El Orbe Sagrado - Capítulo 15
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15: El Informante 15: El Informante La lluvia cedió al amanecer como si se acordara de que también existía el cielo.
En la boca de la cueva, el bosque escurría sus hojas, goteando sobre piedras negras.
Dentro, quedaba un olor a humo manso y lana húmeda.
Blair estaba agachada junto a la hoguera moribunda, soplando con paciencia.
Tenía la capucha puesta, el cabello blanco escapándose en mechones que brillaban tenues en la penumbra, y la joya-flor en el cabello latía con luz mínima, como un pensamiento.
Las brasas respondían en su aliento con destellos cortos, rebeldes y cálidos, todo esto para poder entrar un poco en calor.
Asori abrió los ojos lento, con esa sensación de volver de un sueño pesado y dulce.
Lo primero que vio fue la silueta de Blair, la curva de los hombros, los manos recibiendo las pequeñas brasas saliendo de su aliento para buscar calor.
Lo segundo, su propia capa hecha almohada.
Lo tercero, el calor residual en los labios, como un recuerdo tímido.
Se quedó quieto, mirándola en silencio por un instante demasiado largo.
Blair, sin volverse, habló como si hubiera contado cada latido de él.
—Si ya estás despierto, por lo menos finge que no me estás mirando —dijo, con voz pastosa de mañana.
Asori se aclaró la garganta, giró el rostro hacia el techo de la cueva con teatralidad.
—Estaba…
estudiando las estalactitas.
Muy inspiradoras.
—Ajá —Blair acercó dos ramitas, sopló, chasqueó los dedos apenas y una llama obediente prendió como si siempre hubiera estado esperando esa orden—.
Ya puedes inspirarte con algo caliente.
Asori se incorporó despacio.
Se sentó frente a ella.
El Sweet Kiss tironeó leve: le llegaban su cansancio, su rubor todavía ahí, y esa mezcla incómoda de orgullo por haberlo sacado vivo y ganas de golpearlo por la broma del beso el día anterior.
—Lo de anoche…
—empezó él.
—Lo de anoche —repitió Blair, clavando una ramita en el fuego— …implica que hoy camines por tu cuenta y que no hablemos.
¿Puedes?
Asori evaluó el cuerpo un segundo.
—Puedo.
—Bien —ella se puso de pie con un movimiento que disimulaba el dolor de sus propios músculos—.
Tenemos bosque, barro y una Capital que no se va a acercar sola.
Asori hizo un gesto de rendición, tomó la mochila, y juntos apagaron lo que quedaba de la hoguera hasta que la cueva olió a roca mojada.
El bosque recién lavado olía a resina y tierra.
Las hojas brillaban, y los pájaros discutían noticias entre ramas altas.
Blair y Asori avanzaban por un sendero angosto, la capucha echada, las botas chupando charcos con ruido de sopa.
Asori caminaba medio paso detrás, atento a raíces y a los silencios.
Tres veces abrió la boca.
Tres veces la cerró.
A la cuarta, probó: —Sigo vivo gracias a ti —dijo, sin adornos.
Blair no se detuvo.
—También gracias a mi escudo humano, sí.
—Veo que le has tomado cariño al concepto.
—Es útil —respondió ella, seca, aunque el tirón del vínculo le traicionó un rubor otra vez.
Un par de pasos después, él intentó de nuevo: —Sobre lo que dije en el castillo…
fue una broma muy mala.
—Fue una broma —concedió Blair, helada—.
Y muy mala.
—No soy bueno con…
—buscó la palabra— …
“protocolos de besos”.
Blair se detuvo lo justo para darle una mirada de reojo.
—Pues no improvises en ellos.
Asori levantó las manos, resignado.
—Lo intentaré.
Caminaron.
El sol se filtraba en barras claras sobre el sendero.
Entre ramas, un par de ardillas los siguieron a saltos, como si el bosque tomara partido por quien se calla mejor.
—Por si ayuda —dijo Asori al cabo—, si hubieras necesitado…
ya sabes…
logística, no me habría quejado.
—Hizo una mueca—.
Esto también ha salido mal, ¿verdad?
Blair apretó la mandíbula para no sonreír, fracasó a medias.
—Idiota —sentenció, pero con menos filo.
El bosque abrió su vientre a un claro grande donde vivía una aldea que parecía recordar.
Casas bajas de madera mal reparada, postes inclinados, ropa colgada que no se animaba a secarse.
En la plaza, lo que quedaba de un mercado: puestos de fruta vacíos, una carreta con la rueda rota, cajas quebradas como costillas.
Blair bajó la capucha lo justo para mirar mejor sin ser mirada.
Asori, instintivamente, imitó el gesto.
El Sweet Kiss tragó una bocanada de amargura que no era suya: a Blair le dolían estas vistas como una espina vieja.
—Saqueos —dijo ella, neutral—.
Cobros “extraordinarios” de impuestos.
Y a veces, Megalos soltados “accidentalmente” cerca, para que la gente pague por seguridad.
Vieja receta, nuevos cocineros.
Un niño asomó medio rostro desde una puerta entreabierta.
Tenía los ojos enormes de quien ha visto demasiadas noches largas.
Asori y el niño se miraron un segundo.
El niño desapareció al primer crujido de botas.
En un rincón, un anciano empujaba solo la viga caída del techo de su casa.
Asori, sin pensar, se acercó, metió hombro, subió la viga y la dejó apoyada.
El viejo intentó agradecer con la cabeza; el miedo le robó la voz.
Asori respondió con una sonrisa simple, esas que no necesitan idioma.
—No podemos quedarnos —murmuró Blair, como si la decisión le doliera los dientes—.
Cualquier ayuda que demos aquí ahora puede traerles más golpes cuando nos vayamos.
—Lo sé —dijo Asori, apretando la correa de la mochila.
Lo sabía…
y aun así el gesto le ardía en las manos.
Pasaron frente a una taberna de puerta coja con un letrero a medio caer: El Cuenco Roto.
De adentro salía olor a cebada y sopa de hueso.
—Aquí —dijo Blair—.
Nuestro contacto.
El interior estaba oscuro y tibio.
Había seis mesas, tres clientes, una mujer detrás del mostrador con brazos fuertes y mirada afilada.
El suelo crujía con cada paso, como si recordara mejores bailes.
Blair le indicó a Asori una mesa junto a la ventana baja, de donde se veía la plaza sin ser vistos.
Se sentaron.
Llegó una jarra de agua sin que la pidieran.
Tardó poco en aparecer, un mercader con capa raída, un fardo de telas y una sonrisa que parecía de oferta permanente.
Tenía un sombrero demasiado grande para su cabeza, o una cabeza demasiado pequeña para ese sombrero.
Se sentó sin pedir permiso, derramando gesto de costumbre.
—Qué buen día para vender nada —dijo alegre—.
Hoy la gente compra miedo y guarda las monedas.
Blair no cambió la cara.
—Las palabras cuestan menos que la tela.
Habla.
El mercader sonrió con más dientes.
Sus ojos, sin embargo, eran serios.
—La ciudad corre la voz como si fuera un bardo pagado.
El torneo está confirmado.
Dos lunas y unas migas.
Carteles listos, tribunas en construcción, poetas practicando rimas.
—¿Premios?
—pidió Blair.
—Primer premio: oro para olvidar hambres viejas y “reconocimiento” para abrir puertas que antes no tenían bisagras —el mercader dibujó un arco con la mano—.
Segundo premio: el famoso “tesoro viviente”.
Ni joya ni caballo.
Una esclava.
Asori se inclinó hacia delante, el estómago apretado.
—¿Nombre?
—Aisha —dijo el mercader, bajando la voz—.
La llaman “la de la luz” en susurros que no quieren problemas.
No la he visto, pero dicen que cura con las manos y que las cadenas le quedan mal con esa mirada.
Blair no pestañeó.
Su pulso apretó el vaso hasta que el vidrio se quejó.
—Guardias —añadió el mercader—.
Muchos.
Y no todos de la ciudad.
Los ojos de Zeknier también verán el espectáculo.
Los reconocerán por broches de cuervo negro en las capas.
Si los ven, ustedes no vieron nada.
—¿El informante de la Capital?
—preguntó Blair.
El mercader sonrió como quien guarda un truco.
—Los encontrará él, es alguien que usted conoce Princesa.
Ustedes solo asegúrense de llegar.
Se levantó, y con un gesto de vendedor cansado, dejó sobre la mesa un retal de tela barata que, por dentro, escondía un mapa enrollado.
Nadie lo vio; la dueña del lugar siguió secando tazas como si la humedad fuera su oficio.
El mercader se perdió entre mesas, y un segundo después ya no estaba.
—¿Siempre son así?
—susurró Asori.
—No.
A veces son peores —respondió Blair, guardando el mapa bajo la capa—.
Vámonos antes de que alguien decida medir nuestras sombras.
Salieron.
El niño de la puerta los volvió a mirar.
Blair le sostuvo un segundo aquellos ojos grandes y le dejó, al pasar, una moneda en el alféizar, sin mirar.
El niño no se movió hasta que ellos desaparecieron.
El bosque los recibió otra vez con su catedral verde.
El barro cedía a la luz y los pájaros retomaban conversaciones pendientes.
Blair caminaba con paso seguro, calculando rutas; Asori seguía el ritmo con paciencia, acostumbrándose a escuchar no solo crujidos de rama sino corrientes de aire aún en reposo.
—Ese mercader…
—rompió Asori al cabo—.
Dijo “ojos de Zeknier”.
¿Crees que…?
—Sí —cortó Blair, sin rodeos—.
En la Capital habrá manos comprando y vendiendo todo: apuestas, nombres, silencios.
Si nos ven mal, nos comen vivos.
Si nos ven bien, nos comen despacio.
Prefiero lo primero, así que cuando lleguemos debemos disimular de alguna forma para no levantar sospechas.
—Qué optimista —ironizó él, apenas.
—Realista —corrigió ella.
El Sweet Kiss vibró leve, con algo que a Asori le llegó como cuidado involuntario.
Blair apretó más la capa.
—Sobre…
lo de “logística” —dijo él, con voz que pedía perdón antes de hablar—.
Fue idiota.
—Fue idiota —repitió Blair, y esta vez la palabra sonó menos a cuchillo y más a empujón.
Asori sonrió de lado.
—Gracias por recordármelo con tanta constancia.
—Tengo un talento natural.
—Lo sé.
Por primera vez desde la broma mala, sonrieron al mismo tiempo.
El bosque se abrió en un campito más seco cuando la tarde decidió doblarse.
Montaron un pequeño campamento bajo un árbol con ramas como brazos que saben abrazar.
Asori insistió en encender la hoguera con dos piedras.
Lo intentó con la solemnidad de un rito antiguo, la lengua asomándose en concentración, las chispas saliendo como estrellas tímidas y muriendo a dos dedos del objetivo.
Blair lo miró con los brazos cruzados.
—¿Quieres que…?
—No.
Yo puedo con esto —dijo Asori, digno.
Sopló.
Falló.
Repitió.
Las chispas se burlaron con cortesía.
—Puedo…
—insistió.
—¿Quieres que…?
—repitió Blair, conteniendo la risa.
—…Está bien —cedió, derrotado—.
Un poco.
Blair chasqueó los dedos con un gesto tan pequeño que parecía secreto, y el fuego prendió en un susurro.
Asori se dejó caer sentado con exageración.
—Sin ti estaría muerto tres veces.
—Cuatro —corrigió ella, seria.
—No seré yo quien discuta —dijo él—.
Pero, si sigo vivo, por lo menos te doy material para presumir.
Blair bajó la mirada, sonriendo con la boca y no con los ojos.
—Eres un buen material de queja —admitió.
Partieron pan —el último trozo que compraron en la ciudad antes de salir de viaje— y compartieron una manzana que sabía a árbol limpio.
Hablaron de cosas pequeñas: de cómo Eryndor podía quedarse mirando una hoja diez minutos y llamarlo “clase”, de cómo Tifa podía leer tres mapas a la vez y aún escuchar un susurro.
El vínculo latía bajo esas risas, sin empujar, sin jalar, simplemente estando.
—La Capital…
—dijo Blair, de repente seria, mirando el fuego— …no es como este bosque.
Allí los ojos pesan más que las espadas.
No puedes dejar que te vean débil.
Asori sostuvo la mirada del fuego un momento.
—No prometo no caer —dijo—.
Prometo levantarme rápido.
—Eso sí sabes hacerlo —concedió Blair, y la frase sonó a bendición escueta.
El cielo, arriba, fue encendiendo sus grumos de estrellas.
El bosque cambió de idioma.
Pusieron las capas sobre la hierba, el fuego bajó a brasa.
Blair se arrebujó con las rodillas contra el pecho; Asori se recostó con las manos bajo la nuca.
—¿Empatamos?
—probó él, en un susurro que buscaba la costumbre.
Blair giró el rostro, los ojos rojos brillándole de reflejo.
—Empatamos —repitió, y el viento pareció guardar la palabra para cuando hiciera falta.
Despertaron antes de que el cielo se decidiera por un color.
Levantaron el campamento con movimientos silenciosos de gente que empieza a ser equipo.
El mapa escondido en la tela marcaba un desvío hacia caminos menos vigilados.
La Capital no estaba cerca…
pero ya iba.
Podían olerla en el aumento de guardias en los cruces, en el rumor de tablones siendo clavados para tribunas, en el murmullo de poetas que practicaban rimas con la palabra “gloria”.
Mientras andaban, Asori miró sus manos un segundo.
Recordó el grifo que Eryndor le había enseñado a abrir sin romper la vasija.
Recordó la aldea, el niño sin risas, el anciano bajo la viga.
El nudo en el estómago volvió, no tan pequeño.
—Mi misión —dijo, como para convencerse— es no malgastar que me salvaras.
—Tu misión —corrigió Blair, suave— es vivir lo suficiente para elegir otras misiones.
El Sweet Kiss vibró, y ese latido compartido ya no se sintió invasión.
Fue una cuerda floja bien tensada entre dos orillas que, por fin, confiaban lo suficiente como para cruzarse sin mirar abajo.
El sendero dobló hacia un valle donde la brumase quedaba a jugar.
Más allá, al fondo, como una promesa que todavía no tieneforma, la Ciudad Capital empezaba aexistir.
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