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El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 10

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10: Capítulo diez 10: Capítulo diez No pasó mucho tiempo cuando afuera se escuchó como varios vehículos frenaron de golpe y se abrieron puertas, y entre murmullos y maldiciones, la puerta principal se abrió y entraron alrededor de seis hombres cargando a alguien, entre ellos estaba Jaques.

Y no era a alguien cualquiera… Era Egon Schreitz.

Elara se cubrió la boca con las manos al verlo llegar todo ensangrentado y Hagen se levantó con dificultad, igual de impactado que ella.

—¡Póngalo en el sofá más amplio!

—ordenó Elara.

Jaques fue el primero en reaccionar y después los demás, abriéndose paso al sofá.

Colocaron suavemente a Egon sobre la suavidad del mueble y otro hombre entró por la puerta, obligando a punta de pistola a otro sujeto a entrar a la fuerza, que, a juzgar por la palidez de su rostro, estaba aterrorizado.

Llevaba consigo un maletín oscuro y un estetoscopio alrededor del cuello.

Era un doctor.

—¡Sane a los dos muchachos!

—vociferó Jaques, perdiendo la paciencia—.

Porque si no obedece, en este momento le volaremos los sesos.

—Hágalo, por favor—.

Inquirió Elara, ansiosa.

El doctor se limpió el sudor de la frente y comenzó a dar indicaciones.

Enseguida todos se pusieron en movimiento, trayendo lo que él necesitaba.

Elara se mantuvo en silencio, observando detenidamente como le limpiaba la sangre de las heridas y evitaba que la hemorragia de su abdomen continuara, ya que, al parecer, se le había incrustado un pedazo de cristal al momento de que la camioneta se volcara.

Le inyectó morfina para que se mantuviera inconsciente todo el rato y no despertar a la mitad de la pequeña cirugía de su cabeza, que tenía un fuerte golpe que había terminado con abrirle parte de la sien y debía ser suturada.

Hagen, por su parte, se mantuvo un rato verificando el trabajo del doctor y después decidió recostarse en el otro sofá a descansar.

Dos horas más tarde, el doctor dio por terminado su trabajo y fue a la cocina a limpiarse la sangre y a deshacerse de todo el material utilizado, siendo escoltado por Jaques.

Elara se acercó a Egon y no pudo evitar acariciarle el cabello.

Se miraba tan tranquilo en ese estado, con el rostro suavizado por la inconsciencia.

Sus brazos y cuello tenían aun un poco de sangre sobre los tatuajes, y tomó un pañuelo limpio del maletín del doctor para limpiarlo con pesar.

¿En qué diablos se había metido?

Ahora menos que nunca podía pensar en escapar porque era una cómplice más en ese lugar.

Si algún día arrestaban a Egon Schreitz, ella también iría a prisión.

El doctor regresó y se concentró en echarle un vistazo a Hagen, pero al parecer Elara había hecho un buen trabajo porque solamente le suministró antibióticos para el roce de bala.

—Mis recomendaciones son darle estos medicamentos cada ocho horas y limpiar la herida cada tres—objetó el doctor cuando estuvo de regreso—.

Si no siguen al pie de la letra mis indicaciones, la herida del abdomen se infectará.

Le voy a inyectar antibióticos para evitar infecciones, pero deben limpiarla progresivamente.

—Tiene que quedarse para cuidarlo—dijo Elara con angustia porque sabía que no iba a ser capaz de hacer todo eso sin fracasar—.

Usted es el único que puede hacerlo bien.

—Ella tiene razón—, gruñó Jaques con rudeza—.

Usted va a quedarse aquí, doctor, hasta que el joven Schreitz se recupere.

—No puedo… yo necesito estar en el hospital y… El hombre titubeó y se encogió cuando todos los hombres le quitaron el seguro a sus armas.

Elara en ese momento no le importaba que estuvieran amenazando psicológicamente al doctor porque lo que más deseaba era que sanara a Egon de aquel fatal accidente.

—Él necesita de su ayuda, por favor—Elara se volvió al doctor que yacía aferrando su maletín sobre el pecho y mirando a los hombres armados con miedo—.

Ellos no le harán nada si usted coopera en la recuperación de Egon Schreitz.

El rostro pálido del hombre se suavizó y tuvo compasión por ella.

No sabía ni se imaginaba que la chica estaba casi en la misma situación de él y, aun así, decidió quedarse ahí el tiempo necesario para evaluar el progreso del Lobo de Hielo.

Aprovecharon que Egon continuaba sedado para moverlo a su habitación y mantenerlo lo más cómodo posible y en lo que Hagen respectó, el rubio se tumbó en el sofá para descansar porque era cuestión de reposo de unos cuantos días para que estuviera bien.

Hagen estiró el brazo para agarrar a Elara de la mano cuando ella hizo el ademán de seguir a los demás que llevaban a Egon al piso superior y la detuvo suavemente.

—Quédate un rato más aquí conmigo, él va a estar bien—.

Murmuró—, el doctor se hará cargo de que no le ocurra nada, además, Jaques lo estará vigilando.

Elara se mordió el labio inferior, dubitativa.

Hagen tenía razón.

Si ella subía también, tal vez sería un estorbo y en vez de ayudar, empeoraría las cosas.

—Muy bien—, asintió, sentándose junto a él y solo hasta ese segundo, Hagen la soltó.

Los ojos azules del chico estaban puestos en ella, como si quisiera descifrar algo en su expresión neutra.

En el fondo, Elara solo quería que Egon se recuperara y luego confrontarlo sobre aquella carpeta con su nombre e información que había hallado por casualidad en su estudio.

—¿Sabes quién creo que nos traicionó y nos llevó directo a una emboscada?

—Habló Hagen de pronto, y ella volteó a verlo—.

Emil.

Ese desgraciado infeliz… Elara se estremeció, recordando a ese hombretón que parecía un gorila con traje al que Egon castigó cortándole la espalda por haber sido un maldito insolente.

—¿Cómo estás tan seguro?

¿Él sabía del operativo?

—Toda la organización lo sabía—, apretó la mandíbula, mirando al techo—.

Y Egon no lo eligió esta vez para participar porque sigue muy enfadado con él.

—¿Crees que se haya vengado enviándolos directo a la policía?

—Sí, o se encargó de dar información errónea.

Solo espero que cuando Egon se recupere, lo haga pedazos y les lance sus restos a los perros para desaparecerlo por completo de la faz de la tierra—, siseó, consternado.

—Ese hombre no se ve confiable.

Es agresivo, grosero y una mierda de persona.

Hagen soltó una risita y luego hizo una mueca de dolor.

—No es tan diferente a Egon en ese aspecto.

Elara frunció el ceño.

—¿A qué te refieres?

—No sé si sepas, pero a Egon se le caracteriza por ser muy tranquilo, calculador y frío al momento de tomar decisiones—dijo.

Ella parpadeó—.

Y he de decirte que no siempre fue así.

A él le tomó años controlar su temperamento explosivo.

Ella recordó lo que Egon le dijo la primera noche que la sacó del bar, acerca de que, si quería mantenerse a salvo y no conocer su verdadera personalidad controlada, debía obedecerle en todo.

—¿Me estás diciendo que era igual a Emil?

—titubeó.

Hagen negó con la cabeza.

—Era mucho peor.

Elara tragó saliva.

—¿En qué aspecto?

—En todo.

Desafiaba a su padre, asesinaba sin miramientos a cualquiera sin escuchar una explicación, no se arrepentía de nada y tampoco confiaba en nadie, podría decirse que cuando decidió tomar las riendas de la organización cuando su padre tuvo que huir del país para no ser encontrado, todos los hombres que quedaron para obedecerlo le tenían tanto miedo que llegaron a besarle los pies cuando notaban que estaba de pésimo humor.

Egon resolvía todo con su arma.

—Le informó, sin despegar la mirada del techo, recordando; mientras que Elara apenas podía respirar por la impresión y miedo—.

Yo tuve suerte porque lo conocí desde que éramos niños y antes de que desarrollara esa personalidad brutal y fui quien le aconsejó controlarse o no llegaría ni a los treinta años vivo porque siempre hay alguien peor que nosotros en algún lugar.

—¿Y cómo logró conseguir esa calma desesperante?

Hagen volteó a verla, sonriendo con diversión.

—Te va a parecer imposible, pero le regalé un libro de psicología, de como evitar que tus emociones controlen tus acciones y pensamientos—.

Vaciló—, al principio me miró exactamente como tú me estás mirando ahora, como si fuese un idiota, pero lo leyó varias veces y puso a prueba su autocontrol después.

Sin embargo, ahora su calma ante los sucesos delicados asusta más que cuando sacaba su temperamento demente porque nadie sabe lo que piensa o hará a continuación.

Tú misma viste con que parsimonia ejecutó al adicto de Jan, no se inmutó, simplemente le disparó y siguió tranquilamente hablando.

Elara se rascó el cuero cabelludo, nerviosa.

—Entonces es mucho más peligroso ahora.

—En efecto.

Egon es alguien impredecible desde que aprendió a controlarse y eso le generó una valiosa ventaja.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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