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El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 13

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13: Capítulo trece 13: Capítulo trece Se equivocó en pensar que no se darían cuenta del cadáver.

No había policías en el lugar, pero el propio personal se había hecho cargo de limpiar y mover el cuerpo bajo el escrutinio de los hombres armados.

Buscaron con la mirada a Jaques y no lo vieron por ningún sitio.

Ya no tenían al sector hospitalario en el suelo, pero sí arrinconados en una zona sin salida, en la que solamente tenían permitido moverse cuando necesitaban algo urgente con algún paciente, pero siempre escoltados.

—Quédate aquí, voy a buscar a Jaques o a alguien que nos dé información sobre la habitación de Egon—dijo Hagen, dejándola en la misma silla de espera que hacía dos días.

Un escalofrío inusual le recorrió la columna vertebral hasta alojarse en su cuello mientras estuvo esperando al rubio.

Sentía que alguien la observaba y no estaba segura si era su imaginación o era alguno de los médicos o enfermeras arrinconados que la estaban fulminando con la mirada.

—Vamos, es en el segundo piso—, apareció Hagen de repente, haciendo que respingara del susto—.

¿Te encuentras bien?

—Sí… estoy bien —dijo Elara, aunque no lo estaba del todo.

Había algo en el aire que le erizaba la piel, no por peligro, sino por exceso de tensión.

Hagen le hizo una seña suave con la cabeza para que caminara.

—Vamos.

Ya lo subieron al segundo piso.

Los hombres armados no los miraron con desconfianza, sino con respeto.

Algunos incluso inclinaron apenas la cabeza al ver pasar a Hagen con ella, como si supieran que ese día no había espacio para preguntas inútiles.

El hospital seguía funcionando, pero en una versión alterada, más silenciosa, más rígida, como si hasta las paredes supieran a quién tenían dentro.

Subieron por las escaleras.

Elara se sujetaba del barandal con fuerza, no por cansancio, sino porque sentía que, si soltaba la mano, algo dentro de ella también se iba a soltar.

—No está grave —dijo Hagen, como si le leyera el miedo en la espalda—.

Recuerda que el cristal no tocó órganos vitales.

Pero sangró mucho… y lo tuvieron que abrir nuevamente para limpiar y cerrar bien la herida.

Eso no la tranquilizó.

Solo le cambió el tipo de miedo.

Llegaron a la habitación privada.

No había guardias bloqueando la entrada, solo uno en la esquina del pasillo, de brazos cruzados, como una estatua que respiraba.

Era Jaques.

Hagen abrió la puerta.

Egon estaba en la cama, inconsciente, con el pecho vendado y una línea de suero entrando en su brazo.

Tenía el rostro más pálido de lo normal, el cabello negro desordenado sobre la almohada, y los tatuajes contrastando brutalmente con la blancura clínica de todo.

Tenía puesta la típica bata de hospital, pero de la cintura para abajo.

No parecía el Lobo de Hielo.

Parecía solo un chico herido, no el próximo capo de Austria.

Elara caminó sin pensar.

Se sentó a su lado, despacio, como si el aire mismo pudiera hacerle daño.

Sus dedos temblaron antes de atreverse a rozarle la mano.

—Idiota… —susurró, con la voz rota—.

Te dije que quería acompañarte.

No lloró fuerte.

Lloró en silencio, con lágrimas que caían lentas, como si hasta ellas tuvieran miedo de despertarlo.

Se sorprendió a sí misma llorando por el sujeto que la había mantenido prisionera en su casa con la excusa de salvarla y ahora, Elara comenzaba a sentir un gran cariño hacia él.

Hagen se quedó cerca de la puerta, dándoles espacio, pero sin irse.

—El doctor dijo que despertará en unas horas o tal vez antes —añadió—.

La cirugía fue para limpiar la herida por dentro.

Si no la cerraban bien, la infección lo habría matado sin hacer ruido.

Elara apretó un poco más la mano de Egon.

—No te atrevas a morir… —pensó—.

No ahora.

No así.

Egon no despertó, pero su ceño se frunció apenas, como si incluso dormido supiera que alguien lo estaba llamando desde muy adentro.

Hagen por fin cerró la puerta, dejándolos a solas.

Y solo hasta ese momento, ella alargó la otra mano que tenía libre y le acarició el cabello.

Estaba suave y sedoso.

—Despierta, me debes una explicación—le susurró, ansiosa, acercando su rostro al suyo para observarle mejor sus facciones.

Elara lo miró como si fuera la primera vez.

Como si no fuera el hombre que todos temían, sino solo ese cuerpo quieto que respiraba lento frente a ella.

Tenía las pestañas largas, demasiado para alguien que había nacido para la violencia.

Oscuras, casi negras, descansaban sobre su piel pálida, proyectando una sombra suave que no combinaba con la idea que el mundo tenía de él.

Su ceño estaba relajado, sin dureza, sin la línea de guerra que siempre cargaba cuando estaba despierto.

Dormido no parecía un monstruo.

Dormido parecía un chico cansado.

Sus labios estaban entreabiertos.

No en una sonrisa, no en una mueca, sino en ese punto frágil donde alguien solo está existiendo.

Elara pensó que nunca lo había visto así.

Siempre había tensión en su boca, siempre una amenaza escondida en la forma en que apretaba la mandíbula o una sonrisa maliciosa.

Ahora no.

Ahora parecía indefenso.

Humano.

Dolorosamente humano.

Su nariz tenía una pequeña curva que ella no había notado antes, como si alguien la hubiera dibujado con demasiada delicadeza para un hombre que sabía romper cosas.

Su barba apenas marcada le daba un aire más joven, casi injusto para todo lo que había hecho y todo lo que era.

Ella deslizó los dedos por su frente, despacio, con miedo de despertarlo y, al mismo tiempo, rogándole en silencio que lo hiciera.

Pensó que ese rostro no parecía hecho para mandar hombres a matar.

No parecía hecho para ser el Lobo de Hielo.

Parecía hecho para que alguien lo cuidara.

Y eso la asustó.

Porque si él era así cuando nadie lo miraba, entonces todo lo demás —la sangre, las órdenes, la frialdad— tenía que ser una máscara.

Y las máscaras, tarde o temprano, se rompían.

—No deberías ser así —susurró—.

No deberías hacerme dudar de ti cuando estás dormido.

Somos completos desconocidos coexistiendo, eres un asesino y yo una chica torpe con mala suerte.

Sus dedos bajaron por su sien, por su mejilla, apenas rozándolo, como si tocara algo que no le pertenecía.

Como si Egon no fuera suyo… ni de nadie.

Elara sintió un nudo apretarse en su pecho.

Si despertaba y volvía a ser el mismo, ella tendría que volver a protegerse de él.

Si despertaba distinto… tendría que protegerlo a él.

No sabía cuál de las dos cosas le daba más miedo.

Se inclinó un poco más, hasta que su frente casi tocó la de él.

—Despierta —repitió en voz baja—.

No me dejes sola con lo que me haces sentir cuando te miro así.

Hubo un segundo de silencio más largo de lo normal.

—No pareces un monstruo cuando duermes—murmuró—.

Pareces alguien que debería tener una vida normal.

Una casa fea, una rutina aburrida y problemas tontos.

Pensó en la mentira que él había dicho por ella.

En lo fácil que había salido de su boca: es mi pareja.

En cómo esa frase había cambiado todo, sin preguntarle si ella estaba lista para cargar con lo que significaba.

—Me metiste en tu mundo sin pedirme permiso—susurró—.

Y ahora mírame… aquí estoy.

Sentada al lado de alguien que podría destruirme con una sola palabra.

Le apretó un poco más la mano.

—Pero no lo hiciste.

Y eso es lo que más miedo me da.

Se inclinó apenas hacia él, sin tocarlo con la cara, solo lo suficiente para sentir su respiración tibia rozándole la piel.

—Despierta, Egon Schreitz—dijo con voz temblorosa—.

Y dime quién eres cuando nadie te está mirando.

Entonces, los dedos de él se movieron.

Apenas.

Casi imperceptibles, como si su voz lo hubiera alcanzado desde algún lugar profundo.

Elara contuvo la respiración.

Los párpados de Egon temblaron Una vez.

Dos.

Y finalmente, lento, pesado, como si regresar al mundo doliera… abrió los ojos.

Durante un segundo, sus ojos no parecían saber dónde estaban.

La mirada grisácea vagó por el techo blanco, por la luz suave, por las sombras de la habitación.

Como si regresara de un lugar muy lejano.

Elara no se movió.

Ni siquiera respiró bien.

Tenía miedo de que, si hacía ruido, él volviera a desaparecer.

—… ¿Estás mirándome así desde hace mucho?

—murmuró él, con la voz rasposa, rota por el sueño y la anestesia.

Ella parpadeó, sorprendida de que hablara tan pronto.

—Lo suficiente para saber que roncas un poco—mintió, aunque no lo había hecho.

Una esquina de la boca de Egon se movió, apenas.

No era una sonrisa completa.

Era el intento cansado de una.

—Eso es difamación —susurró—.

Mis hombres dicen que duermo como un rey silencioso.

—Tus hombres también dicen que eres invencible —replicó ella—.

Y mírate.

Le señaló las vendas con la barbilla.

Él siguió el gesto, lento, como si cada movimiento tuviera peso.

—Suturaron la herida —dijo él—.

Nada grave.

Solo molesto.

—Casi te desangras —respondió ella, sin suavizarlo.

Sus ojos volvieron a ella.

Esta vez sí la miró de verdad.

Como si la reconociera.

Como si la recordara completa.

—¿Te quedaste?

—Sí.

—¿Te obligaron?

—No.

Eso pareció confundirlo más que cualquier otra cosa.

Frunció el ceño.

—Entonces eres peor que yo —murmuró—.

Tú sí sabes que deberías huir.

Elara apretó la mandíbula.

—No me hables como si ya me hubiera ido.

Él la observó en silencio unos segundos.

Luego cerró los ojos, cansado.

—No deberías estar aquí, Elara.

—Y tú no deberías haber dicho que yo era tu pareja.

—Tenía que protegerte.

—Y ahora estoy atada a ti —dijo ella, sin gritar, pero con filo.

Volvió a abrir los ojos.

—¿Te arrepientes?

Ella dudó.

Solo un segundo.

Pero él lo vio.

—No sé —admitió—.

Me asusta lo fácil que me quedé.

Egon tragó saliva.

—Si te quedas, no va a ser bonito —dijo—.

No va a ser seguro.

No va a ser justo.

—Nunca me prometiste justo —respondió ella—.

Solo me prometiste que esa noche no iba a morir.

—¿Y ahora?

—Ahora quiero saber si valió la pena.

Él la miró largo rato.

Sin dureza.

Sin máscaras.

—Todavía no lo sé —dijo—.

Pero si sales de esta habitación, nadie te va a detener porque daré la orden de dejarte ir.

Elara se levantó despacio… solo para acomodar la silla más cerca de su cama y sentarse otra vez.

—Entonces supongo que me quedaré un rato más.

A ver si me convences de que fue un error.

Egon parpadeó, aun sin comprender.

—¿Me ayudas a ponerme bien esta estúpida bata de hospital?

Muero de frío.

Ella asintió sin dudarlo.

Se levantó rápidamente, sentándose al borde de la camilla, a la altura de su torso y con sumo cuidado, le deslizó la bata por el pecho, metiéndole los brazos con delicadeza, siendo consciente que el suero no podía moverse mucho y cuando por fin lo hizo, se dio cuenta que él la estaba mirando con intensidad, casi sin parpadear.

—¿Te hice daño?

—le preguntó, asustada.

Él negó con la cabeza.

—Quiero pedirte otro favor, ¿lo harías?

—El que quieras, solo dímelo.

—Siéntate justo aquí.

Le señaló con la barbilla el estrecho sitio que había entre sus piernas.

Elara volteó a verlo con el ceño fruncido.

—¿Acaso quieres que se te abra la herida?

—Solo hazlo—ordenó.

Rodando los ojos, obedeció, mirando con temor la puerta y que alguien entrara a regañarla; pero recordó que eran los hombres de Egon quienes estaban a cargo del hospital.

Gateó hasta quedar sentada en ese espacio entre las piernas de él y ambos se sostuvieron la mirada.

—¿Y ahora qué?

—preguntó con timidez.

—Ahora haz lo que tanto deseas hacer, trouble.

—¿En serio?

—lo miró, con extrañeza.

Él asintió, esbozando una leve sonrisa.

—¿Y si te hago daño?

—No más del que ya tengo, trouble.

Te doy permiso que lo hagas.

Así que, ante la autorización absurda de Egon Schreitz, el famoso Lobo de Hielo, Elara Moreau al fin logró lo que tanto había deseado hacer desde que él llegó todo herido del operativo.

Abrazarlo.

Sentir la calidez y protección de su cuerpo a su alrededor.

Egon la atrajo más a su pecho, ignorando el hecho de que acababa de ser intervenido quirúrgicamente y recargó la mejilla sobre la frente de esa chica, que parecía no querer alejarse de él a pesar de saber en donde se estaba metiendo e incluso después de decirle que le daría la libertad, decidió estar ahí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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