El Orbe Sagrado - Capítulo 64
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64: Procesos 64: Procesos El amanecer sobre el monte Aeryon tenía algo sagrado, el sol emergía lento detrás de los picos, bañando las rocas con tonos dorados y lilas, mientras las nubes danzaban entre los riscos como corrientes vivas.
El aire, denso y frío, descendía con la pureza del Astral, cargando cada respiración de energía.
Asori se encontraba de pie al borde del precipicio, mirando sus manos.
Las abría y cerraba una y otra vez, observando las palmas como si en ellas siguieran grabadas unas heridas invisibles que aún ardían con una mezcla de dolor y culpa.
Sabía que ya habían sanado gracias al Sweet Kiss de Blair, pero cada vez que miraba sus palmas sentía el filo de la espada de Kael atravesándolos.
El recuerdo era tan nítido que, a veces, debía apartar la mirada para no vomitar.
Le costaba respirar, contener los temblores, recuperar la compostura antes de que el miedo volviera a apoderarse de él.
A sus espaldas, Eryndor lo observaba en silencio, apoyado en su bastón, con esa paciencia eterna que solo los sabios poseían.
No habló de inmediato; dejó que el viento dijera lo que las palabras no podían.
Pero cuando vio que Asori apretaba los puños con rabia, finalmente habló.
—El viento no castiga, muchacho —dijo con voz grave pero serena—.
Solo te recuerda que sigues vivo.
Asori giró, intentando forzar una sonrisa.
—¿Eso fue una metáfora o una burla?
—Ambas —replicó Eryndor, esbozando una media sonrisa—.
Si sigues dejando que el pasado te ate las manos, el viento no te querrá cargar… y vivirás anclado a aquello que ya no puede hacerte daño.
Asori bajó la cabeza.
Su maestro tenía razón.
Desde que el torneo terminó dormía poco.
Las noches eran un desfile de imágenes: Kael riendo, la espada brillando, la mirada de Blair llena de horror luego de ser atacada.
Y aunque ella dormía abrazada a él cada noche, Asori temblaba en silencio para no despertarla.
Ella ya había sufrido demasiado; no era justo sumarle su propio tormento.
—No he dormido bien —admitió al fin, en voz baja.
Eryndor asintió despacio.
—Lo sé.
Tus ojos te delatan.
—Se acercó y lo miró de frente—.
Dime, ¿Qué es lo que realmente te mantiene despierto?
¿El dolor o la culpa?
Asori miró hacia el vacío.
El viento sopló con fuerza, levantándole el cabello.
—Ambos —susurró—.
Me duele recordar… pero también me duele haber sentido placer al pelear.
Cuando Kael me atravesó las manos creí que moriría, pero algo dentro de mí despertó.
Una rabia, un fuego… y por un instante lo disfruté.
Disfruté verlo caer, como si una parte de mí pidiera sangre.
Y no sé como sentirme al respecto.
—Ah —asintió Eryndor—.
La frontera entre el instinto y la furia.
Todos los guerreros la cruzamos alguna vez.
—¿Y cómo la detienes?
¿Cómo evitas dejarte llevar por esos impulsos?
Maestro… yo de verdad quería matarlo.
Quería hacerlo sufrir.
No sé si fui demasiado débil para hacerlo… o demasiado fuerte para romper mi promesa con Blair.
Eryndor apoyó una mano en su hombro.
—No la detienes —dijo con calma—.
La reconoces y la domas.
Si la niegas, te devora.
Y déjame decirte algo: el hecho de que no lo hayas matado no te hace débil, Asori.
Te hace fuerte.
Cumpliste tu promesa.
El viento rugió a lo lejos, chocando contra las rocas, como si respondiera a su rabia contenida.
—¿Sabes qué es lo más curioso?
—continuó Eryndor, dando un paso atrás—.
Allá abajo la gente te llama “Campeón de la Capital”.
Asori soltó una risa amarga.
—Sí, como si lo mereciera.
Mikan fue quien ganó el torneo.
Yo solo… tuve suerte de vencer a Kael.
Él se confió, y cuando tuve la ventaja ya no supo cómo reaccionar.
No soy tan fuerte.
—¿Suerte?
—repitió el sabio, arqueando una ceja—.
El título no se gana con fuerza ni técnica, sino con lo que representas.
La gente vio a un joven que se levantó cuando todo su cuerpo pedía rendirse.
Eso es lo que admiran.
No importa que no ganaras la final; te ganaste algo más valioso: su esperanza.
Asori lo miró sorprendido.
Eryndor sonrió levemente.
—El miedo no te hace indigno, muchacho.
Te hace humano.
Y enfrentarlo te hace valiente.
Las palabras se quedaron flotando entre ellos.
Por un momento, el título de Campeón de la Capital dejó de sonar vacío.
Se volvió un símbolo, algo más grande que él mismo.
—Maestro… —murmuró finalmente—, ¿Alguna vez tuvo miedo?
Eryndor soltó una pequeña risa.
—El miedo fue mi primer maestro.
Y el viento, el segundo.
Ambos me enseñaron a no quedarme quieto.
Más tarde, mientras el sol subía sobre los valles, Eryndor lo condujo a una meseta aún más alta.
Desde allí, el mundo parecía infinito.
—Antes de continuar —dijo el sabio—, quiero que me respondas algo.
¿Por qué peleas?
Asori se tomó unos segundos.
—Por Blair.
—¿Y si ella ya no necesitara que la protegieras?
El joven dudó.
—Entonces… no lo sé.
Eryndor asintió lentamente.
—Ahí está tu error.
Si tu propósito depende de otra persona, cuando la pierdas te quedarás vacío.
—No voy a perderla.
—Todos perdemos algo, Asori —dijo el sabio con voz suave—.
La diferencia está en aprender a seguir soplando… como el viento.
El silencio se extendió, lleno de significado.
—Maestro —preguntó de pronto Asori—, ¿Existen sabios de cada elemento?
—Sí.
Cada uno protege el equilibrio del Astral y entrena a quienes podrían ser sus sucesores.
Todos poseemos el mismo nivel de poder.
—Entonces, ¿Por qué ustedes no enfrentan a Zeknier y acaban con todo esto?
Si tienen tanto poder… Eryndor suspiró, apoyando el bastón en el suelo.
—Porque no es nuestro deber.
—¿No es su deber mantener el equilibrio del mundo?
—No así.
—Su voz retumbó, grave—.
Los sabios no ganamos guerras, Asori.
Solo aseguramos que haya quienes puedan reconstruir el mundo después de ellas.
Si intervenimos, romperíamos el equilibrio del Astral.
Y si resolvemos las batallas de esta generación, ustedes jamás aprenderán a levantarse por si mismos.
El viento sopló más fuerte, arrastrando polvo y hojas a su alrededor.
Eryndor volvió a mirarlo, serio pero sereno.
—Recuerda esto, muchacho: no estamos aquí para detener la tormenta.
Estamos aquí para enseñarte a volar en medio de ella.
Asori lo observó, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que esas palabras no eran solo una lección… sino una promesa.
Miró el horizonte, luego a su maestro.
—Entonces… ¿Blair debería enfrentar a Zeknier?
—preguntó Asori, su voz cargada de inquietud y duda.
Eryndor no respondió de inmediato.
El anciano mantenía los ojos cerrados, dejando que el viento hablara por unos segundos.
Las hojas giraban a su alrededor, y el sonido del valle parecía formar parte de su respiración.
—Podría hacerlo —dijo finalmente, abriendo los ojos—.
Si desatara todo su poder, Blair podría reducir a Zeknier a cenizas en cuestión de minutos.
Asori se quedó helado.
—¿Entonces… por qué no dejar que lo haga?
Eryndor apoyó su bastón en la tierra, clavándolo con suavidad.
—Porque la victoria a ese precio destruiría lo que intenta proteger.
—Alzó la mirada hacia el cielo—.
Si el pueblo ve en ella una fuerza que puede arrasarlo todo, la amarán por miedo… no por fe.
Y el miedo, muchacho, es una raíz que corroe los cimientos de cualquier reino.
—Pero ella es la más fuerte —replicó Asori, frustrado—.
Podría terminar con esto de una vez… —Sí, pero sin control, el fuego no distingue entre enemigo y aliado.
—Eryndor giró hacia él, su voz profunda, casi paternal—.
Blair aún no domina la totalidad de su Orbe.
Su alma tiembla cada vez que el fuego la llama.
Si lucha ahora con todo lo que tiene, puede perder algo más que el control: puede perderse a sí misma.
Asori bajó la cabeza, en silencio.El viento rugió entre los riscos, levantando polvo y arena a su alrededor.
—Entonces, ¿Qué se supone que hagamos?
—preguntó, la voz quebrándose apenas—.
¿Esperar a que ella esté lista mientras Zeknier destruye el mundo?
Eryndor se acercó despacio y posó una mano sobre su hombro.Su mirada no era de autoridad, sino de comprensión.
—No esperar… prepararnos.
Blair es la llama que iluminará el camino, pero el fuego sin dirección solo devora.
Ella debe traer estabilidad, guiar con compasión y fuerza.
Pero en el campo de batalla… —el anciano apretó su hombro con firmeza— será otro quien deba actuar.Alguien que no busque destruir, sino equilibrar.Alguien que entienda que pelear no siempre es sinónimo de matar.
Asori lo miró con los ojos abiertos, sorprendido.Eryndor sonrió levemente.
—El viento no busca imponerse al fuego —continuó—.
Lo sostiene cuando vacila, y lo aparta cuando amenaza con consumirlo todo.
Tú, Asori… eres ese viento.Quizá el destino no te eligió por tu fuerza, sino por tu equilibrio.
Asori sintió un nudo formarse en el pecho.
—¿Y si no soy suficiente para eso?
—susurró.
Eryndor soltó una breve risa nasal, mezcla de ternura y cansancio.
—Nadie lo es al principio.
El equilibrio no se alcanza sin romperse antes.Pero escúchame bien, muchacho: cuando logres romper tus propios límites, cuando seas capaz de contener tu poder sin dejar que te consuma, entonces habrás encontrado el verdadero dominio.
No el de los músculos ni el de la furia, sino el dominio de ti mismo.
El sabio dio unos pasos atrás y señaló el horizonte.
—Cuando llegue el momento, Blair llevará la corona… pero tú deberás cargar la tormenta.
Y recuerda: una tormenta no destruye si aprende a fluir con el cielo.
Eryndor comenzó a caminar hacia el sendero, dejando que su bastón marcara un ritmo pausado sobre las piedras.
Antes de alejarse del todo, se detuvo y habló sin mirar atrás: —Blair debe aprender a reinar sin perderse.
Tú, Asori… a luchar sin perderte en la lucha.Y cuando ambos lo logren… el mundo volverá a respirar.
El sonido del bastón se perdió entre los ecos del viento.
Asori permaneció allí, solo, mirando el abismo que se extendía bajo el precipicio.El aire frío le rozaba el rostro, y por primera vez en mucho tiempo, no lo sintió como un empuje… sino como un llamado.
Cerró los ojos, extendió las manos y respiró.Sintió cómo el viento giraba a su alrededor, no para elevarlo aún, sino para recordarle que cada ráfaga tenía un ritmo, una dirección y una calma escondida.
—Romper mis límites… —murmuró para sí mismo—.
Controlar el viento y no dejar que me arrastre.
Asori cerró los ojos.
Entendía, aunque dolía.
Blair siempre decía que quería ser una reina amada, no temida.
Quizá por eso pasaba horas escuchando a los campesinos, firmando decretos, limpiando su propio nombre ante el pueblo.
Eryndor se acercó y puso una mano sobre su hombro.
—Ahora basta de hablar.
Es hora de volar.
Asori suspiró, exasperado.
—¿Otra vez?
Ya me lancé como veinte veces.
—Y te estrellaste veinte veces.
Pero el viento aún te espera.
Vamos.
Ambos se acercaron al borde del risco.
El aire era tan fuerte que empujaba hacia atrás.
Asori cerró los ojos, intentando ignorar los recuerdos de las caídas anteriores.
Sintió el Astral recorriéndole el cuerpo, pero esta vez, en lugar de forzarlo, lo dejó fluir.
Eryndor observó sin decir palabra, solo con una sonrisa casi paternal.
—Recuerda, muchacho —susurró—, no estás tratando de dominarlo.
Estás pidiéndole que te acompañe.
Asori dio un paso adelante… y saltó.
Por un instante, cayó.
Pero luego el viento lo sostuvo.
Sus brazos se abrieron instintivamente y las corrientes lo rodearon, llevándolo hacia arriba.
No era un vuelo perfecto, pero era real.
Por primera vez, el aire lo aceptaba.
Rió, libre, sintiendo cómo cada golpe, cada herida, cada miedo se disolvían en la altura.
—¡Lo logré, maestro!
¡ESTOY VOLANDO!
Desde la cima, Eryndor lo observaba, con una sonrisa orgullosa.
—Eso no fue volar… —murmuró—.
Fue confiar.
Esa tarde, Blair se encontraba en los jardines del castillo.
La rodeaban campesinos, mercaderes y ancianos que habían viajado desde distintos pueblos para presentar sus quejas.
Sentada en un banco de piedra, escuchaba con atención cada historia, anotaba nombres, preguntaba detalles.
No prometía milagros, pero ofrecía soluciones reales, y eso bastaba para que la gente sonriera al marcharse.
—Su Alteza —dijo un anciano con voz temblorosa—, usted… usted nos recuerda a la reina Elena.
Blair se detuvo un instante.
Su sonrisa se suavizó.
—Entonces espero hacerle honor a mi madre —respondió, con un brillo nostálgico en los ojos.
Cuando la reunión terminó, el sol ya comenzaba a descender tras las murallas, tiñendo el cielo de tonos dorados.
Fue entonces cuando Asori apareció entre los senderos, cubierto de polvo, con la ropa hecha trizas y una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Blair!
—gritó desde lejos, levantando los brazos— ¡Volé!
Blair parpadeó, incrédula, y luego soltó una carcajada.
—¿En serio?
—Sí, aunque el Maestro dirá que fue un accidente controlado.
—Eso suena exactamente a Eryndor.
Ambos rieron.
La tensión del día se disolvió en esa risa compartida.
Esa noche, la luna bañaba los balcones del castillo con una luz plateada.
Blair y Asori estaban sentados uno junto al otro, observando el cielo.
El viento soplaba suave, jugando con el cabello de Blair como si también quisiera acariciarla.
Asori la miraba en silencio.
En sus ojos, el reflejo de las estrellas parecía danzar.
Quiso hablar, pero un nudo en la garganta le impidió hacerlo.
Blair lo notó al instante.
—¿Qué ocurre?
—preguntó con dulzura.
—Necesito hablar contigo —respondió él, bajando la mirada—.
No quiero que pienses que desconfío de ti, pero… Blair no lo dejó terminar.
Lo abrazó de repente, con una firmeza que desarmó sus palabras.
Apoyó la cabeza en su pecho y susurró: —No tienes que decirlo.
Ya lo sé.
Asori la miró, desconcertado.
Ella alzó el rostro y sonrió, cálida.
—No olvides lo que compartimos, Asori.
El Sweet Kiss también me conecta contigo.
Puedo sentir cómo estás, incluso cuando no hablas.
Al principio pensé que tus desvelos eran porque dormías conmigo… —rió suavemente—, pero pronto entendí que había algo más.
—¿Lo sabías todo este tiempo?
—Desde la primera noche.
Pero quería que tú me lo contaras.
Quería que confiaras en mí, no que lo hicieras porque podía sentirlo.
Asori bajó la cabeza, conmovido.
Blair le levantó el rostro con una mano y, en un tono bajo, añadió: —Ahora somos novios, ¿recuerdas?
Y eso significa apoyarnos.
No importa cuán ocupada esté en mis obligaciones… siempre voy a tener tiempo para ti.
Asori sonrió apenas.
—Eso es muy bonito de tu parte.
Blair arqueó una ceja, con esa chispa traviesa que siempre lo hacía perder la compostura.
—Deberías estar agradecido.
No todos los días uno tiene una novia que literalmente puede sentir tu corazón.
—Créeme, lo estoy —respondió él, riendo con suavidad.
Blair se acomodó en su pecho, entrelazando sus dedos con los de él.
Durante un rato, ninguno habló.
Solo escuchaban el viento rozando los balcones, la respiración del otro, el mundo quedando atrás.
—El viento nunca se detiene —murmuró Asori.
Blair levantó la vista, su cabello brillando bajo la luz de la luna.
—Ni nosotros —susurró.
El viento se llevó sus palabras hacia las montañas, donde el fuego de las antorchas del castillo ardía con calma.
Fuego y aire.
Dos fuerzas distintas, pero destinadas a elevarse juntas.
Por un instante, el mundo pareció detenerse, y solo existieron ellos… en ese equilibrio perfecto entre el calor y la brisa, entre la promesa y el presente.
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