El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 11
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11: Capítulo Once 11: Capítulo Once Elara dejó descansar a Hagen Falk cuando notó que sus párpados luchaban por quedarse despierto.
Se aseguró de colocarle los cojines de manera cómoda antes de subir a ver a Egon Schreitz que seguía arriba con el doctor y varios hombres armados, incluido Jaques.
En el trayecto de la escalera, dos hombres bajaron corriendo en dirección a la salida.
Lo encontró recostado en su cama, como si solamente estuviera durmiendo, pero las vendas, que levemente estaban manchadas de sangre, quizá por el movimiento al trasladarlo, la estremeció.
No se miraba peligroso ni loco.
Parecía un joven atractivo que había recibido una paliza y se hallaba recuperando.
—¿En cuánto tiempo cree que se pondrá bien?
—le preguntó al doctor.
—La herida en el abdomen afortunadamente no fue profunda como para llegar a tocar algún órgano, pero la pérdida de sangre lo dejó muy débil.
Normalmente en unos cinco días podrá moverse un poco, pero no caminar aún.
Y si mantenemos limpiando la herida, suministrando los medicamentos y manteniéndose en reposo absoluto, probablemente en tres semanas logrará haber una mejoría satisfactoria, pero eso no garantiza que va a estar al cien por ciento porque fue una herida severa.
—¿El suero que mandó a comprar le va a ayudar?
—inquirió Jaques, preocupado.
El doctor asintió.
—El joven Schreitz va a estar sedado la mayor parte del tiempo para que no sufra el dolor de las suturas porque la intervención fue de manera casera y no podremos alimentarlo como es debido.
El suero será su alimento que lo nutrirá hasta que él pueda moverse y comer por sí solo—explicó el doctor.
—Yo puedo alimentarlo—, se ofreció Elara.
—Sí, muchacha, pero me refiero a que tenemos que esperar la mejoría para que él logre masticar y tragar.
Que tenga las fuerzas suficientes para hacerlo—.
Le aclaró con suavidad.
Elara asintió sin saber qué más decir.
Se subió cuidadosamente a la cama y le agarró la mano a Egon, la cual estaba helada y se encargó de calentársela entre sus dos manos.
Sus tatuajes de sus eran impresionantes, pero no podía distinguir cada uno porque eran demasiados, parecía como si tuviera una camisa manga larga con estampado de trazos oscuros.
Entonces los mismos dos hombres que vio bajar la escalera y salir de la casa, entraron a la habitación con el encargo del doctor.
Elara observó como le colocaban el suero a Egon en el brazo y sintió pena por él.
Ella jamás imaginó que trabajar en aquel bar le haría conocer al Lobo de Hielo, próximo heredero de Los Lobos de Viena, la organización criminal que infundía miedo en la ciudad.
Pensó en su madre y en lo angustiada que seguramente estaba.
Y si su padre, al que nunca conoció, si supiera en donde se hallaba en ese momento, probablemente estaría muy preocupado, pero ese hombre decidió abandonarla cuando apenas era una niña de cinco años y ni siquiera recordaba su rostro y su madre tampoco guardaba ninguna fotografía suya.
Lo único que sabía era que se había largado del país.
Ni su nombre recordaba y no le interesaba saberlo.
En la madrugada, ella se ofreció a montar guardia para vigilar al doctor y cuidar de Egon para que los hombres armados estuvieran montando guardia abajo o descansando, el único que no aceptó el trato fue Jaques y optó por sentarse bajo el umbral de la puerta de la habitación para vigilar a ambos porque tenía razón en no confiar en ninguno.
—¿Puedo preguntar cómo se llama?
—Elara cortó el silencio incómodo que amenazaba con poner más intenso el ambiente.
El doctor, que yacía sentado en un mueble con la espalda apoyada a la pared con expresión cansada, volteó a verla con sus ojos oscuros.
Y hasta ese momento ella comprendió que el pobre hombre debía rondar los cincuenta años.
—Me llamo Anton Weiss, señorita, ¿y usted?
—Mucho gusto, doctor Weiss, mi nombre es Elara Moreau—le sonrió amablemente.
El doctor le devolvió el gesto y luego suspiró.
—¿Eres pareja de este muchacho?
—le preguntó con curiosidad.
Ella se ruborizó y sintió la mirada de Jaques.
—Sí.
—Asumo que está al tanto de quién es y a qué se dedica, ¿verdad?
—la observó con preocupación.
—Por supuesto.
¿Y cómo fue que usted vino hasta acá para curarlo?
El doctor Weiss volteó a ver a Jaques y este lo miró con los ojos estrechados.
—Estaba saliendo de mi guardia del hospital y casualmente los hombres de tu novio estaban esperándome cerca de mi coche, me sometieron entre varios y me metieron a una camioneta—explicó con desdén—, y heme aquí.
—Lamento mucho eso, pero no se preocupe, cuando Egon recupere la consciencia, le pediré que lo liberen.
Él es una buena persona y va a estar agradecido con usted por salvarle la vida—le aseguró, aunque no sabía si aquello era contraproducente, puesto que no tenía idea de cómo iba a reaccionar Egon cuando despertara.
Los días posteriores, el doctor Weiss mantuvo a Egon aun sedado, especialmente porque al momento de curar sus heridas, volvía a sangrar y tenía que recurrir a medidas drásticas como solicitar más sábanas limpias, más suero, más vendas, más gasas, más alcohol, y nuevas herramientas quirúrgicas; pero al quinto día, tanto Elara, Jaques y el doctor, determinaron que la herida de Egon era mucho más grave de lo que pensaban.
—Él tiene que ir urgentemente a un hospital.
Los antibióticos no están funcionando y la herida no cierra, si sigue así, es probable que desarrolle gangrena y no resista.
Ha comenzado a tener fiebre y es una mala señal, tiene una infección—.
Aseveró Anton Weiss con preocupación.
Los hombres armados y Jaques palidecieron, y Elara se cubrió la cara con las manos.
Hagen, que acababa de subir la escalera con ayuda de uno de los hombres armados, entornó los ojos, horrorizado.
—¡Pues tenemos que llevarlo!
—exclamó el rubio.
—¿Y exponerlo a que lo arresten y terminen matándolo más rápido?
—vociferó Jaques a Hagen.
—De ninguna manera moveremos al joven Schreitz de aquí.
—¿Entonces quieres que muera?
—inquirió Elara—.
Hay posibilidades de salvarlo y para eso tenemos que arriesgarnos.
—¿Y no será que esta es la oportunidad que estabas buscando para escapar?
—gruñó Jaques.
—Es una idea tentadora—dijo ella, asintiendo, pero su seriedad sacó de órbita a Jaques—.
Pero ni siquiera se me había pasado por la cabeza hacerlo.
—Entiendo tu preocupación, Jaques, pero ponte a pensar: si Egon muere, la responsabilidad caerá sobre tus hombros y ten en cuenta que su padre dispara antes de preguntar—.
Acotó Hagen con petulancia—, además, yo voy a vigilarla, no irá a ninguna parte.
Jaques tragó saliva, imaginando su destino si dejaba que Egon Schreitz se quedaba en esa casa a morir lentamente por una infección.
—De acuerdo—masculló finalmente y miró al doctor Weiss—, tú irás con nosotros para abrirnos camino en el hospital privado.
Era medianoche, el frío era extremadamente intenso y Jaques se encargó de bajar a movilizar a los hombres para preparar las camionetas y trasladar a Egon al hospital donde trabajaba el doctor Weiss; mientras que Elara se mantuvo pegada a Hagen, puesto que iba a ir en la camioneta de él, conducida por su chófer personal.
—¿Cómo van a lograr hacer que atiendan a Egon de inmediato?
El rubio volteó a verla con una sonrisa ladeada y levantó un poco su camiseta oscura, enseñándole el arma que descansaba en su cinturón.
Y Elara negó con la cabeza.
—¿Por qué todo tienen que resolverlo a punta de pistola?
—A veces tienes que someter a las personas de alguna forma para que hagan su trabajo, especialmente en los hospitales porque todos son negligentes.
—Pensé que porque Egon no tenía una cartilla que avalara que pertenece a ese sitio médico—, murmuró, con inocencia, haciendo reír a Hagen.
Pero él hizo una mueca a mitad de la carcajada y se agarró el abdomen.
—También necesitas que te revisen.
—Estoy bien.
—Cuando logren meter a Egon, irás a revisión, Hagen—, lo miró con preocupación.
El chico asintió y se mantuvo recargado en el cristal, observando las camionetas que iban adelante, escoltando a la primera en la que iba el Lobo de Hielo.
Al llegar al hospital, Elara advirtió el caos que se armó.
Las camionetas se detuvieron, pero Hagen le hizo señas de que esperara un poco más por si las cosas empeoraban.
Jaques fue el primero en salir y bajar al doctor Weiss en compañía de seis hombretones armados, entrando directamente a la entrada de urgencias con Egon en brazos.
Enseguida se escucharon gritos y luego un silencio absoluto.
—Es hora, vamos.
Elara descendió de la camioneta y Hagen le rodeó los hombros con el brazo para que ella no sintiera tanto frío porque iban en pijama, botas y con un abrigo solamente, y también para que las personas supieran que ellos formaban parte de ese escuadrón demencial que acababa de entrar al hospital.
Prácticamente todas las personas, tanto personal médico como civiles, se hallaban arrodillados y con las manos en la cabeza, mientras los hombres de Egon Schreitz los amenazaban con sus rifles.
Elara alcanzó a divisar el momento en el que subían a Egon a una camilla y corrían por el pasillo, tanto el doctor Weiss como Jaques iban con él, hasta que los perdió de vista detrás de una puerta que decía “Emergencia”.
Hagen encaminó a Elara a unas sillas que había en el pasillo, cerca de la sala de espera y tomaron asiento para esperar.
Ahogando un bostezo, se dedicó a escudriñar a su alrededor y a sentir pena por esas personas.
Los párpados comenzaron a pesarle y deseo beber un poco de café de la máquina expendedora, pero no llevaba dinero encima y tampoco quería pedirle a Hagen porque aun no le tenía mucha confianza.
Era de madrugada, probablemente la una, el frío calaba los huesos y el sueño amenazaba con arrullarla con más fuerza en plena sala de espera y lo único que deseaba era estar en una cama cálida, durmiendo.
De pronto, sintió la mano de Hagen sobre su mejilla y le colocó la cabeza sobre su firme hombro para que ella se recostara en lo que esperaban.
—Duerme un poco, sé que es incómodo, pero es mejor que estar cabeceando—, murmuró el rubio cuando ella volteó a verlo, desconcertada—.
No te preocupes.
Haciéndole caso, se recargó sobre su hombro, subió las piernas sobre la silla y abrazando sus rodillas, cerró los ojos para dormir un rato.
Le pareció curioso que Hagen no se movió en ningún momento, como si se hubiera dedicado a que de verdad ella descansara sin ser perturbada.
Pero no pasó demasiado tiempo para que la calma se fuera al carajo.
Antes de escuchar el repiqueteo de los tacones acercándose desde la entrada de urgencias, sintió la tensión en el brazo de Hagen Falk y abrió los ojos, a la defensiva.
Se irguió de inmediato y justo para cruzarse con una joven de más o menos la edad de Egon Schreitz, de cabello rubio ceniza, que parecía estar siempre perfecto, ni un pelo fuera de lugar en aquella cebolla baja con estilo, sus ojos de un color gris claro, casi plateados, la miraron una fracción de segundo que bastó para juzgarla sin decir una sola palabra.
Tenía la piel blanca impecable, como porcelana cara que difícilmente podías adquirir y su estilo era elegante, frío, minimalista, sin exagerar, pero sabía que, al vestir así, dominaba perfectamente a donde iba y se acercó como si el mundo fuera suyo en abonos y ella estuviera haciéndole el favor al universo por existir.
Y aunque había muchísimo frío, únicamente llevaba un saco color perla que hacía juego con sus aretes y una blusa de cuello de tortuga negra, y botas de tacón.
La fémina se inclinó de manera poco inusual hacia Hagen y lo agarró del hombro en donde Elara había estado recostada.
—¿Qué haces aquí, Viktoria?
—graznó Hagen, molesto por su tacto, pero ella mantuvo su mano sobre su hombro con fuerza.
Entonces ella sonrió fríamente, dejando ver su perfecta dentadura, como un animal ponzoñoso a punto de atacar y en su mirada un tipo de locura jamás antes vista.
Elara frunció el ceño, observando todo en primera plana.
—¿Qué clase de pregunta es esa, Falk?
He estado rastreando como loca a Egon y mis contactos me alertaron que lo acaban de traer hasta acá, muy herido por lo que pasó en el operativo hace unos días y quiero verlo.
Hagen apretó las mandíbulas y miró de soslayo a Elara.
—¿Por qué no hablamos en privado?
—propuso el rubio.
—Por supuesto, pero sé breve—.
Aceptó la chica, poniéndose seria de inmediato.
Siguió a Hagen hasta el estacionamiento, pero no sin antes echarle una mirada furtiva a Elara, quien estaba perpleja y al mismo tiempo enfurruñada.
¿Quién era esa chica tan amenazante?
¿Acaso era la hermana de Egon o su amiga?
Y de pronto Elara palideció.
¿Y si era su exnovia y aun lo amaba?
Porque si esa era la verdad, ella no quería ser asesinada por la antigua pareja de Egon Schreitz, porque estaba segura de que pertenecía también a la mafia.
Un par de hombres siguieron a Hagen y a la tal Viktoria y los demás siguieron a su lado, escoltándola.
Cuando se disponía a ir por algo de café a la máquina expendedora, apareció Jaques por la puerta donde Egon había entrado.
—¿Y el joven Falk?
—preguntó, ceñudo.
—Está afuera hablando con una chica rubia que vino buscando a Egon.
—¿La señorita Richter está aquí?
—entornó los ojos, preocupado.
Elara se encogió de hombros.
—Hagen mencionó su nombre, Viktoria.
Desconozco su apellido.
—Es ella—, carraspeó, indignado.
—¿Cómo está Egon?
—Elara cambió de tema.
—Bien, ya fue sometido a cirugía.
Si no lo hubiéramos traído ahora, su herida hubiera desarrollado gangrena—, se lamentó, dejándose caer en el asiento de Hagen.
—¿Ahora ya confías en mí?
—aguijoneó Elara para molestarlo.
Jaques volteó a verla, conflictuado.
—Un poco—, respondió con el fantasma de una sonrisa y cerró un momento los ojos.
Veinte minutos transcurrieron para que Hagen hiciera acto de presencia.
Regresó sin la rubia y con el semblante muy serio.
Se sentó al otro costado de Elara y resopló.
—¿Por qué dejaron entrar a la joven Viktoria?
—inquirió Jaques a Hagen.
—Seguramente porque no quieren tener problemas con la gente de ella—masculló el rubio, siendo demasiado obvio en no querer dar más detalles enfrente de Elara.
—Voy a hablar con los demás y prohibirles que la dejen pasar—aseveró Jaques, poniéndose de pie.
Se acercó a los hombres y los reunió levemente para darles indicaciones.
—¿Qué es esa chica de Egon?
—quiso saber Elara.
Hagen se tensó y se llevó una mano al cuello, nervioso.
Se negó rotundamente a sostenerle la mirada y humedeció sus labios, tal vez buscando las palabras correctas para evadirla.
—Si Egon no te ha puesto al tanto de quien es ella, —dijo con un dejo de compasión—, entonces yo no tengo ningún derecho a decírtelo.
Él lo tiene que hacer.
—De acuerdo—.
No insistió más.
Ella no quería hostigarlo y comprendía que podía ser algo delicado si Hagen revelaba información que tal vez no era tan necesario saberlo en ese momento.
Volvió a recargar la cabeza en el hombro de Hagen y miró con anhelo la máquina expendedora.
—Quiero café… Y tan solo había pasado un minuto, cuando uno de los hombretones armados de Egon se acercó a ella con un pequeño vaso térmico desechable con café de la máquina expendedora.
En silencio, se lo ofreció, sin ninguna sonrisa o mueca.
—Gracias… Lo recibió con una sonrisa y el hombre simplemente asintió, sin hablar ni hacer ningún gesto, regresando a donde estaba Jaques dando indicaciones.
Elara se volvió hacia Hagen y este la miró con las cejas arqueadas.
—¿Qué fue eso?
—Este gesto es una prueba de que ahora te ven como la pareja oficial de Egon—, le explicó pícaramente—.
Ninguno de esos individuos ha tenido un gesto de este tipo a menos que sea para Egon o por órdenes de él.
Ni siquiera conmigo, que soy su mejor amigo y ellos me conocen desde niño.
Elara parpadeó y miró el vaso de delicioso café.
—Siéntete afortunada, muchas chicas quisieran estar en tu lugar—bromeó él, guiñándole el ojo.
—Seguramente también tú desearías ocupar ese puesto, ¿no?
—aguijoneó Elara, sonriendo.
Hagen soltó una carcajada y después se arrepintió porque el dolor de su herida lo estremeció.
—Deja que termine de beber mi café y vamos a pedirle ayuda a una enfermera para que te revise.
—No es necesario, estoy bien.
Pero Elara lo ignoró.
Se tomó el tiempo para terminar el café y tiró el vaso al cubo de basura más cercano.
Y como todas las enfermeras yacían acorraladas por los hombres armados, que estaban al pendiente tanto de Jaques como de la gente, no podía simplemente acercarse a una y llamarla sin que los demás armaran alboroto.
La única opción era pedirle ayuda al hombre que le regaló café.
Con timidez, se acercó poco a poco a él y le tocó el brazo suavemente.
El sujeto se volvió hacia a ella con una rapidez sorprendente, apuntándola con el rifle y enseguida bajó el arma, colocándola en su espalda al verla.
—¿Podría ayudarme a conseguir una enfermera para que revise la herida de Hagen, por favor?
Él asintió y sin miramientos, rebuscó entre todas las mujeres de blanco que se habían resguardado detrás de las sillas y tomó a una del brazo, obligándola a levantarse con brusquedad.
—Tú—dijo con voz gutural, empujándola hacia Elara con el rifle rozándole la espalda—, vas a ayudarla y a obedecerle en todo a ella.
Si no lo haces, te meteré alrededor de diez balas en esa frente gigantesca que tienes, ¿comprendes?
La mujer asintió, con la cara roja por las lágrimas.
El hombre miró a Elara con determinación.
—Si no coopera, me avisas y con gusto le termino el cartucho de balas en la cabeza.
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