El Orbe Sagrado - Capítulo 41
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41: Nuestra primera cita 41: Nuestra primera cita La Ciudad Capital respiraba de otra manera por la noche.
Las calles empedradas brillaban con reflejos de faroles y braseros; el olor a especias, pan tostado y azúcar quemada se mezclaba con el de la lluvia vieja que a veces se quedaba prendida a las paredes.
A lo lejos, la arena del torneo recortaba el cielo como una corona negra, y más cerca, la feria nocturna levantaba su murmullo alegre: timbales, risas, pregones, el chasquido de aceite en sartenes.
En la habitación, Blair se ajustó la capa con capucha frente al espejo de metal bruñido.
Había escogido una ropa sencilla: blusa de lino color crema, falda práctica hasta las rodillas, botas ligeras y, sobre todo, la capucha baja para cubrir el cabello plateado.
Aun así, algo en ella desmentía el intento de pasar inadvertida: la espalda recta, el brillo de los ojos, la firmeza en las manos.
Princesa sin corona.
Asori, a su lado, peleaba con el cordón del buso azul que le regaló Eryndor.
Lo sentía inapropiado para una feria—lo sabía—, pero no tenía idea de cómo vestirse para una cita.
Arregló las mangas con torpeza y se giró.
—¿Así está…
bien?
—preguntó, como si se ofreciera en sacrificio.
Blair lo recorrió con una mirada que se le convirtió en sonrisa.
—No vamos a un combate, Asori.
—¿Entonces…
me cambio?
—No.
—Se sonrojó apenas, bajando la voz—.
Te ves bien.
Se quedaron un segundo en el borde del silencio, como si la palabra “bien” les hubiera dejado algo suspendido entre los dos.
Ella respiró hondo, alzó la capucha y tiró suavemente del buso de él para acomodarlo.
Asori tragó saliva.
—Vamos —dijo Blair.
La feria ocupaba tres calles y media plaza.
Había faroles con papel de colores, banderines, taxidermias imposibles y espectáculos callejeros: un faquir con brasas en la lengua, un violinista tuerto que arrancaba sueños de las cuerdas, una acróbata que giraba dentro de un aro flameante.
Los puestos de comida eran una guerra abierta por el olfato: brochetas glaseadas, panes de miel, bizcochos con crema, sopa de calabaza, buñuelos espolvoreados de azúcar.
Asori miraba todo con ojos de emoción.
De pronto, sin pensarlo, le tomó la mano a Blair “para no perderla”.
—Es para…
—empezó, rojo— no perdernos entre la multitud.
Blair apretó su mano con suavidad.
—¿Ves?
No es tan difícil.
A pesar de decir eso, a Blair se le desarmó el pecho debido al gesto que tuvo Asori.
—¿Tienes hambre?
—preguntó él, voz de quien nunca ha llevado a nadie a ninguna parte—.
Puedo…
conseguir pan de miel.
—¿Pan de miel?
—Blair sonrió—.
Vaya, alguien ha aprendido.
“Alguien” significaba “yo te vi intentando comprarme uno aquel día y luego no pudiste”.
Caminó con él hasta un puesto donde el pan se abría en capas doradas y el artesano vertía miel tibia desde una jarrita de cobre.
Asori compró dos, temblando como si la transacción fuera un examen.
—Abre la boca —dijo Blair, divertida.
—¿Qué?
—Que abras.
—Y le acercó un trocito de pan.
Asori obedeció, pero la miel se rebeló contra la gravedad.
Un hilo traicionero cayó por su barbilla.
—Ah—, tosió él, y casi se atraganta.
Blair se rió con esa risa suya que sonaba a campanas pequeñas y le limpió la miel con el pulgar, distraída, hasta que la consciencia los alcanzó.
La yema de ella, el mentón de él.
Se separaron como si el aire ardiera.
—Ahora tú —dijo él, buscando vengarse del universo.
Intentó darle de comer con la misma soltura.
No la tenía.
El pedazo fue demasiado grande; Blair lo mordió y, por suerte se manchó tan poco que bastó con que se chupara el labio.
Asori miró el gesto como si fuera una técnica secreta prohibida.
Parpadeó tres veces para recordar cómo se respiraba.
—Vamos a los juegos —propuso Blair, rescatándolo con piedad.
El puesto de puntería era atendido por un hombre con bigote enrollado y un sombrero absurdo.
Sobre una lona, blancos de madera giraban a distintas velocidades.
“Tira tres cuchillos, acierta dos y gana tu premio”, rezaba el cartel.
Blair pagó antes de que Asori lo pensara.
—¿Seguro?
—preguntó él.
—Te recuerdo que aprendí a no cortarme con mis propios espadas a los ocho años.
Lanzó.
El primer cuchillo clavó el blanco rápido, seco.
El segundo, con un leve giro de muñeca, partió un blanco pequeño como una moneda.
El público alrededor hizo “ooooh”.
Blair devolvió el tercero sin usar: no lo necesitaba.
El hombre del bigote, resignado, le ofreció una cesta de premios.
Ella revolvió como si escogiera destino y sacó un pequeño zorro de tela, zurcido, un poco feo.
Se lo puso a Asori entre las manos.
—Para que recuerdes que no todo se gana con fuerza chico de las montañas —dijo, con solemnidad fingida.
Asori abrazó el zorro como si tuviera alma.
—Mi primera…
cosa ridícula de feria.
—Es un zorro —corrigió ella—.
Y no es ridículo si te lo regalo yo.
No supo responder a eso.
Sus dedos, sin darse cuenta, apretaron más la mano de Blair.
Los siguientes puestos fueron excusas para estar cerca: un adivino que les leyó el futuro en posos de té “un camino difícil, dos luces, una sombra”; un relojero con cajas musicales mínimas; un mago pésimo que escondía mal las palomas.
Blair se reía fácil; Asori empezaba a reírse también, y cada risa nueva era un ladrillo en una casa que se construía entre los dos.
Llegaron a la “Rueda del Mirador”, una máquina de madera y hierro que subía canastos abiertos hasta una altura que cortaba la ciudad en mapa y miniaturas.
Se sentaron uno frente al otro.
Cuando la rueda arrancó, la feria se quedó abajo, bordada de luces.
—Mira —susurró Blair.
La Capital se desplegaba: canal oscuro como una cinta, torres con luciérnagas de aceite, calles desgranadas en sonidos.
La arena del torneo, a lo lejos, parecía un pozo de sombra rodeado de dientes.
Desde arriba, el miedo era otra cosa, más geométrica.
El viento les peinó la frente.
—Cuando termine todo esto —dijo Blair, con voz que no era de princesa ni de guerrera, sino de alguien que se promete algo—, quiero venir a un lugar así sin pensar en batallas.
Solo…
tú y yo.
Asori la miró, y le cayó encima toda la realidad: él, que había querido no meterse en nada; él, que había dicho “no es mi problema”; él, que ahora llevaba un zorro de tela bajo el brazo y el corazón expuesto en la garganta.
—Entonces no voy a morir —respondió—.
No puedo.
Tengo que ver ese día contigo.
Blair bajó los ojos.
Sonrió.
El canasto crujió suave.
La rueda se detuvo un segundo en la cima, como si el mundo contuviera la respiración para ellos.
El lazo del Sweet Kiss vibró a la altura de sus pechos, apenas, una nota íntima.
—Podemos…
intentar lo de “escucharnos mejor” —dijo ella, recordando la idea—.
El vínculo.
Tal vez, si nos concentramos, podamos…
hablar sin palabras cuando haga falta.
Asori asintió, serio.
—¿Cómo se hace?
¿Hay que usar más Astral?
¿O…?
—A veces —Blair se rió bajito—, a veces solo hay que estar más cerca.
Estaban muy cerca cuando lo dijo.
Tan cerca que los ojos dejaron de ser ojos y fueron solo color, y la respiración del otro se volvió propia.
Asori, con una torpeza que ya era su encanto, levantó una mano y la posó en la mejilla de Blair.
Ella cerró los ojos.
Él, también.
—Asori…
—susurró.
—Blair.
Se besaron.
No fue un beso de urgencia ni un remedio.
Fue un beso que caminó despacio y encontró su lugar.
El mundo, abajo, siguió con sus pregones; arriba, el viento se quedó quieto para no estorbar.
El lazo vibró, sí, pero no tiró de ellos: los acompañó.
—Esto…
—dijo él, apenas separándose— esto es mío y tuyo.
No del Sweet Kiss.
—Lo sé.
—Blair apoyó la frente en la de él—.
Por eso vale.
La rueda chirrió, empezó a bajar.
Y en ese descenso algo cambió.
Un roce de aire que no venía del viento.
Un sonido sordo, como un paso mal colocado.
Blair abrió los ojos, alerta.
Asori también, sin saber qué buscaba, sabiendo que buscaba algo.
No vieron nada.
Solo una sombra que se plegó al borde de un tejado y se hizo parte de la noche.
La feria siguió viva.
Ellos caminaron de regreso a la posada por calles menos ruidosas, compartiendo un vasito de leche especiada que compraron a una anciana con pañuelo.
Asori llevaba el zorro bajo la capa; Blair, su mano.
No necesitaban hablar.
A veces la magia era eso: un silencio que decía “estoy”.
—¿Crees que Mikan y Mikrom…?
—preguntó él, recordando de pronto.
—No quiero saber —dijo Blair, y rió—.
Aunque ojalá él no se pase de listo.
—Él se pasa de listo por deporte.
—Y ella mata por deporte —replicó.
Se miraron, cómplices.
En la entrada de la posada, un guardia dormía con la boca abierta.
Subieron la escalera de madera con cuidado para no hacer ruido.
Al llegar al pasillo, Asori se detuvo.
No era un pensamiento; era ese instinto nuevo que el entrenamiento le había dado.
Algo se movía donde los ojos no alcanzaban.
Un peso en el techo.
Una atención que no era la suya.
—¿Qué pasa?
—preguntó Blair, bajo.
—Nada.
—Mintió por reflejo y, al instante, se corrigió—.
Tal vez…
alguien nos mira.
Blair apretó su mano.
No por miedo; por decisión.
—Que mire.
—Le sostuvo la mirada—.
No vamos a escondernos del miedo.
Él asintió.
Abrió la puerta de la habitación.
Adentro, la luz era mansa.
Blair dejó la capa, se soltó el cabello, y en ese gesto diario hubo una ceremonia.
Asori colgó el buso en una silla , se le cayó, lo volvió a colgar, volvió a caerse; Blair, riéndose, se lo arregló.
Se sentaron al borde de la cama, hombro con hombro, como si el día todavía necesitara acomodarse.
—Hoy —dijo Blair, mirando a sus manos—.
Hoy fuiste feliz.
¿Te diste cuenta?
Asori pensó en el pan de miel, en la risa de ella, en la rueda, en el beso, en el zorro idiota que ahora parecía un talismán.
Y dijo: —Sí.
—Quiero que lo recuerdes mañana.
Pase lo que pase en la arena.
Quiero que te acuerdes que puedes ser feliz sin tener que pelearle todo a la vida.
—Voy a intentarlo.
—Él la miró, serio—.
Y si no puedo, me lo recuerdas.
—Trato hecho.
Se quedaron hablando un rato, cosas pequeñas: cómo el violinista parecía llorar con el instrumento; cómo la acróbata sonreía dentro del fuego; cómo el adivino dijo “dos luces y una sombra”.
Debajo de la cama, el zorro de tela vigilaba.
Asori fue cediendo al sueño, apoyando la cabeza en el hombro de Blair.
Ella le acarició el cabello, sintiendo cómo el lazo del Sweet Kiss, ahora, era solo un rumor amable y no una cuerda que apretaba.
Se preguntó—sin decirlo—si “ser más íntimos” significaría algún día más que besos y manos.
Se ruborizó sola en la oscuridad y le dio una palmada mental a Mikan por haberle puesto esa idea a dar vueltas.
—Buenas noches, mi idiota —susurró, y le besó la frente.
“Mi”, pensó él desde el borde del sueño, y ese posesivo lo acunó mejor que cualquier manta.
Sobre el techo de la posada, la sombra se agazapó al filo.
No era pesada; no dejaba huellas.
Sus ojos, dos carbones encendidos en una máscara, miraron el rectángulo de luz que se apagaba.
—El mocoso del viento —musitó, apenas una exhalación—.
Y la princesa muerta.
Al fin.
Se incorporó, felina.
El tejado crujió como una promesa.
—Interesante.
Muy interesante.
La sombra se deslizó por la noche, como una idea que aún no sabe en qué página caer.
Afuera, la feria seguía cantando.
Adentro, Blair y Asori dormían con las manos entrelazadas.
Mañana, la arena, esa noche, el mundo era pequeño y cabía en una habitación.
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