El niño rescatado después de la subyugación de monstruos Aito Greymont - Capítulo 44
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Capítulo 44: Capítulo 45: Recuerdos de mi primer asesinato
Estaba tumbado de espalda en una de las tres camas que había en la habitación de la posada “El Grifo Durmiente”. El colchón era firme pero generoso, nada que ver con el suelo helado de las montañas o las piedras irregulares de los campamentos improvisados. El maestro ocupaba la cama del medio, sentado con las piernas cruzadas, la espalda recta como una lanza, los ojos cerrados en esa meditación suya que parecía más una forma de vigilia que de descanso. Lilia, en la tercera cama, estaba acostada de lado, con la mejilla apoyada en la mano, el cabello negro derramándose sobre la almohada como tinta fresca. Respiraba despacio, casi como si el sueño la estuviera abrazando con cuidado.
El maestro había abierto la ventana antes de sentarse. No del todo: solo una rendija suficiente para que entrara la brisa matutina de Nerathys. Era fresca, con ese toque húmedo que traía el río cercano y el aroma lejano de pan recién horneado mezclado con el humo de las chimeneas de los barrios bajos. El aire se colaba en ráfagas suaves, moviendo ligeramente las cortinas de lino barato y rozándome la piel expuesta de los brazos y el cuello. Estaba fresco, sí, pero no frío. Era el tipo de fresco que te despierta sin agredirte, que te recuerda que estás vivo sin hacerte temblar.
Yo no podía dormir. No del todo.
Estaba mirando el techo de vigas oscuras, siguiendo las líneas irregulares de la madera con los ojos como si fueran mapas de algún reino olvidado. Y mientras lo hacía, los recuerdos empezaron a desfilar por mi mente, uno detrás del otro, sin orden ni permiso. No eran imágenes nítidas como en un libro ilustrado; eran sensaciones, fragmentos de dolor, de miedo, de triunfo pequeño y efímero, todos mezclados en un torrente que me recorría el pecho y me apretaba la garganta.
El lobo gigante. Aquella bestia de pelaje gris ceniza . Recordaba el olor de su aliento caliente, el sonido de sus garras arañando la roca, el momento exacto en que Lilia y yo nos miramos y supimos que no podíamos ganar solos. El fuego de ella y el viento que yo había aprendido a canalizar se encontraron en el aire entre nosotros. No fue magia perfecta; fue desesperación pura. La llama se volvió poderosa, más furiosa, y el lobo se convirtió en cenizas antes de poder alcanzarnos. Ese fue nuestro primer combate real en equipo. El primero en que entendí que no bastaba con ser fuerte; había que serlo junto a alguien más.
Luego vino la cueva. La primera vez que vi morir a un ser humano delante de mí. No fue una ejecución limpia. El hombre había sido decapitado por la espada del maestro. La sangre me salpicó en la cara, caliente al principio, luego fría en cuestión de segundos. Recuerdo el sabor metálico que se me metió en la boca cuando abrí los labios para gritar. Durante el camino de salida, los cuerpos estaban por todas partes: algunos aún con los ojos abiertos, otros con las manos extendidas como si pidieran ayuda, una ayuda que nunca llegó. No podía aguantar las ganas de vomitar antes de que llegara a las afueras de la cueva.
Después de eso estuve un día entero sin comer, sin hablar. Solo podía mirar mis manos temblorosas.
Fue Lilia quien me sacó de ese pozo. Me acercó una cuchara con caldo caliente, me obligó a abrir la boca como si fuera un niño pequeño. Luego me abrazó. No dijo nada. Solo me abrazó. Y en ese momento sentí algo que no había sentido desde el palacio: calor humano, genuino, sin condiciones. Era el mismo calor que sentía cuando mi madre me envolvía con sus brazos antes de dormir. Ese abrazo me devolvió algo que creía perdido para siempre.
Los hombres lobo que conocí por primera vez, el torneo local. Yo rindiéndome para no herir a nadie más de lo necesario. Dejé que Lilia ganara sin apenas esfuerzo. Ella me miró con reproche después, pero también con algo parecido a la gratitud. No quería destrucción innecesaria. Todavía no.
El viejo que no podía usar maná. Le hice el encargo de recuperar una tierras raras en las colinas para ganarme mi primera espada decente. El maestro se negó a pagar con sus monedas, diciendo que “las cosas que valen se ganan, no se compran”. Así que lo hice. Y después vinieron más encargos: escoltar caravanas, limpiar cuevas de alimañas, recuperar objetos perdidos. Cada pago era un paso más lejos del niño que había salido del palacio con las manos limpias.
Mi primera vez matando a un ser humano. Un grupo de bandidos dentro de un bosque. No fue heroico. Fue sucio. Le clavé mi espada en el cuerpo de uno. Sentí como el metal atravesaba su carne, hueso, vísceras. El hombre cayó de rodillas, tosiendo sangre, mirándome como si no entendiera qué había pasado. Acabé con todos los demás. Eran quince en total. Gané recompensas: ropas, arcos, herramientas, monedas. Pero también gané noches en las que despertaba con la sensación de que aún tenía sangre en las manos.
La ciudad Fanea. Luces, ruido, vida. Posada decente por primera vez en años. Más encargos, más ganancias. Los niños que me recordaron a mí mismo cuando era pequeño. Me derrotaron en un juego de simulación de pelea con espadas de madera, y se rieron de mí. Me sentí… ligero. Por un momento.
Las ruinas. El pasillo oscuro que parecía querer tragarnos. El castillo olvidado. La entrada que nos envolvió en una oscuridad espesa. La separación del grupo. Las trampas que había por todos lados, a cada paso había una. El reencuentro con Lilia en uno de los pasillos. La cabra monstruosa que nos aplastó como si se nos estuviera cayendo una montaña encima, hasta que apenas podíamos respirar. Aunque lo derrotamos. Pagamos un precio muy caro. Dolor. Lilia desmayada en mis brazos, cada paso que daba sintiendo que mis entrañas se revolvían.
La habitación oscura que borró todos mis sentidos. Vista, tacto, sonido, olfato, gusto… todo borrado. No sabía si estaba parado, sentado, cayendo o ascendiendo. Fue lo más aterrador que había vivido. Salí de allí sin magia, sin fuerza, solo con la certeza de que había estado al borde de dejar de existir.
La estaca improvisada contra los goblins. La primera vez que luché sin magia. La desesperación pura.
Y ahora… ahora estaba aquí.
Dentro de Nerathys.
Dentro de las murallas que una vez fueron mi hogar.
Después de recordar todo eso —el lobo, la cueva, la sangre, los niños, las ruinas, y la oscuridad absoluta—, me puse de pie lentamente. Caminé hasta la ventana abierta. La brisa matutina me golpeó en la cara, fresca y limpia, con ese aroma a pan, a río, a humo de chimenea y a vida humana. Cerré los ojos y dejé que me recorriera. Sentí cómo se colaba entre mi cabello, cómo bajaba por mi cuello, cómo se deslizaba por mis brazos como agua invisible. Era la misma sensación que tenía cuando Lilia me daba una poción curativa y sentía cómo el líquido cálido se extendía por mis venas, buscando las heridas, cerrándolas con dedos suaves pero firmes.
Abrí los ojos.
Abajo, ya estaba más despertado. Personas caminaban por las calles empedradas, hablando, riendo, regateando. Niños corrían detrás de aros de madera. Un vendedor ambulante empujaba su carrito lleno de frutas brillantes. Un guardia bostezaba apoyado en su lanza. Era una escena tan normal, tan cotidiana, que casi me dolió.
Porque yo ya no pertenecía del todo a eso.
Me había ido como príncipe. Regresaba como… ¿qué?
Un aventurero. Un portador de oscuridad. Un extraño en mi propia casa.
Pero estaba aquí.
Dentro de las murallas.
Más cerca de ellos de lo que había estado en cinco años.
Madre. Padre. Eliel. Calithia.
Solo esperen un poco más.
Estoy dentro.
Y esta brisa fresca que me golpea la cara… esta es su bienvenida silenciosa.
Me di la vuelta, caminé hacia la cama y me dejé caer de nuevo. Cerré los ojos una vez más. No para dormir. Solo para quedarme un rato más en ese lugar intermedio entre el pasado y el futuro.
Porque cuando cruzara las puertas del palacio, ya no habría vuelta atrás. Ya no seré el aventurero Aito. Sino el príncipe Aito Greymont.
Y por ahora… solo quería sentir la brisa un poco más.
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