El Patito Feo De La Tribu Tigre - Capítulo 235
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Capítulo 235: Nadie duda de ti
Hace cosa de una semana, Noah despidió a la partera, al guardia y a Elara. Dijo que ya no necesitaba más ayuda. Por supuesto, asentí dándole la razón, aunque me habrían venido de perlas unas manos extra para cuidar de los cachorros en mi lugar, ya que sus padres son básicamente inútiles.
Cuanto más tiempo se quedaran, más insistirían a Noah sobre cuándo iba a volver a su pueblo.
Era un dolor de cabeza. Aunque nunca me decían nada a mí, tenía oídos para escuchar a kilómetros de distancia lo que estaban diciendo.
Lo mejor era mandarlos de vuelta. Noah les dijo que iría una vez que los cachorros empezaran a caminar bien.
Una buena idea, ya que estarían más estables y el invierno también habría terminado.
Viajar cuando llegara la primavera era lo ideal, le dije, y aunque no pensaba ir allí para ser reina, quería ver al menos el lugar donde se crio y lo avanzado que era.
Por cierto, por si alguien se lo preguntaba, aplazamos el ponerles nombre a los cachorros hasta que Damar despertara. Es que no queremos que se pierda un acontecimiento tan importante como darles su identidad a los cachorros.
Yo, por mi parte, no quiero que se lo pierda. Y por eso, todavía no se me ha ocurrido ningún nombre. A los cachorros los llamo Fenric Jr, Noé Jr y Damar Jr si tengo que llamarlos por un nombre; si no, simplemente los llamo cachorros o pequeños tigres.
Estaba sentada en el frío suelo de la cueva, con los ojos cerrados, y entonces un pequeño suspiro se me escapó de los labios, seguido de un tic en la frente.
—Noah —lo llamé y abrí los ojos para encontrarlo jugando con mi cola—. ¿Quieres parar de una vez?
—¡Nop!
Parece que el aburrimiento se ha apoderado de nosotros al estar tanto tiempo atrapados en la cueva. A Noah le dio por la nueva afición de jugar con mi cola, y Fenric, bueno, se convirtió en un gatito pegajoso que no paraba de restregar su cabeza contra la mía o de apoyarla en mi regazo, pidiendo caricias.
Y todo esto sin dejar de estar pendiente de cuándo se despertarían los cachorros para darles de comer.
Créanme, estoy criando a cinco niños aquí, pero ni siquiera puedo quejarme. En fin.
—¿Cuándo crees que se derretirá la nieve por fin? —pregunté.
Suponía que la primavera ya había llegado, pero la nieve tardaría unos días en derretirse y los caminos en secarse.
No lo pregunto porque ya quiera ponerme en marcha, lo pregunto porque mis adorables cachorros no han visto la luz del día desde que nacieron. Me preocupa que a este paso tengan deficiencia de vitamina D, ejem.
Quiero que vean el sol, que caminen por tierra seca que no sean rocas frías y que correteen por ahí sin que me preocupe que una sola caída pueda provocarles una conmoción cerebral en sus frágiles cabezas.
Mi vista se posó en el crepitante fuego y luego en Damar, con cuyos ojos, creo, me acabo de encontrar, y sentí un escalofrío recorrer mi espina dorsal, todo mi cuerpo e incluso hasta la boca del estómago.
Me estremecí.
¿Qué ha sido eso?
Volví a mirar, pero tenía los ojos cerrados.
No, no, no me lo he imaginado. Es imposible que me lo haya imaginado y haya sentido semejante escalofrío. Estoy segura de que lo he visto. No, lo sé.
—¿Damar? —lo llamé, y los otros dos me miraron, preguntándose qué me pasaba de repente.
—¿Qué haces? Está ahí mismo, hibernando.
—Creo que me he cruzado con su mirada —dije, y se giraron para mirarlo, pero él seguía inmóvil y con los ojos cerrados—. Estoy segura de que lo vi. Definitivamente…
—Relájate un poco, pequeña tigresa —dijo Noah, posando una mano sobre la mía—. Nadie duda de ti.
Sí, no dudan de mí, pero siento que soy yo la que duda de sí misma.
—Damar probablemente se ha despertado un momento, como ha hecho las veces anteriores. No es nada nuevo —dijo Fenric y yo asentí.
Bueno, podría ser eso, pero no puedo quitarme la sensación de que me ha estado observando… De que me miraba directamente porque quería algo.
Era innegable esa mirada en sus ojos… Esa aguda mirada de depredador que no podía engañar a mis sentidos de tigresa.
Simplemente asumiré que es porque se ha despertado y tenía muchas cosas en la cabeza. No voy a…
—¡Iik! —chillé cuando mi mirada se encontró de nuevo con esa agudeza. Solo había cerrado los ojos un instante, y los demás ya habían pasado página de lo que dije y seguían usándome como fuente de consuelo a su antojo. Pero en cuanto abrí los ojos, volví a encontrarme con los de Damar.
Verdes, afilados y clavados directamente en mi alma, como si pudieran cortar mi vínculo con este cuerpo.
—¿Qué pasa? —ambos me miraron, alarmados, pero yo no pude decir nada; me limité a mirar fijamente a Damar.
Esta mirada… Damar nunca me había mirado con una mirada tan afilada y feroz. Ni el día que nos conocimos y definitivamente tampoco los días posteriores.
En su mirada solo había dulzura, solo anhelo… A veces ni siquiera soportaba mirarme porque le preocupaba que lo regañara por mirar demasiado.
Y otras veces, simplemente… Era feliz si nuestra piel se tocaba.
Pero nunca esta mirada… Me asusta.
Noah frunció el ceño y miró hacia Damar, pero no encontró sus ojos abiertos. «¿Qué estaba pasando?», se preguntó.
Aunque era bastante experto en serpientes y sus costumbres, no siempre podía saberlo todo. En cuanto a lo que estaba pasando en ese momento, solo podía suponerlo, no estar seguro.
—Oye, pequeña tigresa, ¿quieres salir a dar un paseo? —preguntó él y yo levanté la vista, con esa expresión de horror todavía plantada en mi cara.
«¿Qué quería ahora?».
—Ahí fuera hace un frío que pela —dije, pero él negó con la cabeza y se puso en pie.
—Vamos, no eres tan débil como para asustarte por un poco de frío —dijo—. Fenric, tú también. Salgamos a dar un paseo.
Fenric miró a Noah un instante y luego asintió. No sé si se comunicaron con la mirada, pero estaba claro que ambos tenían la misma idea en mente.
—Tiene razón, Arinya. Hace frío, pero no demasiado. La primavera ya está aquí. —Se levantó y me tendió la mano—. Dijiste que querías salir y que los cachorros vieran el cielo, ¿verdad? Vamos. Es el momento perfecto para ello.
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