el abuelo dicen que lo superaremos, que hicimos lo que teníamos que hacer… pero…] Las niñas notaron rápidamente que seria una noche larga y pronto todas formaron un circulo.

Después de todo, las palabras de los adultos no servían de nada contra las pesadillas.

Pero, justo cuando la habitación se sumergía en la melancolía de una culpa compartida.

“¡Panck!” [Perras, ya que insisten, vengo a darles duro contra el muro.] Con un impulso tremendo, Astrad entró a la habitación, casi tumbando la puerta de una patada.

[[[[¡KYAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!]]]] Inmediatamente, las niñas gritaron, el susto repentino rompiendo la tensión de la peor manera.

[¿POR QUÉ GRITAN A MITAD DE LA NOCHE?] [[[[¡NO QUEREMOS ESCUCHAR ESO DE TI!]]]] Las niñas inmediatamente tiraron la réplica de Astrad, pero este las ignora.

[Lo que sea, hagan fila para recibir el rati-power, lo permito] —dijo y adoptó una pose extraña, antes de comenzar a mover las caderas sugestivamente.

Con cada movimiento pélvico, daba un saltito adentrándose en la habitación.

[Rat, tar, rati-power.

Rat, rat, rati-power.] [[[[¡LÁRGATEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE!]]]] [¿Y AHORA POR QUÉ DEMONIOS GRITAN?] [[[[¿TODAVÍA LO PREGUNTAS?

¿QUÉ DEMONIOS HACES EN NUESTRO CUARTO?

¡PERVERTIDO!]]]] [VINE PORQUE NO DEJAN DE LLAMARME, MALDITAS NINFOMANAS DE CLOSET.] [[[[¡NO LO HICIMOS!]]]] [SÍ LO HICIERON.

El niño rata lo escuchó todo.

Era “ahhh, Astrad, ven y abrázame con tus varoniles pectorales, ahh, ahh”.] [[[[¡KYAAAAA, CÁLLATEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE!]]]] Las niñas gritan desesperadas, tapándose los oídos sin querer escuchar más.

Sabían que definitivamente no dijeron eso, pero también sabían que a veces habían llamado a Astrad en sueños, así que, de hecho, estaban preocupadas.

[EL NIÑO RATA ES LA VÍCTIMA AQUÍ, MI CASTIDAD ESTÁ EN PELIGRO.

Pero está bien, lo permito.] [Eres un…] — Carla estaba a punto de maldecirlo, pero se detuvo en seco.

Al levantar la vista, la luz de la luna bañó a Astrad.

Su sonrisa burlona no podía ocultar la realidad: su barbilla estaba manchada de sangre fresca y espesa.

Sus piernas temblaban, esforzándose al máximo por simplemente mantenerse en pie.

Sobre él aún se aferraba parte de la maleza parásita; las hojas, normalmente vibrantes, lucían marchitas y apagadas.

En sus brazos, cargaba a las dos goblins, completamente noqueadas, colgando como muñecas de trapo.

[T, Tú, idiota, ¿Qué mierda crees que haces?] — reclamó Carla.

Su ira fue reemplazada por pánico mientras se apresuraba a sostenerlo antes de que colapsara.

Inmediatamente, las demás recordaron la situación y se unieron a ella.

[Kekeke, sabía que no podían resistirse.] [[[[¡NO ES EL MOMENTO!]]]] Las niñas se quejaron, pero también lo ayudaron a acostarse en uno de los colchones.

[Ahh, pensándolo bien, el niño rata no tiene fuerzas, pero pueden servirse, lo permito] —dijo una vez acostado, señalando su entrepierna con un gesto como si dijera “buen apetito”.

Las manos de las niñas se apretaron.

Realmente querían golpearlo, pero al ver lo pálido que estaba, la rabia se disolvió en preocupación.

[Ahh, ¿Qué tramas?] —preguntó Carla finalmente resignada.

El resto de las niñas también miraron a Astrad curiosas.

[¿No sé?

¿Para qué me llaman?] Ante la pregunta, las niñas apretaron los dientes por unos instantes, apartando la mirada, pero al final se sinceraron.

Le contaron cómo se sentían.

El tormento por haber matado a personas.

El crujido de los huesos.

Los ojos vacíos de los atacantes.

La culpa pegajosa que no las dejaba dormir.

Que ya habían hablado con los adultos, pero incluso entendiendo que hicieron lo necesario, la culpa no cedía.

[Lo sabemos… realmente lo sabemos… pero cada vez que cerramos los ojos…] Carla se aferró a sus rodillas al lado de Astrad, sus ojos asaltados por las lágrimas.

Las demás estaban en un estado similar.

Pocas habían sido las horas de sueño en estos días.

La carga de haber quitado una vida humana, la preocupación por astrad.

Era simplemente demasiado para procesar.

[[[[…]]]] Las niñas miraron a Astrad.

Por un instante, esperaron las palabras reconfortantes que ya habían escuchado en estos dos días.

[¿Cómo?

¿Eso era todo?] — inesperadamente, las palabras de astrad no eran un consuelo ni siquiera su usual reproche sarcástico.

Solo la indiferencia de quien ha escuchado una estupidez.

Para quien solo conoce el lado malo de Astrad, podría no parecerle del todo extraña su indiferencia.

Pero para ellas, que conocían un lado más profundo de él, que sabían de ese lado, que era capaz incluso de consolar a unas pequeñas goblins.

[[[[¿Y eso qué significa?]]]] La irritación no pudo evitar emerger.

Sus cachetes ya estaban inflados, mirando a Astrad con reproche.

[¿Por qué se enojan con el niño rata?

Si es solo eso, la respuesta es fácil.

No culpen al niño rata por su estupidez… ¡Ah!

Duele, duele, duele.] Irritadas por sus palabras, pero sin poder golpearlo, las niñas pellizcan a Astrad.

[¿Te matará decirnos palabras lindas a nosotras también?] —se quejó finalmente Ana.

[Calumnias al niño rata.

¿Por qué soy el malo si las estoy curando?] —Astrad.

[Ahhh, ¿sí?

¿Cómo es eso?] —Sophie levantó la ceja, escéptica.

[Fácil.

Acomódese.

Hoy pueden dormir sobre mí] —respondió Astrad, acomodando a las goblins para hacer espacio.

Como resultado, las niñas lo miraron con asco mientras se alejaban.

[Siempre supe que era del tipo que se aprovecharía.] [Nunca lo dudé.] [Escoria.] [Astrad.] [Perras, otra palabra y no las curo.] – Astrad se quejó de las niñas, pero aun mantuvo los brazos abiertos.

Al ver su insistencia, las niñas se miraron confundidas.

[Ahh, lo que sea] —dijo Jennifer finalmente resignada, dando un paso adelante para acostarse sobre el brazo izquierdo de Astrad, abrazando a una de las goblins.

[Pero si no hay resultados, me sentaré en tu cara como castigo.] [¿Por qué el castigo suena a premio?

El niño rata quiere una revisión.] [Hum, bueno, de alguna manera siempre te las arreglas para ganar, así que…] [Perra, ¿estás admitiendo que no me quieres dar nada por mi trabajo?] [¿Qué con eso?] [Tsk.] Carla y las demás vieron la interacción con una mezcla de confusión y resignación, pero al final, pese a su buen juicio… [Bueno, no es que pueda hacer nada en ese estado de todos modos…] —dijo Carla, y las otras dos asintieron, consiguiendo un espacio junto a Astrad.

[…Bien, ¿ahora qué?] —preguntó Sophie luego de que todas se acomodaran y pasaran unos segundos sin hacer nada.

[Ahora se duermen.] [¿Y entonces?] [El niño rata entra al sueño y revienta a esos pendejos allí.] [[[[¿AHHHH?]]]] Las niñas gritaron incrédulas.

Aunque no se levantaron, miraron hacia la cara de Astrad como si no pudiesen creer la tontería que acababan de escuchar.

[[[[¿Eso no tiene ningún sentido?]]]] No pudieron evitar quejarse.

[Su pendeja crisis tampoco tiene ningún sentido y no se los estoy reclamando.

¡GYAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!] Astrad gimió de dolor a mitad de su frase, cuando las niñas lo pellizcaron sin compasión.

Aun así, no se apartaron de él.

[[[[…]]]] El silencio volvió a la habitación, pero no era incómodo ni sofocante.

Solo esa calma en una noche de paz.

Mientras sus respiraciones se sincronizaban lentamente.

Finalmente, la voz de Astrad hizo eco en la tranquilidad de la noche.

[¿Quién dijo que tenían que afrontar nada de esto?] —dijo, su voz tranquila.

Su pregunta no parecía buscar respuesta.

Con calma, acarició unos instantes las cabezas de cada niña.

[Si el problema es el peso de la decisión, entonces solo digamos que yo tomé la decisión.

Manden a esos hijos de puta a quejarse conmigo y déjenme el resto.] Las palabras de Astrad no parecían tener un significado profundo, pero hicieron eco en los corazones de las niñas.

Sus pechos se calentaron y esa inquietud que las había atormentado se desvaneció lentamente a medida que las lágrimas se derramaban sobre Astrad.

[[[[Idiota…]]]] Murmuraron finalmente.

Ningún otro sonido además de los sollozos, que lentamente se apagaban asta convertirse en respiraciones constantes y profundas, se escuchó esa noche.

Desde las sombras del pasillo, Margareth dejó de grabar y se fue satisfecha.

Yumi y Flora, también asintieron con una sonrisa cálida y se fueron a su habitación.

Las niñas, efectivamente, soñaron nuevamente.

Sobre ellas se abalanzaban las personas que habían matado, sus rostros deformados por el odio, exigiendo una explicación entre lamentos.

Pero antes de siquiera comenzar a asustarse, desde detrás de ellas, un chico dio un paso adelante.

Con paso petulante se acerco a los atacantes, asegurándose de que las niñas quedaran cubiertas a su espalda.

Su sonrisa era, como siempre, arrogante.

Sus puños cayeron sin hacer preguntas y de su boca solo salían maldiciones para 300 generaciones de las familias de esas pobres personas.

Al final, ninguna de las niñas se despertó hasta el amanecer.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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