Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El Nuevo Orden del Tiempo (wakfu) - Capítulo 98

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El Nuevo Orden del Tiempo (wakfu)
  4. Capítulo 98 - 98 Capítulo 98 – La victoria que no mata
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

98: Capítulo 98 – La victoria que no mata 98: Capítulo 98 – La victoria que no mata El torbellino temporal fue una boca que aspiró aire, memorias y destinos.Metroville, en su corazón, crujía como un reloj viejo que se forcejea para seguir latiendo.

Violeta veía la suya propia proyectada en fragmentos: pasos que no dio, promesas rotas, la risa infantil de Jack-Jack multiplicada hasta el infinito.

Los engarces del tiempo le tiraban de los huesos como si fueran hilos.

Cada imagen la empujaba un centímetro más cerca del vacío.

—¡Vi, no te sueltes!

—gritó Bob, con la voz rota por el esfuerzo.

Sus dedos, llenos de sangre y cortes, intentaban alcanzarla, un puente humano tendido sobre la fractura del mundo.

Helen, estirada hasta el absurdo, sostenía el brazo de su marido con la esperanza flotando en cada músculo.

Dash, a su vez, se había hecho una cadena viva con su padre, clavando las uñas en la piel ajena para no caer.

Luthen, con su dispositivo humeando y chamuscado, vomitaba cálculos en una lengua que era mitad matemática, mitad plegaria.

Intentaba recomponer la fisura, pero las ecuaciones resbalaban en el borde del abismo.

Nox, ya en su forma definitiva —colosal, preciso, terrible—, no rugía con odio; sonreía con la calma de quien ha alineado los engranajes del universo a su favor.

Sus manos de metal, ahora tan humanas como bestiales, tiraban de Violeta como si fuera la última pieza necesaria para asegurar su trono.

—Has sido valiente, niña.

—su voz no vaciló—.

Has hecho lo que otros no tuvieron el valor de intentar.

Violeta, con todo el terror clavado en la garganta, miró a su familia una última vez.

El rostro de Bob estaba surcado por grietas de edad y esfuerzo; Helen sostenía la compostura con la ferocidad de quien cuida la llama; Dash no parpadeaba.En un gesto que fue de violencia y ternura a la vez, Violeta cerró la mano sobre la de su padre y apretó.

—No dejaré que te lleves mi mente —murmuró, con la voz rota—.

No sin llevar contigo algo de la vida que destruyes.

Nox soltó una carcajada que sonó a campanas rotas y luego, con un movimiento lento, absorbió la presión temporal que mantenía la grieta abierta.

El pulso de su pecho, el reloj que ahora gobernaba el ritmo de la ciudad, absorbió el último hilo de resistencia que Violeta y la familia habían formado.

El silencio que siguió fue absoluto.

Por un par de segundos que duraron una eternidad, todo se detuvo.

El cielo dejó de parpadear, las caras proyectadas en la luz se apagaron, los engranajes suspendidos flotaron en un vacío inmóvil.

La sangre en las manos de Bob parecía detenerse en gotas perfectas.

Cuando el tiempo volvió a fluir, lo hizo bajo nuevas reglas.

Nox permanecía erguido, intacto, victorioso.

Su reloj bombeaba un compás que nadie más podía sincronizar.

Metroville respiraba, pero a un ritmo que no era del todo suyo: los semáforos marcaban horas que no correspondían, los minutos llegaban con ligeras distorsiones, y los relojes de pulsera presentaban saltos, como si algunas horas hubieran decidido quedarse atrás.

Violeta ya no estaba del todo en el mundo como antes.

Parte de ella había sido arrastrada al tejido del reloj: un ancla viva, un nodo que mantenía la conexión entre Nox y la realidad.

No muerta.

No ausente.

Alterada.Su piel conservaba la palidez del que ha cruzado un umbral; en su mirada había un brillo extraño, como un engranaje diminuto girando bajo la pupila.

Podía hablar, moverse, sostener a Jack-Jack; pero a veces —por un latido, por un parpadeo— parecía escuchar algo que los demás no oían, como si su cabeza fuera un salón donde alguien afinara un instrumento.

Nox se agachó.

Con movimientos que eran ceremonia y sentencia, depositó la mano a centímetros del rostro de Violeta.

No la tocó; no necesitó tocarla.—Me arcabas, dijo, tan suave que heló la sangre de Helen.

He reclamado mi forma.

He tomado lo que me pertenecía.

Pero no soy monstruo sin gusto: he dejado que vivan para que recuerden.

Bob dio un paso, temblando, y habló con una furia que apenas contenía el pánico:—¿Qué has hecho con ella?

¿Qué le hiciste?

Nox miró al padre con una especie de piedad inscrita en metal.—Tu hija es un puente.

A través de ella, cruzaré, —y la frase se colgó en el aire como una amenaza posada— pero no hoy.

No la mataré.

No por ahora.

La ciudad, mientras tanto, reaccionaba con confusión y miedo.

Desde la distancia, helicópteros cosían círculos en el cielo; voces, sirenas, oraciones.

Rick Dicker reapareció en el perímetro, su rostro una mezcla de asombro y cálculo rápido; en la instalación subterránea, Luthen recibió señales contradictorias en su consola y dejó escapar una maldición que sonó a promesa.

En la plaza, la gente no entendía la nueva respiración del mundo.

Algunos caían de rodillas por el vértigo de las horas robadas; otros lloraban de alivio porque la sensación de fin parecía haberse suavizado.

Nadie murió en ese momento de victoria.

Nadie explotó en polvo de tiempo.

Nadie dejó de ser.

Pero la victoria de Nox fue clara y dolorosa: él tenía cuerpo, control sobre la cadencia de Metroville, y un vínculo consigo mismo dentro del cuerpo de Violeta.

Había ganado la guerra por el reloj; les dejó, sin misericordia, la consecuencia de esa guerra.

Helen se desplomó junto a Violeta, con manos que temblaban como si el propio latido del villano pudiera contagiarse.

Bob, con la barba llena de ceniza y la ropa hecha jirones, abrazó a su hija y no dejó que la distancia entre la carne y el engranaje se hiciera más grande de lo que ya era.

Dash apoyó la cabeza en el regazo de su hermana; en sus ojos había un fuego que decía: no nos rendiremos.

Luthen, lejos de esconderse, avanzó hacia la nueva calma con la mezcla de responsabilidad y horror propio de quien enciende una vela que no puede apagar.

Se arrodilló, examinó lecturas, formuló hipótesis, y prometió en voz baja que —si había sido ella quien plantó la semilla— haría todo lo imaginable para que la planta no consumiera lo que quedaba de humano.

Nox se incorporó y, con un gesto que fue tanto desafío como advertencia, levantó la vista hacia el cielo.

El reloj sobre Metroville recuperó su ritmo, pero con un eco nuevo, una firma que nadie olvidaría: cada hora llevaba una cicatriz.

—Esto no es el final —murmuró.

Es la cuenta regresiva.

Y la familia Parr siguió viva.No libres.

No sin heridas.

No sin un peso terrible.

Pero vivos.

En el pecho de Violeta, el engranaje minúsculo latía con un sonido casi humano.Ella cerró los ojos, apoyó la frente contra el pecho de su madre y, con voz ronca, murmuró:—Lo arreglaremos.

Bob la apretó contra sí con la fuerza de quien sostiene al mundo entero.—Lo sé.

—dijo—.

Y si nos toma todo… lucharemos hasta el final.

El reloj de Nox marcó la hora.

Metroville respiró.

Y en ese latido quedó clavada una certeza: la guerra no había terminado; había cambiado de forma.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo