El Nombre de Mi Talento Es Generador - Capítulo 472
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Capítulo 472: La bola rápida de fuego
Y aun así no se rindió. Esta vez describió una amplia curva, evitando a Ragnar de nuevo, pero se acercó a la muralla desde el lado opuesto.
Ahora era más cauto. En lugar de cargar de frente, siguió corriendo por el suelo e hizo un gesto con la mano. Al instante, el aire se incendió y cientos de llameantes bolas de fuego salieron disparadas como meteoros, surcando el cielo hacia la muralla y muy por encima de ella.
No pude evitar sonreír. Así que quería probar las defensas. Bien. Dejé que las bolas de fuego se estrellaran inofensivamente contra las murallas y se dispersaran en el aire, dándole lo justo para creer que no había resistencia. Que alimente su curiosidad.
En el momento en que vio que sus bolas de fuego volaban sin chocar contra nada, volvió a moverse como un borrón, abalanzándose directo hacia el castillo. Su velocidad desgarró el aire, su cuerpo oscilando entre llama y carne.
Pero, al igual que antes, lo atrapé en pleno vuelo. Con un simple gesto de mi voluntad, su cuerpo ígneo volvió bruscamente a ser de carne y fue arrojado hacia atrás. Esta vez se estrelló directamente contra el borde del báculo, y la fuerza del impacto resonó como un trueno por todo el cementerio.
El polvo se levantó a su alrededor mientras se detenía derrapando, con las rodillas golpeando el suelo. Esta vez se quedó allí, arrodillado, mientras unas llamas crepitaban débilmente sobre su piel.
—Caballero, supongo que tendrás que obligarlo —dije.
Pero antes de que Caballero pudiera moverse, Ragnar desapareció de su sitio en el cementerio y reapareció justo delante de un arrodillado Primus.
Su enorme figura se cernía como una montaña, proyectando una larga sombra sobre el demonio.
Primus levantó lentamente la cabeza y miró a los ojos a Ragnar.
Se hizo el silencio, roto únicamente por el lejano retumbar de un trueno entre las nubes.
—¿Eres fuerte? —preguntó Ragnar, y su voz profunda resonó entre las tumbas en ruinas.
Los ojos de Primus se abrieron un poco más ante la pregunta. Soltó una tos seca y luego se irguió, con el fuego aún crepitando por su cuerpo. Su mirada se clavó en la de Ragnar sin vacilar.
Al instante siguiente, su cuerpo resplandeció con intensidad, estallando en rugientes llamas, y se desvaneció en un borrón, optando por huir en vez de enfrentarse a Ragnar cara a cara.
Los labios de Ragnar se curvaron en una amplia sonrisa. Flexionó las rodillas, la tierra se agrietó bajo su peso y, con una atronadora onda de choque, salió disparado hacia adelante, persiguiendo a Primus como una bestia desatada.
Caballero susurró a mi lado.
—¿No debería considerarse eso una desobediencia?
Negué con la cabeza.
—Todavía no —respondí, con la mirada fija en el demonio ígneo que avanzaba como una flecha recién disparada, y en Ragnar, que se elevaba sobre él de un solo salto cual roca al caer.
La enorme palma de Ragnar, envuelta en niebla carmesí, se estrelló contra la nuca de la vacilante cabeza de Primus. El impacto sacudió el suelo mientras Ragnar rugía, aplastando al demonio de lleno contra la tierra y frenándolos a ambos en seco. El polvo y los fragmentos de piedra salpicaron las tumbas.
Entonces Ragnar volvió a levantar al demonio como si no pesara nada. Con otro rugido, hizo girar su enorme cuerpo y lo arrojó hacia el cielo.
Primus salió disparado hacia arriba con un agudo silbido, su figura llameante rasgando el aire, girando sin control mientras era arrojado hacia las nubes de tormenta que había en lo alto.
—Va a chocar contra el relámpago negro —masculló Caballero, mientras su cuerpo ya flotaba hacia arriba como si se preparara para hacer bajar al demonio.
—Todavía no —dije con calma.
Abajo, Ragnar se plantó con firmeza, levantó su grueso brazo y apuntó con su maza al demonio que ascendía velozmente.
Un cono de fuerza, tan tenue que era casi invisible, brotó de la maza y golpeó a Primus en pleno vuelo. Su cuerpo se congeló justo antes de alcanzar las nubes arremolinadas, suspendido en el aire de forma antinatural.
Primus se atragantó y tosió sangre por la brusca parada, su cuerpo convulsionándose contra la atadura invisible.
Intentó desvanecerse en un borrón, con llamas destellando a su alrededor, pero la fuerza invisible lo sujetaba como una cadena. Al instante siguiente, Ragnar tiró hacia abajo y el cuerpo del demonio se desplomó a una velocidad aterradora.
Ragnar cambió de postura, bajando la maza frente a su cuerpo mientras su sonrisa se ensanchaba.
—Espera… ¿piensa usarlo de pelota y la maza de bate? —me reí entre dientes.
Primus se debatió, tratando de resistirse, pero la fuerza que lo arrastraba hacia abajo era demasiado poderosa. Estaba indefenso, no era más que una bola de fuego precipitándose hacia su fin.
Ragnar rugió, con las rodillas flexionadas y los músculos en tensión. En el momento en que el demonio estuvo a su alcance, blandió la maza.
¡PUM!
Una onda de choque ensordecedora arrasó el cementerio cuando la maza se estrelló contra las costillas de Primus. El impacto lo arrojó al otro lado del campo, su cuerpo dando vueltas sin control antes de derrapar hasta detenerse cerca de unos huesos rotos grabados con runas del tiempo.
—Se contuvo —comentó Caballero, con su voz tan tranquila como de costumbre.
—Por supuesto —repliqué con una leve sonrisa—. De lo contrario, el demonio habría estallado en mil pedazos.
Los ojos de Caballero se entrecerraron, pensativos. —¿Billion… por qué crees que somos tan fuertes?
Ladeé la cabeza. —¿A qué te refieres?
Su cola se balanceó con pereza mientras hablaba. —Me refiero a todos nosotros, tus invocaciones. ¿Por qué somos así de fuertes? Siento que somos tres, quizá cuatro veces más fuertes que cualquier otro de nuestro nivel. Nunca nos cansamos. Nuestra capacidad de comprensión también es demasiado buena. ¿Es esto… por ti?
Asentí. —Sí. Compartimos nuestra evolución. Cualquier cosa que yo aprendo, ustedes la aprenden más fácilmente. Incluso mis atributos fluyen hacia ustedes. Por eso Ragnar y Lirata nunca pueden zanjar quién es más fuerte; ambos beben de la misma fuente. Piensen en mí como su reserva de recursos. Cuánto extraigan depende de su potencial y de la forma única en que puedan aplicarlo.
Caballero emitió un suave murmullo, como si aquello explicara muchas de las cosas que se había preguntado en silencio.
—Parece que el demonio está acabado —dijo, en un tono casi despreocupado.
Volví a mirar a Primus. No paraba de toser sangre, agarrándose las costillas allí donde el golpe de Ragnar había impactado.
La hinchazón era visible incluso desde donde yo estaba. Apenas podía incorporarse para sentarse, y sus llamas parpadeaban con debilidad, apagándose con cada aliento.
Ragnar siguió avanzando hacia él, con pasos lentos y pesados que hacían temblar el suelo bajo su peso.
Primus ya parecía medio destrozado, con las costillas hinchadas y el cuerpo tembloroso, pero en sus ojos aún ardía el mismo fuego obstinado. Aun de rodillas, aun arrastrándose, se negaba a dejar que la llama de su interior se extinguiera.
Mientras la sombra de Ragnar se alargaba, acercándose, Primus empezó a arrastrarse hacia atrás, centímetro a centímetro, sobre la tierra. Su respiración era entrecortada y la sangre goteaba de sus labios, pero aun así arañaba el suelo como si la distancia pudiera salvarlo.
Entonces su mano rozó algo frío.
Se quedó helado y bajó la vista.
Allí, semienterrado en la tierra, yacía un enorme fragmento de hueso, curvado como parte de una espina dorsal y grabado por todas partes con extrañas runas brillantes. Pulsaba débilmente.
Los ojos de Primus se abrieron de par en par. Apoyó la palma de la mano sobre él, recorriendo las hendiduras con los dedos. En el momento en que su piel tocó el hueso, las runas resplandecieron con suavidad y él se tensó como si lo hubiera golpeado una visión. Cerró los ojos por un instante y su expresión se endureció.
Cuando volvió a abrirlos, el fuego de su mirada ardía con más brillo e intensidad. Sin dudarlo, el hueso parpadeó y se desvaneció, absorbido por su anillo de almacenamiento.
Una vez que el hueso desapareció en su anillo, Primus presionó ambas palmas contra el suelo y murmuró con voz ronca: «Infierno Furioso».
Sus palmas se pusieron al rojo vivo y, en un abrir y cerrar de ojos, el fuego brotó bajo los pies de Ragnar.
Una enorme columna de llamas estalló hacia arriba, retorciéndose hasta formar un tornado que se tragó a Ragnar por completo. El rugido del infierno sacudió el cementerio en ruinas, y olas de calor recorrieron el lugar como una tormenta viviente.
Primus no esperó. Aprovechó ese momento para alejarse cojeando, agarrándose el costado. Al principio, sus pasos eran irregulares, arrastrados y lentos, pero se obligó a moverse más rápido.
Su cuerpo volvió a iluminarse, con llamas lamiéndole los hombros y las piernas, y con una respiración profunda saltó por los aires.
La sangre se derramó de su boca tan pronto como estuvo en el aire, pero apretó la mandíbula y se impulsó hacia adelante, con el fuego estallando bajo él mientras se disparaba como un cometa a través del túnel de llamas.
La tormenta de fuego que había dejado atrás vaciló de repente. El tornado se desplomó sobre sí mismo, el rugido se apagó y luego desapareció por completo como una vela que se apaga.
Un momento después, Ragnar salió del humo, completamente ileso, sin un solo pelo del cuerpo chamuscado. Giró los hombros una vez, tranquilo como siempre, y luego, con un destello de movimiento, apareció a mi lado en la muralla del castillo.
—Es débil —dijo Ragnar, con sus ojos carmesí fijos en el camino por donde Primus había escapado.
Negué con la cabeza. —No. Simplemente eres demasiado fuerte para él. No te equivoques, es poderoso. Estoy seguro de que podría aplastar a muchos grandes maestros humanos sin despeinarse.
Ragnar ladeó la cabeza, considerando mis palabras. —¿Y cuándo vendrán en masa? —preguntó.
—Pronto —respondí, mientras mi mirada se agudizaba al fijarme en el demonio. Mi percepción se extendió a lo lejos y lo vi estrellarse contra el suelo justo delante de Roland.
—¡Papá! —gritó Lara, intentando liberar su mano del agarre de Roland. Pateó, forcejeó, pero Roland la sujetó con facilidad.
—¿Lo conseguiste? —exigió Roland, con los ojos entrecerrados mientras mantenía a Lara pegada a él.
Primus tosió con fuerza, con todo el cuerpo temblando, pero se obligó a enderezarse. Le llevó un momento, pero finalmente se irguió, con sangre manchando sus labios y el pecho subiendo y bajando con respiraciones superficiales.
Podía verlo pensar, calcular, intentando encontrar una salida. Estaba demasiado malherido para correr, demasiado agotado para luchar. Roland no lo dejaría simplemente marcharse en ese estado.
Si hubiera regresado ileso, quizá habría tenido opciones. ¿Pero ahora? Su único camino era usar lo que había encontrado.
Primus miró fijamente a Roland. Luego, con un movimiento de muñeca, el hueso apareció en su mano. Los tenues grabados de su superficie brillaron con una extraña fluctuación.
—Lo tengo —dijo Primus, con voz baja pero firme.
Los ojos de Roland se abrieron de par en par en el instante en que lo sintió. Se inclinó más, y su expresión pasó de la codicia a la conmoción. —Eso es… eso es… —Sus palabras se quebraron, con la voz temblorosa.
—Sí —respondió Primus secamente.
Roland tragó saliva con fuerza, incapaz de apartar los ojos del hueso. Dio un paso adelante sin pensar, pero Primus retrocedió al instante, y su fuego se avivó a pesar de sus heridas.
—No —gruñó Primus, con tono cortante—. Primero, suelta a mi hija.
Roland se quedó helado, mirándolo fijamente. Su mirada recorrió el cuerpo maltratado del demonio, y luego negó lentamente con la cabeza.
—En tu estado, puedes olvidarte de hacer amenazas. Como te dije antes, no romperé mi palabra. Dame el hueso y podrás tener a tu hija.
Las llamas de Primus ardieron con más intensidad. Sus ojos brillaron con el mismo desafío obstinado que había visto incluso mientras Ragnar lo estaba destrozando.
—No —dijo de nuevo, esta vez más alto—. No confío en ti. Suéltala, ahora, y te lanzaré el hueso. Si no lo haces… lo arrojaré a las llamas. Entonces podrás encargarte tú mismo de esos monstruos para encontrar otro tesoro.
El rostro de Roland se endureció, y sentí que la Esencia a su alrededor comenzaba a agitarse como una tormenta.
—Primus, no estoy de humor para jueguecitos —dijo con frialdad—. Dame el hueso, y tendrás a tu hija… o…
Movió la muñeca y una daga negra apareció en su mano. Con un movimiento suave, la presionó contra la garganta de Lara. La niña se quedó helada, con los ojos muy abiertos por el miedo.
—O puedes despedirte de tu hija.
Las llamas estallaron por todo el cuerpo de Primus a la vez, su aura ardía con tanto calor que el aire se onduló.
—¡ROLAND! —rugió, con su voz haciendo temblar el suelo—. ¡No te atrevas!
—¡Lo haré! —replicó Roland bruscamente, con la mano firme mientras apretaba la daga lo suficiente como para dejar una débil marca roja en el cuello de Lara.
El pecho de Primus subía y bajaba pesadamente. Sus ojos se desviaron entre la daga temblorosa y el rostro de su hija, y luego se clavaron en Roland. Ambos ardían de furia: uno de rabia y el otro de codicia.
—Si vuelves a romper tu palabra —gruñó Primus, con voz baja y venenosa—, entonces te juro, Roland, que haré lo que sea para destruirte a ti y a tu familia.
Roland no se inmutó. Le devolvió la mirada de frente, con su propia locura brillando en sus ojos.
Finalmente, con una respiración profunda, Primus echó la mano hacia atrás y le arrojó el hueso.
Roland lo atrapó en el aire con una sonrisa que ya se extendía por sus labios. Pasó los dedos por los grabados y su expresión cambió en el momento en que sintió las fluctuaciones.
—Es el Tiempo —murmuró Roland para sí, mientras su sonrisa se ensanchaba con un deleite peligroso.
—Roland —gruñó Primus, con sus llamas avivándose, con una advertencia en cada sílaba.
Roland apartó la mirada del hueso y lo miró de nuevo, sonriendo como una víbora. —Primus, eres fuerte… pero no eres lo bastante despiadado. Verás, todavía no te he sacado todo el provecho.
Y con eso, atrajo a Lara hacia sí y salió disparado hacia el Fuerte Lámpara.
—¡ROLAND! —El rugido de Primus sacudió todo el fuerte mientras se impulsaba en el aire para perseguirlo. Pero en el momento en que despegó, su cuerpo maltratado lo traicionó y se desplomó de nuevo con un estrépito. Gruñendo, se levantó y echó a correr, persiguiéndolo a pie.
No llegó muy lejos. Aparecieron Maestros por todos lados, con las armas desenvainadas, rodeándolo antes de que pudiera entrar en el Fuerte Lámpara.
Primus enseñó los dientes y volvió a rugir, con sus llamas encendiéndose de furia. Su cuerpo entero se convirtió en un infierno viviente mientras se abalanzaba contra el bloqueo.
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