El Orbe Sagrado - Capítulo 40
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40: Más allá del vínculo 40: Más allá del vínculo La posada estaba más tranquila de lo habitual.
Los ecos de los combates aún retumbaban en la mente de todos, pero el bullicio de la ciudad había menguado al caer la noche.
El grupo se reunió en la habitación principal, donde las lámparas de aceite arrojaban una luz tenue que teñía las paredes de ámbar.
Mikrom cruzó los brazos, su tono cargado de ironía: —No me quito de la cabeza la idea.
¿Por qué diablos Zeknier pondría a una portadora como premio?
Es como entregarle un arma cargada a cualquiera que la gane.
—No “a cualquiera” —corrigió Mikan, sentada con las piernas cruzadas sobre la mesa, mordisqueando un panecillo—.
A alguien “digno”.
Alguien que sobreviva al torneo.
Y ahí está la trampa: él controla las reglas, él vigila los resultados.
Blair frunció el ceño, su mirada perdida en el vacío.
—Quizás…
no sea un premio.
Quizás sea una carnada.
Si los portadores participamos, quedamos expuestos: quién es quién, cómo peleamos, qué podemos hacer.
Zeknier no necesita mover sus fichas…
nosotros las moveremos por él.
Mikan chasqueó la lengua.
—Exacto.
Nos pone a pelear entre nosotros y mientras tanto él observa desde su trono, tomando nota.
Como un gato mirando ratones en una caja.
Mikrom golpeó la mesa con el puño.
—Entonces lo que quiere es que nos desgastemos.
Que cuando llegue el momento de la verdadera guerra, no tengamos fuerzas.
—O que nos eliminen antes de que llegue esa guerra —añadió Blair en voz baja.
El silencio cayó unos segundos.
Asori permanecía contra la pared, brazos cruzados, masticando la idea.
—Entonces…
solo nos está observando.
Midiendo.
—Y nosotros cayendo en el juego —resumió Mikan con una sonrisa sombría.
El ambiente se tensó, pero Mikrom fue el primero en bufar y romperlo.
—Sea como sea, no importa.
Ganamos, aseguramos a la portadora y nadie conoce la identidad de Blair.
Fin de la historia.
Blair lo miró con una mezcla de orgullo y fastidio.
—No es tan simple, Mikrom.
No se trata solo de ganar.
Asori alzó la vista, decidiendo cambiar el rumbo de la conversación: —Los combates de hoy fueron fáciles…
demasiado.
Pero vi a varios que usaron fuego, aire…
y no eran portadores.
Eso significa que hay más secretos en este torneo.
Y si yo uso un truco, aunque sea mínimo, talvez no llamare la atención.
Pero igual tengo que limitarme.
Blair arqueó una ceja, seria al principio.
—Sí, y yo te estaré vigilando.
Ni se te ocurra pasarte de listo chico de las montañas.
Asori sonrió de lado.
—¿Ahora me vigilas en el campo de batalla también?
Pensé que ya era suficiente con tenerte hasta en mis pensamientos debido al Sweet Kiss.
Blair agarró una almohada y se la lanzó con fuerza.
Asori la atrapó, riendo.
—Fallaste Princesa Canosa—se burló, agitándola en el aire.
—Ojalá así reacciones mañana en tus combates —replicó Blair, cruzándose de brazos.
Asori dio un paso hacia ella, inclinándose apenas.
—Si me prometes otra “recompensa de logística” después del combate, quizá lo haga.
Blair se quedó roja hasta las orejas.
—¡No digas esas cosas frente de todos!
Pero solo…si te portas bien, puede que si te de otra recompensa por tu esfuerzo.
Mikan casi se atragantó con el panecillo de la risa.
—Ah, me encanta.
Son como dos niños de escuela coqueteando en medio de clases.
Mikrom negó con la cabeza, pero sonrió de reojo.
—Si sobreviven a punta de discusiones, quizá sí tengan futuro.
Asori volvió a apoyarse contra la pared, satisfecho con la reacción de Blair.
—Entonces quedamos así: tú me vigilas, yo peleo…
y si gano, quiero mi recompensa.
Blair lo miró de reojo, mordiéndose el labio para no sonreír.
—Está bien.
Pero que quede claro que lo hago solo para que estes motivado.
El grupo soltó carcajadas.
Por un momento, la sombra de Zeknier y su carnada pareció quedar lejos, como si la risa tejiera un refugio breve en medio de la tormenta.
Más tarde, Blair se levantó con un bostezo elegante .
—Estoy agotada.
Voy a descansar ¿Nos vamos a la habitación Asori?
Asori se enderezó al instante, casi nervioso.
—Si.
Los dos se retiraron a la habitación.
La luna se colaba por la ventana, bañando la cama con un brillo plateado.
El murmullo lejano de la ciudad ya casi había muerto, solo quedaba el crujido de la madera y el viento colándose por las rendijas.
Blair se sentó en el borde, y Asori se dejó caer a su lado, con un suspiro largo.
—Nunca hablamos de tu entrenamiento en Aeryon…
—dijo ella, con voz suave, acariciando el borde de la manta.
Asori bajó la mirada a sus manos, aún marcadas por cicatrices recientes.
—Fue…
duro.
Pensé que no saldría vivo más de una vez.
—Sus dedos temblaron levemente, recordando—.
Hubo momentos en los que el aire mismo me aplastaba, y cada respiración era como tragar fuego frío.
Pero…
aprendí algo.
El viento no es solo fuerza.
Es paciencia.
Es escuchar, es confiar.
—Sonrió apenas, cansado pero sincero—.
Y me di cuenta de que, si quiero protegerte, necesito más que poder y sobre todo, necesito control.
Blair lo miró en silencio.
No era el mismo chico que encontró en aquel bosque.
Ahora había madurez en su voz, un peso distinto en sus palabras.
Esa determinación la hacía sentir segura…
y, más que nunca, unida a él.
—Suena como si hubieras crecido años en una semana —murmuró con una sonrisa cálida.
Asori encogió los hombros, torpe.
—O quizá solo me estoy poniendo viejo demasiado rápido.
Blair soltó una risa suave que llenó la habitación.
—Por favor, apenas tienes 17.
—Cumpliré pronto los 18, ya soy todo un adulto—Dijo Asori con una voz gruesa muy fingida.
Conversaron así, de todo y de nada, hasta que la voz de Asori se fue apagando.
Sus párpados se volvieron pesados, y al final se quedó dormido recostado contra ella.
Blair lo observó en silencio, acariciando suavemente su cabello.
Su mente, sin querer, se desvió.
—Jason…
—susurró, apenas audible.
Recordó su rostro, su mirada cambiante—.
No entiendo por qué eres así.
A ratos eres cruel, a ratos…
el chico que conocí.
Se detuvo.
Comparaba sin querer.
Jason siempre había sido un deber, un compromiso político, alguien con quien jamás pudo ser ella misma.
Con Asori, en cambio, todo era distinto: cada palabra torpe, cada sonrisa mal contenida, cada pelea absurda…
la hacían sentir viva.
Sentir que tenía elección.
Sus mejillas se encendieron al recordar lo que Mikan había insinuado sobre “ser más íntimos”.
¿Hasta dónde podía llegar esa conexión?
Ya no eran solo compañeros.
Ni solo amigos.
Habían pasado esa línea, aunque el peso de la guerra aún los mantenía en pausa.
Blair suspiró, bajando la vista hacia el rostro dormido de Asori.
Se veía tan en paz que dolía pensar en todo lo que le esperaba afuera.
—Idiota…
—susurró, rozando con la yema de los dedos la cicatriz más reciente en su mano—.
Ni siquiera sabes cuánto me importas.
Afuera, el viento golpeaba contra las ventanas.
Adentro, por un instante, todo lo demás desapareció.
Asori se removió en sueños y abrió los ojos lentamente.
Su voz salió ronca, como arrastrada desde lo más hondo del pecho.
—¿Tienes hambre?
Blair parpadeó, sin esperarlo.
—¿Eh?
Asori se incorporó, rascándose la nuca con torpeza.
—Pensaba que podríamos salir…
ya sabes, a buscar algo en las atracciones cerca de la arena.
Algo de comer.
Blair lo miró, arqueando una ceja con diversión.
—¿Y qué hay de Mikrom y Mikan?
—No te preocupes.
—Asori sonrió de medio lado, aunque se notaba lo mucho que le costaba—.
Mikrom me contó que logró convencer a Mikan de tener una cita.
Blair abrió los ojos, sorprendida.
—¿Es en serio?
Esa ninja no suele dejarse convencer tan fácil.
—Pues sí.
—Asori desvió la mirada, tragando saliva—.
Entonces…
yo pensé…
que nosotros también podríamos tener una.
—Se rascó la nuca otra vez, nervioso—.
No esperes mucho, nunca he tenido una cita.
El corazón de Blair dio un vuelco.
Un calor suave le subió a las mejillas.
—Claro que sí, tonto…
El silencio que siguió no fue incómodo, sino dulce.
Una tensión ligera, como electricidad antes de una tormenta.
Asori la miró de reojo, con una sonrisa torpe, y Blair apartó la vista de inmediato, luchando por contener la suya.
—Entonces…
—murmuró él, encogiéndose de hombros—.
Supongo que será mi primera cita oficial.
—Y yo tendré que enseñarte a no meter la pata —respondió Blair, cruzando los brazos, aunque su sonrisa la delató.
Ambos rieron suavemente, y esa risa fue suficiente para romper la incomodidad.
Mientras se preparaban para salir, la luna iluminaba las calles desde la ventana de la posada.
Ninguno lo sabía, pero sobre el techo una figura oscura se movía con pasos silenciosos.
Una sombra paciente, agazapada como un cazador que espera el momento exacto para atacar.
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