El Orbe Sagrado - Capítulo 1
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1: Princesa Canosa 1: Princesa Canosa El bosque de Ventos se cerraba como una bóveda sobre la noche.
Las copas, enmarañadas, dejaban pasar hilos mínimos de luna que temblaban en la hojarasca húmeda.
El aire olía a resina, a tierra fresca, a corteza recién herida.
En esa penumbra, un par de ojos rojos avanzaban con decisión.
Blair Julis D’Blank caminaba sin prisa, pero con urgencia en el pulso.
Su cabello blanco, largo y liso, rozaba los hombros como una estela de plata.
La joya en forma de flor en su cabello emitía un resplandor suave, pulsante, como si escuchara algo que los sentidos comunes no alcanzan.
El dobladillo de su vestido de combate estaba manchado de barro; aun así, ella se detenía de vez en cuando para sacudirlo con elegancia, un gesto que no era vanidad, sino costumbre aprendida entre pasillos de piedra y pisos encerados.
Una princesa no debería estar aquí.
No debería.
No sola, no de noche, no con barro en las botas…
Se obligó a inspirar hondo, llenando de calma los pulmones.
…pero alguien tiene que hacerlo.
Si el Orbe responde, si de verdad puedo encontrarlo, quizá cambie algo.
Quizá el rumbo entero.
¿Estoy haciendo lo correcto?, ¿O solo me engaño creyendo que puedo torcer el destino con mis manos?
Un crujido seco respondió desde la oscuridad.
Blair se detuvo.
El sonido no era de una rama al azar, ni de un ciervo huyendo: había peso y dirección en aquellos sonidos.
Blair entrecerró los ojos.
La luna dibujó una sombra vertical entre dos troncos.
Alta.
Quieta.
Un soplo de viento le rozó la nuca; la temperatura cayó como un cubo de agua.
Llevó la mano a la daga en la cintura con movimientos entrenados, la otra alzó el borde del manto para liberar las piernas.
Otra vez…
Me sigue desde hace rato.
Nadie debería poder seguirme.
Nadie.
Si pueden…
entonces buscan lo mismo.
La sombra se movió un palmo, y Blair dio dos pasos laterales, apoyando el peso en la punta de los pies, lista para girar.
Respiró por la nariz, midió distancias, contó los latidos.
La flor de su diadema vibró un instante más fuerte, como la cuerda de un laúd tensándose, y luego volvió a su ritmo tenue.
—Sal —susurró, con la voz baja y firme—.
O te hago salir.
Nada.
Solo el roce de hojas.
Un ulular lejano.
Un silencio que parecía tener dientes.
Blair apretó los labios.
La duda duele más que la herida.
Avanzó unos pasos, bordeando troncos, oídos abiertos a cada pequeño sonido.
La sensación de ser observada le mordía los hombros.
Una sombra cruzó de reojo, demasiado deprisa para verla de frente.
Se giró con la daga en guardia.
Nada.
—…Maldición —exhaló, despacio, para no regalar al bosque su ansiedad.
Los grillos reanudaron su canción como si nada.
A lo lejos parpadeó una luz cálida, un titilar anaranjado que no era luna ni luciérnaga.
Blair apartó una rama con el antebrazo y emergió en un claro.
Una hoguera pequeña ardía serena, como si el mundo estuviera perfectamente en orden.
A un lado, sentado sobre una roca, un chico alto, de cabello negro alborotado y ropa sencilla, masticaba con paciencia un pedazo de pan que, a primera vista, parecía tan duro como el tronco en el que apoyaba el codo.
Blair se quedó clavada, con la adrenalina aún escalando.
Los dedos no soltaron del todo la empuñadura de la daga.
—¿Tú…?
—dijo, entre asombro y reproche.
El chico levantó la vista con lentitud, como si le costara más esfuerzo separarse del pan que del fuego.
Parpadeó una vez.
—Buenas noches —contestó, sin matices.
Blair frunció el ceño.
—¿Buenas…
noches?
¿Eso es todo?
Él se encogió de hombros, masticando.
—Es de noche.
Y no me está yendo mal.
¿Prefieres que diga “nefastas noches”?
El tono era plano y levemente cínico, y contra toda lógica, efectivo.
La tensión empezó a soltarle el pecho a Blair por pura disonancia: la escena no encajaba con el peligro que traía clavado en la nuca.
El chico chisporroteó un trozo de rama en el fuego y, sin mirarla, señaló con la barbilla la roca frente a él.
—Siéntate.
Es incómodo verte dar vueltas como…
—la buscó con el gesto— un fantasma indeciso.
Blair titubeó.
La joya-flor latió despacio, ninguna sombra, por ahora, masticaba el borde del claro.
Guardó la daga con un clic suave y se sentó en la roca opuesta.
El chico alzó el pan a modo de brindis.
—Pan duro.
Cena de reyes.
Blair arqueó una ceja.
—Eso parece un ladrillo.
—Sirve para ambas cosas —dijo él con gravedad impostada—: comer…
y defenderse.
La risa le salió a Blair como un suspiro con luz.
—Eres raro.
—Y tú…
canosa.
Blair abrió los ojos como platos, llevándose la mano al cabello.
—¡Es blanco natural!
—Claro.
Natural —repitió él, como si saboreara la palabra.
—Idiota.
—Encantado —respondió él, inclinando la cabeza como un caballero mal entrenado.
El fuego crujió.
Entre calor y sombras, la noche dejó de ser tan hostil.
—Soy Blair —dijo ella con formalidad suave—.
Blair Julis D’Blank.
El chico arqueó una ceja.
—Nombre largo, suena a nobleza.
¿Qué eres?, ¿Una especie de princesa fugitiva?
—¡Exacto!
Soy una princesa.
Y las princesas pueden hacer lo que quieran.
Incluso hablar con campesinos insolentes en medio de un bosque.
Él rió, auténtico.
—Soy Asori, Entonces…
Princesa Canosa.
Blair resopló, pero sonrió y le dijo.
Tu eres un insoportable.
—Y tu no te callas fácilmente – dijo Asori con una pequeña risa -Empatamos entonces – Replico Blair.
—¿Acaso estábamos contando?
-Dijo Asori alzando la ceja mientras hablaba sarcásticamente.
—Empatamos entonces -Exclamo Asori.
Entre bromas y sarcasmos, hablaron de banalidades: del pan duro, de cómo ella caminaba como inspeccionando tropas, de cómo él parecía más vagabundo que aldeano.
Poco a poco, sin darse cuenta, se habían acercado: ya no estaban en extremos opuestos de la fogata.
Fue entonces cuando él bajó la voz.
—Vivo solo.
Desde hace años.
Mis padres…
murieron.
Es bueno tener con quien hablar después de tanto tiempo.
Lo dijo sin dramatismo, con naturalidad.
Pero al terminar, sacó algo de debajo de su camisa: un collar sencillo con un orbe transparente, engarzado en plata oscura.
—Esto es lo único que me dejaron.
Mi padre lo llevaba el día que murió.
No sé qué es.
Solo…
lo conservo porque era suyo.
Blair se inclinó, con los ojos fijos.
Su joya-flor palpitó un instante más fuerte.
El orbe del collar reflejaba la misma luz que el suyo.
—Yo también perdí a mis padres cuando era pequeña—dijo ella mientras veía el fuego y luego añadió.
—También los extraño y cada día pienso en ellos, sus voces, sus bromas….todo de ellos, se cómo te sientes – replico Blair.
Entonces ambos sintieron por primera vez en mucho tiempo, en medio de persecuciones, soledad y angustia que no estaban solos, que había alguien más que podía ser capaz de sentirse en un lugar seguro.
—Ese…
—susurró Blair con sorpresa—.
Ese orbe…
se parece al que tengo en mi joya-flor.
Asori frunció el ceño.
—¿Lo conoces?
—No —respondió ella, aunque su mirada parecía confirmar cosas que solo ella sabía—.
Pero no puede ser casualidad talvez tu….
Los dos objetos vibraron un instante, como si reconocieran la existencia del otro, y luego callaron.
Asori lo guardó otra vez bajo la tela.
—No tengo idea de lo que significa.
Solo…
es lo único que me queda de mis padres y pienso en ellos siempre que puedo, aunque nadie…- el chico aparto la mirada como si lo que iba a decir le costara mucho.
– olvídalo.
Blair bajó la vista y murmuró: —Los objetos que cargan la memoria de alguien…
pesan más que un reino entero.
Él sonrió torcido.
—Definitivamente hablas como princesa.
El silencio volvió a llenarse de brisa y chispas de hoguera, hasta que un cambio abrupto quebró el aire.
Los grillos callaron.
La hoguera se inclinó como si le faltara oxígeno.
Blair alzó la cabeza, alerta.
Otra vez…
no era imaginación.
Me han seguido de verdad.
Un caballero de armadura negra emergió entre los troncos.
Sus ojos rojos brillaban como brasas encendidas; su espada no reflejaba la luz, la devoraba.
El aire se espesó, pesado, implacable.
Asori se puso de pie, con calma tensa.
—Primero una canosa respondona…
y ahora un caballero gótico —murmuró, sin perder la ironía—¿Qué será lo próximo?
Blair, ya en guardia, replicó con una chispa en los labios: —No te acostumbres al pan de piedra, Asori.
Quizá hoy cenes otra cosa.
La armadura dio un paso.
El claro entero pareció darlo con él.
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