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El Orbe Sagrado - Capítulo 63

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  4. Capítulo 63 - 63 El Nacimiento de una Reina Interina
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63: El Nacimiento de una Reina Interina 63: El Nacimiento de una Reina Interina El eco de los pasos de Blair resonaba en los pasillos del castillo, más firmes de lo que solían ser.

Ya no era la muchacha escondida detrás de una capucha, ni la princesa que se negaba a aceptar su linaje: era Blair Julis D’Blank de Azoth, heredera del trono, y por decisión propia se había convertido en reina interina.

Su reflejo en los vitrales que dejaban entrar la luz matinal la hizo detenerse.

Llevaba un vestido sencillo, azul profundo con bordados plateados, y su cabello recogido en una coleta alta.

No llevaba corona —Tifa le había aconsejado esperar—, pero la postura y la mirada bastaban para dejar en claro quién era ella desde ese momento.

Respiró hondo.

Sabía que lo que venía sería mucho más duro que cualquier batalla que haya enfrentado hasta ahora.

El gran salón del consejo estaba lleno.

En la mesa ovalada se encontraban los seis consejeros más veteranos del reino, junto a Tifa, quien presidía la sesión.

Algunos la observaban con respeto, otros con duda, y unos pocos con abierta desconfianza.

Cuando Blair entró, todos se pusieron de pie por protocolo, pero la tensión se palpaba en el aire.

—Su Alteza —dijo Tifa, presentándola con solemnidad—.

La princesa Blair, legítima heredera de Azoth, asume hoy sus deberes como reina interina.

Blair inclinó la cabeza con dignidad.

—Agradezco sus servicios al reino.

Sé que no será fácil aceptar a alguien tan joven en esta mesa, pero prometo que cada decisión que tome será por el bien de nuestro pueblo.

Un murmullo recorrió la sala.

El consejero Garius, un hombre de barba gris y ojos penetrantes, carraspeó.

—Con todo respeto, Su Alteza, ¿Cree tener la experiencia para manejar la política de cuatro imperios y un reino en crisis?

El comentario pesó en el ambiente, pero Blair no retrocedió.

—No la tengo.

Y sería una necia en decir lo contrario.

Pero tengo algo que ningún título puede otorgar: el deseo de proteger este reino, porque es mi hogar, y de restaurar la dignidad que Zeknier arrebató a nuestra gente.

Las palabras, pronunciadas con calma y seguridad, hicieron que varios consejeros bajaran la vista, reflexivos.

Tifa la observó con un leve orgullo en sus ojos.

Terminada la formalidad inicial, Tifa ordenó que trajeran unos cofres sellados.

Dentro había pergaminos y prototipos de orbes.

—Estos son los proyectos secretos del reino —anunció Tifa—.

Orbes forjados con cristales de Astral.

Son poderosos, pero inestables.

Pueden volverse letales contra quien las use si no hay suficiente control.

Blair tomó uno de los pergaminos y leyó con atención.

—¿Esto significa que podemos crear soldados capaces de imitar a los portadores?

—Imitarlos, sí.

Igualarlos, jamás —respondió Tifa con firmeza—.

Pero en tiempos de guerra, incluso una copia débil puede cambiar el curso de una batalla.

Los consejeros debatieron acaloradamente.

Algunos pedían producir más armas, otros temían que eso atrajera la atención de Zeknier antes de tiempo.

Blair escuchó cada argumento, sin interrumpir, hasta que levantó la mano.

—No podemos convertirnos en lo mismo que Zeknier.

No quiero un ejército de hombres tratados como herramientas desechables.

Si estos orbes han de usarse, será solo como último recurso, y solo bajo la supervisión de quienes puedan controlarlos.

El consejo quedó en silencio.

Incluso Garius, que había mostrado desconfianza, la miró con un respeto renovado.

El aire de los jardines estaba frío esa tarde, impregnado del aroma de las flores nocturnas.

Blair caminaba junto a su tía, en silencio.

Después de tantas horas de reunión, necesitaba respirar lejos de los muros del trono.

—Hablaste con la fuerza de una reina —dijo Tifa, sentándose en un banco de piedra cubierto de musgo—.

Tus palabras le dieron esperanza a más de uno.

Blair sonrió con timidez, aunque sus ojos reflejaban cansancio.

—Y sin embargo… siento que entiendo tan poco.

Hay tantas cosas de esta guerra que nadie me dice.

Tifa guardó silencio por unos segundos, observando las estrellas que empezaban a asomar.

Finalmente, habló con voz baja, casi un suspiro.

—Quizá ya es hora de que conozcas algo del pasado.

Sobre lo que realmente provocó todo esto.

Blair giró hacia ella, atenta.

—Hace muchos años —empezó Tifa, con un tono melancólico—, Azoth no conocía el miedo ni la oscuridad.

En aquel tiempo, yo estaba casada con un hombre noble.

Era valiente, sabio… el tipo de persona que podía inspirar incluso a los dioses.

Creía que el mundo podía ser justo si la gente lo era también.

Blair notó un leve temblor en la voz de su tía.

—¿Mi tío?

—preguntó en voz baja.

Tifa asintió, sin mirarla.

—Sí.

Tu tío.

Pero un día, algo cambió.

—Su mirada se perdió entre los rosales—.

Los dioses le dieron la espalda a nuestro pueblo.

O eso fue lo que él creyó.

En su intento por comprenderlos, por desafiarlos… se perdió.

Blair frunció el ceño, confundida.

—¿Se perdió?

—El hombre que conocí murió ese día —dijo Tifa, apenas audible—.

Lo que quedó… ya no era humano.

Solo había ira, un rencor tan profundo que ni el amor ni la razón podían alcanzarlo.

Y luego vino la tragedia.

El templo ardió, y con él… nuestro hijo.

Blair se quedó helada.

—¿Tenías un hijo?

Tifa asintió, con una sonrisa triste.

—Sí.

Era apenas un niño, pero su luz era tan brillante… que creo que incluso los dioses la envidiaron.

Cuando lo perdí, él también se quebró.

Desde entonces, juró venganza contra los cielos.

Su odio lo transformó, lo volvió algo más.

Y así nació la guerra.

El silencio cayó entre ambas.

El viento movió las hojas, y Blair sintió un escalofrío.

—Tía… ¿estás diciendo que Zeknier…?

Tifa la interrumpió suavemente, pero sin negar nada.

—Estoy diciendo que el odio, una vez que echa raíces, puede volver a cualquier hombre irreconocible.

Y que incluso los más justos pueden caer si pierden lo que aman.

Blair bajó la mirada, mordiéndose el labio.

—¿Y si yo también caigo?

¿Y si me parezco más a él de lo que creo?

Tifa tomó su mano con firmeza.

—No.

Tú tienes algo que él perdió para siempre: amor.

Amor por tu gente, por tus amigos… por Asori.

Ese es tu escudo, Blair.

No lo olvides.

La princesa asintió, aunque su mente seguía girando.

Esa noche, ya en su habitación compartida con Asori, Blair se dejó caer en la cama con un suspiro profundo.

Asori, que estaba terminando de sacarse las botas tras otro día de entrenamiento desastroso intentando volar, la miró con una sonrisa cansada.

—Vaya, parecías toda una reina ahí abajo.

Blair rodó los ojos, pero no pudo evitar reír.

—¿Qué hay de ti?

¿Ya lograste volar más de tres segundos?

—¡Oye!

Hoy fueron cinco —replicó con fingida ofensa—.

Y además casi no me rompí nada.

Ambos rieron, y por un momento todo el peso del día se desvaneció.

Blair se acurrucó contra su hombro.

—¿Sabes?

A veces siento que me ahogo con tantas responsabilidades.

Pero cuando estás cerca… puedo respirar.

Asori la rodeó con un brazo, torpe pero sincero.

—Pues yo seguiré aquí, aunque me estrelle veinte veces contra el suelo.

Blair cerró los ojos, sonriendo.

Por primera vez, comenzó a aceptar que ser reina no significaba cargar con todo sola.

Tenía a Asori, y aunque aún eran jóvenes e inexpertos, juntos podían enfrentarse al mundo.

Al amanecer siguiente, mientras Blair se preparaba para otra ronda de reuniones, Asori aún dormía profundamente, agotado de su entrenamiento.

Ella lo observó unos segundos, con ternura.

Se inclinó y le susurró al oído: —Prometo que haré lo que esté en mis manos para ser una reina digna de ti… y de este reino.

Lo besó suavemente en la frente antes de salir.

En los pasillos, la esperaba un nuevo día de deberes y decisiones.

Y aunque el camino sería duro, Blair caminaba con la frente en alto.

Porque ahora no era solo la princesa perdida: era la reina interina de Azoth.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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