El niño rescatado después de la subyugación de monstruos Aito Greymont - Capítulo 37
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- Capítulo 37 - 37 Capitulo 38 Las fauces de la montaña blanca
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37: Capitulo 38: Las fauces de la montaña blanca 37: Capitulo 38: Las fauces de la montaña blanca El frío de la madrugada en la base de la montaña era de un tipo distinto.
No era el frescor del valle, sino un frío cortante y seco que se colaba entre las capas de la ropa y mordía la piel.
Nos pusimos en marcha antes de que el sol terminara de disipar la niebla que colgaba de los pinos como jirones de fantasma.
El sendero de subida no era más que una sugerencia trazada por pisadas entre la roca suelta y las raíces retorcidas.
El maestro iba al frente, su figura serpenteando con una fluidez que desmentía la pendiente.
Lilia y yo lo seguíamos, nuestro aliento formando nubes efímeras en el aire helado.
—La quietud es falsa —murmuró el maestro sin voltear su mirada hacia nosotros, su voz llegando clara en el silencio alpino—.
Todo aquí está vivo.
Y todo está hambriento.
No tuve tiempo de preguntar a qué se refería.
Un silbido agudo, casi musical, rasgó el aire.
Una flecha con la punta negra y brillante se clavó en el tronco de un pino, a un palmo de la cabeza del maestro.
No había venido de frente, sino desde una cornisa más arriba, rebotando en la roca con un ángulo imposible.
Emboscada.
Y desde una posición que ni siquiera habíamos visto.
No hubo órdenes.
Nos dispersamos al unísono, como si un mismo instinto guiará nuestros cuerpos.
Yo rodé detrás de una roca, sintiendo el golpe seco de otra flecha donde había estado mi pie.
Lilia, con un movimiento de baile invertido, se deslizó a la sombra de un saliente.
El maestro… simplemente dejó de estar donde lo habían apuntado.
Los gritos llegaron desde arriba, ásperos y llenos de rabia.
—¡Son ellos!
¡Los que barrieron con los de abajo!
—¡Por el jefe!
¡Acaben con el viejo primero!
Bandidos.
Pero no los rufianes desorganizados del pie de la montaña.
Estos tenían posición, coordinación y armas envenenadas.
Desde mi escondite, los conté: al menos seis, camuflados entre las rocas y los líquenes grises.
Uno, con un arco reforzado y una capa hecha de pieles blancas, era claramente el líder.
—¡Aito, los arbustos de tu izquierda!
—La voz de Lilia llegó como un susurro cargado de urgencia, pero en mi mente sonó clara como una campana.
Un resplandor azulado brilló un instante entre las ramas.
Trampa mágica.
Un cazador de pulsos, probablemente.
Para inmovilizar, no para matar.
Eficiente.
Asentí, aunque ella no pudiera verme.
Mi mano buscó una piedra del tamaño de un puño.
No era mi espada, pero servía.
Con un movimiento corto y potente, la lancé contra el arbusto.
La piedra activó la trampa al rozarla; un chasquido seco y un destello de energía estática carbonizaron las hojas del arbusto al instante.
Fue la distracción que el maestro necesitaba.
Apareció no detrás de los bandidos, sino entre ellos, como si hubiera escalado la pared vertical de roca en el parpadeo en que todos miraron el destello.
Su espada no relampagueó; fue un arco plateado y silencioso que trazó una línea perfecta.
Dos bandidos cayeron sin un grito, desarmados y con las piernas incapacitadas por golpes precisos en los tendones.
El jefe arquero maldijo y tensó su arco hacia la aparición.
Pero yo ya estaba en movimiento.
Había trepado por una grieta lateral usando mi magia de viento, como un mayor impulso.
Así es, mi magia había regresado, un año después de lo de la habitación oscura y las ruinas.
.
Salí a la cornisa justo detrás del arquero jefe.
Él sintió mi presencia, giró con los ojos desorbitados, pero ya era muy tarde.
Balancee mi espada y golpeó el arco, partiéndolo en dos e hiriendo su pecho, él estaba sangrando, aún que él lo puso para bloquear mi ataque, no sirvió de mucho.
Su mano voló hacia la daga en su cintura.
No le di la oportunidad.
Una patada baja en la rótula lo derribó.
Cayó de rodillas, jadeando, mirándome no con miedo, sino con un odio sorprendido.
—¿Por qué?
—escupió, sujetándose la pierna—.
¡El tesoro es una maldición!
¡Nos está matando a todos!
Antes de que pudiera responder, una sacudida profunda, más que un sonido, estremeció la montaña.
Fue como si un corazón gigantesco hubiera latido bajo nuestros pies.
La roca vibró.
Pequeñas avalanchas de piedras cayeron por los riscos.
Desde las sombras más profundas del cañón que teníamos a la derecha, algo se movió.
No era un animal, ni un monstruo común.
Era una masa de sombra y escamas pálidas, tan grande que por un momento confundí su lomo con un saliente de roca más.
Un ojo, único y del tamaño de un escudo, se abrió en la penumbra.
Brillaba con una inteligencia fría, antigua y hambrienta.
No nos miró a nosotros.
Miró hacia arriba, hacia los picos más altos, donde la nieve era eterna.
Luego, la sombra se deslizó hacia las profundidades del desfiladero y desapareció, dejando tras de sí un silencio cargado de pavor y el inconfundible olor a ozono y piedra machacada.
El arquero jefe, olvidado su odio, palideció.
—Es él… el Guardián.
Se despierta cada vez que alguien se acerca al Pico del Lamento.
—Su voz era un hilo de terror—.
Ustedes… son el cebo que lo atraerá hasta la cima.
Ese es el verdadero plan del Jefe Draven.
Draven.
El nombre cayó entre nosotros como una losa.
No era un bandido cualquiera.
Draven era un nombre de leyenda negra, un mercenario noble caído que se decía había vendido su alma por poder en estas montañas.
El maestro se acercó, mirando hacia el desfiladero donde la criatura había desaparecido.
Su expresión no era de miedo, sino de reconocimiento calculador.
—¿El tesoro es la carnada, y los aventureros somos los peces para alimentar al Guardián?
—preguntó, su voz calmada contrastando con el terror del bandido.
El hombre asintió, desesperado.
—Draven quiere algo que el Guardián protege.
Algo en el Pico del Lamento.
Pero necesita que esté distraído, enfurecido… o lleno.
Lilia se unió a nosotros, su rostro serio.
—Entonces, el tesoro es una trampa.
Una trampa para que idiotas como nosotros seamos devorados, mientras Draven toma lo que quiere.
Miré hacia el sendero que serpenteaba hacia los picos blancos.
El desafío ya no era solo “divertido”.
Era una partida de ajedrez mortal, y éramos una pieza en el tablero de un loco ambicioso.
—Maestro —dije, y él me miró, leyendo la decisión en mis ojos antes de que hablara—.
No podemos volver atrás.
Una sonrisa lenta, peligrosa y genuinamente emocionada se dibujó en el rostro de Zekin.
—Por supuesto que no —respondió—.
Pero cambiemos las reglas del juego.
En lugar de ser el cebo… seamos la jabalina que atraviesa al cazador.
El arquero jefe nos miró, pasando del odio al terror y ahora a una incredulidad absoluta.
—Están locos.
Todos ustedes están completamente locos.
El maestro se agachó lentamente hasta quedar a la altura del hombre, que seguía en el suelo sujetándose la pierna.
Su voz no alzó el volumen, pero cada palabra cayó con el peso de una losa de granito, fría y absoluta: —No tenemos tiempo para negociar.
Solo tienes dos opciones: Hizo una pausa, dejando que el silencio de la montaña acentuara sus palabras.
—Opción uno: prefieres sufrir.
Te llevaremos con nosotros, atado, como carnada viviente para ese Guardián.
Sentirás sus fauces, su aliento, el terror lento mientras te arrastra hacia la oscuridad de su guarida.
Morirás de una forma que te hará añorar esta flecha en tu pierna.
Opción dos: sueltas toda la información.
Rutas de Draven, números, armas, la ubicación del campamento, lo que sea que sepas del Pico del Lamento.
Lo sueltas ahora, y te dejo arrastrarte cuesta abajo con tu vida, rota, pero intacta.
El maestro no parpadeó.
No era una amenaza vacía; era un pronóstico.
La oferta era clara: información por oxígeno.
No había clemencia en su tono, sólo el pragmatismo glacial de un depredador que evalúa si su presa es más útil viva o como señuelo.
El bandido dejó de respirar.
El color huyó completamente de su rostro.
Miró la espada del maestro, luego mis ojos (donde no encontró piedad, solo expectación), luego la sombría garganta del desfiladero por donde había desaparecido la criatura.
El cálculo del terror fue instantáneo.
Una muerte segura y horrorosa contra una posibilidad, por mínima que fuera.
—¡El campamento principal está en la Cueva de los Ecos, en el flanco este!
—la voz le salió como un chorro, quebrada y rápida—.
¡Draven tiene 25 hombres, los mejores!
¡Trampas de hielo magistral en los accesos!
¡Él busca el… el Corazón de Gea en el Pico!
¡Dicen que el Guardián es su… su celador!
¡Eso es todo lo que sé, lo juro!
Las palabras brotaron entre jadeos, una confesión torrentosa.
El maestro lo observó un momento más, midiendo la veracidad en su pánico.
Luego, asintió, una vez, breve y seco.
—Bien.
Se levantó.
No le ofreció ayuda para levantarse.
Solo le dio la espalda, un gesto más elocuente que cualquier golpe: ya no era una amenaza, era irrelevante.
—Arrástrate, si puedes.
La montaña tiene sus propios jueces.
Volvió su atención hacia el sendero que ascendía.
El mensaje estaba claro: la compasión era un lujo, la utilidad, una moneda.
Y acababa de pagar por su vida con la única moneda que teníamos interés en aceptar.
El tesoro podía esperar.
Ahora teníamos un dragón que encontrar, un traidor que frustrar y una montaña que conquistar.
No era el plan original, pero, como el maestro dijo, era mucho más divertido.
El verdadero ascenso a la Montaña Blanca acababa de comenzar.
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