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El Orbe Sagrado - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 Lira
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19: Lira 19: Lira El sueño no tenía peso ni suelo.

Asori flotaba en un cielo inmenso, un océano de estrellas que se movían como si respiraran.

De pronto, una figura colosal emergió entre las constelaciones: alta, desdibujada, apenas un contorno hecho de luces.

No caminaba.

Se deslizaba, como si los mismos astros le abrieran paso, tenia una figura femenina que se sentía imbuida de poder puro en su estado mas primigenio.

La voz llegó como eco de un trueno apagado: —Pronto nos veremos…crece y hazte mas fuerte.

Asori quiso hablar, pero la garganta no respondió era como si no pudiera moverse o realizar alguna acción por su cuenta.

—…Cazador…

de…

Dioses, tu destino y el de la Princesa Esc…..a.

El eco lo atravesó como un cuchillo helado.

La figura alzó la mano y las estrellas explotaron en fragmentos y Asori cayo en un vacío que parecía como si un abismo se lo devoraba.

Asori despertó de golpe, jadeando, con el corazón desbocado y bastante impactado debido a que el sueño se sintió mucho mas lucido que cualquier otro que haya tenido.

Al despertar.

lo primero que notó fue el calor.

Y luego, el abrazo de alguien conocido, tan cálido y a la vez tan profundo.

Blair estaba profundamente dormida, pero lo tenía aferrado con fuerza, como si fuese un peluche al que no estaba dispuesta a soltar.

Su cabello blanco estaba esparcido por la almohada, su respiración tranquila golpeaba el cuello de Asori, y el Sweet Kiss vibraba como una hoguera encendida dentro de Asori que estaba tratando de asimilar dicha escena.

—Oh, no…

—susurró Asori, sin saber cómo moverse sin despertarla y crear un momento incomodo, aunque dentro de el se sentía feliz de verla a su lado, tan delicada, tan tranquila.

En su mente era raro ver a Blair tan calmada.

La puerta se abrió con un chirrido.

Mikrom entró, cruzando los brazos y arqueando una ceja.

—Vaya, vaya…

—dijo con tono burlón—.

Me ausento una noche y mi prima ya encontró cómo calentar la cama con su noviecito.

Asori se puso rojo hasta las orejas.

—¡No es lo que parece!

—Claro que no —rió Mikrom, teatral—.

Solo parece que morirás por mis manos en cuanto Blair despierte y vea que la usaste de almohada o talvez ustedes hicieron algo ….

Asori abrió la boca para replicar, pero Blair se movió, murmurando entre sueños: —Idiota…

Asori…

Los ojos de Mikrom brillaron con picardía al ver que su querida prima pronunciaba el nombre de aquel chico que abrazaba con tanta pasión.

—Confirmado.

Ya hasta te sueña.

Asori hundió la cara en la almohada, deseando que la tierra lo tragara.

Cuando Blair por fin despertó, confundida y sonrojada, Mikrom no perdió la oportunidad de soltar otra broma.

Blair lo calló de un codazo, pero Asori aún sentía la vergüenza hasta en las pestañas.

En la mesa del desayuno, Mikrom puso las cartas claras.

—Hoy debemos dividirnos.

Blair y yo iremos a buscar información sobre el torneo: cómo entrar, qué requisitos hay, qué trampas está preparando Zeknier.

Tú, Asori, tienes otra tarea.

Asori arqueó una ceja.

—¿Otra misión suicida?

—Peor —dijo Mikrom con solemnidad fingida—.

Burocracia.

Blair lo miró a los ojos.

—Necesitas una identificación de la ciudad.

Nadie entra al torneo, ni siquiera como espectador, sin un registro oficial.

Tú no tienes nada, vienes de las montañas.

Asori suspiró.

—¿Y si digo que soy un ermitaño antisocial con fobia al papeleo?

—Entonces te arrestan y te tiran a un calabozo —dijo Mikrom, bebiendo de su jarra.

Blair le colocó la mano sobre el hombro de Asori, seria.

—Es necesario, Asori.

Si quieres moverte aquí sin levantar sospechas, debes tener un nombre en los registros, de esa manera serás solo un ciudadano cualquiera.

Él la miró y, pese a las bromas, asintió.

—Está bien.

Pero si muero ahogado en formularios, les juro que los voy a perseguir desde el más allá.

Mikrom se carcajeó.

—Si sobrevives a la fila, ya serás más héroe que cualquiera de nosotros.

El grupo salió de la posada.

El bullicio de la Capital los envolvió: vendedores, guardias, bardos, niños correteando.

Blair ajustó su capucha, Mikrom sonrió como quien va a cortejar a la primera tabernera que se cruce, y Asori se preparó mentalmente para enfrentarse al misterioso mundo de la oficina de registros.

Antes de separarse, Blair lo miró a los ojos.

—No digas nada extraño.

No hagas bromas.

No intentes impresionar a nadie.

—Me estás pidiendo que deje de ser yo —respondió él, sarcástico.

—Exacto —contestó ella, tratando sonreír cálidamente.

Mikrom dio una palmada en la espalda de Asori.

—Tranquilo.

Si logras no arruinarlo, hasta puede que te inviten a la ceremonia de apertura del torneo.

—Oh, fantástico —murmuró Asori, avanzando hacia el edificio de registros, sintiendo que esa misión podía ser incluso peor que enfrentar a un Megalo.

Mientras Asori se perdía en la marea de gente rumbo a su destino, Blair y Mikrom tomaban la dirección contraria, hacia las tabernas y callejones donde la información tenía precio.

El aire de la Capital estaba cargado, vibrante, como si cada esquina guardara un secreto y cada sombra espiara.

Asori, todavía con la piel erizada por el sueño extraño, no podía dejar de repetir en su cabeza esas palabras que le habían susurrado en las estrellas: “Cazador de Dioses…” El destino ya lo estaba llamando, aunque él aún no lo comprendiera.

El sol ya había trepado lo suficiente como para arrancar brillos dorados de los techos de la Capital.

Las calles hervían con vendedores, pregoneros y niños que corrían entre los puestos.

Asori, perdido entre letreros y callejones iguales, se rascaba la nuca.

—Genial.

Montañas, fácil.

Ríos, fácil.

Ciudad…

imposible.

—¡Señor Capucha Sospechosa!

—una vocecita alegre lo sacudió.

Era Lira, la niña de coletas desordenadas.

Tenía un trozo de pan bajo el brazo y la cara manchada de harina.

—¿Otra vez tú niña?

—dijo Asori, sorprendido.

—¡No otra vez, sino siempre!

—replicó ella con descaro—.

Te ves perdido.

Qué raro, ¿El señor de Capucha Sospechosa no es capaz de ubicarse?.

Asori sonrió.

—Y tú, ¿Una niña que aparece en todos lados solo para molestar a desconocidos que están extraviados?.

—Soy la mejor guía de la Capital —dijo con orgullo, inflando el pecho—.

Mis tarifas son altas, pero para ti…

—le sacó la lengua— solo una manzana.

—Hecho.

—Asori estiró la mano como si sellara un trato.

Y así empezó su día juntos.

Lira lo llevó por las calles como un torbellino.

Asori apenas podía seguirle el ritmo, pero su energía lo contagiaba.

—Mira, ese puesto vende las mejores tartas, aunque ya no tengo monedas para comprarlas pero un día voy a crecer y tendré mi propio negocio y dominare el mundo con mis tartas.

—dijo Lira mientras Asori solo la observaba.

—Ese perro me odia, pero me sigue porque le caigo bien ya que a veces le doy de mi pan.—señala Lira a un pequeño perro que pasaba frente de ellos en ese instante.

—Ese guardia finge que vigila, pero en realidad se duerme parado.

Asori reía a carcajadas por los comentarios inocentes de Lira, olvidando por momentos que era un portador, que había un torneo, que Zeknier existía y sobre todo, que estaban en medio de una guerra.

—¿Sabes?

—dijo Lira, mirándolo seria por un instante—.

Eres raro.

Todos los adultos aquí tienen cara de estar siempre tristes.

Pero tú…

tú pareces triste, pero cuando sonríes, de verdad sonríes o cuando estas con esa chica linda de cabello blanco, te vez feliz.

Asori se quedó callado un momento.

Esa frase, salida de labios tan pequeños, le dolió y lo sanó a la vez.

—Tal vez es porque me faltaba una guía de lujo que no sabe cerrar la boca —respondió, revolviéndole el cabello.

La niña rió y lo empujó.

—¡Bobo!

Llegaron al edificio del registro, una mole gris llena de colas interminables.

El aire olía a sudor, tinta y paciencia podrida.

—Buena suerte, señor Capucha Sospechosa —se burló Lira, sentándose en la fuente frente al edificio mientras terminaba de comer su pan.

Asori suspiró y entró.

La fila fue eterna.

Preguntas absurdas, papeles que no entendía, firmas que no sabía inventar.

Cuando le preguntaron por su lugar de origen, contestó con cinismo: —Montaña.

Dirección: montaña.

Ocupación: sobrevivir.

El escriba lo miró mal, pero aceptó el registro gracias a un sello falso que Mikrom había preparado para que Asori pueda obtener su identificación de forma efectiva.

Cuando salió, Lira lo esperaba, jugando con el agua de la fuente.

—¿Sobreviviste?

—preguntó con una sonrisa que iluminaba la plaza.

—Por poco —respondió él—.

Estuve a punto de morir de aburrimiento y mi pequeña guía de lujo no estaba para sacarme de quicio.

Ambos rieron tanto que hasta los transeúntes los miraban con curiosidad.

El sol empezaba a caer.

Lira se levantó.

—Tengo que irme, mi abuelito me espera.

No tengo a mis papis conmigo, ellos me abandonaron en una caja frente a la taberna o al menos eso me cuenta mi abuelito, el me cuido, me daba comida muy deliciosa y a veces me compraba dulces.

Aunque últimamente no me ha comprado muchos dulces porque dice que los impuestos no nos dejan mucho dinero, pero somos felices, nos tenemos el uno al otro.

—¿Solo vives con tu abuelito?—Preguntaba Asori mientras por dentro poco a poco trataba de entender como esa niña lo contaba de forma tan tranquila.

—Si, pero no puedo estar mas agradecida y feliz, mi abuelito es el hombre mas increíble del mundo, es gracioso, siempre esta trabajando y me enseña cosas nuevas siempre, de hecho me esta enseñando a leer.

En ese momento Asori se miro reflejado en ella, en aquella pequeña que a pesar de que fue abandonada era capaz de sonreír.

Asori la acompañó hasta el puesto de verduras.

Un anciano delgado, con manos curtidas y mirada cansada, acomodaba tomates y rábanos en cajas de madera.

—Así que este es tu abuelito —dijo Asori, inclinando la cabeza con respeto.

El anciano lo miró sorprendido.

—Gracias por cuidar a mi nieta.

Ella tiene la mala costumbre de hablar demasiado.

—¡No es cierto abuelito!

—protestó Lira, cruzándose de brazos.

Asori rió.

—Habla mucho, pero sabe guiar mejor que nadie en la ciudad, es una buena niña.

El abuelo sonrió débilmente.

—Es mi orgullo y mi mayor tesoro.

Esa frase resonó en el pecho de Asori como un eco.

Él había perdido ese orgullo, esa voz que dijera “hijo mío” hacía mucho tiempo.

Se despidió, dándole una palmada suave a la cabeza de Lira.

—Gracias, guía de lujo.

Te debo esa manzana.

—¡No te olvides!

—gritó ella, riendo.

El abuelo de Lira le pidió a la niña que entre a casa y prepare la mesa para poder cenar, la niña con una sonrisa inigualable entró feliz ya que era su momento favorito del día, compartir la cena con su apreciado abuelito.

—Nos vemos luego señor de la Capucha Sospechosa.

Lira se despidió con una enorme sonrisa mientras Asori la observaba con una expresión de gratitud, ya que esa pequeña niña le enseño que a pesar de todo, siempre podemos sonreír y disfrutar.

Asori se alejó con una calidez en el corazón que no recordaba haber sentido desde que conoció a Blair, sentía dentro de su corazón que había hecho una nueva amiga con la cual podía olvidarse de todo y sonreír con honestidad.

Mientras caminaba, voces ásperas rompieron el aire.

Asori se detuvo ya que el sonido venia de donde había dejado a Lira.

Un grupo de soldados de Zeknier estaban golpeando al abuelo de Lira.

Su puesto de verduras estaba destrozado, las frutas rodando por el suelo.

—¡El impuesto se paga hoy!

—gritaba un soldado, tirando al anciano al barro.

Asori apretó los puños.

El viento en su oído le pedía intervenir.

Podía hacerlo.

Un paso y estaría ahí.

Pero su mente lo frenó: No es mi guerra.

No es mi problema.

No escalará a más, Blair me dijo que no intervenga, tampoco creo que algo malo pase si no hago nada al respecto, es el estilo de vida de la capital ¿No?.

Se dio media vuelta.

Caminó, los dientes apretados, las manos temblando.

Avanzó varias calles.

Pero de pronto, se detuvo en seco.

—La manzana…

—susurró.

Sacó una de su bolsa.

—Olvidé dársela, ya que mañana no se si pueda verla.

Sonrió con torpeza.

“Qué idiota soy”, pensó.

Dio media vuelta, corriendo hacia la fuente donde había dejado a Lira.

—¡Oye, guía!

¡Tu propina!

—gritó, buscando entre la gente.

Entonces la vio.

El abuelo yacía en el suelo, inconsciente.

Frente a él…

Lira, con la ropa empapada en sangre.

Había intentado defenderlo.

Su pequeña figura parecía tragada por la violencia de un mundo que no perdonaba ni siquiera a los niños.

Los soldados ya se habían marchado tras cometer el acto.

Para la capital era rutina, un espectáculo cotidiano; para Asori, una herida que nunca cerraría.

La manzana cayó de su mano y rodó por el empedrado, hasta quedar inmóvil junto al cuerpo de Lira.

Se arrodilló, con la garganta seca.

No hubo lágrimas al principio, solo vacío: una grieta abierta en su pecho.

—No…

—murmuró con voz rota—.

No otra vez…

Abrazó el cuerpo inerte de la pequeña.

Minutos antes ella le había sonreído en señal de gratitud, y ahora esa sonrisa le había sido arrebatada.

La luz que le ofrecía esperanza y calidez se apagó, dejándole solo un peso insoportable de culpa.

Nada de aquello parecía real.

No debía estar pasando.

Y, sin embargo, estaba.

Esa niña no merecía haber acabado así.

El viento sopló, cruel, arrastrando la risa que había iluminado su día.

La capital seguía viva: música, pregones, risas lejanas.

Pero en esa calle, el mundo se había detenido.

Un chico, una manzana olvidada, y el cuerpo sin vida de la única amiga que había encontrado en esa ciudad que le acaba de dar un golpe de realidad, estaban en una guerra.

Ese día, Asori comprendió que negarse a actuar también era elegir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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