El niño rescatado después de la subyugación de monstruos Aito Greymont - Capítulo 36
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- Capítulo 36 - 36 Capitulo 37 Entramos en las montañas
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36: Capitulo 37: Entramos en las montañas 36: Capitulo 37: Entramos en las montañas El sol apenas había salido cuando recogimos el campamento.
La luz todavía estaba tibia y las sombras largas se movían entre las piedras.
El maestro enrolló su manta con movimientos muy tranquilos, como si llevara siglos haciendo lo mismo.
Lilia apagó las últimas brasas con agua, y una nube de vapor subió hacia el aire frío.
Yo me senté sobre una roca y empecé a afilar mi espada.
Aún tenía las marcas de la pelea que tuve con mi maestro ayer, las líneas oscuras que tiene pueden contar la historia completa sin necesidad de decir una sola palabras.
La mañana estaba muy fría.
Fría de verdad.
El tipo de frío que se pega al metal y te entumece los dedos.
El río seguía cantando detrás de nosotros mientras retomábamos el camino, como si no le importara nada del mundo humano.
—¿Dormiste bien?
—preguntó Lilia mientras ajustaba su bolso, tratando de que no se le cayera nada.
—Más o menos ¿y tú?—respondí—.
No es fácil ni cómodo dormir, cuando tú querido maestro te hunde primero en un río.
Ella sonrió con suavidad, esa sonrisa suya de “estás vivo, deja de quejarte”.
—Eso significa que no dormiste muy bien entonces—dijo.
El maestro caminaba adelante, sin decir nada, pero yo sabía que estaba escuchando.
Él siempre escuchaba.
Incluso cuando parecía que no.
Mientras avanzábamos, el paisaje empezó a cambiar sin que nos diéramos cuenta.
Los caminos lisos desaparecieron, la tierra se volvió pedregosa y las colinas empezaron a levantarse como dientes viejos cubiertos de bruma.
El aire se volvió más delgado, más húmedo era como si ya estuviéramos entrando a otro mundo.
El maestro levantó la barbilla hacia un pico que brillaba a la distancia, casi plateado.
—Ese es el preludio de la Montaña Blanca —dijo.
Había escuchado ese nombre muchas veces en boca de viajeros en tabernas y caravanas: “Tesoro… bandidos… monstruos… asesinatos… robos… entre otros…” Era difícil saber qué era rumor y qué era verdad.
Pero sonaba muy emocionante.
Al mediodía tomamos un descanso en una colina desde donde se veía todo el valle.
Las caravanas habían quedado lejos y las que aún se veían caminaban rápido, nerviosas, como si alguien estuviera corriendo para matarlos detrás de ellas.
De hecho, solo pude contar tres grupos.
Y ninguno se había parado ni un segundo.
Eso ya decía mucho en este lugar.
—Maestro —dije mientras bebía agua—, ¿qué tan peligroso es ese lugar?
Él no contestó de inmediato.
Tomó un trozo de pan, lo partió, masticó y luego dijo: —Depende.
Para un noble mimado, imposible.
Para una persona normal o un plebeyo, difícil aunque depende del tipo de plebeyo.
Para un bandido, el paraíso mismo.
Para un aventurero… Se giró y me miró.
—…un desafío muy divertido.
Lilia dejó caer una moneda y la atrapó a medio camino como si fuera parte de su entrenamiento.
—¿De verdad vamos a entrar ahí?
—preguntó con un tono a medio camino entre el miedo y la emoción.
—Sí —respondió el maestro—.
Y tú deberías estar más emocionada.
Puede que tú también puedas divertirte y tal vez eso pueda ser la última vez que te diviertas ya que dentro de poco regresamos al palacio.
Ella parpadeó, sorprendida.
—Si, tienes razón, abuelo.
—respondió Lilia.
El maestro me lanzó una mirada que decía “haces que ella se preocupe demasiado, mocoso”.
Como si fuera yo quien tenía un mapa sin que él supiera.
A la tarde llegamos a un puesto de guardia abandonado.
Las paredes estaban llenas de marcas de garras y manchas secas.
La mancha no era vieja, aunque no se podía oler o yo no la podía oler.
—Qué agradable bienvenida —murmuré.
El maestro recogió una lanza partida del suelo, la giró, revisó el filo y soltó un suspiro.
—Esto no fue obra de un bandido —dijo—.
Demasiado brutal.
Demasiado inexperto.
No pregunté ni dije nada.
Ya que no hacía falta.
Nos adentramos un poco más y fue entonces cuando escuché unos gritos.
No eran gritos de monstruo.
Eran de unos humanos.
Estaba muy alerta y quería ir de una vez donde se escuchaban esos gritos.
Quería adelantarme sin pensar.
—¡Oye no siquiera lo pienses!
—gritó el maestro detrás—.
¡No te separes del grupo!
Pero ya estaba corriendo cuesta abajo.
En la base de la montaña encontré la escena: Tres mercaderes acorralados por hombres con máscaras y espadas oxidadas.
Eran unos bandidos.
—Déjenos pasar… solo traemos hierbas medicinales… —dijo uno de los mercaderes.
—Eso vale dinero —respondió el bandido más grande—.
Y si no tienen dinero, me lo cobro con sus brazos.
Los mercaderes no tenían ni para correr.
Saqué la espada, bajé la ladera en silencio, acercándome por los arbustos lo suficiente como para escuchar sus respiraciones.
Pero antes de atacar, sentí una sombra a mi lado.
El maestro estaba ahí.
No escuché sus pasos.
No escuché nada.
—Nunca dejes a tus compañeros, aún que es la primera vez que lo haces, por eso no lo vuelvas a hacer.
—dijo en voz baja.
Lilia estaba detrás con la palma levantada, cargando varias lanzas de hielos.
El maestro dio un paso al frente con la espada apoyada en el hombro, como si fuera un palo cualquiera.
—Cinco segundos para desaparecer—dijo tranquilamente.
Los bandidos se quedaron inmóviles… y luego estallaron en carcajadas.
—Viejo, ¿quién demonios crees, que eres?
Ellos ni vieron a Lilia.
—Vamos a encargarnos de ese viejo.
El maestro desapareció.
Yo parpadee.
Los mercaderes cerraron los ojos.
Cuando volví a mirar, todo había terminado.
Los bandidos estaban casi todos muertos solo quedaba uno.
Este estaba colgado de un árbol, otros tenían sus máscaras rotas, y el resto ni siquiera sabía qué había pasado.
Pero ya estaban muertos.
—Ya puedes salir de ahi —me dijo el maestro.
Lo obedecí.
Como te atreves maestro a robarme experiencia, cómo te atreviste a hacerme esto.
Los mercaderes se inclinaron una y otra vez.
—¡Gracias!
¡Gracias!
¡Gracias!
Lilia respondió con una sonrisa.
—No hay de qué.
Antes de irnos les pregunté:—¿Qué tanto saben de los rumores de esta montaña?
Los mercaderes intercambiaron miradas, como si hubieran visto algo y no quisieran decirlo en voz alta.
—Dicen que… algo despertó —dijo uno.
—¿Algo?
—pregunté.
—Un monstruo muy fuerte.
Aunque nadie lo sabe.
Pero los bandidos están ahí por el tesoro, y los viajeros se desvían para no morir.
Miré la montaña.
Blanca.
Enorme.
Silenciosa.
—Maestro —dije—, ¿seguimos?
Él sonrió como si llevara esperando esa pregunta desde hacía días.
—Por supuesto.
Un tesoro sin riesgo no merece la pena.
Al caer la noche acampamos frente al bosque que rodeaba la montaña.
El aire se volvió más frío, la luna iluminó el sendero como una flecha plateada.
Mientras afilaba mi espada pensé: Cinco años fuera.
Cinco años cambiando.
Cinco años preparándome… Y mañana vamos a por este tesoro.
Perfecto.
—Cuídate mucho mañana, Aito—dijo Lilia enrollándose en su manta.
—Tú también —respondí.
Ella rió suavemente.
El maestro observaba el fuego con los ojos entrecerrados.
—Mañana sabremos —dijo.
Y así, el silencio de la montaña se tragó nuestras voces.
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