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El Orbe Sagrado - Capítulo 29

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  4. Capítulo 29 - 29 El Monte Aeryon
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29: El Monte Aeryon 29: El Monte Aeryon La brisa era más fría cuanto más alto subían.

El aire se volvía pesado, cargado de Astral.

Para Asori, cada paso era un recordatorio de que ya no estaba en sus tranquilas montañas, sino en un terreno que podía matarlo si bajaba la guardia.

Eryndor avanzaba con calma, como si la altura no lo afectara.

El cabello blanco del sabio ondeaba como parte del mismo viento que rugía alrededor.

—¿Por qué siento…

que el aire aquí me aplasta?

—preguntó Asori, jadeando.

—Porque aquí el Astral fluye más denso aquí en el Monte Aeryon.

—Eryndor ni siquiera giró la cabeza—.

Este es el lugar donde los portadores del pasado entrenaban para volverse dignos, de hecho hay uno igual en cada reino.

El Orbe del Aire ha despertado después de muchos años.

Aquí tu cuerpo obtendrá más resistencia…

y también dolor.

Asori se estremeció.

Su maestro hablaba con tal seguridad que parecía que todo estaba escrito.

Al llegar a un claro rodeado de riscos, Eryndor se detuvo.

—Bien, muchacho.

Aquí empieza tu entrenamiento.

Asori dejó caer su mochila, aliviado.

—¿Qué vamos a hacer?

¿Ejercicios?

¿Meditación?

Eryndor lo miró serio.

—Mantente transformado.

Todo el día.

El estómago de Asori se encogió.

—¡¿Todo el día?!

Maestro, ayer intentamos eso y apenas aguanté quince minutos.

—Pues tendrás que romper tu límite.

—Eryndor sonrió con un filo burlón—.

Y si te desmayas…

siempre está la princesa para despertarte con un beso.

—¡¿Por qué dice esas cosas?!

—gritó Asori, rojo.

—Porque la vergüenza también es un buen combustible.

—Eryndor se encogió de hombros.

Asori apretó los dientes.

No quería admitirlo, pero la sola idea de Blair lo empujaba hacia adelante.

Con un rugido, se dejó envolver por el aura blanca.

El viento estalló alrededor y sus ojos brillaron en azul.

No pasó mucho antes de que el aire se rasgara con un rugido gutural.

Entre los arbustos emergió un Megalo de clase C, un lobo gigantesco, cubierto de venas de Astral oscuro.

Sus colmillos parecían cuchillas manchadas de sombra.

—¿Un Megalo…

aquí?

—Asori retrocedió instintivamente.

—Muchos —dijo Eryndor, acomodándose sobre una roca, como si se dispusiera a ver un espectáculo—.

No intervendré.

Sobrevive.

El lobo saltó con rapidez brutal.

Asori rodó apenas a tiempo, el suelo tembló bajo el impacto.

Sus instintos estaban más agudos, pero su cuerpo aún era torpe.

—¡Vamos, vamos!

—gruñó, esquivando un segundo zarpazo.

El viento lo empujó hacia un costado, regalándole un segundo de ventaja.

Contraatacó con una ráfaga de aire, derribando a la bestia.

Eryndor habló, sin moverse de su roca: —El viento no existe para protegerte.

Úsalo para moverte.

Hazlo parte de ti.

Asori gruñó.

Cada que esquivaba le arrancaba más energía de la que podía dar.

Pero poco a poco, empezó a sincronizar su respiración con las corrientes.

Por primera vez, el aire lo guiaba antes del golpe, como un murmullo en la piel.

De pronto, no fue un Megalo, sino tres.

Dos lobos y una criatura reptiliana surgieron del bosque, ojos brillando como brasas.

El sudor resbaló por la frente de Asori.

—¿Tres contra uno?

—gimió.

—¿Acaso crees que en la guerra te esperarán de a uno?

—respondió Eryndor, casi divertido.

Asori se lanzó al aire, girando sobre sí mismo.

El viento comprimido en sus brazos explotó contra las criaturas, derribando a dos.

Pero el tercero lo alcanzó en el costado.

El dolor lo dobló, escupiéndolo al suelo.

—¡Levántate!

—tronó Eryndor—.

Mientras respires, lucha.

El chico rugió, obligando al viento a sostenerlo.

Los tres Megalos lo rodeaban, y aun así, se lanzó otra vez.

Tras casi una hora de combate, Asori cayó de rodillas, jadeando.

La transformación parpadeó, su aura apagándose como brasas húmedas.

Los Megalos se deshicieron en humo.

Eryndor lo observó desde arriba.

—¿Sabes por qué caíste?

—Porque soy débil…

—Asori apretó los dientes.

—No.

Porque tu mente sigue llena de ruido.

El sabio se inclinó y, para sorpresa de Asori, le ató una venda en los ojos.

—A partir de ahora pelearás ciego.

—¡¿Qué?!

—El viento será tus ojos.

Aprende a escucharlo.

Asori tragó saliva.

Un rugido retumbó cerca: otro Megalo.

Con los ojos vendados, el miedo era doble.

Sus piernas temblaban.

—Respira —dijo Eryndor—.

Inhala cuando el viento sople, exhala cuando calme.

Siente cómo se curva a tu alrededor.

El zarpazo llegó, y por instinto Asori se agachó.

El viento le había susurrado el ataque.

Una sonrisa salvaje apareció en sus labios.

—¡Lo sentí!

Eryndor asintió en silencio.

Así, vendado, Asori luchó contra uno, luego contra dos Megalos.

Al principio era torpe, golpeando al aire, pero poco a poco su cuerpo fluía con el entorno.

El viento era un maestro paciente: le señalaba, lo guiaba, lo empujaba a moverse antes de tiempo.

Cada segundo era un infierno, pero también una revelación.

Cuando el sol cayó, Asori se dejó caer al suelo, la transformación casi muerta.

Pero Eryndor lo levantó de un tirón.

—No hemos terminado.

Mantente transformado toda la noche.

—¡¿Toda la noche?!

—gimió Asori, con los músculos ardiendo.

—Los Megalos no duermen, ¿por qué deberías hacerlo tú?

La oscuridad se llenó de ojos brillando entre los riscos.

Asori tragó saliva y se puso en guardia.

Los ataques fueron intermitentes, sin descanso.

Largos silencios donde solo se oía el viento, seguidos de embestidas que lo lanzaban al suelo.

Cada vez que caía, Eryndor repetía la misma frase: —Apaga las emociones.

Silencia el ruido.

Y en medio del dolor, Asori comenzó a hacerlo.

La rabia se apagaba, el miedo se apagaba, la culpa se apagaba.

Lo único que quedaba era el aire: el flujo constante, envolviendo cada músculo.

Por primera vez, se movió sin pensar.

Su cuerpo reaccionaba solo.

El viento lo elevaba, lo giraba, lo impulsaba.

Horas más tarde, cuando la luna estaba en su auge, Asori seguía de pie, tambaleante, pero transformado.

El aura blanca aún lo cubría.

Eryndor lo observó con una sonrisa de orgullo disimulada.

—Bien, muchacho.

Hoy dejaste de ser un niño que lucha contra el viento…

y empezaste a ser el que lo cabalga.

Asori apenas podía respirar, pero una sonrisa cansada apareció en su rostro.

El Sweet Kiss vibró débilmente en su pecho, recordándole por quién lo hacía.

Blair…

aún sigo en pie.

Esa noche, mientras Asori seguía luchando bajo las estrellas, el Sweet Kiss vibraba con cada latido.

Blair, en su habitación del castillo, no encontraba paz.

Se revolvía en las sábanas, incapaz de ignorar el pulso extraño que la unía a él.

Sentía cada colapso, cada respiración pesada.

Mikan, tumbada en la cama de al lado, la observó con media sonrisa burlona.

—¿No vas a dormir?

—No puedo…

—susurró Blair, llevándose una mano al pecho—.

Lo siento luchar, caer, levantarse…

siento su miedo.

Mikan se estiró como un gato, perezosa.

—Entonces confía en él.

Ese chico tiene una manía rara de sorprender a todos.

Creí que iba a quedar inconsciente con la patada que le dio Jason, pero resistió.

Tu noviecito es más fuerte de lo que parece.

Vivirá.

Blair cerró los ojos, con un nudo en el estómago.

Por primera vez, deseó con todas sus fuerzas que Mikan tuviera razón.

Hubo un silencio breve.

Solo se escuchaba el viento afuera y el crujir de la madera del cuarto.

Luego, la voz de Mikan volvió a romperlo.

—Por cierto…

¿Cómo es que lo “sientes”?

¿Tienes alguna habilidad rara de la que no me has contado?

¿O simplemente estás tan enamorada que ya te inventas cosas?

Blair parpadeó, sorprendida por el comentario, y no pudo evitar soltar una pequeña risa.

Esa chispa inesperada alivió un poco su tensión.

Entonces le contó todo: cómo había conocido a Asori, cómo había usado el Sweet Kiss para salvarlo y cómo ese lazo había quedado grabado en ambos desde entonces.

Mikan arqueó una ceja.

—Así que le diste tu primer beso a un desconocido…

vaya, eres más intensa de lo que pensé.

—¡Lo hice para salvarlo!

¡Literalmente!

—exclamó Blair, con el rostro encendido hasta las orejas.

—Sí, sí…

ya entendí.

—Mikan levantó las manos como si se rindiera, aunque sonreía con picardía—.

Así comenzó su historia de amor.

—¡No es eso!

—replicó Blair, inflando las mejillas como una niña ofendida.

La ninja se rió con ganas, pero después bajó el tono y la miró más seria.

—Está bien, pero dime algo.

Lo que sientes por él…

¿Es por el vínculo?

¿O existiría igual, sin ese beso?

Blair se quedó inmóvil.

Sus dedos viajaron lentamente a sus labios.

Por un instante, la duda la golpeó.

¿Y si todo lo que sentía era solo un reflejo del Sweet Kiss?

¿Y si ese lazo confundía lo que realmente había en su corazón?

Pero en seguida la respuesta brotó, clara y firme.

Recordó cada momento con Asori: sus discusiones, sus palabras torpes, las risas compartidas, las lágrimas derramadas.

Recordó la forma en que la miró cuando apenas se conocieron en medio del bosque, esa conexión inexplicable que nació sin necesidad de ningún hechizo.

Sonrió, con la determinación brillando en sus ojos.

—El vínculo solo fue un empujón.

Lo que siento por Asori…

es real.

Mikan la observó fijamente, como evaluando la sinceridad en su voz.

Finalmente sonrió, satisfecha.

—Entonces no hay nada más que decir.

Aunque…

—se giró en la cama, apoyando la cabeza en su brazo— si te descuidas, igual me lo quedo.

Blair apretó los dientes, pero una sonrisa asomó en sus labios.

—Inténtalo.

Ambas rieron con sinceridad, la tensión deshaciéndose poco a poco.

No era solo una broma; en esa risa se estaba forjando un lazo nuevo.

Cuando el silencio regresó, Blair volvió a recostarse, mirando el techo oscuro de la habitación.

Aún podía sentir el latido del Sweet Kiss, sincronizado con el suyo.

Cerró los ojos y, en lo más profundo de su corazón, solo pudo susurrar: Asori…

vuelve pronto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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