El niño rescatado después de la subyugación de monstruos Aito Greymont - Capítulo 43
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Capítulo 43: Capítulo 44: Nerathys
Estaba parado observando el reino y Lilia estaba a mi lado, su hombro rozando el mío mientras ambos contemplábamos el espectáculo que se desplegaba a nuestros pies. El viento en la colina jugaba con su cabello negro, llevándose consigo el polvo de meses de camino.
Nerathys. El nombre resonaba en mi mente como el tañido de una campana olvidada. No solo era el reino de mi padre, madre, Eliel y Calithia. Era mi reino. O al menos, el reino del que una vez fui príncipe, antes de salir de viaje.
—Al fin regresamos, Aito —dijo Lilia con la cara sonriente, sin apartar la mirada del panorama—. Después de cinco años…
—Sí —asentí, pero la sonrisa en mis labios se sentía frágil, como vidrio fino—. Al fin estamos de vuelta.
No añadí lo que pensaba: Pero no soy el mismo niño inocente que se fue.
Desde nuestra posición elevada, podíamos apreciar la inmensa escala del lugar. Nerathys no se había construido; se había extendido, como un organismo vivo. Las murallas exteriores, altas como acantilados de piedra blanca, encerraban una ciudad que se amontonaba en terrazas hacia el interior.
Pero entre las murallas y el palacio… había vida. Mucha vida. Podíamos ver el movimiento constante como un hormiguero visto desde arriba: las caravanas de mercaderes formando lentas procesiones hacia las puertas, los puntos minúsculos de los guardias patrullando los muros, las banderas de las casas nobles ondeando sobre mansiones con tejados rojos. El zumbido de la ciudad, aunque atenuado por la distancia, llegaba hasta nosotros como el rumor de un río lejano.
—Bien, entonces ¿qué tal si bajamos y entramos de una vez al reino? —exclamó el maestro, que estaba sentado meditando bajo un roble retorcido. Se incorporó con ese movimiento fluido que desmentía su edad, estirándose como un gato—. La contemplación no llena el estómago.
Él tenía razón. Pero por un momento más, me permití memorizar la vista. No sabía cuándo volvería a ver el reino desde este ángulo, desde este estado de antes. Antes de cruzar el umbral. Antes de volver a ser el Príncipe Aito. Por ahora, aún era solo un viajero más, cansado y polvoriento, mirando hacia su destino.
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El descenso fue más duro de lo esperado. No físicamente —el camino estaba bien trazado y la pendiente suave— sino emocionalmente. Con cada paso que nos acercaba a las murallas, sentía cómo algo se tensaba dentro de mí. La espada en la vaina en mi cintura parecía pesar más. La bolsa de viaje, llena de recuerdos y objetos sin valor de otros lugares, se sentía ridículamente casi insignificante frente a la majestuosidad que se alzaba ante nosotros.
El tráfico aumentaba exponencialmente. Pronto nos encontramos mezclados con una columna interminable de personas y vehículos que convergían en la Gran Puerta del Este. Había desde campesinos con carretas cargadas de verduras hasta ricos mercaderes en literas llevadas por sirvientes sudorosos. El aire se llenó de olores: sudor de bestias de carga, especias exóticas, perfume caro que intentaba enmascarar el olor menos agradable de tanta gente congregada.
Y los guardias. Tantos guardias.
No solo los que custodiaban la entrada principal —una estructura imponente con rastrillos de hierro y torres de vigilancia a cada lado— sino patrullas que recorrían los alrededores a caballo y en formación. Arqueros en las almenas, sus ojos escudriñando a la multitud desde arriba. La alta seguridad era palpable, casi un muro invisible de desconfianza. Estaba claro: Nerathys protegía su prosperidad con uñas y dientes.
—Es por el tráfico masivo —murmuró Lilia, leyendo mis pensamientos—. Deben ser así de estrictos con la seguridad, para la protección de los mercaderes, y las personas que son del reino.
El maestro, sin embargo, avanzaba con una calma imperturbable. Mientras nosotros nos sentíamos abrumados por la escala y el protocolo, él se abría paso entre la multitud como si conociera cada grieta en el flujo humano. Llegamos hasta la fila para la inspección, donde guardias con armaduras bruñidas revisaban cargamentos y preguntaban por los negocios de cada cual.
Pero no tuvimos que pasar por todo ese trabajo.
Un capitán de la guardia, un hombre con bigote gris y una cicatriz en la mejilla, estaba supervisando las operaciones. Sus ojos recorrieron la multitud y se detuvieron en nosotros. No en mí, con mi espada llamativa. Tampoco era en Lilia, con su aura mágica apenas contenida. Sino el maestro.
Por un segundo, el guardia pareció congelarse. Sus ojos se abrieron ligeramente. Luego, con un gesto casi imperceptible, hizo una señal a los subalternos que estaban a punto de detenernos.
—Paso libre —dijo el guardia más cercano, su voz monocorde, sin siquiera mirarnos a la cara.
Cruzamos el umbral de la Gran Puerta, pasando bajo el rastrillo levantado, y el rugido de la ciudad nos envolvió por completo.
Eso sí que es mucha influencia, repetí en mi mente, lanzando una mirada de reojo al perfil sereno del maestro.
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El impacto sensorial fue inmediato y total. Nerathys por dentro era un animal diferente. El rumor lejano se convirtió en un estruendo vivo: el traqueteo de las ruedas sobre el empedrado, el pregón de los vendedores, las risas, las discusiones, el martilleo de los herreros, la música que salía de alguna taberna cercana.
Y los olores se intensificaron, mezclados en una sopa densa y compleja: pan recién horneado, estiércol de caballo, flores en los balcones, humo de chimenea, aceite para lámparas, y sí, también carne.
A pocos metros de la entrada, un hombre regordete con un delantal manchado atendía un puesto donde asaba espetones de carne sobre brasas. El aroma, ahumado y salado, se aferraba al aire. Pero no era el olor rancio y desagradable de la carne en mal estado que a veces encontrábamos en pueblos remotos. Este olía a abundancia, a condimentos caros, a un lujo sencillo pero inconfundible.
Caminamos, abriéndonos paso entre la marea humana. La gente nos miraba. Sentí docenas de ojos sobre nosotros, evaluándonos. Algunas miradas eran de simple curiosidad hacia unos viajeros recién llegados, con nuestras capas polvorientas y nuestras armas. Otras eran de desdén —”mira estos viajeros, con espadas y cosas, piensan que son la gran cosa”—, la típica arrogancia del citadino hacia el forastero.
Pero no todas eran así. Atrapé la mirada de un joven aprendiz de herrero, que observaba mi espada con anhelo genuino. La de una niña que se escondía tras las faldas de su madre, mirando a Lilia con admiración por cómo ella se veía, ante los ojos de esa pequeña. Esas miradas me recordaron que, para algunos dentro de estas murallas, nosotros éramos el sueño: la libertad del camino, la aventura, el enfrentamiento con lo desconocido. Éramos la prueba de que había un mundo más allá de las calles empedradas y los oficios heredados.
Después de una larga caminata por avenidas cada vez más amplias y mejor trazadas —dejando atrás el bullicio comercial cerca de la puerta para adentrarnos en distritos más residenciales— el maestro se detuvo ante un puesto de frutas.
La explosión de color y aroma fue un bálsamo. Después del hedor denso de la ciudad, el olor dulce y limpio de las frutas —melocotones, ciruelas, uvas, manzanas rojas como rubíes, entre otras frutas— era reconfortante. Era como encontrar agua fresca después de vagar por mucho tiempo en el desierto y, de repente, topar con un oasis. Compramos un poco de todo con unas monedas, y el simple acto de morder una manzana crujiente, jugosa y fría, en medio del caos de la capital, fue uno de los momentos más puros de paz que había sentido en semanas.
Con el estómago algo más calmado, el maestro nos guió hacia una posada. No era la más céntrica ni lujosa, pero tampoco estaba en los barrios bajos. “El Grifo Durmiente” tenía una fachada de madera oscura y ventanas con cristales verdosos. Era un lugar discreto, el tipo de sitio donde la gente no hace preguntas.
Pagamos al recepcionista —un hombre taciturno que apenas alzó la vista de su libro de cuentas— y subimos por una estrecha escalera de madera que crujía con cada paso. La habitación era pequeña, con tres camas sencillas, una mesa y una ventana que daba a un callejón trasero. Pero estaba limpia, y las sábanas olían a jabón, no a humedad.
Dejamos nuestras pertenencias con un suspiro colectivo de alivio. Las espadas, las bolsas, todo lo que había sido nuestro mundo móvil durante años, descansaron por fin en un rincón. Nos tumbamos cada uno en su cama, y por un momento, nadie habló. Solo el sonido amortiguado de la ciudad llegaba a través de la ventana entreabierta.
Para que así, al fin, tuviésemos un respiro. Un momento de quietud entre el viaje que había terminado y el reencuentro que estaba por comenzar. Entre el Aito aventurero y el Príncipe Aito que debía presentarse en palacio dentro de pocos días. Porque no necesariamente teníamos que ir directo al palacio hoy mismo.
Miré el techo de vigas de madera, sintiendo el peso de la oscuridad en mi pecho, ahora calmada pero presente, como un perro guardián dormido a mis pies. Nerathys era brillante, ruidosa y llena de luz.
Pero yo sabía, mejor que nadie, que donde hay mucha luz, las sombras
también son más profundas.
Y mi sombra, ahora, había llegado a casa.
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