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El niño rescatado después de la subyugación de monstruos Aito Greymont - Capítulo 42

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  4. Capítulo 42 - 42 Capitulo 43 Intención asesina
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42: Capitulo 43: Intención asesina 42: Capitulo 43: Intención asesina La flecha que contenía veneno en él, y que me había rozado.

No había dejado ninguna cicatriz en mi brazo.

Solamente había dejado un temor nuevo en mi por las cosas venenosas.

Descendimos de las tierras altas durante días, dejando atrás el frío perpetuo por un clima más templado.

Los bosques de pinos dieron paso a arboledas mixtas, luego a campos cultivados con paredes de piedra que demarcaban propiedades.

El mundo se volvía más ordenado, más humano, con cada milla que avanzábamos.

Primera semana: Llegamos a un pueblo llamado Vallehondo.

No era más que un puñado de casas de piedra alrededor de una posada, pero después de días de acampar, las camas parecían lujos de reyes.

El posadero, un hombre gruñón con un ojo nublado, nos cobró el triple al ver nuestras espadas, nuestras ropas, y ya se había dado cuenta de que éramos viajeros y aventureros.

Pero el maestro pagó sin rechistar.

—Aquí la ley es el dinero —murmuró Lilia mientras subíamos a nuestra habitación—.

O la fuerza.

Después de estar fuera del palacio por tanto tiempo ya lo sabía.

El dinero es ley, espada, y todo.

Matan y te dejan vivir por el.—Repetí en mi mente.

Ella tenía razón.

Esa noche, unos matones locales intentaron colarse en nuestra habitación, probablemente atraídos por la bolsa de monedas del maestro.

No tuvimos que pelear.

El maestro simplemente apareció detrás de ellos en el pasillo, sus dos espadas cruzadas contra sus gargantas, y les dio un sermón en voz tan baja y peligrosa que uno de ellos se orinó.

Se fueron corriendo y no volvimos a verlos.

Aunque no tenía idea del porque los había dejado irse.

Segunda semana: Cruzamos el Río Sombra, llamado así por la espesa arboleda que lo cubría.

Había un puente, pero estaba custodiado por soldados del señor local que cobraban peaje “para mantenimiento”.

El maestro mostró un documento —un pergamino con un sello que no reconocí— y el capitán de la guardia palideció, haciéndonos pasar sin cobrar ni una moneda de cobre.

—¿Qué era eso?

—pregunté después.

—Un recordatorio —respondió él, guardando el pergamino— de que hay jerarquías incluso entre los parásitos.

Lilia y yo intercambiamos una mirada.

A veces olvidábamos que el maestro no era solo un guerrero viejo.

Había una historia detrás de él, conexiones, secretos y un pasado que rara vez mencionaba.

Tercera semana: El paisaje cambió de nuevo.

Los campos se volvieron más extensos, las carreteras más anchas y mejor mantenidas.

Empezamos a ver caravanas de mercaderes con escoltas armadas, mensajeros a caballo con los colores de casas nobles, peregrinos que se dirigían a algún santuario.

Éramos solo un grupo más entre muchos, y eso era un alivio.

Pero la oscuridad en mi pecho no se calmaba.

A veces, en medio de la noche, despertaba con la sensación de que algo se movía en las sombras de nuestro campamento.

No era una amenaza externa.

Era la oscuridad misma, explorando.

Como un animal domesticado que prueba los límites de su jaula.

Una noche, cerca de una aldea llamada Piedrasanta, sucedió.

Estábamos acampados en un bosquecillo apartado.

Lilia dormía, agotada después de un día de caminata bajo el sol.

El maestro meditaba junto a las brasas del fuego.

Yo intentaba dormir, pero cada vez que cerraba los ojos, veía los rostros de los tres arqueros cayendo de los árboles.

No con miedo.

Con sorpresa.

Como si hasta el último momento no hubieran entendido qué les estaba pasando.

Entonces, lo sentí.

Un movimiento en la oscuridad del bosque.

No un animal.

Algo más grande.

Más inteligente.

Me senté.

El maestro abrió un ojo, asintiendo casi imperceptiblemente.

Él también lo había sentido.

Tres figuras emergieron de entre los árboles.

Cazadores furtivos, por sus ropas de pieles y sus arcos largos.

No nos vieron de inmediato —el fuego estaba apagado, el maestro lo había apagado en un solo instante, por lo que estábamos en las sombras— pero se acercaban directamente a nuestro campamento.

En sus ojos brillaba la codicia fácil: viajeros dormidos, equipo que robar, quizás una bolsa de monedas.—Eso es lo que pensé en mi mente, mientras ellos se acercaban hacia nosotros.

No dije nada.

No me moví.

Solo estaba observando  Y la oscuridad dentro de mí estaba observando junto a mi.

Uno de los cazadores pisó una rama.

El crujido fue como un disparo en el silencio nocturno.

Lilia se movió en sueños, murmurando algo.—Un error muy fatal para un grupo titulado “cazadores” murmuré en mis pensamientos.

Los cazadores se detuvieron.

Intercambiaron miradas.

Y después del intercambio, avanzaron más lentamente.

Cuando estuvieron a diez pasos, el maestro respiró hondo, preparándose para levantarse.

Pero yo fui más rápido.

No físicamente.

Presencialmente.

Dejé que la oscuridad se extendiera desde mí, no como un ataque, sino como una advertencia.

Una ola de frío repentino que hizo que el rocío en la hierba se congelara con un chasquido audible.

Una presión en el aire que hizo que los tres hombres se detuvieran en seco, mirando a su alrededor con confusión.

Como una aura asesina, no solo una intención sino que en cualquier momento podrían morir de verdad.

Uno de ellos miró directamente hacia donde yo estaba.

No me vio.

Pero vio algo.

Y él estaba aterrorizado.

No lo vi pero lo sentí ya que ese cazador se encontraba dentro de mi dominio.

Espera ¿qué diablos es eso?

eso…eso, a-ahí no está un humano, que demonios es esa sensación asesina, yo… yo seré cazado por mi presa, en vez de cazarlo—pensó en su mente uno de los cazadores— su rostro se descompuso en puro terror.

Gritó algo ininteligible a sus compañeros y se echó a correr.

Los otros dos lo siguieron sin mirar atrás ya que también lo sintieron, iban a ser cazado en vez de cazar.

El maestro me miró.

No fue con aprobación.

Sino como una evaluación.

—Controlado —dijo finalmente rompiendo el silencio—.

Pero aún así, una llamada de atención.

—¿A qué?

—pregunté.

—A que estás aquí —respondió—.

A que, incluso cuando no quieres, tu mera presencia altera el mundo a tu alrededor.

Como una piedra en un estanque.

Lilia se despertó, sobresaltada por los gritos lejanos.

Ese grito también fue otro error muy fatal para unos cazadores, si quisiéramos matarlos no, más bien, si no se hubieran ido los iba a matar dos veces como mínimo.

—¿Qué pasó?—preguntó Lilia, sin tener idea de lo que había pasado.

Lilia también cometió un error, aunque lo puedo entender.

Ella estaba cansada, y además yo y el maestro estamos aquí para cuidarlo.

También su resistencia no es tan alta como nosotros.

—Nada —dije, acostándome de nuevo—.

Solo unas criaturas del bosque asustadizos.

Pero en realidad no era “nada”.

Era otro paso.

Otro recordatorio de que ya no era solo Aito Greymont, el príncipe que salió de aventura.

Era Aito Greymont, el portador de algo que asustaba a los hombres que pensaban que eran valientes, incluso antes de que hiciera nada.

Pero, esa intención asesina está muy bien, pero debes entrenarla—agregó después el maestro.

Cuarta semana: El paisaje se volvió irreconocible.

Los campos ahora eran inmensos, cultivados con una precisión casi militar.

Las carreteras estaban pavimentadas con losas de piedra.

Empezamos a ver torres de vigilancia en las colinas, banderas con el emblema del reino —un halcón dorado sobre un campo azul— ondeando en el viento.

Y entonces, una mañana, después de un mes y cuatro días exactos desde que dejamos atrás la Montaña Blanca, lo de Draven, el guardián y todo lo relacionado con el supuesto tesoro.

Lo vimos.

Estábamos en lo alto de una colina, habiendo caminado toda la noche para aprovechar el fresco.

El sol acababa de salir, bañando el mundo en tonos dorados y rosados.

Y allí, en el horizonte, surgió como una visión de otro mundo: El Reino.

No era solo una ciudad grande.

Era una montaña hecha por el hombre.

Murallas de piedra blanca que brillaban con la luz del amanecer, tan altas que parecían desafiar las nubes.

Si los estás viendo desde abajo.

Torres que se elevaban como lanzas hacia el cielo, sus cúspides coronadas con banderas que ondeaban a kilómetros de distancia.

Y más lejano estaba, el palacio real.

Mi palacio.

O lo que había sido mi palacio, hace cinco años.

La estructura era familiar y ajena al mismo tiempo.

Recordaba sus torres, sus puertas, sus pasillos, las flores en las terrazas.

Pero desde esta distancia, con la luz del amanecer bañándolo, parecía un sueño.

Algo tan lejano y perfecto que dudaba que fuera real.

Lilia dejó escapar un suspiro.

—Es…

enorme.

—Es el corazón del reino —dijo el maestro, su voz extrañamente neutra—.

Donde todo late más fuerte.

Donde todo duele más.

Me miré las manos.

Ya no estaban cubiertas de callos, ni de pequeñas cicatrices, tampoco de tierra incrustada que ni el lavado lo quitaba del todo.

Recordé las manos que tenía cuando salí del palacio: suaves, limpias, digno de un príncipe.

—¿Creen que me reconocerán?

—pregunté, y mi voz sonó más joven de lo que quería.

—Tu familia, sí —respondió el maestro—.

Los otros…

verán primero tu ropa, tu espada, la forma en que te paras.

Verán al aventurero antes de siquiera pensar que eres el príncipe del reino.

—Y esto —dije, tocando mi pecho—.

¿Lo verán?

El maestro guardó silencio por un largo momento.

—Algunos sentirán el frío —dijo finalmente—.

Los magos de corte, los sensibles.

Pero la mayoría…

la mayoría vive en un mundo de luces y calor.

No saben buscar la oscuridad.

No hasta que es demasiado tarde.

Lilia tomó mi mano.

Esta vez, tampoco la solté.

—Estaremos contigo —prometió.

No dijo “yo”.

Después dijo “estaremos”.

Incluyendo al maestro.

Incluyéndose a sí misma.

El maestro asintió, un gesto pequeño pero significativo.

—Vamos —dijo—.

El último tramo es el más peligroso.

No por bandidos o monstruos.

Por las expectativas.

Comenzamos a descender la colina hacia la carretera principal que serpenteaba hacia las puertas del reino.

A medida que nos acercábamos, el tráfico aumentaba: carretas cargadas de mercancías, jinetes con libreas coloridas, familias de campesinos que llevaban sus productos al mercado.

Y nadie nos miraba dos veces.

Éramos tres viajeros más.

Un viejo guerrero, una joven maga, un muchacho con una espada demasiado grande para él.

Anónimos.

Invisibles.

Pero yo sentía cómo la oscuridad en mi pecho se agitaba, no con ansiedad, sino con reconocimiento.

Como si supiera que estábamos llegando a un lugar donde las reglas eran diferentes.

Donde la luz era más brillante, pero las sombras, por contraste, más profundas.

El camino hacia la puerta del reino estaba a solo media milla de distancia.

Podía ver a los guardias en la puerta, revisando a los que entraban.

Respiré hondo, ajusté la correa de mi espada, y seguí cam inando.

Habían pasado un mes y cuatro días desde la Montaña Blanca.

Y finalmente, habíamos llegado.

Al fin había regresado al reino “Nerathys”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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