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El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 12

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12: Capítulo doce 12: Capítulo doce A Elara no le pareció correcto obligar de esa manera a la enfermera, pero Hagen Falk había tenido razón en decir que únicamente usando el sometimiento y en este caso, violencia psicológica, las personas del sector hospitalario hacían caso a tus necesidades, porque a ella le ocurrieron diversas situaciones en las que las propias enfermeras le negaron la atención médica gratuita porque no la miraban lo suficientemente “enferma” para atenderla, así que desechó la compasión y guio a la mujer hacia Hagen, que esperaba en la silla.

Ella los condujo a un consultorio privado y Elara los acompañó.

Hagen se recostó en la camilla mientras la enfermera lo ayudaba a desvestirse de la parte de arriba y palideció todavía más al ver el arma en su cinturón.

—Ignore la pistola y revise sus heridas—.

Ordenó Elara fríamente.

La fémina obedeció, temerosa.

Y Hagen aprovechó a dormir una siesta en lo que le revisaban la herida, que no estaba infectada, pero necesitaba aseo y un cambio de vendas.

—¿Usted forma parte de Los Lobos de Viena?

—se atrevió a susurrarle la enfermera, muy bajito para que Hagen no escuchara.

—¿Es relevante para lo que está haciendo?

—inquirió Elara con dureza.

—No, pero lo que hicieron es un crimen y lo sabes… Algo en la mirada de la mujer alertó a Elara.

Había un dicho que decía sobre que cuando una persona tiene miedo, es capaz de cometer locuras y sospechaba que estaba a punto de presenciarlo, así que retrocedió un par de pasos, en dirección a la puerta.

El arma de Hagen estaba justo a unos centímetros de las manos de la enfermera y Elara tenía la puerta a tres pasos de distancia.

No obstante, cuando Elara aventuró a correr a la puerta, la mujer tomó el arma torpemente y le apuntó con las manos temblorosas.

—¡Llamaré a la policía!

—gritó la mujer, despertando a Hagen bruscamente.

Elara alzó las manos rápidamente.

Él entornó los ojos al darse cuenta de que, le había limpiado la herida y ya tenía vendas nuevas y que, por alguna razón, su arma estaba en posesión de la mujer histérica vestida de blanco, apuntando a Elara.

Pero como ella estaba ocupada apuntando a la cabeza de Elara, no se dio cuenta de que Hagen había despertado y sin pensarlo demasiado, él deslizó de su bolsillo una navaja suiza, abriéndola justo en la que tenía el filo más largo.

—Por favor, suelta esa arma—, verbalizó Elara, tratando darle la oportunidad de rendirse porque Hagen estaba dispuesto a asesinarla, podía verlo en sus ojos azules.

—¡No!

¡Abre esa puerta y llamaremos a la policía, serás mi rehén!

Entonces Hagen en un movimiento veloz, alzó el brazo con la navaja en posición mortífera y se lo enterró en el cuello de la mujer y no solo eso, movió la mano horizontalmente para un corte incompatible con la vida, haciendo que la mujer ahogara un grito, soltara el arma e intentara cubrir la herida mortal en su cuello mientras se desangraba.

La escena parecía sacada de una película de terror.

Un poco más profundo y él la decapitaba por completo porque alcanzó a verle la tráquea a través de la sangre saliendo a chorros de su cuello.

Lo más espeluznante fue que ella quiso gritar, pero solo salían burbujas de sangre de su boca, no solo estaba muriéndose por la hemorragia, sino también ahogamiento.

Hagen recogió su ropa y saltando por encima de ella, agarró a Elara de la mano, se inclinó a recoger su pistola antes de que se manchara de sangre y salieron corriendo del consultorio.

Afuera, él buscó donde limpiar la sangre de su navaja y Elara le ofreció el papel higiénico que había guardado desde la casa de Egon.

Cuando Hagen limpió su arma punzo cortante, se colocó bien la ropa y guardó nuevamente la pistola en el cinturón y la navaja en el bolsillo.

—Lamento mucho que hayas visto eso.

—No te preocupes, si no hubieras hecho eso, probablemente yo estaría en su lugar.

Hagen sacudió la cabeza, ahuyentando esa idea y la dejó sentada en la misma silla para comentarle la situación a Jaques y estar en sobre aviso.

Era el segundo asesinato que presenciaba y no sabía por qué no estaba afectándole como había pensado, o tal vez las consecuencias las vería mucho después.

En todo caso, sabía que esas muertes habían sido con un fin necesario, especialmente el de la enfermera.

Solo esperaba que no la vincularan con el asesinato o sería su fin.

—Muchacha, ¿te encuentras bien?

—Jaques se aproximó a ella con el rostro pálido.

El pijama de Elara estaba levemente salpicado de sangre a la altura de los tobillos, pero fuera de ello, todo en orden.

—Sí, gracias a Hagen.

—Lo mejor será que vayas a casa del joven Schreitz—, musitó Jaques—.

Tenemos sometido al hospital y puede que otra persona enloquezca e intente hacerte daño nuevamente.

—No, quiero quedarme aquí, además, no me gusta estar sola ahí.

Jaques intercambió miradas con Hagen.

—Iré con ella—, se ofreció el rubio y antes de que Elara protestara, añadió: —Me avisas cuando salgan a dar noticias de Egon, por favor, Jaques, cualquier cosa.

A Elara no le alegró la idea, pero al recordar a la enfermera con la garganta abierta, lo pensó mejor y accedió.

El hombretón que le había ofrecido el café se percató de que se iban y se ofreció a llevarlos en la camioneta de Egon.

—Tengo a mi chófer afuera, gracias—le dijo Hagen.

El sujeto asintió y retrocedió.

Elara se encaminó rumbo a la salida junto al rubio, sintiendo como el frío de afuera le cortaba la cara y le calaba el cuerpo entero.

La camioneta había quedado muy cerca de la entrada, así que no fue difícil localizarla y abordarla.

El chófer yacía esperándolos y se pusieron en marcha.

—¿Qué crees que suceda con el cadáver de la mujer?

—preguntó Elara.

—Seguramente cuando Egon salga de peligro, llamen a la policía y se pongan a investigar, pero para ese momento, ya no estaremos ahí.

Y esperaba que fuera cierto.

Si Egon salía bien de la intervención, en pocos días estaría de vuelta en su casa y lejos de ahí, pero le costaba comprender a Elara que llamaran a la policía luego de varios días mientras el cadáver de esa enfermera se pudría lentamente en ese cubículo.

Cuando llegaron, ella le preparó café a Hagen y le ofreció dormir en su habitación y ella en el sofá, pero finalmente, él decidió quedarse en el dormitorio de Egon.

Antes de conciliar el sueño, recordó cuando Egon aún estaba en esa casa, sufriendo en la inconsciencia y ella lo único que podía hacer era observarlo en su cama, todo herido y pálido, sin poder ayudarlo, e incluso imaginó que lo abrazaba sin tener tanta vergüenza de por medio y que él le correspondía el gesto.

De solo imaginarlo, se sintió muy emocional y no entendió por qué.

Horas después, cuando el sol estuvo en su mejor punto, Elara despertó desorientada.

Fue al sanitario antes de salir a hablar con Hagen para saber si había noticias del hospital y lo encontró viendo la TV de la sala mientras comía cereal con leche.

—¿Hay alguna noticia?

—preguntó ella, situándose detrás de él.

Hagen movió la cabeza hacia atrás para mirarla al revés y Elara le dio un golpecito juguetón en la garganta que lo hizo reír.

—Sí.

Llamó Jaques hace un rato, dijo que Egon está bien y que en un par de días le darán de alta, pero que por el momento no admiten visitas, quizá mañana sí, para que vayamos a verlo.

—Gracias al cielo—, suspiró y tomó asiento en el sofá continuo y miró a la TV—.

¿Qué miras?

—Las noticias.

No puedo creer que aun no descubran el cuerpo de la enfermera—se llevó una cucharada de cereal a la boca y Elara frunció el ceño—.

Es imposible que estén demasiado ciegos o en serio Jaques y los demás siguen sometiendo con éxito al personal.

Tener ahí a Hagen era mejor que estar sola o con Jaques porque no interactuaba con ella en lo absoluto.

Aun le costaba confiaba en ese rubio, ya que la primera impresión que tuvo de él fue muy frívola y resultó ser que no era lo que parecía, o a menos que porque él ya confiaba en ella, la trataba diferente.

Ese día Elara se sintió útil porque preparó un buen desayuno, comida y cena para compartir con Hagen Falk, quien se la pasó mirando la TV todo el rato, haciéndola reír y olvidar el mal momento, tanto que apenas y recordaba que se hallaba prisionera por Egon Schreitz y que ahora ni siquiera le pasaba por la mente escapar porque extrañamente se sentía cómoda en ese ambiente.

Al día siguiente, Hagen tomó prestada ropa de Egon para poder ir a visitarlo al hospital y Elara por fin llevó ropa decente.

—Bien, aunque no nos quieran recibir, entraremos a verlo, ¿de acuerdo?

—dijo Hagen, dándole la orden a su chófer de arrancar.

Y Elara no pudo estar más de acuerdo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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