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El Orbe Sagrado - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 Romper el límite
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12: Romper el límite 12: Romper el límite El amanecer mordía suave el patio del ala este.

La luz entraba en diagonales a través de los arcos, encendiendo el rocío que colgaba de las cuerdas y de las campanillas como si alguien hubiese colgado constelaciones a ras del suelo.

El estanque —la pequeña fuente— respiraba humo de frío.

Asori llegó arrastrando los pies, con la camisa pegada a la piel por el sudor de varias noche que había dormido a ratos debido a su momento a solas con Blair.

Tenía agujetas en sitios que no sabía que existían.

Aun así, en el gesto endurecido había algo nuevo: una determinación terca, el recuerdo de una promesa hecha entre lágrimas y pan con miel.

Eryndor, de pie junto al pilar de piedra, lo esperaba con la vara de bambú apoyada en el hombro.

En el borde del estanque descansaban cuatro jarras, y más allá, la trampa de las campanillas que el sabio había ido complicando día tras día.

—Llegas —dijo Eryndor, como si constara la hora al viento.

—Llegué ayer, hoy…

intentaré llegar también a mañana —Asori intentó sonreír; el gesto se le rompió a mitad.

—Entonces es hora —respondió el sabio—.Daremos el siguiente paso.

Asori contrajo las cejas.

—¿Más cuerdas?

¿Más campanillas?

¿Más “sé agua, sé hoja, sé silencio”?

—enumeró, con una mueca cansada.

—Transformarte a voluntad—dijo Eryndor, llano, y el patio pareció guardar silencio.

El corazón de Asori dio un salto torpe.

—Eso…

—tragó saliva—.

Solo me pasó cuando estaba a punto de morir.

—El borde de la muerte es el umbral favorito del Orbe —admitió Eryndor—.

Pero no puede ser tu único maestro.

Aprenderás a abrir esa puerta sin estar colgando del abismo.

Asori miró el agua, donde su reflejo titilaba.

—¿Y si no soy capaz?

—Entonces caerás —dijo Eryndor, sin dramatismo—.

Y aprenderás a levantarte en modo base.

Ningún guerrero sano vive transformado.

El cuerpo debe ser el hogar, no la trinchera.

Pero hoy…

hoy forzaremos la cerradura para que sientas el Astral de otra manera.

Eryndor tomó una jarra, la volcó dentro del estanque y dejó que el agua hiciera ondas.

Luego levantó otra jarra, pero esta vez la inclinó solo un poco, dejando caer un hilo constante que parecía una cuerda líquida.

—Piensa en el Astral como en este lago —dijo—.

Es todo lo que fluye por Ventos: el aire que roza, la savia, las mareas, el rumor invisible entre los seres.

Y piensa en cada ser vivo como en este grifo —señaló el borde inclinado de la jarra—.

Algunos tienen la boca apenas abierta: su Astral entra y sale en hilo fino.

Otros la abren más: pueden canalizar y contener mayor caudal sin romperse.

Ese es el entrenamiento, ampliar tu grifo sin reventar la vasija.

Asori se cruzó de brazos, atento.

—¿Y la transformación?

Eryndor invirtió, por un instante, la jarra completa dentro del estanque.

Un chapuzón amplio.

Gotas por todas partes.

—La transformación es un rompe límites.

Le dice a tu cuerpo: “por un momento, soporta más de lo que podrías”.

Te presta paredes más anchas…a cambio de un precio.

—¿Mi dignidad?—aventuró Asori.

—Cansancio brutal—respondió Eryndor—.

Y torpeza, si no regulas el consumo.

Te puede dejar fuera de combate en un suspiro.

Por eso, aunque hoy te enseñe a llamar a esa puerta, nunca olvides: el hogar es el estado base.

Aquí entrenas y en el combate respondes.

Asori asintió, sin chistes.

Se notaba que había entendido.

Que quería entender.

—Blair me dijo algo parecido —admitió—.

Lo de que los portadores podemos…

cambiar.

Que no todos controlan.

Un destello de curiosidad cruzó a Eryndor.

—¿Qué te dijo, exactamente?

La tarde anterior, bajo un alero con sombra de buganvilias, Blair había compartido un pan demasiado caliente y una verdad medio cruda.

—Los Portadores —le explicó, rompiendo la corteza con dedos finos— tenemos algo que otros no.

Hay maestros del Astral sin Orbe que son temibles y muy fuertes, capaces controlar a menor escala algunos elementos…

pero nosotros podemos cambiar —buscó sus palabras—.

No solo en fuerza sino cómo el Astral fluye en nuestro interior y se manifiesta en el exterior .

La gente lo llama “transformación”, “Despertar”…

como quieras.

Es nuestro as bajo la manga.

Asori la escuchaba con la atención distraída de quien mira la boca de otra persona demasiado rato.

Ella lo notó, hizo una mueca, siguió.

—Yo no…

—desvió la mirada—.

No me transformo, cuándo lo hago…

hay un poder que no controlo.

No soy yo.

Temo lastimar a alguien.

—Luego, como queriendo sacudirse el peso—.

Pero contigo será distinto ya que eso solo me sucede a mi y si te llega a pasar a ti estoy segura que Eryndor y yo estaremos contigo.

—¿Jason puede transformarse?

—preguntó Asori, con curiosidad sincera…

y algo más escondido.

Blair asintió.

—Sí.

Y por eso se fue a Donner, para poder controlar su transformación al igual que tu lo harás en algún momento .

Asori se aclaró la garganta.

—Jason…

tu…

—se rascó la nuca— …ex.

Blair se quedó callada, mirando el pan.

Un rubor leve le subió a los pómulos.

—Fue un arreglo —dijo, honesta—.

Nunca me vio como…

—se mordió la palabra y sonrió con esa tristeza que no pide compasión—No importa.

Asori ladeó la cabeza, con su ironía apuntando al suelo para no herir.

—¿Estás segura de que no te…?

—y cortó, torpe.

Blair lo miró de reojo, con una chispa que ya no dolía.

—¿Estás celoso?

Asori no se dejó.

—Yo no me transformo por celos.

Ella rió y Él también.

El tirón del Sweet Kiss fue cálido, como brasa bajo la panera.

—Quiero intentarlo —dijo Asori ahora, volviendo del recuerdo.

Sus ojos tenían ese brillo terco que Eryndor empezaba a reconocer.

—Bien.

—El sabio le indicó el centro del estanque—.

Cierra los ojos, respira como ya sabes.

Cuenta cuatro al entrar, seis al salir.

No busques fuerza, busca forma.

Siente tu Astral en la piel, en la lengua, en la nuca, entre los dedos de los pies.

Cuando lo escuches claro…abre el grifo del Orbe.

No lo arranques, no grites.

Abre.

Asori obedeció.

El mundo se fue quedando sin bordes.

El agua olía a piedra limpia; una campanilla le cosquilleó el oído izquierdo; un insecto le rozó la pantorrilla.

Su respiración empezó a rimar con el patio.

Cuatro.

Seis.

Cuatro.

Seis.

El Astral, al principio, fue rumor de fondo.

Luego, un hilo.

Luego, un lago.

Allí, justo cuando el cuerpo dijo “ahora”, algo en su pecho chasqueó como cerradura que cede.

Y entonces, el Sweet Kiss decidió hacer de las suyas.

Un fogonazo que no era suyo le cruzó detrás de los ojos.

Blair, en su habitación, de pie junto al baúl, con el cabello suelto y ropa interior.

Piel blanca bajo la penumbra, espalda recogida en el gesto íntimo de quien se quita la capa; la joya-flor sobre su cabello brillando apenas.

Y Blair, de pronto, parándose en seco, como si hubiese sentido que alguien…

miraba.

—¿Eh?

—Asori abrió los ojos de golpe, rojo hasta la nuca—.

¡Yo no…!

¡No estoy viendo nada!

—se defendió al aire, como si tuviese audiencia.

—¿Quién te pidió que veas algo que no sea tu Astral?

—Eryndor lo miró con la paciencia de un molino—.

Cierra los ojos.

El vínculo no es un juguete.

En el ala norte, Blair se quedó de piedra, con el corsé a medio abrochar.

—…¿Asori?

—susurró, llevándose las manos al rostro—.

¡Idiota!

—El rubor le subió como incendio—.

¡No mires!

—le lanzó a través del vínculo, como si pudiera taparle los ojos con un pensamiento.

—¡Tampoco quiero!

—replicó él, a la defensiva y muerto de vergüenza.

—Entonces no pienses en mí —disparó Blair, que en la vida había dicho una frase más imposible.

—¡¿Cómo no voy a pensar en ti si me gritas dentro de la cabeza?!

—Asori apretó los párpados como si de verdad pudiera apagarse.

Eryndor carraspeó, ceremonioso.

—Cuando terminen de ser adolescentes por dentro —anunció—, volvemos a la transformación.

Un silencio herido de risa se instaló tres segundos.

Blair, aún roja, apretó el lazo del corsé, se puso la túnica de casa con movimientos torpes y, mordiéndose el labio, pensó perdón…

que a través del vínculo sonó a vergüenza.

Asori exhaló largo.

—Estoy listo —dijo, más sereno.

—De nuevo —ordenó Eryndor—.

Abre.

El patio se hizo grande otra vez.

El Astral volvió a ser lago.

Esta vez, cuando el grifo interno aceptó abrirse, ya no había sobresalto, solo vértigo.

Una luz suave no deslumbrante, sino nítida empezó a emanar de la piel de Asori, como si el aire se hubiera acordado de su forma verdadera.

Su ropa brilló una fracción de segundo, y los bordes se redibujaron ante los ojos del sabio: la camisa se volvió blanca, con ribetes azules naciendo bajo las axilas y bordeando las costuras; por encima, un cuello largo, levantado; bajo ella, una camiseta negra al cuello que tensaba el pecho.

El pantalón se ensanchó apenas, negro, elástico, hecho para moverse.

Las botas parecieron endurecerse como cuero curtido por la tormenta.

En las manos, unos guantes aparecieron con muñequeras sobrias.

El cabello se le alborotó un poco más, como si hubiese pasado una mano invisible.

Sus ojos, cuando los abrió, eran azules como un cielo frío de invierno.

Un aura blanca que no era violenta, sino viva, lo rodeó como una piel adicional.

El aire pareció aceptarlo por primera vez.

Asori se miró las manos, con una mezcla de pánico y maravilla.

El Astral corría distinto: no como río que te arrastra, sino como río que eliges.

—…Lo siento por demorarme—dijo, y al hablar notó que hasta la voz le resonaba de otra forma.

—Bienvenido —dijo Eryndor, con una curva orgullosa, mínima, en los labios—.

Ahora muévete.

Eryndor chasqueó la vara de bambú.

Las campanillas del corredor de estacas cobraron vida, y los sacos de arena —ligeros, a la altura de la cintura y de la cara— empezaron a oscilar cruzándose.

Era la prueba que, en modo base, le había costado sudor y moretones.

—Corre—ordenó el sabio.

Asori se lanzó sin pensarlo.

El viento le hablaba antes de hablar: un microcambio de presión a la izquierda significaba saco entrando por la derecha; un giro de campanilla acá implicaba contracorriente más allá.

Donde antes había choque y corrección, ahora había decisión.

Saltó dos sacos en diagonal, bajó el hombro exacto debajo de otro, pasó entre campanillas sin hacer sonar ni una.

El cuerpo se sentía ligero, firme; los pies, precisos.

Por un segundo creyó que podría volar.

—Jarras—avisó Eryndor.

Cuatro cortinas de agua cayeron desde los puntos cardinales.

Asori inclinó apenas la cabeza, tensó la piel del antebrazo con Astral, dejó que el agua resbalara a los lados.

Ni una gota en los ojos.

Ni una gota en la boca.

—Hoja—ordenó la voz, y un puñado de hojas secas subió en remolino.

Asori saltó al pilar bajo del estanque, descalzo, y atrapó una hoja con los dedos del pie sin romperla, como quien cierra una promesa sin apretarla.

Eryndor bajó la vara.

El patio, por un latido entero, aplaudió con el silencio.

—Basta —dijo el sabio.

Asori se giró, aún con el aura blanca viva alrededor, sonriente, de una felicidad pura que no recordaba.

Dio dos pasos hacia el maestro y, en el tercero, el mundo le cayo encima.

El aura se le apagó como lámpara súbita.

—Que me sucede…..

—alcanzó a decir.

Y se desmayó.

El tirón del vínculo, desde el ala norte, cambió de color y de peso.

Blair, que estaba terminando de abrocharse la túnica (con un rubor del que no quería hablar), sintió que el cuerpo de Asori perdía tono, que se ablandaba como barro mojado.

No lo pensó, corrió.

Atravesó corredores con la capucha al vuelo, bajó dos tramos de escaleras como si el viento la empujara y llegó al patio del ala este jadeando, el corazón en la garganta.

Eryndor se había agachado ya junto al muchacho, que yacía de lado, respirando hondo como quien regresa de muy lejos.

El sabio le tocó el pulso con dos dedos y sonrió con ese orgullo que los viejos esconden para no arruinarlo.

—Está bien —dijo, antes de que Blair pudiera preguntar—.

Lo logró.

Blair se arrodilló a su lado, las manos temblando sobre el aire, sin atreverse a tocarlo como si fuera cristal.

Vio, por un segundo, el rastro del cambio en su ropa: el cuello alto, los ribetes azules desvaneciéndose conforme la transformación se deshacía, los ojos volviendo de un azul imposible al oscuro de siempre.

—¿De verdad…?

—murmuró, buscando los ojos de Eryndor.

—Abrió el grifo sin romper la vasija —el sabio pareció orgulloso hasta los huesos—.

Y pasó todas las pruebas como si el viento hubiese nacido en él.

—Luego, serio—.

Ahora paga el precio.

Cansancio, llévalo a su habitación.

Que duerma bien, que coma salado cuando despierte.

Mañana, entrenaremos en estado base.

Nada de transformación por hoy.

Blair asintió.

Eryndor la ayudó a incorporarlo.

Ella lo pasó a su espalda con un gesto aprendido ,no era la primera vez que cargaba a alguien que quería, y Asori, incluso inconsciente, pareció reconocer el olor del pan, de la lavanda, el ritmo de su paso.

—Gracias —dijo Blair.

Y la palabra sonó a muchas gracias acumuladas.

—Al viento —corrigió Eryndor, con una reverencia mínima—.

Y a ustedes, que por fin empiezan a escucharlo.

La habitación de Asori estaba tibia.

Blair lo dejó con cuidado sobre la alfombra, le acomodó la cabeza y, sin pensarlo demasiado, se sentó en el suelo, espalda a la cama, dejándole las piernas como almohada.

Le pasó los dedos por la frente —apenas—, como quien borra un mal sueño.

A través del Sweet Kiss, el cansancio de él le pesaba a ella como una manta húmeda.

Cerró los ojos un segundo y fue consciente de su propia respiración, del latido compartido.

Por primera vez en días, la sensación no la asustó, le daba paz.

Asori tardó en volver.

Cuando abrió los ojos, el techo estaba borroso.

Parpadeó.

Vio, abajo, tela negra, tela blanca, y, más allá, el dibujo suave de los dedos de Blair jugando nerviosos con el borde de su capa.

Levantó la vista.

Ella lo miraba, seria, con una sonrisa a medio hacer y los ojos rojo-vino húmedos, no de llanto, sino de alivio.

—Hola bello durmiente —susurró.

Asori se llevó una mano a la nuca.

—¿Pasé?

—preguntó, ronco.

—Pasaste —Blair asintió con solemnidad teatral—.

Y luego hiciste…

—gesticuló con la mano— …plof.

Él soltó una risa que le salió medio toser.

—Perdón por el espectáculo —dijo—.

Creo que…

te vi por un segundo.

—Y él también enrojeció.

Blair se llevó la mano a la frente, dramática.

—No hablemos de eso —pidió, con el rubor saltándole otra vez a las mejillas—.

Fue el…

vínculo.

—Fue el vínculo —repitió él, obediente, y añadió, porque ya no podía esconderlo todo—.

Y fue…

bonito saber que estabas cerca.

El silencio que siguió no pesó.

Flotó.

Blair le apartó un mechón de cabello de la frente con la punta de los dedos, como si el gesto no significara nada.

Como si no lo hubiera pensado durante minutos.

—Eryndor dijo que comas salado cuando despiertes —informó—.

Y que mañana nada de rompe límites.

Estado base.

—Mañana estado base —confirmó Asori—.

Hoy…

gracias, por llevarme y por quedarte.

—Empatamos —dijo Blair, sin pensarlo, con una sonrisa que calentaba el cuarto.

—Empatamos —repitió él, cerrando los ojos un segundo, la cabeza más cómoda en ese lugar que en cualquier almohada.

Se quedaron así un rato, escuchando el vientodar en la ventana.

Azoth, afuera, llenaba sus pulmones para anunciar a su gente dos meses deespera antes del torneo.

Adentro, el grifo interno de Asori —por primera vez—no goteaba miedo, respiraba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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