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El Orbe Sagrado - Capítulo 9

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  4. Capítulo 9 - 9 El viento no da tregua
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9: El viento no da tregua 9: El viento no da tregua La sala larga del trono parecía un tablero inmenso.

Sobre la mesa central, un mapa de Ventos pintado a mano había sido cosido con tiras de cuero para resistir el uso: Azoth en el corazón, Niflheim al norte como una corona helada, Donner al este surcado por cadenas de montañas y tormentas eléctricas, Caldus al sur con su desierto y sus montañas de cobre, y Vetramar al oeste, costeado por puertos y salinas.

Estandartes plegados descansaban como animales dormidos.

Había olor a tinta, cera y metal.

Tifa sostenía un puntero de marfil.

Su postura era la de una reina que no deja espacio a la duda.

—No tenemos el lujo del tiempo —dijo sin rodeos—.

Zeknier mueve a sus acólitos en los bordes de Azoth y sube los impuestos donde la ley es débil.

Si espera dos meses, no es casualidad: quiere medirnos.

Por eso debemos sumar aliados y buscar portadores.

Blair escuchaba a su lado, capucha puesta por costumbre aunque estuviesen en palacio.

Sus ojos rojos seguían el puntero.

—¿A quiénes primero?

—Al norte —toc, el marfil golpeó Niflheim—.

La reina sin nombre en los cantos de taberna y con demasiados nombres en los tratados…

nuestra mejor esperanza.

Sus ejércitos están acostumbrados a campañas largas, y sus magos conocen el hielo como nosotros el pan.

Si Niflheim se inclina por Azoth, Zeknier pierde el juego.

—¿Y los portadores?

—preguntó Blair, con una sombra de urgencia—.

No bastará con soldados.

—No —admitió Tifa—.

Necesitamos que los portadores de los Orbes despierten.

Alguien del agua; alguien de la luz, tierra…

y el aire que ya despertó, pero tiene problemas de identidad.

El tirón leve en el pecho de Blair —ese hilito del Sweet Kiss— vibró como cuerda afinada.

Asori está en el ala este.

Se mueve.

Se frustra, pensó, y apretó los labios para que no se le notara la sonrisa.

Tifa continuó: —Hablé con el Sabio del Aire.

Desde hoy, Eryndor dejará de jugar con manzanas.

Empezará el trabajo serio: cuerpo y Astral.

Si Asori quiere vivir, no solo debe pelear, debe cruzar ese umbral.

—Eryndor…

—repitió Blair, saboreando el nombre que parecía a la vez brisa y roca—.

¿Crees que Asori lo soportará?

—No lo sé —Tifa le clavó una mirada honesta—.

Pero quiero que tenga la opción de elegir algo distinto a morir.

Hubo un silencio denso, como tela gruesa.

Blair deslizó los dedos por el borde del mapa hacia el este, el reino de Donner.

—Jason —susurró, casi para sí.

Tifa alzó levemente una ceja.

—Sigue en las montañas de Donner.

Entrena el rayo con los monjes de altura y el Sabio del Rayo.

Son duros, pero si alguien nace para el trueno…

—Es él —terminó Blair.

Se obligó a tragar.

El candidato.

La palabra dolía más por lo que ya no lo sería—.

Hace meses que no lo veo.

Si…

si algo le pasara, y yo…

—Elegiste salvar una vida —cortó Tifa con dulzura áspera—.

No gastes ese acto en arrepentimientos.

Jason es terco, vivirá.

Blair asintió, pero al salir de la sala permitió que la vista se le perdiera por la ventana, hacia el este, donde el cielo siempre parecía más brillante y peligroso.

Vive, bobo.

Vuelve con las botas chamuscadas y la sonrisa de siempre intacta, pensó Blair, antes de subir la capucha y desaparecer por el corredor como una sombra noble.

El patio del ala este había cambiado poco y, al mismo tiempo, todo.

Donde el día anterior colgaban cintas, hoy había campanillas nuevas, cuerdas, estacas, y un pilar de piedra con una argolla.

El estanque circular en el centro —la pequeña fuente— devolvía un cielo de mediodía tan azul que dolía.

Asori llegó arrastrando las botas, pelo alborotado.

Vio la cesta de manzanas y se iluminó.

—Perfecto.

Hoy baten récords conmigo: doce manzanas, doce fallos.

¡Eficiencia!

Eryndor —túnica azul celeste, cabello blanco atado, ojos de viejo río— negó con la cabeza.

—No habrá manzanas.

—¿Peras?

—probó Asori, con esperanza o terror, ya no sabía.

—No habrá frutas —la voz de Eryndor era una brisa que no se discute—.

Tifa ha hablado.

El viento trae guerra y no hay tiempo.

Asori se quedó quieto, pinchado por un orgullo que confundía con pereza y un miedo que enmascaraba de sarcasmo.

—El aire no corre —dijo—.

Sopla cuando le da la gana.

—Y nosotros con él —Eryndor señaló el pilar—.

Ve al centro.

Asori obedeció…

refunfuñando.

—¿Qué, me atamos y me rezan una oración?

—Algo así —sonrió el Sabio—Ahora sube.

Diez minutos más tarde, Asori colgaba boca abajo de la argolla, atado por los tobillos con un lazo ancho.

La cuerda, fijada al pilar, le dejaba balancearse sobre el borde del estanque.

En cada ida y vuelta, el cabello le rozaba el agua y el mundo se convertía en un carrusel de piedra, cielo y mareo.

—Esto es un atentado —gimió—.

¡Y sin testamento!

Eryndor se sentó en cuclillas a un metro, como quien observa un reloj.

—Haz lo que hicimos ayer, pero con tu cuerpo del revés: respira.

Cuatro adentro, seis afuera.

No luches contra el balanceo: domínalo.

Tu Astral es la cuerda: si lo tensas de golpe, se rompe; si lo dejas flojo, te ahogas.

—¡No puedo respirar si el mundo está al revés!

—El mundo no cambia porque tú lo veas invertido—Replicó Eryndor.

Asori cerró los ojos.

Cuatro, seis; cuatro, seis.

Al principio, cada exhalación lo empujaba peor.

Pero, poco a poco, su abdomen empezó a trabajar solo, marcando un ritmo que el balanceo obedeció.

Entonces Eryndor agitó la vara de bambú: el flujo del patio cambió, y con él el oscilamiento.

—¡Eh!

¡Trampa!

—La guerra es trampa con uniforme —dijo el Sabio con calma—.

Ahora, tensa solo el lado derecho del vientre.

Corrige sin manos.

Despacio.

Piensa en tu Astral expandiéndose como una membrana fina sobre la piel, envolviéndote.

No es fuerza, es forma.

Asori gruñó, pero hizo caso.

Pequeños músculos que creía de adorno empezaron a arder: oblicuos llorones, lumbares olvidados.

El balanceo se hizo corto, más corto, hasta que la cuerda cantó en una frecuencia más tranquila.

—Eso —murmuró Eryndor—.

Ahora, escucha otra cosa.

El Sabio dejó caer una piedrecita al estanque.

Las ondas se propagaron en círculos.

La cuerda, el cuerpo, el agua: tres ritmos.

Asori los distinguió como quien separa instrumentos en una orquesta.

—Quiero que alinees tu exhalación con la tercera onda —dijo Eryndor.

—¿La tercera de qué?

¡Veo la sangre bajando!

—Deja que tus costillas la sientan.

Asori probó: erró.

Probó otra vez: la cuerda lo lanzó y el cabello le chapoteó la frente.

A la quinta, acertó: su exhalación salió exacto cuando la tercera onda tocó el borde del estanque.

Por un latido, todo encajó: cuerda, cuerpo, agua, viento.

—Bien —concedió Eryndor con una curvatura microscópica de la boca.

—Voy a vomitar…

con elegancia —jadeó Asori.

—Vomitar con ritmo también es progreso.

El Sabio lo descolgó al fin.

Asori cayó sentado, jadeante, mareado y orgulloso pese a sí mismo.

—¿Eso me salvará de una espada?

—Te salvará de ti —repitió Eryndor—.

Y a veces eso incluye el filo.

—¿Qué sigue, oh torturador de los cielos?

—La Hoja en Huracán.

Eryndor lanzó un puñado de hojas secas al aire y, con la vara, creó un remolino dócil que las mantuvo danzando sobre la fuente.

—Atrapa una con los dedos de los pies.

Sin romperla.

—¿Con los…?

—Asori miró sus botas con horror—.

No firmé para esto.

—Ni el viento te firmó a ti.

Vamos.

Descalzo, tambaleante todavía, Asori subió al pilar bajo y estiró una pierna hacia la nube de hojas.

El remolino jugueteó, escondiéndolas; una pasó rozándole el empeine.

Intentó cerrarla con los dedos.

La hoja escapó.

—Sutil —dijo Eryndor—.

No es un pez.

Es una idea.

Atrápala suave o se rompe.

Tres, cinco, siete intentos.

Al octavo, la yema de sus dedos atrapó el borde de una hoja, que quiso quebrarse.

Asori relajó el agarre apenas, la “sujetó sin sujetarla”, y la hoja obedeció.

—…La tengo —dijo, en voz baja, como si hablara de un secreto.

—La tienes —confirmó Eryndor—.

Guárdala en el cinturón.

La primera hoja que te obedece.

Asori se la metió, solemne de repente.

El Sabio levantó un dedo.

—Prueba de campanillas.

Venda.

La venda de lino volvió a sus ojos.

Las campanillas —colgadas en el recorrido entre estacas— estaban a la espera de su primera nota.

Eryndor no caminó: movió el viento.

Corrientes cruzadas, pequeños empujones traicioneros, ráfagas pequeñas.

Asori avanzó con las manos en alto, aprendiendo a montar el aire como si fuese lomo de caballo: si empuja aquí, cargo allá; si cede allí, piso acá.

La primera campanilla se sacudió y él, por instinto, cambió el peso al antepié y la evitó.

—Una —dijo Eryndor.

Asori sonrió a ciegas.

En la cuarta, falló.

Tiling.

—Cuatro menos una —se burló.

—Otra vuelta —ordenó el Sabio.

A la tercera ronda, con sudor en la espalda y paciencia colgándole de un hilo, Asori cruzó el patio sin un solo tintineo.

Se quitó la venda y el mundo le pareció más nítido.

No por los ojos, sino por adentro.

—No me siento más fuerte —admitió—.

Solo…

menos torpe.

—A veces la diferencia entre morir y no morir cabe en esa palabra.

—Menos mal que no soy poeta.

—El viento lo es por ti.

Eryndor tomó cuatro jarras del borde del estanque.

Las volcó, una desde cada punto cardinal, creando cuatro cortinas de agua.

El sol hizo arcoíris pequeños.

Asori frunció el ceño.

—No me digas…

—Prueba de los Cuatro Puntos.

Ojos cerrados.

No te muevas mucho.

Muévete justo.

Que tu Astral forme una piel que redireccione las gotas.

Si lo haces bien, te mojarás poco.

Si lo haces mal…

—Seré sopa.

—Una buena sopa.

Asori cerró los ojos.

Sintió cómo las cortinas caían con ritmos distintos.

El viento de Eryndor apenas las tocaba, cambiando diagonales.

Asori ajustó hombros, inclinó el mentón, hueco la espalda, apretó el abdomen derecho, y el agua resbaló más de lo que golpeó.

Terminó empapado, sí, pero no ahogado.

Eryndor asintió, satisfecho.

—Para un primer día de prisa, vives.

—Para un primer día de prisa, odio un poco menos colgarme —concedió Asori, escurrido y medio sonriendo.

—Mañana, repites.

Y corres las campanillas.

—¿Corriendo?

¡Voy a romper todas!

—Aprenderás a que ni corriendo suenen.

El Sabio se retiró con una reverencia mínima, como quien guarda un instrumento.

Asori se dejó caer al borde de la fuente, piernas abiertas, respirando a fondo.

El pecho le latía con algo parecido a orgullo y algo parecido a miedo.

Estaba cansado, sí, pero de ese cansancio que une huesos y voluntad.

Sacó la hoja del cinturón y la miró un momento, riéndose por lo bajo de su propia seriedad.

Se la guardó como si fuese una medalla ridícula y preciosa.

El sol empezó a caer, deshilachándose en naranjas.

Blair cruzó el patio con paso suave, capucha arriba, un pañuelo de tela alargada en las manos.

—Traje pan —anunció, como si entregara un tesoro—.

Pan de verdad.

Crujiente y con miga.

Asori alzó la vista con la devoción de un creyente.

—Mi religión.

Se sentó a su lado.

Le entregó una pieza tibia.

Al romperla, el aire se llenó del olor exacto de una tarde que merece ser recordada.

Comieron en silencio unos instantes.

El Sweet Kiss vibró en Blair como un gato adormilado: sentía el cansancio de Asori, la punzada de orgullo, un leve latido de vergüenza por la hoja guardada.

La vi, pensó sin decirlo, la primera vez que te obedeció algo que no eras tú.

—Eryndor te colgó, ¿no?

—preguntó con falsa inocencia.

—Solo para sacar brillo a mi dignidad —masticó él—.

Y me hizo atrapar hojas con los dedos de los pies.

Si me lo cuentas ayer, me río.

Hoy, lo hice.

—Es que eres idiota —dijo Blair con ternura—.

Un idiota que aprende.

Él la miró de reojo, con esa media sonrisa que a veces era escudo y otras premio.

—Y tú una princesa canosa que trae pan para que los idiotas no mueran.

—Alguien tiene que impedir el desastre.

El silencio volvió, esta vez más denso y más cómodo.

El estanque empañó sus reflejos con la brisa.

De lejos, una trompeta ensayó un motivo corto, repetido, como si la ciudad practicara su propio corazón antes de una noticia.

—Hoy Tifa habló de Niflheim —dijo Blair, levantando la vista—.

Si la reina del hielo se inclina hacia nosotros, cambia el tablero.

Pero…

también habló de ti.

De que debías dejar las manzanas.

—Las manzanas me abandonaron primero —apretó el pan—.

Me puso cabeza abajo y me hizo jugar al péndulo.

Dijo que me salvaría de mí.

—Está en lo cierto.

Asori bajó la mirada a su propio reflejo moviéndose en el agua.

—No quiero ser un arma, Blair —soltó, por fin—.

No me levanto cada mañana pensando en salvar reinos.

Me basta con…

no sentirme inútil cuando llega el golpe.

—Eso —dijo Blair, suave— ya es querer salvar algo.

A veces lo primero que se salva es uno mismo.

Luego, con suerte, a otro.

Él asintió, tragando algo que no era pan.

—¿Y tú?

—se atrevió—.

Eso que llevas dentro…

cuando aparece, ¿duele?

Blair fijó los ojos en la línea del agua.

La joya-flor en la frente latió una vez, como un secreto.

—No duele —dijo despacio—.

Pero quema.

Y siento…

que la llama tiene memoria y no es la mía.

Como si me prestaran un salón entero construido con mi nombre pero decorado por manos que no reconozco.

Si lo abro de golpe, el fuego me toma.

Si lo cierro, me rompe por dentro.

—No lo nombres —murmuró Asori, sin mirarla.

—No todavía —confirmó Blair.

Sonrió—.

Mira, al fin aprendiste.

—No me acostumbres —contraatacó, medio jugando—.

Podría empezar a caerme bien mi vida.

Se rieron, callaron, mordieron pan.

El tirón del vínculo cambió de tono: una calidez que, de haber sido visible, habría tenido color de brasero recién avivado.

En la galería, unos pasos resonaron.

Un mensajero con tabardo de Azoth se detuvo a dos cuerpos, golpeó el pecho con el puño y extendió un tubo de cuero sellado.

—Para su majestad y los suyos —anunció—.

Proclamación de la Ciudad Capital.

Blair tomó el tubo, rompió el sello con el pulgar, desenrolló el pergamino.

Leyó en voz baja, con las cejas acercándose.

—Dos lunas —dijo al fin, guardando aire—.

Dos meses.

El torneo será anunciado oficialmente al alba, con recompensas…

y el “tesoro viviente” como segundo premio.

Asori se crispó.

—Ni les cambio el nombre.

Es esclavitud con brillo.

—Lo sé —los ojos de Blair ardieron un segundo—.

Y por eso iremos.

Para ganar aliados…

y para evitar que el “tesoro” siga siéndolo.

—¿Ganar?

—Asori arqueó una ceja, escéptico.

—O perder de la manera correcta —Blair dobló el pergamino—.

La primera que sea la posibilidad.

El mensajero se retiró.

Los grillos volvieron a coser la tarde a la noche.

—Mañana salgo a entrenar a la hora en que los gallos aún se lo piensan —gruñó Asori, incorporándose—.

Eryndor dijo “corriendo” campanillas.

Si no vuelvo, erige una estatua de pan en mi honor.

—Haré una de un pie manzana verde —guiñó Blair.

—Traicionera —sonrió él.

Se levantaron.

Por un segundo, no se tocaron; por un segundo, casi.

La brisa les empujó un paso más cerca sin que ninguno lo confesara.

—¿Empate?

—preguntó Asori.

Blair lo miró, sonrió con los ojos, y asintió.

—Empate.

El cielo, ya violeta, guardó la palabra como un juramento pequeño.

En algún lugar del palacio, Eryndor alzó la vista hacia la corriente alta que nadie más atendía y, satisfecho, murmuró para el viento: —Les queda mucho por correr.

Pero ya corren en la dirección correcta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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