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El Orbe Sagrado - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 Promesas en ceniza
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21: Promesas en ceniza 21: Promesas en ceniza El callejón parecía tragarse el sonido del mundo.

Solo quedaban tres cosas: el cuerpo pequeño de Lira en los brazos de Asori, la manzana inmóvil sobre el empedrado, y un silencio que hacía daño.

Asori no lloraba.

No podía.

Tenía la cara en blanco, el pecho bloqueado, los dedos rígidos en torno a la niña como si soltarla la borrara para siempre de su mente, aferrándose a lo último que quedaba de ella y sobre todo recordando cuando sus padres murieron.

Blair llegó primero.

Se detuvo a dos pasos, con el pan de miel apretado contra el pecho hasta deformarlo.

El Sweet Kiss le traía olas de vacío y hielo desde Asori, una náusea sin lágrimas y un dolor tan profundo que no tiene final.

Mikrom llegó detrás, sin bromas, sin sonrisa de taberna.

Miró la escena, miró el rastro de sangre, miró la manzana.

La mano se le fue al pomo de la espada de roca por pura costumbre, pero no la desenvainó.

No allí, no era momento todavía.

Asori tragó aire de golpe, y ese fue el primer sonido que hizo: una bocanada rota que salió como un sollozo amputado.

—No…

otra vez no…

—murmuró, y su voz sonó como una tabla astillándose.

La garganta de Asori ardió.

De pronto, el cuerpo dejó de ser piedra y fue carbón encendido.

Rabia.

Una marea negra que subía por las piernas, por el estómago, por el cuello.

Quiso levantarse con ella.

—Los voy a matar —dijo, mirando un punto cualquiera del muro—.

A todos.

A cada uno.

El aire vibró.

El Astral le lamió la piel como pólvora.

Blair dio medio paso.

—Asori, mírame.

No la escuchó.

Sus dedos se abrieron, dejó con cuidado el cuerpo de Lira sobre la capa que Asori llevaba, y cuando puso las manos sobre el suelo, el viento se arremolinó en torno a sus muñecas como si supiera el camino.

—Asori —insistió Blair, más fuerte—.

Mírame.

Él se puso en pie con un tirón.

El grito no salió, pero el cambio sí: luz blanca expandiéndose en una exhalación; ojos azules encendidos; la camisa que se volvía más clara, las costuras que se tensaban; el aura levantando polvo del suelo.

Transformación.

El callejón se encogió en torno a ese brillo.

—Voy a encontrarlos —dijo con voz baja—.

Y voy a arrancarles el aire de los pulmones y los hare pagar por esto, malditos desalmados me las van a pagar.

Blair sintió el vértigo en la boca del estómago.

No por miedo a él, sino por lo que sería de él si cruzaba esa línea, aquella línea que ella no iba a permitir que Asori cruce.

—Escúchame —dijo, acercándose—.

No te pierdas ahora.

Asori dio un paso para pasarla.

Blair le tomó el antebrazo.

El vínculo la mordió de dolor, rabia y culpa.

Era un torrente.

Un torrente que no entiende palabras, una fuerza imparable que busca desatar toda su ira.

Mikrom se movió sin avisar.

Un paso, la cadera girando, el puño como martillo: ¡crack!

Le estampó un derechazo seco en el pómulo.

La luz del aura titiló.

Asori tambaleó, sorprendido, y lo miró como un animal herido con ojos de furia y dolor.

—¿Qué…?

—alcanzó a decir.

Mikrom no gritó.

Habló claro, como quien dicta sentencia a un amigo.

—No eres el único que sufre, mocoso.

Pero si ahora sales a matar, Lira muere dos veces: una en el suelo y otra dentro de ti.

—Yo…necesito matarlos para vengarla.

—la voz de Asori se quebró.

—La vida pesa —continuó Mikrom—.

Responsabilidad no es cargar con lo que hiciste, es cargar con lo que no hiciste.

Y ahora eliges qué clase de hombre vas a ser.

¿Uno que convierte su dolor en un cuchillo solo parar herir a otros, o uno que lo convierte en promesa?

El aura de Asori vibró, desobediente.

La rabia aún golpeaba por dentro.

Blair apretó más su agarre.

—Respira, Asori —susurró—.

Respira conmigo.

Él lo intentó.

El aire entró a trompicones.

La luz se encogió.

La transformación se aflojó en un parpadeo.

—No…

—negó con la cabeza—.

No puedo…

Mikrom, sin quitarle los ojos de encima, abrió un poco los brazos en gesto de “elige”.

—La vida de esa niña no te pertenece.

Su memoria sí y no te atrevas a ignorar su sacrificio, no manches su memoria de esa forma.

Asori bajó la mirada.

La luz vaciló otra vez.

Y entonces, como si el cuerpo hubiera esperado esa grieta, la fatiga, la ira, el shock, el peso de todo…

se vinieron encima.

El aura se apagó de golpe.

Destransformado, se fue de lado.

Blair alcanzó a recibirlo entre sus brazos.

—Te tengo Asori —dijo—.

Te tengo.

Asori se desmayó.

—Cuida de tu novio —dijo Mikrom, de pronto, dándole a Blair una mirada que no llevaba broma—.

Yo vuelvo.

Hay cosas que debo hacer.

Antes de que Blair respondiera, Mikrom ya no estaba.

Se escurría por el borde del callejón, sin ruido, con la espada de roca en la espalda y el silencio de quien ya decidió.

Blair acomodó a Asori en su regazo, le apartó el mechón sudado de la frente, y respiró para que el Sweet Kiss no se le enredara en la garganta.

Luego, con manos que temblaban, se giró hacia el abuelo de Lira.

El anciano había comenzado a recobrar el sentido.

Abrió los ojos como si viniera desde muy lejos.

Vio a su nieta.

No gritó.

No tenía voz para eso.

—Lo siento —dijo Blair, y el “lo siento” le salió como ceniza—.

Lo siento.

Llegamos tarde.

El viejo acarició con dedos torpes la mejilla de Lira.

Tenía barro en las uñas, sangre en los nudillos, y una paz extraña en los ojos húmedos.

—Era valiente —susurró—.

Como su abuela.

Como yo quise ser.

—Tragó—.

Mi más grande orgullo.

Levantó la vista hacia Blair.

Sus pupilas, cansadas, reconocieron cosas que no se decían: la joya-flor, la postura, la mirada de quien manda y obedece vientos distintos.

—Sé quién eres —dijo, sin ceremonia—.

Y sé quiénes son ustedes.

—Su voz no tenía reproche—.

Si tienen fuerza para cambiar algo…

háganlo.

No por mí.

Por los que están vivos todavía.

Blair apretó los labios, luchando con un temblor que no era de miedo, si no de un peso de responsabilidad que llevaba desde que la invasión de Zeknier había comenzado.

—Lo haremos —prometió—.

Solo…

denos tiempo.

El anciano asintió, y entonces hizo la petición que se clava y no se olvida.

—No quiero que la toquen manos extrañas —dijo—.

Crémenla.

Quiero sus cenizas.

Quiero llevarme a mi niña a casa, aunque sea en un frasco.

Para hablarle al amanecer, para decirle que hoy vendí dos ristras de rábanos, para que no me deje solo.

Blair dio un paso atrás.

El fuego en sus manos es poder y es miedo.

Nunca había usado su don para despedir así.

La idea de envolver a Lira en llamas, aunque fueran piadosas, le subió a la garganta como vómito.

—Yo…

—murmuró—.

No sé si puedo.

El anciano la miró con una calma que solo dan las pérdidas ya vividas.

—Puedes —dijo—.

Porque no es matar.

Es cuidar.

Blair cerró los ojos.

Las manos le temblaban.

Su poder, ese filo profundo en su sangre que nunca nombra, se movió como un animal inquieto.

Ella respiró despacio, buscando el calor justo.

Ni más, ni menos.

—Aléjese un poco —pidió, con voz que aprendía a sostener.

Extendió las palmas.

Las llamó suaves.

Llamó a un fuego que fuera velo, no lanza.

Un halo ambarino se desprendió de sus dedos y abrazó el cuerpo pequeño de Lira como una manta de luz.

No hubo humo oscuro, no hubo chisporroteo cruel.

El abuelo lloró, por fin.

Lloró sin sonido, con la frente apoyada en las manos, mientras la luz hacía su trabajo.

Blair sostenía la llama con un cuidado de cirujano y una reverencia de sacerdotisa.

Cuando las cenizas quedaron, reunió cada grano con un gesto, y los llevó a una pequeña urna de barro que compró al vuelo en un puesto vecino, dejando monedas que no contó.

Se arrodilló ante el anciano y le ofreció la urna con ambas manos.

—Lo siento —repitió, y esta vez el “lo siento” fue promesa.

El viejo la tomó como se toma a un recién nacido.

Besó el barro.

—Gracias, princesa de fuego —susurró.

Asori despertó con un sobresalto que dolió.

No estaba transformado pero sí estaba roto.

Intentó incorporarse y el cuerpo no respondió.

Los brazos le pesaban como si alguien los hubiera llenado de piedras.

El miedo no era a morir; era a seguir vivo con esto, culpa.

—¿Dónde…?

—preguntó, y la voz se le perdió.

—Aquí —dijo Blair, que no se había movido de su lado.

Le puso una mano en el pecho, otra en el hombro—.

Estás aquí.

Asori apartó la mirada.

La ira volvió a empujarle, balbuceante.

—Voy a…

—La palabra “matar” se le trabó en los dientes.

Blair no le gritó.

No lo regañó.

Lo levanto para que logree estar sentado y se acercó lo justo para que su frente tocara la de él, y habló bajo.

—Asori.

Mírame.

—Esperó.

Cuando él obedeció, con los ojos vidriosos, siguió—: Hay gente que hace del odio su casa.

No quiero que vivas ahí.

No tú.

Él apretó los puños.

—Me gusta —continuó Blair, y la palabra “gusta” le tembló en la lengua más de lo que quiso—, me gusta que no quieras participar en una guerra.

Que evites pelear cuando el mundo te grita que golpees.

Eso no es cobardía.

Eso es valentía de otro tipo, una que a mí me falta.

No manches tus manos.

No las uses para matar.

No dejes que esto te convierta en lo que odias.

Asori negó con la cabeza, llorando por fin, con un llanto que no hacía ruido, pero lo sacudía entero.

—No pude…

no hice nada…

—su voz se rompió—.

Si hubiera dado un paso…

uno para ayudar a su abuelito…

—Sí —dijo Blair, con una honestidad que duele—.

Si hubieras dado un paso, tal vez hoy estarías herido, o muerto.

O tal vez nada habría cambiado.

No lo sabes.

Lo que sí sabes es lo que harás ahora.

Por ella y por ti.

Lo tomó por las mejillas, obligándolo a mirarla solo a ella.

—Prométeme algo —susurró—.

Prométeme que no vas a matar.

Que llegas a luchar, será para proteger, no para vengarte.

Prométeme que tus manos serán viento que aparta golpes, no viento que arranca vida.

El Sweet Kiss latió como un tambor dentro de ambos.

Asori, con la cara hecha agua, asintió una, dos veces, como un niño ante una madre que le pide que no cruce la calle corriendo.

—Lo prometo —consiguió decir—.

Lo prometo.

Blair le besó la frente.

No fue un beso de compasión.

Fue un beso intimido, fue un sello de un promesa entre ellos.

—Empatamos —murmuró, con una sonrisa rota.

Asori se echó a llorar otra vez, y ella lo sostuvo hasta que el temblor fue bajando, hasta que el cuerpo encontró otra vez su borde.

A unos metros, el abuelo sostenía su urna como quien sostiene el mundo.

Se acercó cojeando.

Miró a Asori, que no podía sostenerle la mirada.

—No te odies más de lo que la vida ya te exige —dijo el viejo—.

Mi niña no querría eso.

Asori cerró los ojos, asintiendo, y ese gesto fue todo lo que tuvo para ofrecer.

La noche vistió la Capital con capas más densas.

A varias calles del callejón, en una casona de paredes húmedas, un grupo de hombres contaba monedas y chistes.

Tenían la risa fácil del que cree que la ciudad le pertenece, y las manos sucias del que no tiene manos limpias.

—¿Vieron al mocoso?

—decía uno, golpeando la mesa con la jarra—.

Portador, decían.

Gallina, digo yo.

Ni levantó la vista ante la trampa que le teníamos.

—Estos “héroes” de la revolución solo sirven para las canciones —añadió otro—.

Que venga con su viento, que yo le enseño cómo se apaga una vela, Zeknier exagero al decir que eran peligroso.

La puerta crujió.

No fue patada.

Fue abrirse.

Tranquila.

Como si la casa quisiera dejar pasar el clima de afuera.

Mikrom entró solo.

Dejó que la puerta se cerrara con paciencia.

Tenía la espada de roca desenvainada, apoyada en el hombro como si pesara lo justo.

Su sonrisa mujeriega no vino.

Vinieron los ojos: piedras viejas.

—Sí —dijo, respondiendo a una broma que ya nadie quería—.

Ese chico es una gallina.

Las sillas rasparon.

Alguno quiso ponerse de pie, otro buscó la empuñadura.

Mikrom siguió hablando, y su voz llenó la sala sin gritar.

—Pero yo no soy ese chico y ustedes no son más que basura.

El primero en intentar una broma no terminó la palabra.

Un sonido de rocas crujiendo se escuchó y era la espada que bajó con fuerza en la mesa y esta se partió junto al soldado.

El segundo quiso lanzarse; la tierra bajo sus botas subió un dedo y le torció el tobillo, el soldado cayó mal, el crujir volvió a sonar otra vez.

El tercero alcanzó a ver cómo el suelo se engrosaba bajo los pasos de Mikrom, como si la casa lo quisiera, aplastando y enterrando a aquellos que le habían arrebatado la vida a una pequeña inocente.

No hubo gritos largos.

Hubo golpes certeros.

Hubo respiraciones que se apagaron como velas mal protegidas.

Hubo madera que se tiñó, pared que salpicó, monedas que rodaron sin dueño.

La espada de roca cantó una canción sin rima.

Cuando quedó solo, Mikrom apoyó la hoja en el suelo.

El silencio regresó como un perro fiel.

La sangre hacía un espejo roto a sus pies.

Se miró un segundo, con la cara dura del que eligió ser herramienta para que otro no tenga que serlo.

—Por la gallina —dijo, sin humor, sin triunfo.

Apagó una lámpara con los dedos.

Salió como entró: sin prisa.

La puerta se cerró.

Afuera, el viento trajo olor a pan y a lluvia.

La ciudad siguió.

Como siempre.

Como nunca.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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