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El niño rescatado después de la subyugación de monstruos Aito Greymont - Capítulo 40

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  4. Capítulo 40 - 40 Capitulo 41 El Guardián
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40: Capitulo 41: El Guardián 40: Capitulo 41: El Guardián La Montaña Blanca quedó atrás, pero su frío se había instalado en nuestros huesos de manera permanente.

O al menos eso me parecía.

Caminábamos en silencio, el crujido de la nieve bajo nuestras botas siendo el único sonido que podíamos escuchar.

El sol de la tarde intentaba calentar el aire, pero algo —quizás el recuerdo de la cueva, quizás algo más tangible— mantenía un frío testarudo pegado a la piel.

—Nunca había sentido tanto frío —murmuró Lilia, frotándose los brazos—.

Y eso que soy una maga de fuego.

—No es frío del aire —dijo el maestro sin disminuir el paso—.

Es frío del miedo.

De haber estado cerca de algo que no debería existir en este mundo.

Me miró al decirlo y supe a qué se refería: mi oscuridad.

No al Guardián.

Mi parte.

—Funcionó —dije, más para mí que para ellos—.

Por un momento, funcionó.

—Sí —asintió Lilia—.

Pero a qué costo, Aito.

Te vi temblar después.

No respondí.

Porque el “costo” era algo que ni yo entendía.

Solo sabía que después de envolverlos en oscuridad, me sentí…

menos.

Como si parte de mi energía no se hubiera gastado, sino más bien perdido.

El maestro detuvo su marcha abruptamente.

No por cansancio.

Por alerta.

—¿Maestro?

—pregunté.

Él no respondió.

Sus ojos escudriñaban el bosque que comenzaba a espesarse a nuestro alrededor.

Los pinos aquí eran más altos, más viejos, sus ramas cargadas con nieve reciente.

—El silencio —dijo finalmente.

Él tenía razón.

No se escuchaban pájaros.

No crujían ramas.

Solo el viento y hasta ese sonido parecía amortiguado, como si alguien hubiera puesto un cristal grueso entre nosotros y el mundo.

(Campamento) Decidimos acampar antes de que oscureciera completamente.

La nieve aquí era más profunda, pero encontramos un claro protegido por una formación rocosa natural.

Lilia encendió una fogata —pequeña, cuidadosamente controlada— y pronto el aroma a sopa caliente llenó el aire.

Debería haber sido reconfortante.

En cambio, solo aumentaba mi sensación de desconexión.

—¿Aito?

—Lilia me pasó un tazón—.

Come un poco.

—No tengo hambre —mentí.

Tenía hambre, pero la idea de tragar algo me repugnaba.

Como si mi cuerpo supiera que necesitaba estar ligero, listo para algo que podría pasar pronto.

El maestro observaba el borde del bosque.

Ni siquiera había tocado su comida.

—¿Lo sientes también?

—pregunté sin querer.

—Siento que algo nos observa —respondió—.

Pero no desde afuera.

Desde…

dentro de la montaña.

Miré hacia atrás, hacia los picos que ya deberían estar ocultos por la distancia y la niebla.

Aún podía verlos, blancos contra el cielo oscurecido.

Como dientes.

Fue entonces cuando lo vi.

O creí verlo.

Entre los árboles, que estaban aún lejos de nosotros, una forma alta, delgada, que se retorcía contra el viento.

Pero los árboles aquí no se retorcían así.

No tan…

deliberadamente.

—¿Ven eso?

—señalé.

Ambos siguieron mi mirada.

—Un árbol torcido —dijo Lilia, frunciendo el ceño—.

El viento de la montaña los deforma —agregó después—.

—El viento no sopla desde esa dirección —corrigió el maestro.

La forma se movió de nuevo.

Esta vez, un destello azul captó la luz de la luna que comenzaba a asomarse.

Mi corazón se detuvo.

No era un árbol.

Tardó una hora en llegar hasta nuestro claro.

Una hora de moverse lentamente, dolorosamente, como si cada paso fuera una batalla contra su propia anatomía.

Cuando finalmente emergió completamente a la luz de la luna, el horror se instaló en mi garganta como un gran bloque de hielo.

El Guardián.

Pero no el de la cueva.

Su cuerpo serpentino de hielo azul estaba quebrado.

Grietas profundas, negras como el azabache, recorrían sus costados.

Una de sus patas delanteras colgaba inútil, el hielo fracturado en ángulos imposibles.

Y en su pecho…

Había una persona.

Era Draven.

No estaba montado sobre él.

No estaba junto a él.

Estaba incrustado en su pecho.

Como si el Guardián hubiera intentado tragarlo y el proceso se hubiera detenido a mitad de camino.

El torso y el brazo derecho de Draven emergían del pecho de hielo como una espina grotesca.

Su rostro —medio humano, medio cristalizado— miraba hacia adelante con un ojo de hombre lleno de odio, y un ojo de hielo que brillaba con la misma luz azul del Guardián.

—No…

—susurró Lilia, retrocediendo—.

No es posible.

—La fusión —murmuró el maestro, su espada desenvainándose sin prisa pero sin pausa—.

Intentó absorberlo.

Él intentó dominarlo.

El resultado es…

esto.

—El Guardián-Draven no se que otro nombre ponerle a eso, se detuvo al borde del claro.

Su ojo de hielo nos escaneó, pasando sobre Lilia, sobre el maestro, deteniéndose en mí.

—Tú —la voz salió raspada de la boca de Draven, pero resonó en el pecho del Guardián como un eco—.

Oscuridad…

fría…

Avanzó.

El movimiento era grotesco.

La parte serpiente intentaba un paso fluido, pero la parte humana se retorcía, arqueándose en dolor o rebelión, haciendo que todo el cuerpo tambaleara.

—¡Quieto!

—ordenó el maestro, poniéndose delante.

Draven rió.

Un sonido seco, quebrado, que terminó en un acceso de tos que escupió fragmentos de hielo.

—¿Crees…

que esto…

me controla?

—gritó, su ojo humano brillando con locura—.

¡Yo lo controlo a él!

¡Su poder…

es mío!

¡Y el tuyo…

también lo será!

El Guardián rugió —un sonido de protesta pura— y su cabeza se sacudió violentamente, como si intentara liberarse.

Esa era la verdad.

No había fusión.

Había posesión.

Draven, al tocar el Corazón, había logrado adherirse al Guardián como un parásito.

Pero no podía controlarlo completamente.

Solo podía montarlo, obligarlo a moverse, mientras luchaban por el dominio de cada músculo de hielo.

—Aito —dijo el maestro sin girarse—.

Tu oscuridad.

¿Puedes…

aislarlo?

Entendí.

No a Draven.

Al Guardián.

Separar al huésped del parásito en la percepción mágica.

—No sé —confesé.

—Inténtalo.

O tú y Lilia morirán aquí.

El Guardián-Draven cargó.

Un movimiento torpe pero poderoso, sus fauces abriéndose para lanzar el aliento de invierno.

No tuve tiempo de pensar.

Solo de actuar.

Cerré los ojos.

No para concentrarme.

Sino para rendirme a ese instinto que había usado en la cueva.

La oscuridad salió.

Pero esta vez, no para esconder.

Para discernir.

Extendí mi percepción —esa nueva habilidad torpe que ni entendía— hacia la criatura.

Y sentí: Dos firmas de frío.

Una, profunda, antigua, resonante como un glaciar moviéndose.

Era del Guardián.

Otra, aguda, voraz, contaminada por el calor residual de la vida humana.

Era Draven.

Y donde se tocaban, dolor.

Puro, desgarrador.

—¡Ahora!

—grité y dirigí mi oscuridad no como un manto, sino como una cuña.

Un golpe de frío puro —el mío, el de la ausencia— entre las dos firmas.

Por un segundo, funcionó.

El Guardián se detuvo.

Su ojo de hielo brilló con un destello de claridad, de reconocimiento.

Me miró, y en ese mirar hubo una petición silenciosa, antigua.

Libérame.

Draven gritó —un aullido de rabia y terror— y su control se tensó.

La criatura retrocedió, tambaleándose.

—¡No!

—rugió Draven—.

¡Es mío!

¡Lo conseguí!

¡Es…!

El Guardián se arqueó entonces.

No en ataque.

Sino más bien, en la rebelión final.

Todo su cuerpo de hielo tembló.

Las grietas negras se expandieron.

Y con un sonido como mil ventanas rompiéndose a la vez, el hielo que sostenía a Draven se quebró.

No suavemente.

Violentamente.

Draven fue expulsado del pecho del Guardián como un proyectil mágico, cayendo a diez metros de distancia, rodando en la nieve.

El Guardián, libre, emitió un sonido.

No de triunfo.

De agotamiento terminal.

Miró en dirección hacia la Montaña Blanca, luego hacia nosotros.

Su ojo se posó en mí por última vez.

Luego, su cuerpo comenzó a desmoronarse.

No en agua.

Sino en nieve fina, azulada, que cayó en un montón perfecto donde antes estuvo una criatura ancestral.

Después hubo silencio total.

Draven se movió en el suelo.

Intentó levantarse, pero su brazo y medio torso eran hielo sólido, fusionado irreversiblemente con su carne.

Tosió, escupiendo fragmentos cristalinos.

El maestro se acercó.

No con la espada levantada.

Con resignación.

—El frío —susurró Draven, su ojo humano mirando al cielo—.

Nunca…

se va…

—No —confirmó el maestro—.

Te lo llevas contigo.

Draven intentó decir una última palabra, pero su garganta se cerró —literalmente congelada desde dentro—.

Su cuerpo se puso rígido.

Después, sólo el crujido tenue del hielo expandiéndose en su carne.

No nos acercamos a él.

Ni tocamos su cuerpo.

Algunas tumbas se cavan solas.

Lilia tomó mi mano.

La solté al instante —mi piel estaba demasiado fría incluso para ella.

Pero Lilia insistió y me tomó de la mano de nuevo, no era tan malo para ella como había pensado.

Era cálido para mí, como cuando ella me abrazó en la taberna, cuando me estaba ahogando con mi resentimiento.

—Vamos —dijo el maestro—.

La montaña ha hecho justicia.

Nosotros tenemos un camino que terminar.

Caminamos alejándonos del claro, de la nieve azul, del hombre con vertido en advertencia.

Y en mi pecho, la oscuridad latía, satisfecha de un trabajo bien hecho.

Lo que me aterraba era no saber qué trabajo había hecho exactamente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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