El Orbe Sagrado - Capítulo 68
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68: Risas en el camino, sombras en el horizonte 68: Risas en el camino, sombras en el horizonte El amanecer los recibió con una brisa tibia que olía a pasto recién cortado y tierra húmeda.
El cielo se extendía sobre ellos como una bóveda de fuego naciente, donde los primeros rayos de luz teñían las nubes de dorado.
Por primera vez en mucho tiempo, el grupo viajaba sin esconderse.
No había capuchas ni rostros ocultos, ni temor a ser vistos.
Eran emisarios de Azoth, guerreros en camino a enfrentar un destino que cambiaría sus vidas para siempre.
Los caballos avanzaban por las praderas abiertas, donde el horizonte se perdía en la niebla.
Las montañas lejanas parecían dormidas, y el canto de los pájaros marcaba el ritmo del amanecer.
Asori cabalgaba al frente, con Aisha aferrada a su espalda.
La pequeña se inclinaba a cada lado, observando todo con la curiosidad desbordante de quien ve el mundo por primera vez.
—¡Amo, mire!
—exclamó, señalando al cielo—.
¡Mire esas aves!
¡Van todas juntas, como nosotros!
—Sí, pero ellas no tienen que preocuparse de quedarse sin desayuno —bromeó él con una sonrisa perezosa.
Aisha rió, un sonido frágil pero sincero.
—¿Siempre hace chistes de todo?
—Claro, es mi técnica secreta.
Si hago reír al enemigo, olvida que me está atacando.
—No creo que funcione —replicó ella, frunciendo el ceño.
Asori se volvió un poco, con una sonrisa ladina.
—¿Ah, no?
Pues mírate, ya bajaste la guardia conmigo.
Aisha escondió la cara contra su espalda, pero su risa la delató.
Por un instante, la inocencia pareció regresar al mundo.
Blair, que observaba desde su montura, sonrió.
Era imposible no hacerlo.
Ver a Aisha así, tan viva, tan niña, le recordaba por qué estaba luchando.
Más atrás, Mikan cabalgaba junto a Blair.
La ninja iba sentada con las piernas cruzadas sobre la silla, relajada y sin el menor respeto por la etiqueta real.
Entre sus dedos giraba una ramita, como si su mente estuviera tramando algo.
Su sonrisa traviesa era, como siempre, una mala señal.
—Así que… —empezó con fingida inocencia— ahora compartes habitación con tu querido Asori, ¿eh?
Blair casi se atragantó con el aire.—¡Oye!
Eso no es asunto tuyo.
Mikan ladeó la cabeza, divertida.—Oh, claro que lo es.
Las amigas hablamos de esas cosas.
Además… no me digas que no has pensado en “avanzar”.
Blair se sonrojó de inmediato, el rubor extendiéndose hasta el cuello.—¡Mikan!
No digas eso.
Nosotros… bueno, todavía no… —¿Todavía?
—repitió Mikan, reprimiendo una carcajada—.
Vaya, vaya… parece que la princesa canosa también tiene sus deseos escondidos.
Blair abrió y cerró la boca varias veces, sin saber cómo responder.—Yo… es decir… nunca hemos hecho nada más que dormir, abrazarnos y… besarnos un poco.
Tampoco es como si no quisiera, pero… ¡olvídalo!
Mikan fingió escribir en el aire con una pluma invisible.—“Tampoco es como si no quisiera”… anotaré eso.
Entonces, ¿quieres consejos para seducirlo?
—¡No necesito consejos!
—replicó Blair con voz aguda, aunque enseguida bajó el tono—.
Pero… tal vez… no me haría mal escuchar alguno.
Solo por curiosidad.
Mikan estalló en carcajadas tan fuertes que su caballo relinchó.—Sabía que no eras tan inocente como aparentas, Alteza.
Tranquila, te enseñaré un par de trucos.
Pero te advierto algo: los hombres como Asori no caen por belleza, sino por confianza.
Aunque… podrías intentar usar tus grandes encantos para reforzar el ataque.
Blair se irguió en la montura, roja como una antorcha.—¡¿A qué se supone que le llamas “grandes encantos”?!
¡Deja de mirarme los pechos, ninja pervertida!
Mikan soltó una risita descarada.—Oh, vamos, Blair, solo te estoy recordando tus armas secretas.
Si las usas con estrategia, la guerra está ganada.
Blair bufó, intentando mirar hacia otro lado, pero el gesto traicionó una sonrisa nerviosa.—Supongo que tienes razón… Asori no es como los demás hombres que he conocido.
Aunque… a veces me desarma sin hacer nada.
Mikan le guiñó un ojo.—Eso, mi querida reina, se llama amor.
Y te diré un secreto: es la única técnica que ni siquiera yo he logrado dominar.
Blair soltó una carcajada sincera, relajando los hombros.
El grupo avanzó en silencio durante unos minutos, hasta que la voz grave de Mikrom rompió la calma.
—Estaba pensando en mi hermana.
Blair giró la cabeza.
—¿Tienes una hermana?
—Tenía —corrigió él, con la mirada fija en el horizonte—.
Me la arrebataron hace años.
Nunca supe quién fue.
Puede que esté viva… o no.
Mikan dejó de bromear al instante.
Aisha bajó la cabeza, sin entender del todo, pero percibiendo el tono triste.
Blair se acercó un poco con su caballo.—Lo siento, Mikrom.
No sabía… —Nadie lo sabe —dijo él—.
Prefiero no hablar mucho de eso.
Pero a veces, cuando sueño, todavía escucho su voz.
Era pequeña, como Aisha.
Blair tragó saliva, sin saber qué decir.
—La encontraremos.
Te lo prometo.
Mikrom soltó una risa amarga.
—Si la guerra nos deja vivos, quizá.
Las palabras quedaron flotando en el aire, pesadas como plomo.
Solo el sonido de los cascos sobre la tierra rompía el silencio.
Asori decidió entonces cambiar el tema, mirando hacia Blair.
—Oye, Blair… ¿Cómo es Donner?
—¿Eh?
Ah es cierto, es la primera saldrás de Azoth, ¿Verdad cariño?
Ella sonrió levemente, pero Mikrom la interrumpió.
—Antes de eso, Asori… ¿Cómo era el lugar donde vivías?
Siempre que llegamos a un lugar nuevo te quedar boquiabierto, siempre hablas de que vivías en las montañas, pero nunca lo explicaste bien.
El joven se quedó en silencio unos segundos, como si buscara los recuerdos en su mente.
—Era… tranquilo.
Mi casa estaba en una montaña muy alta, rodeada de árboles y ríos.
Había pueblos un poco lejos de donde vivíamos, solo mi padre, mi madre y yo.
Sus ojos se suavizaron.
—Mi padre cazaba, traía comida, y mi madre… bueno, era el centro de todo.
Cantaba mientras cocinaba, cuidaba las flores, curaba mis heridas cada vez que me caía.
No teníamos mucho, pero nunca nos faltó nada.
—¿Y nunca viste un Megalo?
—preguntó Mikan, incrédula.
—Nunca —respondió él con una sonrisa—.
Tampoco sabía nada del Astral ni de la guerra, mis padres nunca me mencionaron eso.
El grupo lo miró en silencio.
—¿Entonces, nunca saliste de las montañas?
—repitió Mikan, sorprendida.
Asori negó con la cabeza.
—Ni siquiera sabía que existían otros reinos hasta que conocí a cierta princesa canosa —dijo Asori con una sonrisa ligera, mirando hacia ella de reojo—.
Todo lo que vi después… eran cosas que solo escuchaba en los cuentos de mi madre.
Blair lo observó con ternura, pero también con nostalgia.
—Eso explica muchas cosas… por eso todo fue tan nuevo para ti cuando nos conocimos.
Asori soltó un suspiro suave, mirando hacia el cielo despejado.
—Sí… supongo que vivía en un mundo sin Astral, sin batallas… solo con ellos.
Hizo una pausa, y su voz se volvió más baja.
—Pero aunque los tuve a mi lado, siento que hay algo que nunca supe.—Apretó las riendas del caballo, pensativo—.
El Orbe… por qué lo tenían.
Y sobre todo, por qué jamás me hablaron del mundo exterior.
Ni de los Megalo.
Ni de la guerra…Nada.
Blair percibió la tensión en su voz y sintió el impulso de tomarle la mano, pero antes de hacerlo, una vocecita se adelantó.
Aisha, que había estado escuchando con atención, se inclinó un poco desde su montura y lo tomó de la mano con sus dedos pequeños.
—Amo… me alegra que los haya tenido —dijo con dulzura—.
Yo nunca conocí a mis padres, pero cuando usted habla de los suyos… se siente muy bonito.Bajó la mirada, sonriendo con timidez—.
Aunque me da pena que ya no estén… pero no está solo, ¿sí?
Porque la princesa Blair nunca lo dejará solo… y yo tampoco.
Asori la miró sorprendido, y luego sonrió con una calidez sincera.
—Gracias, pequeña —dijo con voz suave—.
No sabes cuánto significa eso Asori le acarició la cabeza con ternura.
—¿Cómo se llamaban?
—preguntó Mikan, curiosa.
—Mi padre se llamaba Schneider y mi madre, Liliane.
Mikrom frunció el ceño, su expresión se endureció un instante.
—Schneider… ese nombre me suena.
Asori lo miró con interés.
—¿Lo conoces?
Mikrom negó rápido.
—No.
Debe ser otro.
El Schneider del que oí hablar cuando era pequeño tenia un apellido diferente al tuyo.
Blair sintió el cambio en el aire, pero prefirió no insistir.
Para aliviar la tensión, retomó la conversación con voz más animada.
—Donner es muy diferente a Azoth.
Su gente nació con afinidad al rayo, y eso los llevó a entender algo que nosotros apenas comenzamos a explorar: la electricidad.
—¿Electricidad?
—preguntó Aisha, ladeando la cabeza.
—Una forma de energía —explicó Blair con paciencia—.
Ellos descubrieron cómo canalizar el rayo para mover máquinas, encender luces y construir armas.
Sus ciudades brillan incluso de noche.
Asori la miró asombrado.
—Eso suena complicado.
Mikan rió.
—Sí, y son un dolor de cabeza.
Una vez tuve que cumplir un contrato allí, y te juro que moverse por las calles era muy complicado, quede sorprendida de lo diferente que es a Azoth .
Mikrom asintió.
—Yo también estuve allí, en mis días con el ejército.
Las fábricas rugen todo el día.
Es como si el cielo se hubiera metido bajo tierra.
Blair sonrió, complacida de verlos recordar algo sin dolor.
—Donner exporta su tecnología a los demás reinos.
Azoth sirve como punto de intercambio, un canal entre el norte, el sur y el oeste.
Por eso nuestra posición es tan importante.
Asori escuchaba fascinado.
—Entonces… ¿todo está conectado gracias a Azoth?
—Exacto —dijo ella—.
Caldus provee los minerales: hierro, oro, plata.
Veltramar domina los mares, sus barcos llevan las mercancías.
Y Donner provee tecnología.
Aisha levantó la mano, como si estuviera en clase.
—Entonces… ¿Donner es como una ciudad que usa truenos?
Mikan se echó a reír.
—Más o menos, pequeña.
La carcajada fue general.
Por unos minutos, el grupo olvidó las guerras, los títulos y los fantasmas.
Solo eran jóvenes en un viaje, riendo bajo un cielo inmenso.
El día avanzó lento.
Cruzaron valles cubiertos de hierba alta, donde el viento movía las hojas como un océano verde.
En una de las colinas, Asori se detuvo y miró hacia arriba, era un árbol gigante de manzanas.
—Aisha, ¿quieres ver algo genial?
—¡Sí!
—exclamó ella.
Asori canalizó Astral en sus piernas y saltó.
El viento lo envolvió y voló a la parte mas alta del árbol.
Aisha lo miró boquiabierta y Asori tomo un manzana para dársela a la pequeña.
—¡Amo, parece un pájaro!
Él aterrizó con una sonrisa confiada.
—Es genial, ¿Verdad?
Y eso no es todo, aprendí muchas técnicas nuevas.
—¡Amo, usted es increíble!
—respondió la niña, riendo.
Blair lo observaba desde su montura, y aunque sonreía, un nudo de orgullo y miedo se le formaba en el pecho.
—“Asori… cada día estás más cerca de convertirte en algo que ni siquiera tú entiendes”, pensó.
Al caer la tarde, las praderas se tornaron áridas.
La hierba desapareció, reemplazada por tierra seca y piedras agrietadas.
El aire cambió: olía a metal, a ceniza y a humo.
Mikan fue la primera en notarlo.
—Eso no es buen signo.
Blair entrecerró los ojos.
En el horizonte, delgadas columnas de humo se alzaban como agujas negras contra el cielo.
—Estamos entrando a Donner.
El silencio se apoderó del grupo.
Hasta Aisha se aferró más fuerte a Asori, sintiendo la tensión en el aire.
Los caminos estaban marcados por la guerra: casas saqueadas, campos quemados, carrozas volcadas.
Los restos de banderas calcinadas ondeaban entre el polvo.
Asori respiró hondo, ajustando las riendas.
—Bueno… supongo que aquí terminan los juegos.
Blair miró hacia el horizonte, donde los relámpagos caían entre las nubes, iluminando la silueta de un enorme reino lejano.
—Y comienza la verdadera prueba.
Nadie habló más.
Solo el viento siguió soplando, llevando consigo la risa que, poco a poco, se desvanecía entre las sombras de Donner.
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