El padre del bebé secreto del Caballero Omega... ¡¿es un Príncipe?! - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 El Príncipe Débil
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17: El Príncipe Débil.
Parte 1 17: El Príncipe Débil.
Parte 1 Hace quince años…
—¿Por qué estamos aquí otra vez?
—preguntó Ezra, mirando de reojo a Helios mientras caminaba a su lado.
Helios lo había sacado del entrenamiento con la espada para llevarlo al recinto del tercer príncipe.
A Ezra no le importaban mucho los otros príncipes.
El segundo, Kaelis o como se llamara, era ruidoso e irritante.
Y el tercer príncipe tampoco tenía buena reputación, así que Ezra nunca se había molestado en aprenderse su nombre por su propia tranquilidad.
—He oído que Aurien no ha estado reportándose con Padre, y él se está preocupando, así que me pidió que viniera a ver cómo estaba —dijo Helios, sonriéndole con ternura—.
Sé que estás ansioso por practicar tu esgrima, pero también quería pasar un rato contigo después de esto.
Espera aquí mientras voy a verlo.
A Ezra se le abrieron los ojos como platos.
«¿Quería… pasar tiempo conmigo?».
¿En serio?
Había estado tan centrado en entrenar, en estar pendiente de sus amigos y en intentar convertirse en un caballero fuerte que últimamente no había pasado mucho tiempo con Helios.
Y, sin embargo, de alguna manera, Helios se había dado cuenta.
—E-Está… ¿bien, entonces?
—tartamudeó Ezra, apartando la mirada mientras el calor le subía por el cuello hasta las mejillas.
Por el rabillo del ojo, vio que la sonrisa de Helios se ensanchaba un poco justo antes de que el chico mayor se girara hacia las escaleras del palacio.
—Puedes echar un vistazo.
El recinto de Aurien es el más grande de los tres, ya que… bueno, no es ningún secreto que es el favorito de Padre —añadió Helios con naturalidad, sin rastro de enfado o amargura—.
Seré rápido.
Te lo prometo.
Ezra no respondió.
Sentía el pecho oprimido, una mezcla de nerviosismo y algo a lo que no podía ponerle nombre.
Solo asintió y observó cómo Helios subía los escalones y desaparecía dentro, dejándolo solo en el patio.
«Siempre dice cosas muy raras», pensó Ezra, cambiando el peso de un pie a otro con nerviosismo.
De repente, el patio le pareció demasiado grande, demasiado silencioso.
Su mirada vagó por los setos recortados, la fuente de mármol que relucía bajo el sol y los altos ventanales del palacio.
«Uf.
¿Cuándo se me pasará esto?».
Ezra todavía sentía la cara caliente y su estómago se revolvía de una forma que no entendía, como si unas diminutas alas aletearan en su interior.
«Me siento tan… ¿raro?», pensó, parpadeando rápidamente.
Decidió dar una vuelta, con la esperanza de que moverse lo calmara.
El palacio se extendía infinitamente en todas direcciones.
Los jardines estaban inmaculados, los setos recortados con formas perfectas y los caminos de piedra, pulidos hasta brillar.
Las fuentes centelleaban bajo la luz del sol, proyectando pequeños arcoíris sobre el mármol.
Era fácil entender por qué Helios lo había llamado el recinto más grande.
—Realmente es… enorme —se susurró Ezra a sí mismo—.
Y el rey de verdad debe de favorecer al Príncipe Aurien para que le hayan hecho todo esto a medida.
Pero no pudo evitar preguntarse por qué.
Helios era inteligente, responsable, amable… prácticamente perfecto.
Y, sin embargo, Aurien tenía la atención del rey.
«No es justo…», pensó, frunciendo el ceño.
«Sobre todo porque he oído que el tercer príncipe es un cobarde.
¿Cómo podría un cobarde llegar a ser rey?
Un rey debería ser…».
—Vamos, chico.
Sabemos que vales más que esto.
—Míralo… ya está temblando.
Patético.
Las voces hicieron que Ezra se quedara helado.
Risas, bajas y crueles, provenientes de un rincón apartado del recinto.
Voces de hombres adultos.
«¿Otra vez?».
El pavor le recorrió la espina dorsal, enroscándose a su alrededor como dedos helados.
Recordó la primera vez que se había topado con Helios rodeado de chicos más grandes.
Se había sentido pequeño, asustado y completamente fuera de lugar, pero al final aquello había llevado a algo bueno.
Luego estaba Kaelis, rodeado de mujeres, riendo y coqueteando con ellas, haciendo que Ezra se sintiera incómodo de una manera que no entendía.
Siempre parecía ocurrir algo cada vez que se topaba con estas situaciones.
«Será mejor que eche un vistazo», pensó Ezra, maldiciendo su propia curiosidad.
Sus pequeños pies lo llevaron más cerca, con cuidado de mantenerse en las sombras.
Se apretó contra una columna de mármol y se asomó por el borde.
Caballeros.
No eran de los Centinelas Solares.
Sus uniformes eran distintos y pulcros, adornados con el emblema del tercer príncipe.
Ezra no recordaba sus nombres, pero supo al instante que eran los caballeros de Aurien.
Aún no se habían percatado de su presencia.
Sus risas resonaban en el patio, audaces y despreocupadas, haciendo que Ezra entrecerrara los ojos.
—J-Jean Luc… por favor, esto fue todo lo que pude pedirle a mi padre.
Si… si le hubiera pedido todo, él habría…—
PLAS.
El chasquido seco de una bofetada hizo que a Ezra se le encogiera el estómago.
Jadeó y, por instinto, salió tropezando de su escondite.
No le importaba si no era su pelea, no le importaba de quién fuera el asunto.
«¡No puedo… quedarme aquí mirando!».
—¡Eh!
—gritó Ezra, con la voz quebrada por la ira, aunque sonó débil en el vasto patio.
Seis caballeros se giraron al unísono, haciendo tintinear sus pulidas armaduras.
Todos se quedaron helados, con un destello de sorpresa en los ojos, antes de que la idea de que un niño pequeño les estuviera gritando pareciera calar en ellos.
El pecho de Ezra subía y bajaba mientras su mirada seguía sus movimientos, pero entonces vio a quién estaban acorralando… y todo dentro de él se detuvo.
Ojos dorados.
Pelo negro.
Todo lo que había oído sobre los tres príncipes encajó en ese instante.
Solo había un príncipe con el pelo negro y los ojos dorados.
«¿Es… Aurien?», gritó la mente de Ezra, con la incredulidad luchando contra el miedo.
El príncipe no se inmutó, ni siquiera pareció tan sorprendido como Ezra esperaba.
Aurien se mantuvo erguido, con la barbilla alta y los hombros rectos, pero su mandíbula apretada y el ligero entrecerrar de sus ojos contaban una historia diferente.
Estaba acorralado, superado en número por seis caballeros que no se suponía que debían actuar así.
«¿Por qué están rodeando al Príncipe Aurien?», pensó Ezra, con la confusión mezclándose con una ira creciente.
Sus pequeñas manos se cerraron en puños.
«¿Qué está pasando aquí en realidad?».
—Es solo un puto crío —dijo con un bufido el hombre que parecía ser Jean Luc—.
Lárgate de aquí antes de que te obligue, mocoso.
Esto no es un patio de recreo.
—No… conozco a ese crío —dijo el caballero que estaba detrás de Jean Luc—.
Es la rata callejera que el Príncipe Helios tomó bajo su protección.
—¿Rata callejera?
¿El que está convirtiendo en caballero?
—¡Sí!
¡Ese mismo!
Los ojos de Aurien se abrieron de par en par en el momento en que se pronunciaron esas palabras.
Jean Luc enarcó una ceja.
—¿Y qué?
Si podemos mantener a este principito bajo control, ¿crees que no podemos con un crío?
—Se giró de nuevo hacia Aurien con una sonrisa perezosa—.
¿Verdad que sí, Príncipe Aurien?
—S-Sí… —susurró Aurien.
Jean Luc bufó.
—¿Lo veis?
Borrad esa preocupación de vuestras feas caras.
Dejad de actuar como unos cobardes.
—Pero ¿y si se chiva, Capitán?
—Entonces nos aseguraremos de que no lo haga.
Ezra apretó la mandíbula.
«Tiene moratones en el cuello…».
Su mirada se desvió hacia la cara de Aurien.
«Y tiene la cara roja».
—¿Le estáis… haciendo daño al tercer príncipe?
—preguntó Ezra.
Su voz no tembló, aunque sentía el pecho oprimido.
«¿Será por eso que no se ha estado reportando con el rey?».
—¿Hacerle daño?
No —respondió Jean Luc con calma.
Pura mierda.
—Entonces, ¿por qué tiene moratones?
Jean Luc se encogió de hombros.
—Lo entrenamos.
Falla.
Cuando falla, se le castiga.
—Eso suena simplemente a que le estáis haciendo daño —dijo Ezra sin rodeos.
—¿Tú qué sabrás, rata?
—escupió otro caballero—.
Si quieres ver lo que es hacer daño de verdad, ven aquí y te lo enseñaremos.
—¡N-No!
—gritó Aurien, con el pánico abriéndose paso mientras intentaba levantarse del suelo—.
Por favor, no lo metáis en esto.
Lo… siento.
Os daré todo lo que me habéis pedido.
Lo prometo.
Solo… por favor… no le hagáis daño…
Jean Luc lo miró desde arriba, divertido.
—Por favor, Jean Lu… ¡ACK!
La patada aterrizó con fuerza en el estómago de Aurien.
Aurien se desplomó con un sonido ahogado, acurrucándose sobre sí mismo.
—¡Tú…!
—gritó Ezra, lanzándose hacia delante sin pensar.
Unas manos le agarraron los brazos por ambos lados, tirando de ellos hacia atrás.
Ezra forcejeó, con el pánico y la furia chocando en su pecho.
—Buen intento, crío —se burló uno de los caballeros—.
Pero te queda un largo camino si crees que puedes hacerte el héroe con ese cuerpo enclenque contra todos nosotros.
—Pequeña e ingenua rata callejera.
La respiración de Ezra era rápida y entrecortada mientras se retorcía para liberarse, con los músculos en tensión y los dientes tan apretados que le dolía la mandíbula.
«Estos… cabrones».
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