El Nombre de Mi Talento Es Generador - Capítulo 514
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Capítulo 514: Sí que tengo un plan
Salí de la pequeña cabaña que había estado usando como refugio; el aire a mi alrededor era fresco y silencioso. El suelo todavía tenía las cicatrices de la pelea. Kilómetros y kilómetros de cráteres y escombros se extendían a mi alrededor, pero me sentía más ligero que nunca. Mi cuerpo se había recuperado por completo.
Hice girar los hombros y estiré los brazos para deshacerme de la rigidez. Cada músculo respondió, firme y fuerte.
Sin pensar, expandí mi percepción y empecé a buscar la familiar presencia de Steve. Pero por más que la extendía, no podía sentirlo cerca.
Chasqueé la lengua y luego me conecté con el núcleo del mundo de Peanu. Me adentré en él y mi percepción se extendió aún más, más allá del campo de batalla, más allá de la capital.
Ahí estaba.
Lo encontré en la ciudad cercana, sentado en el tejado de un edificio. El lugar estaba despertando, con la gente moviéndose lentamente por las calles. Steve estaba sentado solo, con la espada apoyada en el hombro y los ojos fijos en la ciudad que despertaba.
Me elevé por los aires y el viento pasó zumbando a mi lado mientras acortaba la distancia. Unos instantes después, descendí en silencio y me senté a su lado.
—Hola. Buenos días —dije mientras me sentaba a su lado, con la mirada en la ciudad a nuestros pies.
—Buenos días —masculló él, con voz cansada y rasposa.
Nos quedamos sentados allí un rato sin decir gran cosa, solo observando la ciudad despertar bajo el sol naciente.
La gente se movía como si fingiera que lo de ayer no hubiera ocurrido. Podía oír fragmentos de sus conversaciones que subían desde las calles, susurros sobre la muerte del Emperador, sobre los líderes de facción que habían caído.
Algunos parecían aliviados, como si se hubieran quitado un peso de encima. Otros parecían asustados, como si supieran que algo peor estaba por llegar. Y algunos estaban enfadados, sus voces agudas, prometiendo venganza.
—¿Llevas mucho tiempo aquí arriba? —pregunté finalmente.
Steve se encogió de hombros sin mirarme. —No podía dormir.
Dudé un momento y luego dije en voz baja: —Me he enterado de lo de Hazel. Lo siento.
Permaneció en silencio unos segundos, con la mandíbula apretada. Finalmente, habló en voz baja. —No entiendo su elección. ¿Por qué llegar tan lejos por venganza? Podríamos haberla ayudado a matar a Saturno. Joder, podrías haber matado tú mismo a ese tipo. No era necesario que muriera. Simplemente… parece inútil.
Exhalé lentamente, observando el cielo matutino. —Yo tampoco lo entiendo. Pero no puedo decir que yo no haría lo mismo. Cuando la venganza es todo lo que te queda, lo consume todo. Quizá no vio otra salida. O quizá estaba pensando en lo mismo en lo que yo he estado pensando.
Steve por fin me miró. —¿Y qué es eso?
—La idea de que las almas de mis padres podrían haber sido convertidas en un fantasma o una abominación. Que todavía andan por ahí, en alguna parte —mi voz bajó de tono—. Estoy seguro de que Hazel también pensó en su marido y en su hijo. Quizá no podía soportar la idea de dejarlos así.
Steve dejó escapar un suspiro y sus hombros se desplomaron. —Me daba caña cada vez que fallaba un mandoble. No paraba de decirme que dejara de ser un chapucero, que mantuviera los pies en el suelo. Solo la tuve a mi lado por poco tiempo, pero era… genial. Jodidamente amable y talentosa. —Soltó una risita seca.
Luego murmuró, casi para sí mismo: —Qué mujer más loca. Me enseñó a luchar con más precisión y luego se lanzó contra Saturno como si nada.
Desenvainó la espada y se quedó mirando el filo, con su reflejo ondulando en el acero. —Parece que tengo muy mala suerte con las mujeres. Primero Ana, ahora Hazel. Joder.
No estaba seguro de qué responder a eso, así que decidí impulsarlo a seguir adelante. —Venga, deja de lamentarte. Vamos a ver muchas más tragedias que esta. No podemos permitir que nuestros corazones se debiliten.
Envainó la espada, respiró hondo y, de repente, gritó: —¡QUE LE JODAN A ESTE MUNDO!
Chasqueé los dedos al instante, silenciando el sonido antes de que pudiera hacer eco en las calles de abajo. Lo último que quería era que la gente se asustara por culpa de los pulmones de Steve.
Hizo girar los hombros y esbozó una leve sonrisa. —Ah, ya me siento un poco mejor. —Se puso en pie, sacudiéndose el polvo de los pantalones—. Y bien, ¿cuál es el plan?
Me encogí de hombros. —No estoy seguro. Se supone que pronto habrá una reunión. Ellos decidirán qué hacer.
—¿No quieres involucrarte en el plan? —preguntó Steve.
—No. Me avisarán cuando lo hayan decidido. Ahora mismo estoy más interesado en subir de rango.
Me miró de arriba abajo y enarcó una ceja. —¿De verdad eres mi mejor amigo?
—Sí. —Asentí.
—¿Entonces por qué coño dices cosas que me deprimen aún más?
Tosí y le pasé un brazo por los hombros. —Tranquilo. Yo te ayudaré a levantarte. Tengo un plan. En fin, vamos, déjame que te lleve a conocer a alguien.
—¿Dónde está Norte?
—Está con su abuelo —respondí, mientras ya me extendía hacia mi interior para conectar con el núcleo del mundo. Sentí el zumbido de su energía recorrer mi cuerpo, los hilos de Esencia que unían cada punto de este mundo a mi voluntad.
—Prepárate —le dije a Steve, y entonces rasgué el espacio. En un instante, el tejado, la ciudad y el ruido desaparecieron. Llegamos directamente a la Isla de la Lámpara.
Mientras observaba el devorador muro de fuego que envolvía la isla, mis pensamientos volvieron a la lucha contra los fantasmas.
Había algo que no dejaba de molestarme: no había conseguido obtener una invocación de ninguno de ellos.
El trascendente había luchado como si quisiera devorar mi talento y, en mi mente, yo ya había planeado convertirlo en mi próxima invocación.
Pero no había funcionado. Quizá debería haberlo forzado a rendirse en lugar de matarlo. O quizá se me estaba pasando algo por completo. Fuera como fuese, sentía que había perdido algo valioso.
Agité la mano, separando el muro de fuego. —Vamos.
Agarré a Steve por el hombro y me lancé hacia adelante, volando directo hacia el interior.
Mientras atravesábamos las llamas y nos dirigíamos hacia el gigantesco palacio del centro, Steve gritó de repente: —¡¿Qué demonios es eso?!
Sonreí con suficiencia. —No me creerías si te contara la historia.
—Te escucho —replicó él, con la voz resonando nítida por encima del viento.
Me reí entre dientes y reduje la velocidad mientras aterrizábamos frente al enorme palacio. En el momento en que nuestros pies tocaron el suelo, empecé a contarle la historia de la Orden del Tiempo.
Steve permaneció en silencio durante todo el relato, su expresión cambiaba mientras intentaba encajar las piezas. Cuando terminé, murmuró para sus adentros: —¿Un Santo? Maldita sea. ¿Qué clase de lugar monstruoso es la Galaxia Primordial?
—Lo descubriremos cuando lleguemos —dije riendo—. No creo que ese día esté muy lejos.
—Ni de coña —se burló—. No pienso entrar en un sitio así siendo solo un Maestro.
—Como ya he dicho —le lancé una mirada de reojo—, ya tengo un plan para asegurarme de que no sigas siendo un Maestro.
—De acuerdo. Si tú lo dices. —Se rio entre dientes.
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