El niño rescatado después de la subyugación de monstruos Aito Greymont - Capítulo 39
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- Capítulo 39 - 39 Capitulo 40 El corazón de Gea
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39: Capitulo 40: El corazón de Gea 39: Capitulo 40: El corazón de Gea La oscuridad no estaba vacía.
Era presencia.
La frialdad en mi pecho latía al unísono con la oscuridad que Draven había convocado artificialmente.
No era lo mismo —la de él era artificial, sólo era un truco mágico para cegarnos— pero aún así resonaban juntos.
Como dos instrumentos desafinados tocando la misma nota.
—No te muevas —me dijo el maestro, él estaba a mi lado, pero él estaba tan quieto que parecía que casi no respiraba—.
Siente.
No necesitaba que el maestro me lo dijera.
Ya estaba sintiendo o más bien lo estaba sintiendo.
A través de la oscuridad —mi oscuridad, la que ahora reconocía como parte de mí— podía mapear la cueva.
No la veía.
Sólo la sentía: · Aquí: Tres mercenarios, confundidos y chocando entre sí.
· Allí: Draven, moviéndose con seguridad hacia el fondo, como si él estuviera buscando una cosa.
· Más allá: El Guardián…
acercándose desde abajo…!!!, espera… el guardián—repetí con la voz agitada— Este último no lo sentía con magia.
Lo sentía con los pies.
Una vibración profunda, rítmica, como pasos de gigante a través del hielo.
—El Guardián viene por el calor —susurró Lilia—.
Mis llamas…
No terminó la frase.
No hacía falta terminarla, ya era claro el porqué.
Si el Guardián atacaba lo que más calor emitía, Lilia sería el objetivo principal.
Su magia de fuego brillaba en mi nueva percepción oscura como un faro.
Draven lo sabía.
Por eso había apagado las luces.
No para cegarnos, aunque en parte sí, él lo hizo.
Pero la razón principal de hacer esto era para hacer de Lilia el único punto caliente en la oscuridad.
—Lilia —dije, y mi voz sonó extraña, demasiado calmada—.
Apaga tu magia.
Apaga todo.
—No puedo —respondió, y el miedo en su voz era real—.
El fuego en mí…
es constante.
Es como pedirle a una persona que deje de respirar, es imposible hacerlo.
El maestro tomó una decisión en ese instante.
—Entonces te esconderemos —dijo, y su mano se posó en mi hombro—.
Mocoso.
Tu oscuridad.
¿Puedes…
envolverla?
Lo preguntó no como un maestro pidiendo a su discípulo que usé una técnica técnica.
Sino como si un médico te preguntará: ¿puedes aplicar presión a esa herida?.
No sabía qué hacer, no tenía ni idea de lo que haría.Ya qué nunca había intentado algo así.
Pero asentí de todos modos.
Cerré los ojos.
Para concentrarme por un momento y después rendirme.
Para dejar que esa parte de mí que temía —la frialdad, la oscuridad, la ausencia— hiciera lo que quisiera.
Y lo hizo.
No fue un hechizo.
Fue una exhalación.
Como soltar un aliento que había estado conteniendo durante un largo tiempo.
La oscuridad alrededor de Lilia y el maestro se espesó.
No sólo los cubrió.
Sino que los absorbió.
O más precisamente, absorbió lo que emanaba: el calor de lilia, sus firmas mágicas y su presencia.
Por tres segundos, en mi percepción oscura, dejaron de existir.
Lilia jadeó.
No fue por miedo.
Sino por alivio.
Como si un peso enorme se hubiera quitado de sus hombros.
—Funciona —susurró el maestro—.
Pero no por mucho.
Él tenía razón.
Ya sentía el cansancio.
Como si estuviera conteniendo la respiración bajo el agua.
La oscuridad tenía hambre y se alimentaba de algo dentro de mí.
Fue entonces cuando el suelo se abrió.
No violentamente.
Elegantemente.
Como si una puerta de hielo se hubiera deslizado hacia un lado.
Y el Guardián emergió.
Esta vez, visto completamente, era aún más imponente.
Su cuerpo serpentino de hielo azul profundo, sus escamas que reflejaban lo poco de luz que quedaba, su ojo único escaneando la cueva…
Pasó directamente sobre nosotros.
No porque no pudiéramos vernos.
Porque no sentía nada.
Para sus sentidos basados en el calor y la vibración mágica, éramos huecos.
Vacíos.
O simplemente nada.
Su objetivo era claro: el centro de la cueva, donde los mercenarios de Draven, en pánico, habían encendido antorchas mágicas de emergencia.
Como si Draven no les hubiera contado su plan o no se lo dijera a todos sus mercenarios.
—¡No!
—gritó uno—.
¡Apáguenlas!
Ahí me quedó claro que no se lo contó a todos ellos.
Ya era demasiado tarde.
El Guardián abrió sus fauces.
No hubo fuego no explosión.
Hubo un aliento de invierno primordial.
El aire frente a los mercenarios se cristalizó instantáneamente.
Las antorchas no se apagaron —se congelaron en el acto, las llamas atrapadas en esculturas de hielo que brillaban tristemente.
Los mercenarios apenas alcanzaron a gritar, pero el aire en sus pulmones se solidificó y sus voces murieron al instante.
Se convirtieron en estatuas de hielo en unos segundos.
Veintitrés hombres, congelados en posiciones de pánico.
Draven, desde el fondo de la cueva, observaba.
No con triunfo.
Sino con una satisfacción de científico.
—Perfecto —murmuró y su voz, aunque baja, llegó clara en el silencio que siguió—.
Distracción completada.
Caminó hacia una grieta en la pared del fondo, donde un brillo azul pálido pulsaba rítmicamente.
El Corazón de Gea.
El maestro se movió antes de que yo pudiera reaccionar.
—Ahora —ordenó— y él y Lilia salieron de mi capa de oscuridad—.
Aito, mantente aquí.
Y no hagas nada imprudente, me escuchaste.
—Pero…—le dije preocupado, mientras observaba a Lilia.
—Confía.—Respondió Lilia, para calmarme.
Lo dijo con esa calma absoluta que solo tienen los que ya han decidido morir si es necesario.
Corrieron.
No hacia Draven.
Sino hacia el Guardián.
Y el monstruo de hielo, al sentir el repentino estallido de calor y magia.
Lilia no podía apagarse ni siquiera un poquito, y era peor mientras corría, giró su cabeza masiva hacia ellos.
Yo me quedé atrás, mi oscuridad envolviéndome, invisible para todos.
Y vi cómo Draven alcanzaba la grieta.
Vi cómo su mano se cerraba alrededor del brillo azul.
Vi cómo lo sacaba…
No era un cristal.
Era como un corazón literal de hielo, palpitante, con venas de azul brillante que latían al ritmo de algo antiguo.
El Guardián, a mitad de camino hacia el maestro y Lilia, se detuvo.
Su cuerpo completo se tensó.
Luego, un aullido.
No fue de furia.
Más bien fue de dolor.
Porque el Corazón no era un tesoro, tal vez para nosotros que no teníamos ni idea y también para Draven.
Sino que era parte de él.
Literalmente.
Draven lo sostenía, y una sonrisa triunfal se dibujaba en su rostro…
que duró exactamente dos segundos.
Porque el corazón respondió a su toque.
Unas grietas de hielo azul brillante comenzaron a subir por su brazo.
No como un ataque.
Fue como una infección.
Como si el hielo reconociera en Draven una fuente de calor, de vida, y decidiera apagarla.
—¿Qué…?
—Draven trató de soltar el corazón palpitante, pero sus dedos ya se estaban fusionando con el corazón de hielo—.
¡No!
¡Esto no es lo que…!
Su brazo entero se volvió translúcido, luego a sólido hielo azul.
El proceso avanzaba hacia su pecho.
El Guardián, olvidándose completamente del maestro y de Lilia, se lanzó hacia Draven.
No era para atacar.
Más bien fue para recuperar lo que era suyo.
Y en ese caos —Draven congelándose, el Guardián cargando hacía el, el maestro y Lilia esquivando— mi oscuridad reaccionó.
No por voluntad mía.
Por instinto.
Se extendió.
No fue hacía Draven.
Ni hacia el Guardián.
Sino hacia el Corazón.
Porque el Corazón de hielo y mi oscuridad hablaban el mismo lenguaje: el del frío, el de la ausencia, el de la negación.
Él maestro se devolvió junto a Lilia y me agarró del brazo.
—¡Ahora!
—gritó y me arrastró hacia la salida.
Miré atrás una última vez.
Draven era ya media estatua de hielo, su rostro congelado en una mueca de horror.
El Guardián llegaba a él, sus fauces abriéndose para recuperar el Corazón…
Y el Corazón, en la mano congelada de Draven, me miró.
No literalmente.
Pero sentí su atención.
Tú también eres frío, parecía decir.
Tú también niegas.
Luego salimos a la luz cegadora del exterior y la cueva detrás de nosotros colapsó en un estruendo de hielo quebrándose.
Corrimos sin mirar atrás.
Cuando finalmente nos detuvimos, a unos metros de distancia, jadeando, Lilia fue la primera en hablar: —¿Qué… qué fue eso?
El maestro no respondió.
Me miró a mí.
Y yo, con las manos temblando, dije la única verdad que entendía: —Eso no era un tesoro.
El maestro asintió lentamente.
—Y Draven —añadió Lilia, su voz temblorosa— ¿está…?
—Muerto —confirmó el maestro—.
O peor.
Fusionado.
O tal vez parte de la montaña blanca ahora.
Guardé silencio.
Porque en lo profundo de mi pecho, donde la oscuridad vivía, algo respondía al latido lejano de l Corazón.
No como un llamado.
Como un eco.
Como si dos cosas que deberían estar separadas se hubieran encontrado, por accidente, que hablaban el mismo idioma.
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