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El Nombre de Mi Talento Es Generador - Capítulo 386

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Capítulo 386: Se me da bien poner nombres

Me reí entre dientes por su comentario y luego dirigí la mirada hacia los demás. Ahora había algo diferente en sus ojos, una silenciosa reverencia, una especie de respeto que no había estado ahí antes.

Lo comprendí. Después de todo lo que habían visto, de la forma en que habíamos terminado esta batalla, me miraban de otra manera.

Les dediqué a todos una pequeña sonrisa y asentí. Sentía que me lo había ganado.

Entonces empecé a hablar con ellos, moviéndome de un grupo a otro. Intercambiamos historias de la batalla: quién luchó dónde, qué habían visto, lo cerca que algunos estuvieron de morir. El ambiente era tranquilo, pero denso. La sensación de victoria no ocultaba el peso que todos llevábamos.

Pronto, el tema derivó hacia lo que el Imperio había perdido. Habíamos ganado, pero a un alto precio. Con la desaparición de los Grandes Maestros Holt, el poder general de nuestro mundo había sufrido un duro golpe.

Todos lo sabían. Incluso aquí, entre los maestros que habían sido liberados de su cautiverio, podía oír las mismas preocupaciones resonando con distintas palabras.

¿Seríamos capaces de defendernos si otro mundo nos atacara? ¿Cuánto pasaría hasta que alguien pusiera a prueba nuestras debilitadas defensas?

El futuro se sentía incierto, pero, al menos por ahora, teníamos paz.

Después de pasar un rato más escuchándolos y hablando con ellos, me enderecé y asentí con firmeza.

—Todos han luchado con valor —dije—. Pero ahora es el momento de limpiar el campo de batalla. Ayuden a los demás y, cuando terminen…, vuelvan a casa. Han estado cautivos demasiado tiempo. Sus familias los están esperando.

A algunos se les llenaron los ojos de lágrimas al oír eso. Otros sonrieron en silencio. Los demás solo asintieron, pero pude sentir cómo sus emociones cambiaban, una especie de liberación, como si por fin soltaran un aliento que habían contenido durante años.

Uno a uno, se marcharon para cumplir la tarea. Unos se movían con determinación, otros todavía algo aturdidos. Pero se movían. Ahora tenían algo que hacer.

Cuando todos se hubieron marchado, miré a Steve y a Norte.

—Vámonos —dije.

Sin perder un instante, abrí un portal de vuelta al reino. El mismo lugar que una vez había parecido una prisión para tantos de ellos, ahora, volvería a servirnos de base.

Norte y Steve lo cruzaron conmigo y, juntos, dejamos atrás el desolado campo de batalla.

Llegamos directamente a las ruinas flotantes del castillo, nuestra base temporal en el reino de bolsillo.

Antes de que pudiera decir nada, Norte me sujetó del brazo y me clavó la mirada.

—Necesito un baño.

Lo dijo como si se estuviera preparando para la guerra.

Parpadeé, sorprendido por su intensidad, y en silencio señalé hacia atrás con el pulgar.

Desapareció antes de que pudiera decir una palabra, marchándose a toda prisa como un soldado en plena misión. Probablemente, directa a cualquier lugar que encontrara para darse un baño.

Oí a Steve murmurar a mi lado: —Es solo sangre. No sé por qué se pone tan dramática.

Lo miré de reojo. Mantenía un tono ligero, de broma, pero podía ver la tensión en su mirada. Intentaba no pensar demasiado.

Así que le seguí la corriente.

—Sí —dije—. La sangre solo es… roja. Básicamente, agua.

Él resopló y negó con la cabeza. —Claro, comercialicémosla.

Esbocé una sonrisa.

Steve volvió a reírse, y esta vez su risa sonó un poco más natural. Exhaló y miró a su alrededor. —Vaya…, este lugar de verdad está flotando.

—Bienvenido al reino —dije, avanzando un paso.

Con un gesto despreocupado, ordené con la mente que una gran losa de piedra se aplanara a nuestro lado.

Luego, volví a alzar la mano y la Esencia brotó, formando frente a nosotros una piscina circular que brillaba débilmente con una luz violeta. Agité la mano una vez más y el agua, limpia y fresca, fluyó hasta llenarla. Un vapor suave se elevaba de la superficie.

—La piscina está lista —dije, dejándome caer para sentarme y metiendo las piernas en el agua tibia.

Steve vaciló, pero luego se sentó a mi lado e hizo lo mismo.

Sacó su espada, aún manchada de rojo, y en silencio sumergió la hoja en el agua, frotándola suavemente con un paño. El metal siseó, como si suspirara.

—No me digas que es tu arma de apoyo emocional —dije, echándole un vistazo.

Él puso los ojos en blanco. —Qué va, solo que no quiero que se oxide. Es muy especialita.

—Ya, bueno… Yo también sería especialito si tuviera que rebanar a tanta gente.

Dejó de frotar por una fracción de segundo. Apenas un instante.

Entonces se encogió de hombros. —Sí, bueno. Ellos empezaron.

No insistí. Estaba claro que no quería hablar de ello, así que dejé que el silencio se asentara durante unos segundos antes de lanzar una piedrecita a la piscina.

Steve sumergió la espada en la piscina, removiéndola como si fuera una cuchara en una sopa.

—He estado pensando en ponerle un nombre a esto —masculló.

Arqueé una ceja. —¿A la espada?

—No, a mi pierna. Pues claro que a la espada.

—¿Y eso?

—No sé. Me da la sensación de que todo el que tiene una clase molona tiene un arma con nombre. Tú tienes tu báculo. Arkas tenía un tridente con el nombre de una leyenda antigua.

—Ya, pero ese tridente no es para tanto.

—Aun así, el nombre mola.

Me eché hacia atrás, con los pies en el agua, disfrutando del silencio. Por supuesto, Steve no podía permitirlo.

—Iba a ponerle «Eclipse Sanguíneo».

Me giré lentamente para mirarlo. —¿Hablas en serio?

—Suena letal.

—Suena como el nombre que le pondría un chaval de catorce años a la espada de su fanfiction.

Me lanzó una mirada ofendida. —A ver, señor Dios de los Nombres. ¿Tú cómo la llamarías?

Entrecerré los ojos, examinando la hoja.

—Es estilizada. Elegante. Quizá algo sutil. Como… «Filo de Susurros».

—Qué asco.

—Tú has preguntado.

—Quiero algo que haga temblar a la gente. Como… «Finalizador de Vidas».

Lo señalé con el dedo. —Ese ya está pillado. El mes pasado vi a un tipo que llamó así a su tenedor.

Me ignoró. —Vale, ¿y qué me dices de… «Destrozador de Almas»?

—Suena a colonia.

Hizo una pausa. —… Ahora que lo dices, sí.

Ambos nos quedamos mirando la espada. Su filo apagado reflejaba el suave resplandor de la piscina. Parecía cansada. Igual que nosotros.

—¿Qué tal «Corte»? —ofrecí.

—¿«Corte»?

—Sí. Imagínatelo: atraviesas a un monstruo y dices sin más: «Eso ha sido obra de Corte». Te conviertes en una leyenda al instante.

—…La verdad —masculló—, no es el peor de todos.

—Lo sé.

Steve se quedó pensativo y volvió a la carga. —¿Qué tal… «Borde del Vacío»?

—Tú no tienes poderes del vacío.

—Cierto.

—Ni una personalidad vacía.

—También es cierto.

Puso cara de decepción y se puso a limpiar la hoja con la manga.

Me incliné hacia él.

—Dale un nombre con significado.

—¿Como cuál?

Hice una pausa.

—Quizá… ¿«Colmillo Brillante»? Algo poético.

Se me quedó mirando con cara de póker.

—Se te da fatal.

—Te estoy dando temáticas, Steve.

—Vale, vale. ¿Qué tal… «Perforador de Corazones»?

—Bueno… técnicamente, la mayoría de las espadas pueden hacer eso.

—Cierto.

Se hizo el silencio. Entonces dijo: —¿Y si le pongo un nombre inofensivo? Como… «Plátano».

Solté un bufido. —Imagínate gritando eso en la batalla. «¡PRUEBA MI PLÁTANO!».

Ambos rompimos a reír.

Steve se secó las lágrimas.

—Vale, vale. La última idea. Algo discreto. Misterioso. Nadie sabrá siquiera qué significa.

—Te escucho.

Sostuvo su espada en alto, aún veteada de sangre seca a pesar del rápido enjuague de antes, y susurró dramáticamente: «Cortador de Velo».

Me le quedé mirando. —Eso suena como una cuchara mágica que separa la sopa de los fideos.

Steve parpadeó. —¿Espera, en serio?

—Sí. O como un utensilio de cocina con delirios de grandeza.

—Maldita sea —suspiró, echándose hacia atrás con un gemido de derrota—. Sabes, ponerle nombre a una espada es más difícil que luchar con ella.

—Cierto —dije—. Has tenido esa hoja desde antes de que nos conociéramos y sigue siendo solo «la espada de Steve».

—Se merece más —dijo, casi con sinceridad—. Ha pasado por mucho.

Un silencio se instaló entre nosotros por un momento. Pacífico. El tipo de calma que solo llega después de demasiado ruido.

Steve bajó la mirada hacia el reflejo de las estrellas en la superficie de la piscina. Metió la hoja y la removió en el agua.

El rojo se desvaneció en jirones.

—Lo disfruté —dijo en voz baja.

Giré la cabeza, notando cómo su voz se había apagado. Ya no había sonrisa.

—Matar así. Darlo todo. Solo blandir y cortar sin contenerme en nada. Se sintió… —hizo una pausa—. No sé cómo sentirme al respecto.

No dije nada por un segundo. Dejé que el viento se llevara esa confesión a través de las ruinas que nos rodeaban.

—Es el mundo en el que vivimos —dije al fin—. Sentiste algo real. Eso no lo hace incorrecto.

Me lanzó una mirada. —Tampoco lo hace correcto.

—No —asentí—. Pero no vivimos en un mundo al que le importe lo correcto o lo incorrecto en términos simples. Lo has visto. Con el tipo de amenazas que penden sobre nosotros —otros mundos, Contratistas, Eternales, cosas más allá del sistema—, o los aniquilamos o morimos.

Steve asintió lentamente. —¿Así que lo que dices es que… si subimos más, si dejamos este mundo, este nivel de lucha, este tipo de matanza, será lo normal?

—Sí —dije—. Batallas descontroladas. Muerte a una escala que aún no podemos imaginar. Tendremos que adaptarnos. O seremos aplastados.

Volvió a bajar la mirada. —¿Entonces por qué hacerlo, Billion? ¿Por qué seguir adelante?

Lo miré a los ojos. —Porque aún no he alcanzado ninguno de mis objetivos.

Lo dije con sencillez. Sin emoción. Solo un hecho.

—Los Eternales —continué—. La Galaxia Primordial. Mis padres. Las almas de los caídos. Cada una de las respuestas que necesito está en algún lugar ahí fuera. No puedo detenerme aquí.

Steve me miró durante un rato. —¿No te cansas?

—Sí que me canso —dije—. Pero eso no importa. Yo elegí esto. Y si no superamos este infierno, simplemente encontrará un hermoso día para engullirnos también.

Asimiló eso en silencio. Luego volvió a recostarse, apoyando los codos detrás de él sobre la piedra lisa.

—Bueno —murmuró—, supongo que debería posponer lo de nombrar la espada un poco más.

Sonreí. —Llámala Hojatrasada. Simbólico.

—Cállate —dijo, riendo de nuevo.

Y por un rato, bajo el tenue brillo violeta de la Esencia que flotaba por el cielo del reino, nos sentamos junto a la piscina y dejamos que el silencio se instalara de nuevo.

Esta vez, se sintió merecido.

Unos pasos resonaron suavemente por el sendero de piedra.

Giré la cabeza apenas un poco, y allí estaba ella.

Norte había regresado, con su largo cabello húmedo y cayendo libremente por su espalda, todavía reluciente por el agua. Llevaba un vestido sencillo que se ceñía ligeramente a ella y una hermosa sonrisa jugueteaba en sus labios. Su piel tenía un suave brillo bajo el cielo azul y, por un momento, simplemente admiré la belleza que tenía delante.

Incluso Steve se enderezó un poco.

—Joder —masculló en voz baja, ganándose un codazo seco en las costillas de mi parte.

Norte se acercó y se sentó a mi lado. No dijo nada. Simplemente se inclinó con suavidad y apoyó la cabeza en mi hombro.

La miré. —¿Estás bien?

Asintió, con los ojos entrecerrados. —Mmm.

El calor de su presencia contra mi costado se sentía extrañamente reconfortante.

Steve soltó un suspiro dramático. —Bueno, supongo que esa es mi señal para sentarme incómodamente a un lado como el que sujeta la vela.

Norte soltó una risita. —Has estado sujetando la vela desde el día en que nos conocimos.

Jadeó. —Cómo te atreves. Como mínimo soy la segunda rueda. Posiblemente el volante.

—Más bien la que rechina en la parte de atrás —mascullé.

Steve gimió. —Está bien, de acuerdo. Entonces… ¿qué sigue?

Incliné un poco la cabeza, pensando. —Estoy seguro de que la batalla en la capital aún continúa. El último Gran Maestro, el líder de los Holt, todavía anda por ahí.

Norte abrió los ojos. —¿Crees que se rendirá?

—No —dijimos Steve y yo al mismo tiempo.

Soltó un pequeño suspiro. —Ya me lo imaginaba.

—Nos encargaremos de él, estoy seguro —dije—. Igual que con los Contratistas. No podemos dejar ninguna pieza suelta.

—¿Qué hay del resto de la familia Holt? —preguntó Steve—. Los no combatientes. Los civiles. Los que no lucharon.

—Les perdonamos la vida —dijo Norte antes de que yo pudiera responder—. Si no han hecho nada malo, merecen vivir.

Asentí. —Sí. La guerra no era con los débiles. Era con los que construyeron su imperio sobre huesos.

Steve esbozó una leve sonrisa. —Eso es más piedad de la que ellos le dieron a nadie.

—Esa es la cuestión —dije—. No somos como ellos.

Hubo una pausa. Luego, Steve añadió: —Billion… has cambiado.

—¿En qué sentido?

—Ahora eres más fuerte —dijo Norte en voz baja, todavía apoyada en mí.

Me encogí de hombros. —Tuve que adaptarme. Todos lo hicimos.

Steve sonrió con suficiencia. —Sí, pero es un poco aterrador. Eres como… un apocalipsis andante con buena postura.

Me reí. —¿Se supone que eso es un cumplido?

—Tómatelo como quieras. Solo digo que, si yo fuera el líder de los Holt, ya estaría cavando un túnel para salir de aquí.

Norte sonrió suavemente. —Que lo intente.

Nos quedamos sentados en un cómodo silencio por un momento.

Entonces, Steve añadió: —¿Oye, después de esto, podemos tomarnos unas vacaciones? ¿Quizá una playa? ¿Un lugar donde la gente no esté constantemente intentando hacernos explotar?

Norte enarcó una ceja. —Odias las vacaciones…

—Odio más que me apuñalen —masculló.

Sonreí. —Si sobrevivimos a las próximas semanas, lo pensaremos.

Norte se acercó un poco más.

Steve echó la cabeza hacia atrás. —Sabes, sigo pensando que nos estamos acercando a la cima, pero entonces aparece alguien como Arkas y lanza lanzas de rayos a través de dimensiones de bolsillo como si nada.

Norte soltó una risita. —Y lo hizo con una facilidad pasmosa. Te das cuenta de eso, ¿verdad?

—Gracias por el recordatorio —se burló Steve.

Me recosté. —Aunque no te equivocas. Hemos acortado mucho la distancia. Pero el nivel de Gran Maestro… eso es algo completamente diferente.

—¿Tú también estás cerca? —preguntó Norte, girando su rostro hacia mí, con ojos curiosos.

—Ciento noventa y nueve —respondí—. Ya recibí la misión del sistema. Pero ustedes dos deberían estar cerca.

Steve entrecerró los ojos. —Todavía no hay misión para mí. ¿Y tú, Norte?

—Igual yo —dijo ella, deslizando uno de sus dedos por mi mano.

—Bueno, deberían recibirla pronto. Solo necesitan llegar al nivel ciento noventa y pico y, quién sabe, quizá reciban la misión incluso antes —señalé—. Son gente trabajadora.

Steve soltó una burla fingida. —Llegué a cargar a tres personas sobre mi espalda en un momento dado, literalmente.

—Te vi arrastrando a Xin de la pierna como un saco de patatas —sonrió Norte.

—¡Reposicionamiento estratégico! —protestó Steve.

Todos nos reímos de eso.

—Aun así —dijo Norte tras una pausa—, los Grandes Maestros Holt no eran ninguna broma. Y su líder sigue ahí fuera.

—Sí —mascullé—. Y ni siquiera lo hemos visto todavía.

Steve hizo girar el cuello. —No voy a mentir… Estoy cansado. Como un cansancio a nivel del alma. Pero quiero ver hasta dónde puedo llevar este cuerpo. Superar mis límites. Yo también quiero esa misión.

—La conseguirás —dije—. Ambos la conseguirán.

Hubo un momento de silencio.

Entonces me levanté y me estiré. —Muy bien. Hora de un baño antes de que alguien me llame para otra batalla.

Steve hizo un medio saludo. —No te ahogues.

Norte ofreció una sonrisa burlona. —Intenta no provocar rayos ahí dentro.

Sonreí con suficiencia y saludé con la mano mientras me alejaba, dirigiéndome de nuevo a los pasillos del castillo. El aroma a aire limpio persistía débilmente, aunque partes de la estructura habían sido purificadas y reestructuradas por los Naga. Cuanto más me adentraba, más silencioso se volvía el mundo.

La piscina de baño se encontraba tras un pesado arco de piedra, iluminada por suaves runas a lo largo de la pared. El vapor se elevaba suavemente de la superficie. El agua brillaba débilmente con esencia filtrada.

Entré y me quité la ropa lentamente, dejándola ordenada a un lado.

En el momento en que mi piel tocó el agua, se me escapó un suspiro. El calor envolvió los músculos y nervios doloridos. Me hundí más, dejando que me calara hasta los huesos.

Entonces, como un susurro, lo sentí.

Una agitación en lo más profundo de mi ser. Mi núcleo generador brillaba débilmente, con un pulso más fuerte que antes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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