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El niño rescatado después de la subyugación de monstruos Aito Greymont - Capítulo 38

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  4. Capítulo 38 - 38 Capitulo 39 La cascada congelada
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38: Capitulo 39: La cascada congelada 38: Capitulo 39: La cascada congelada El silencio que siguió al ultimátum del maestro era más pesado que la nieve en los picos más altos.

El bandido arquero, blanco como la escarcha que cubría las rocas, arrastró su pierna herida cuesta abajo hasta desaparecer entre los pinos retorcidos.

Ni el maestro ni yo miramos hacia atrás.

—Veinticinco hombres —murmuró Lilia, ajustando los guantes—.

Con trampas de hielo magistrales.

¿Magistrales según estándares de bandidos o según estándares reales?

El maestro desenrolló el mapa sobre una roca plana, fijándolo con piedras en las esquinas contra el viento que empezaba a silbar con más fuerza.

—Según los estándares de Draven —respondió a la pregunta de Lilia, sin levantar la vista—.

Y eso lo cambia todo.

Señaló con un dedo calloso un punto en el flanco este de la montaña, marcado en el mapa como “Cascadas Congeladas”.

Cascadas congeladas, me pregunto qué tan hermoso será presenciar una maravilla de esta magnitud.

Bueno, podré contarles a madre y a los demás de esto.

—La Cueva de los Ecos no está aquí por accidente.

Las cascadas, ahora congeladas, crean una cámara de resonancia natural.

Cualquier paso, cualquier susurro…

se amplifica.

Ahí estaba la primera trampa.

No serían trampas de hielo comunes.

Serían trampas sonoras.

Una pisada en el lugar equivocado resonaría como un trueno en esa cámara, alertando a todos los bandidos y, peor aún…

—Al Guardián —dije, comprendiendo.

El maestro asintió.

—Draven no es solo un bandido.

Es un estratega.

Usa la geografía como arma.

Y la leyenda como custodio.

Lilia estudió el mapa, su dedo trazando una ruta alternativa.

—¿Y si no vamos por las cascadas?

¿Flanqueamos por el risco norte?

—Demasiado expuesto —negó el maestro—.

El viento en esa cara es cortante.

Nos verían a kilómetros.

Además…

Hizo una pausa, sus ojos estrechándose.

—…Draven sabrá que capturamos a uno de sus vigías.

Cambiará las posiciones.

Pero no cambiará las trampas.

Están demasiado bien elaboradas como para moverlas rápido.

Mi mente trabajaba.

Durante el año en que mi magia estuvo bloqueada, había aprendido a observar, a planear.

No era el niño impulsivo de los combates con los ogros.

—Maestro —dije—.

La trampa sonora…

¿funciona solo con sonido físico?

Ambos me miraron.

—¿Qué propones, mocoso?

Respiré hondo.

Sentí el viento dentro de mí, respondiendo después de tanto tiempo.

Pero también…

algo más.

Una frialdad en las profundidades de mi pecho que no era el frío de la montaña.

La misma que había sentido antes de que mis sentidos se borraran en la habitación oscura.

No la mencioné.

—El viento puede llevar sonido —expliqué—.

O puede ahogarlo.

Si creo una corriente descendente justo antes de que nuestro pie toque el suelo…

el sonido se dispersaría.

No resonaría.

El maestro me miró por un largo momento.

No era la mirada de un maestro a su discípulo.

Era la mirada de un estratega evaluando a otro.

—Riesgoso —dijo finalmente—.

Necesitarías precisión milimétrica.

Y energía constante.

—Tengo un año de energía acumulada —respondí, y no mentía.

Durante ese año de bloqueo, mi maná no había desaparecido.

Se había estancado, fermentado, concentrado.

Ahora fluye como un río embravecido tras romper un dique.

Lilia puso una mano en mi brazo.

—¿Estás seguro, Aito?

La magia de viento a ese nivel…

—Estoy seguro —dije, y esta vez sí mentí un poco.

Porque no era solo viento.

Había sombras en los bordes de mi percepción mágica.

Como si la oscuridad de aquellas ruinas hubiera dejado…

huellas en mi esencia mágica.

Pero eso era un problema para otro día.

Tres horas después, estábamos ante las Cascadas Congeladas.

Era un espectáculo a la vez hermoso y aterrador.

Aguas que alguna vez habían caído con furia ahora colgaban inmóviles, congeladas en el tiempo, formando cortinas de hielo azulado de más de cincuenta metros de altura.

Entre ellas, una grieta oscura: la entrada a la Cueva de los Ecos.

El viento silbaba entre las formaciones de hielo, creando un lamento fantasmal.

—Allí —susurró el maestro, señalando casi imperceptibles irregularidades en el suelo cubierto de nieve polvo—.

Placas de hielo talladas.

Pisas una, se fractura con un crujido que resonará por toda la cueva.

Conté mentalmente.

Doce pasos peligrosos antes de llegar a la relativa seguridad de la entrada.

—Yo primero —dije.

—Aito…

—Confía en mí, Lilia.

Cerré los ojos.

No para concentrarme, sino para escuchar.

No con los oídos, sino con la magia.

El viento me habló.

Me mostró las corrientes, los remolinos, los puntos muertos.

Y más allá…

una quietud más profunda.

La misma que había en la habitación oscura.

La oscuridad no era ausencia de sonido, sino ausencia de…

resonancia.

Abrí los ojos.

Di el primer paso.

Al mismo tiempo, extendí mi voluntad.

No para crear viento, sino para guiar el que ya estaba.

Una suave corriente descendente envolvió mi bota justo antes del contacto.

Mi pie tocó la placa de hielo.

No hubo sonido.

O más bien, hubo un leve chasquido que fue absorbido, disuelto, digerido por la corriente de aire que yo dirigía.

El maestro, detrás de mí, contuvo la respiración.

Segundo paso.

Tercero.

Cuarto.

Cada vez, el proceso se volvía más natural.

Pero también noté algo: usar la magia así despertaba la otra cosa.

La frialdad en mi pecho se agitaba, como si quisiera participar.

Como si la oscuridad tuviera hambre de silencio.

En el séptimo paso, casi me traiciono.

Una ráfaga de viento natural cruzó justo cuando mi pie descendía.

Tuve que redirigir mi corriente demasiado rápido.

Demasiado brusco.

Por un instante, instintivamente, no usé magia de viento.

Una sombra bajo mi bota se profundizó, no como magia de oscuridad activa, sino como si el aire mismo se espesara en la oscuridad, absorbiendo el sonido antes de que pudiera nacer.

El paso fue silencioso.

Demasiado silencioso a mi parecer.

Lilia, con su percepción mágica de maga pura, frunció el ceño.

Sus ojos se clavaron en mi pie, luego en mis ojos.

No con miedo, sino con curiosidad aguda.

“¿Acabas de…?” sus labios formaron las palabras sin sonido.

Negué con la cabeza.

“Después”, prometí con la mirada.

El maestro, detrás de ella, no dijo nada.

Pero sus ojos de halcón no perdían detalle.

Sabía.

Siempre había sabido.

Durante el año de mi bloqueo mágico, él había sentido los “espasmos” en mi maná, las veces que la oscuridad en mi pecho se agitaba en sueños.

El último paso me llevó a la entrada de la cueva.

Doce pasos peligrosos, cruzados en completo silencio.

El maestro y Lilia siguieron mi ruta exacta, sus pasos igualmente silenciosos bajo mi guía constante.

Cuando estuvieron a mi lado, el maestro puso una mano en mi hombro.

No dijo “bien hecho”.

Su expresión decía algo más complejo: “Veo que algo cambió en ti.

Hablaremos después.” (DENTRO DE LA CUEVA) Cuando estuvimos a salvo dentro de la entrada de la cueva, Lilia no pudo contenerse más.

—Aito —susurró, agarrándome del brazo—.

No era solo viento.

Era…

oscuridad pura.

Pero no como magia prohibida.

Era…

natural.

Como si fuera tu segunda naturaleza.

El maestro se acercó, su voz baja pero clara: —El elemento Oscuridad no es prohibido, Lilia.

Es raro.

Tan raro que en algunos reinos lo consideran leyenda.

No es maldad —miró directamente a mis ojos—.

Es ausencia.

Vacío.

Silencio.

Algunos nacen con fuego.

Otros con agua.

Unos pocos…

nacen con la capacidad de mandar a las sombras.

Yo respiré hondo.

Era la primera vez que lo admitía en voz alta: —Empezó en las ruinas.

Después de la habitación oscura.

No es algo que “elegí”.

Es…

parte de mí ahora.

Como respirar.

Lilia asintió, comprendiendo de inmediato.

Como maga, entendía que los elementos no son “buenos” o “malos”.

Son herramientas.

—¿Y tu viento?

—preguntó.

—Se mezclan —confesé—.

El viento mueve.

La oscuridad…

niega.

Cuando se combinan…

puedo crear silencio absoluto.

Movimiento invisible.

Pero es difícil de controlar.

El maestro puso una mano en mi hombro.

No había desaprobación.

Había…

orgullo.

—La oscuridad es el elemento más incomprendido —dijo—.

No es porque sea malvado.

Sino porque da miedo.

La gente teme lo que no entiende.

Lo que no puede ver.

Y tú, mocoso…

has estado temiéndote a ti mismo durante un año.

Tienes razón.

Durante ese año de bloqueo, cada vez que sentía la oscuridad agitarse, me aterrorizaba.

Pensaba que me estaba corrompiendo.

—Draven —continuó el maestro—, si es tan inteligente como parece, puede que él lo reconozca al instante a ese elemento.

Para algunos, un portador de ese elemento es una amenaza.

Para otros…

un tesoro.

La Cueva de los Ecos era exactamente eso: una cámara de resonancia natural.

El techo, a treinta metros de altura, estaba lleno de estalactitas de hielo que brillaban con una luz azulada fosforescente, probablemente algas mágicas.

El suelo, pulido por milenios de agua, reflejaba ese brillo.

Y en el centro, el campamento de Draven.

No era el campamento desordenado de bandidos que esperaba.

Era militar en su precisión.

Tiendas ordenadas en círculos concéntricos.

Una forja portátil con carbón aún caliente.

Mesas con mapas y diagramas.

Y en la tienda más grande, de donde salía el humo de una chimenea improvisada, la presencia.

No la vi.

La sentí.

Una presión mágica pesada, aceitosa, que se pegaba a la piel como humedad venenosa.

Draven.

—Veintitrés —susurró Lilia, contando rápido—.

Dos menos de lo que dijo el prisionero.

O mintió, o…

—O dos están de patrulla —completó el maestro—.

O están muertos —agregó después— Observamos desde la entrada, ocultos tras una cortina de estalagmitas de hielo.

Los bandidos —no, mercenarios— se movían con disciplina.

Algunos afilaban sus armas.

Otros revisaban trampas portátiles de hielo.

Todos llevaban amuletos de plata que brillaban débilmente.

—Amuletos de silencio —murmuró el maestro—.

Para moverse por sus propias trampas.

Ingenioso.

Fue entonces cuando la voz salió de la tienda grande.

No era un grito.

Era un tono conversacional normal.

Pero en la cámara de resonancia, cada palabra se amplificó, clara como si estuviera a nuestro lado.

—…el Guardián se agitó más temprano.

Algo lo perturbó.

Una segunda voz, más joven: —¿Los intrusos del pie de la montaña, señor Draven?

Draven.

El nombre resonó en la cueva como un mal presagio.

—Posiblemente —respondió la primera voz—.

Pero eso no importa.

Si están vivos, serán unas carnadas muy útiles.

Si están muertos…

bueno, la montaña siempre tiene hambre.

Escuché a Lilia contener la respiración.

El maestro estaba inmóvil como la roca.

—¿Y el Corazón, señor?

—preguntó el subordinado—.

Las lecturas son más fuertes.

El Guardián se debilita.

—El Guardián no se debilita —corrigió Draven y su voz tenía una cualidad sedienta que me erizó la piel—.

Se concentra.

Está preparándose para defender lo que es suyo.

Y cuando su atención esté completamente en los intrusos…

ese será nuestro glorioso momento.

La pieza del rompecabezas encajó.

Draven no quería que el Guardián estuviera distraído.

Quería que estuviera enojado, enfocado, volcando toda su furia en una dirección específica.

Y nosotros éramos el anzuelo perfecto.

Y en ese momento, desde las profundidades de la montaña, el Guardián rugió.

No fue el estremecimiento de antes.

Fue un grito de desafío puro, de furia ancestral, que hizo temblar la cueva entera.

Estalactitas de hielo se desprendieron, estrellándose contra el suelo como lanzas.

Los mercenarios de Draven entraron en acción inmediatamente, no con pánico, sino con preparación.

Draven salió de su tienda.

Era más bajo de lo que esperaba.

De estatura media, pelo negro con mechones gris en las sienes, vestido no con armadura de bandido sino con túnicas de estudioso bajo una capa de pieles blancas.

Pero sus ojos…

sus ojos eran pozos de cálculo frío.

Miró directamente hacia nuestra posición de escondite.

No podía vernos.

La cortina de hielo era demasiado espesa.

La oscuridad, demasiado profunda.

Pero sonrió.

—Bienvenidos a la montaña —dijo, su voz amplificada por la cueva, dirigida a la nada—.

El Guardián los espera.

Y yo…

tengo un trabajo que hacer.

Giró hacia sus hombres.

—¡Posiciones!

¡Que el espectáculo comience!

Y entonces, las luces se apagaron.

No gradualmente.

De golpe.

Como si alguien hubiera tragado toda la luz de la cueva.

El fosforescente azul de las algas, los fuegos de las antorchas, los amuletos brillantes…

toda la luz desapareció.

Quedamos en una oscuridad absoluta, tangible y voraz.

La misma oscuridad que recordaba.

La de la habitación oscura.

Y en esa oscuridad, la frialdad dentro de mi pecho estalló, no como un ataque, sino como un saludo.

Bienvenido a casa, parecía decirme la oscuridad.

Te hemos estado esperando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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