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El niño rescatado después de la subyugación de monstruos Aito Greymont - Capítulo 41

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  4. Capítulo 41 - 41 Capitulo 42 Acaso le has perdonado la vida de la personas que te lo pidieron
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41: Capitulo 42: Acaso le has perdonado la vida de la personas que te lo pidieron 41: Capitulo 42: Acaso le has perdonado la vida de la personas que te lo pidieron La nieve se hizo barro bajo nuestros pies conforme descendíamos en la montaña.

La Montaña Blanca, ahora era una cicatriz blanca en el horizonte, dejaba atrás su dominio absoluto.

El aire seguía frío, pero ya no era el frío cortante de un invierno sin un final, sino el frío habitual de las tierras altas en primavera tardía.

Caminamos en silencio durante horas.

El maestro iba al frente, su capa gris ondeando como una bandera de duelo.

Lilia seguía de cerca, su pelo negro casi cubierta de nieves.

Y yo cerraba la marcha, con cada paso sintiendo cómo algo se ajustaba dentro de mí.

No era la oscuridad.

Era más simple: la distancia.

La distancia física de la montaña.

La distancia emocional de lo que habíamos hecho.

La distancia necesaria para empezar a respirar sin que el aire doliera en los pulmones.

—¿Cuánto falta para salir del dominio de la montaña?

—pregunté al maestro.

—Ya salimos —respondió sin voltear su mirada hacia mi—.

Pero los dominios humanos empiezan un poco más abajo.

Y esos…

también son los más peligrosos.

Tenía razón.

La montaña tenía sus monstruos, sus trampas naturales, su lógica implacable.

Pero los humanos…

los humanos tenían codicia.

Y la codicia es más creativa que cualquier bestia.

Ya estaba anocheciendo, ya que caminamos varias horas.

Como ya no había tanta nieve pesada ahora.

El frío era más tolerante, después nos pusimos a acampar.

Después charlamos de lo ocurrido con el guardián y Draven y antes de siquiera darnos cuenta ya había oscurecido.

La brisa ahora era muy refrescante y no como antes, que por poco nos congelaba.

Después fuimos a dormir.

Al llegar el amanecer nos despertamos y al fin pudimos sentir el verdadero calor del sol desde que habíamos subido a la montaña blanca.

El sol iluminaba el lugar donde estábamos acampando.

El lugar de la fogata ya se encontraba cubierta de nieve, nadie pensaría que ahí habíamos prendido una anoche.

Y después decidimos seguir bajando de la montaña ya habíamos dejado el puesto de guardia donde amenazaban a los mercaderes.Todo iba muy bien hasta que.

El primer aviso llegó un rato después.

No fue un sonido.

Fue una ausencia.

El sendero que seguíamos —una ruta comercial menor, según el mapa— debería haber tenido señales de tráfico: huellas de carretas, excremento de bestias de carga, restos de fogatas.

Pero no había nada.

Como si alguien hubiera barrido cuidadosamente toda evidencia de paso.

El maestro se detuvo junto a un árbol que tenía una marca extraña: tres cortes paralelos en la corteza, recientes.

—Cazadores —murmuró.

—¿De animales?

—preguntó Lilia.

—De todo lo que se mueva —corrigió él—.

Mira.

Señaló el suelo.

Entre la hojarasca, casi invisible, había un cable de latón tensado a la altura del tobillo.

Una trampa simple, pero efectiva: tropiezas, caes, y desde los arbustos salen flechas.

—Bandidos —dije, la palabra sabiendo a ceniza en mi boca—.

¿Cuántos?

El maestro escudriñó el bosque.

No con los ojos.

Con esa presencia que tenía, como si pudiera sentir los latidos de corazones escondidos.

—No sé.

Pero no son los de Draven.

Estos son…

locales.

Territoriales.

Avanzamos con más cuidado.

Yo iba ahora al frente, usando no la oscuridad, sino la atención pura que el año sin magia me había enseñado.

Cada rama que crujía, cada hoja que se movía, era un dato.

Un patrón.

Y el patrón decía: estamos rodeados.

No de inmediato.

No en formación de ataque.

Era más sutil: sombras que se movían entre los árboles a cierta distancia, siempre manteniendo el ritmo de nuestra marcha.

Como lobos siguiendo a una presa, esperando el momento de cansancio.

—¿Por qué no atacan?

—susurró Lilia.

—Porque somos tres —respondió el maestro—.

Y estamos armados.

Y no llevamos carromatos.

No valemos el riesgo…

aún.

La palabra “aún” quedó colgando en el aire.

El segundo aviso fue un olor.

No el olor habitual del bosque: tierra húmeda, musgo, resina de pino.

Este era dulzón.

Pútrido.

Como carne dejada al sol demasiado tiempo.

Lilia se tapó la nariz.

—¿Qué es eso?

El maestro no respondió.

Solo apretó el paso.

Encontramos el origen en un claro junto al sendero: tres cuerpos.

Mercaderes, por las ropas.

Dos hombres y una mujer.

No estaban simplemente muertos.

Estaban dispuestos.

Colocados en posición sentada alrededor de una fogata imaginaria, las manos extendidas como si calentaran palmas ante llamas que no existían.

—Un mensaje —dije, el estómago retorciéndose.

—Para los que vengan después —asintió el maestro—.

“Esto pasa a los que no pagan el peaje”.

Lilia giró la cabeza, pálida.

—¿Peaje?

—Todo camino tiene dueño —explicó el maestro, apartando la mirada de los cuerpos—.

Los de la montaña eran Draven.

Estos son los que controlan el descenso.

Más organizados.

Más…

teatrales.

Fue entonces cuando ellos decidieron que habíamos visto suficiente.

No salieron de los arbustos.

Simplemente estaban ahí, como si hubieran estado todo el tiempo y nosotros no los hubiéramos notado, aunque estoy hablando de mi y de Lilia por supuesto.

Doce hombres.

Armados no con las espadas oxidadas de los bandidos comunes, sino con armas bien mantenidas: ballestas, hachas de combate, cuchillos de caza largos.

Y sus ropas, aunque sucias, eran uniforme: todos llevaban sobre el pecho izquierdo una insignia bordada: un puño cerrado apretando una moneda.

El líder era un hombre alto, delgado, con una cicatriz que le atravesaba el labio y le daba una expresión de perpetuo desdén.

—Buenas tardes, viajeros —dijo, su voz educada pero aunque era una faceta—.

Lamento que hayan tenido que ver eso.

Pero las reglas deben hacerse cumplir, espero que me entiendan.

El maestro no desenvainó.

Solo cruzó los brazos.

—¿Qué reglas?

—Las de la Hermandad del Puño Cerrado —respondió el hombre, haciendo un pequeño gesto con la cabeza hacia la insignia—.

Este camino es nuestro.

Todo el que pasa… paga.

Miré a los cuerpos alrededor de la fogata fantasma.

Su advertencia.

—¿Cuánto?

—preguntó el maestro, su tono completamente neutro.

El bandido sonrió, mostrando dientes amarillos.

—Para tres…

digamos cincuenta monedas de oro.

O el equivalente en mercancías.

Era una fortuna.

Más de lo que la mayoría de los mercaderes ganaban en un mes.

—No llevamos tanto —dije.

Los ojos del líder se posaron en mí.

No en mi rostro.

En mi espada.

En la vaina.

En la calidad de la ropa que, aunque polvorienta, era claramente de buena tela.

—Entonces pagarán con lo que tengan —dijo y su tono perdió la falsa cortesía—.

Las armas.

Las capas.

Y la niña.

Lilia no se inmutó, pero sus manos brillaron levemente.

El líder notó el destello.

Sus ojos se iluminaron con una codicia nueva.

—Y la magia.

Los amuletos.

Los artefactos.

Todo.

El maestro respiró hondo.

Un sonido largo, cansado.

—No —dijo simplemente.

Por un segundo, hubo silencio.

Luego, el líder rió.

—¿”No”?

¿Has visto cuántos somos, viejo?

—Los he contado —respondió el maestro—.

Doce.

Y he contado también sus errores.

—¿Errores?

—el bandido parecía genuinamente divertido.

—Primero: están muy juntos.

Una explosión mágica bien colocada los mataría a todos.

Las manos de Lilia brillaron más intensamente.

—Segundo: sus ballesteros están a la izquierda.

Todos diestros.

Para apuntar bien a nosotros, tendrían que girar, exponer el costado.

Mis ojos se movieron rápidamente.

Tenía razón.

—Tercero —continuó el maestro, su voz bajando a un susurro que sin embargo llegó claro a todos—: ya están muertos.

Solo que aún no lo saben.

El líder dejó de sonreír.

—Matadlos —ordenó.

Todo sucedió al mismo tiempo: Primero, Lilia levantó las manos y una onda de calor explotó hacia los ballesteros.

No fuego.

Calor puro, intenso, que hizo que los metales de sus armas se calentaran al instante, quemando sus manos.

Las ballestas cayeron, los hombres gritaron, mientras tenían las manos rojas, un aullido como cuando un monstruo llega a su último momento de vida.

Después me moví.

No hacia el líder.

Hacia los dos bandidos más cercanos a los flancos.

Mi espada —la que Lilia me había traído de las ruinas, grande, pesada, pero perfectamente balanceada— salió de la vaina con un silbido.

No usé magia.

Usé la precisión que el maestro me había enseñado en el río.

Un golpe en la muñeca al primero cortándole la mano (desarme).

Un corte con precisión quirúrgica en la rodilla al segundo (derribo) y después en la garganta.

El maestro…

no se movió.

Pero el líder voló hacia atrás como si un gigante invisible lo hubiera golpeado en el pecho.

Cayó a cinco metros, jadeando, con el rostro contraído en una mueca de dolor e incredulidad.

Los otros bandidos vacilaron.

Su líder estaba en el suelo.

Tres de los suyos ya estaban fuera de combate.

Y nosotros…

estábamos intactos.

—Segunda oportunidad —dijo el maestro, su voz ahora completamente fría—.

Desapareced.

Ahora.

Pero los bandidos no eran mercenarios disciplinados.

Eran salvajes con armas.

Ellos ya sabían que esa era una táctica muy usada.

Y el odio de ser burlado, en los salvajes se convierte en furia ciega.

Atacaron todos a la vez.

Y entonces, lo entendí.

Esto no era como la cueva.

No era un monstruo ancestral con reglas claras.

Esto era caos.

Hombres gritando, acuchillando, sin formación, sin táctica, solo la locura de quienes saben que si no matan, morirán.

Lilia lanzó dardos de fuego pequeños, precisos, que impactaron en piernas, brazos, hombros.

No eran para masajes.

Eran para incapacitar y matar.

Yo esquivé un hacha, bloqueé una espada, sentí el aire moverse a mi izquierda y giré justo a tiempo para evitar una daga que buscaba mis costillas.

Mi cuerpo recordaba los entrenamientos con el maestro, esos interminables días de golpes y contragolpes.

Pero esto era real.

Y la sensación—una sensación fría, aguda— se instaló en mis venas.

Un bandido especialmente grande —casi tan ancho como alto— cargó contra mí con un garrote con púas.

No había forma de bloquearlo con la espada así como estaba.

El impacto rompería la espada y mis brazos.

Instinto.

No pensé.

Reaccioné.

La oscuridad salió.

No como un manto.

Como un golpe.

Una esfera de frío y ausencia se expandió desde mí, un impulso corto y brutal.

El bandido del garrote se detuvo en seco, como si hubiera chocado contra un muro de cristal.

Sus ojos se pusieron vidriosos.

Luego, cayó de rodillas, tosiendo, como si el aire le faltara.

Pero yo también sentí el golpe.

Un vacío se abrió en mi pecho.

Como si algo dentro de mí se hubiera ido con esa explosión.

No energía.

Algo más.

El maestro, que había estado observando desde el centro del caos, me miró.

Sus ojos dijeron claramente: “Demasiado.” Pero no había tiempo para arrepentimientos.

Los bandidos restantes— retrocedieron, aterrorizados no por nuestra habilidad, sino por lo que no entendían.

Habían visto a su compañero caer sin que nadie lo tocara.

Habían sentido el frío repentino que había llenado el claro.

El líder, todavía en el suelo, gritó: —¡Son magos!

¡Malditos magos!

Como que se dio cuenta ese líder demasiado tarde no, hasta un idiota ya se daría cuenta —Hablo Aito en su mente.

Esa palabra —”magos”— tuvo un efecto extraño.

No los hizo huir.

Los hizo decidirse.

Sacaron pequeños frascos de sus cinturones.

Dentro, un líquido amarillento brillaba débilmente.

—¡Aceite de piedra de fuego!

—advirtió Lilia—.

¡Cuidado!

Los frascos volaron hacia nosotros.

Lilia reaccionó primero.

Un muro de llamas surgió entre nosotros y los frascos.

Los vidrios estallaron al contacto con el fuego, y el aceite se encendió en una explosión secundaria que llenó el claro de calor y luz cegadora.

En ese momento de ceguera temporal, escuché el silbido.

Una flecha.

Venía de los árboles.

Había más.

No solo los doce que habían aparecido.

Había más arqueros escondidos.

Apuntaba a Lilia.

No lo pensé.

Ya no podía pensar.

Salí en un movimiento que ni yo sabía que podía hacer, empujándola a un lado.

La flecha pasó rozando mi brazo, rasgando la tela y dejando un corte superficial que empezó a arder al instante.

Envenenada.

El dolor fue agudo, eléctrico.

Pero más agudo fue la ira.

Miré hacia los árboles de donde había venido la flecha.

Y dejé que la oscuridad tomara el control.

No un poco.

Casi todo.

El claro se oscureció.

No gradualmente.

Como si alguien hubiera apagado el sol.

Las llamas de Lilia se debilitaron, no porque perdieran poder, sino porque la luz misma dejó de viajar bien.

Y en esa oscuridad nueva, yo podía ver.

No con los ojos.

Con esa percepción que había usado en la cueva.

Sentí los corazones de los bandidos latiendo rápido por el miedo.

Sentí el calor de sus cuerpos.

Y sentí, muy claramente, a los tres arqueros escondidos en las ramas.

—Aito —la voz del maestro llegó clara a través de la oscuridad—.

Controlate un poco.

Pero ya era tarde.

Moví la mano.

No un gesto de magia.

Un gesto de intención.

La oscuridad alrededor de los arqueros se condensó.

Como si se volviera sólida.

O más bien, como si el aire a su alrededor dejara de existir.

No hubo gritos.

Solo tres suspiros cortos, seguidos del sonido de cuerpos cayendo de los árboles.

Luego, silencio.

La oscuridad se retiró.

Lentamente.

Como reacia a irse.

El claro volvió a la luz del día.

Los bandidos que quedaban en pie —cuatro, ahora— nos miraban con terror absoluto.

Su líder, aún en el suelo, balbuceaba algo incomprensible.

El maestro caminó hacia él.

No con ira.

Con cansancio infinito.

—Lleva a tus hombres —dijo, su voz baja pero cargada de un peso que hacía temblar—.

Y dile a tu “Hermandad” que este camino ya no es suyo.

Si vuelvo a ver una de vuestras insignias, no dejaré a nadie para contarlo.

El líder asintió, incapaz de hablar.

Espera un momento de verdad creíste que estaba hablando en serio, oye mocoso este tipo y los que nos querían robar la noche anterior antes de dejar la ciudad Fanea, cual es más gracioso, jajaja.—Agregó el maestro burlándose de él.

—Maestro que me estás preguntando ahora, por supuesto que este tipo es más gracioso y demasiado —le respondió Aito, a su maestro.

—Jajaja, de verdad le si que iba a dejar ir a un bandido, que derroté, como si ellos han perdonado a la personas.—Agregó Zekin.

Después el maestro acabó con la vida del líder y yo con los que quedaban.

No quedaba nadie más ahí, excepto por los tres cuerpos de mercaderes y el olor a sangre y aceite quemado.

Me desplomé.

No de cansancio físico.

De vacío.

Como si hubiera usado no magia, sino parte de mi alma.

Lilia corrió hacia mí, sus manos con frascos de pociones, ya que había sangrado y también el veneno de flecha.

—El veneno —dijo, examinando el corte—.

Es lento, pero…

—No importa —la interrumpí, creo que estoy bien, gracias por preocuparte—.

¿Los arqueros?

—le pregunté al maestro.

El maestro fue a revisar los cuerpos.

Volvió con el rostro grave.

—Muertos —dijo—.

No por heridas.

Por…

asfixia.

Como si el aire les hubiera faltado.

Me miró.

Y en sus ojos no vi reproche.

Vi preocupación.

La misma que había visto cuando era niño y enfermaba.

—¿Qué sentiste?

—preguntó.

—Nada —respondí y era la verdad más aterradora—.

Solo…

la necesidad de que dejaran de ser una amenaza.

Y dejaron de serlo.

Lilia me tomó la mano.

Esta vez, su calor me dolió.

Físicamente.

Como si mi piel se hubiera vuelto demasiado fina, demasiado sensible.

—El veneno —insistió—.

Bebé para que te sientas mejor.

Asentí, cerrando los ojos.

Mientras la magia de las pociones fluía en mi brazo, limpiando el veneno, cerrando la herida, yo sentía un poco de calidez.

Después miré los cuerpos de los bandidos, sin ningún sobrevivientes, como cuando ellos atacan.

Nos pusimos en marcha de nuevo, dejando el claro y sus muertos.

Y mientra s caminaba, con Lilia a mi lado y el maestro al frente, hice una promesa silenciosa: Nunca más.

Nunca más usaré tanto.

Pero en lo profundo de mi pecho, donde la oscuridad vivía, supe que era mentira.

Porque siempre puede que esté en peligro y esta será mi salvación aunque momentáneo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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