El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 14
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14: Capítulo catorce 14: Capítulo catorce Era el primer abrazo que ambos se habían dado en todo ese tiempo, además de ser el único acercamiento genuino y lo sabían.
Elara se moría de ganas de cuestionarlo sobre la carpeta con información suya que había encontrado en su estudio mientras él no estaba en casa, pero no podía ser tan egoísta de dejar a un lado su delicada salud y se estremeció entre sus fuertes brazos.
Egon parecía no querer apartarse, así que ella tampoco hizo el ademán de hacerlo.
Sentía como la respiración de él era suave, tranquila, mientras que la suya iba acelerándose cada vez más al tener tan cerca al Lobo de Hielo, que no parecía ser tan letal como todos decían y aunque ella ya sabía de lo que era capaz de hacer, se negaba a creer al cien por ciento que fuese un desgraciado.
Las manos de Egon acariciaron sus hombros con suavidad, negándose a soltarla y quedarse así por más tiempo y Elara se lo permitió sin saber por qué.
A pesar de que el hospital estaba custodiado por los hombres de Egon, alcanzaron a escuchar un escándalo muy cerca de la habitación, que iba acercándose por el pasillo y entre las voces gritando, reconocieron la de Hagen y la de Jaques, pero parecía que aquella persona estaba decidida a entrar a ver a Egon.
Ella sintió la tensión de él en todo su cuerpo, poniéndose a la defensiva y alerta; pero por ningún motivo la dejó de abrazar.
Y antes de que él pudiera darle alguna indicación, la puerta se abrió bruscamente y la rubia extravagante de ojos peligrosos entró sin ser invitada.
Detrás de ella yacían Hagen, Jaques y tres hombres más intentando detenerla, pero había otros sujetos armados que no eran gente de Egon y venían escoltándola, haciendo que hubiera un enfrentamiento hostil de miradas y armas a punto de ser detonadas si no guardaban la calma.
La rubia llevaba el mismo peinado, los mismos aretes, pero esta vez su curvilíneo cuerpo lo cubría un vestido negro muy escotado donde dejaba a la vista gran parte de sus pechos y un saco beige, muy elegante y al mismo tiempo sensual.
En cuanto se percató de la situación: Elara sentada en medio de las piernas de Egon sobre la camilla y siendo abrazada por él; la rubia esbozó una sonrisa maliciosa que puso nerviosa a Elara.
—Hola, querido, ¿podrías decirles a tus gorilas que dejen de acosarme cuando solo quiero hablar contigo?
—dijo con voz dulce y afilada, mirando únicamente a Egon e ignorando a Elara con toda la intención.
Y nuevamente Elara presenció como el rostro de Egon Schreitz fue endureciéndose hasta que su expresión volvió a ser dura e inflexible como siempre.
Con el ceño fruncido, volteó a ver a Jaques y a Hagen.
—Llévense a Elara de aquí, tengo algunas cosas que hablar con Viktoria—.
Ordenó con su calma estúpida, poniendo más nerviosa a Elara.
Jaques fue el que se movió primero al interior de la habitación.
Le ofreció las manos a la fémina y esta las agarró al tiempo que él tiraba de ella con facilidad, casi cargándola para no herir a Egon al bajar de la camilla.
—¿Seguro que no necesitas que alguien se quede contigo?
—preguntó Hagen.
—No, estaré bien.
Dicho eso, Hagen cerró la puerta y Elara se abrazó a sí misma, dubitativa.
Jaques inspeccionó su arma con la mandíbula apretada porque era obvio que no confiaba en esa chica rubia.
—¿Hasta cuándo —musitó Elara, mirando con desdén a Hagen y Jaques— sabré quién es esa chica?
Jaques se rascó la cabeza con la boquilla de su arma y miró al rubio en busca de ayuda.
—Lo más seguro es que sepas quien es cuando ella se largue de aquí y se lo preguntes directamente a Egon—.
La respuesta de Hagen no fue la que Elara esperaba, pero se conformó.
Durante diez tediosos minutos, no supieron nada.
No se escuchaban voces, ni gritos ni nada inusual.
—Voy por café—, anunció ella, azorada.
No quería permanecer más tiempo esperando y cruzarse nuevamente con esa rubia de aspecto hostil.
La ventaja de los hospitales era que en cada piso había máquinas expendedoras de café, pero olvidó un detalle importante: No llevaba dinero consigo.
Suspiró, derrotada, pensando en volver a donde estaban los demás y seguir esperando a que la tal Viktoria se marchara, pero Hagen estaba detrás de ella, mirándola con sus fríos ojos azules que demostraban diversión.
Sin decir nada, él metió el dinero en la máquina y Elara logró conseguir su delicioso café.
Tomó asiento en una silla alejada de la habitación de Egon y Hagen le hizo compañía en silencio.
No obstante, el sonido de pasos con tacones se fue acercando el pasillo y ambos voltearon a ver hacia la dirección de donde provenía el repiqueteo.
Era la rubia mezquina y detrás de ella sus hombres escoltándola.
Elara le dio un sorbo a su café sin apartarle la mirada de encima porque Viktoria buscó la suya con descaro y se detuvo frente a ella con una ceja elevada y una sonrisa venenosa.
Hagen, por su parte, se recargó en el asiento con la cabeza hacia atrás, mirándola como si fuera algo peor que una cucaracha destripada en el suelo y se atrevió a bajar la mirada justo en sus senos prominentes.
—Este no es uno de los sitios a donde frecuentas ir, Viktoria, y hace mucho frío para que antes exhibiéndote de esa manera.
—¿Sigues ardido porque nunca pudiste meterte entre mis piernas?
—se burló la rubia, guiñándole el ojo.
Elara casi se atragantó con el café y Hagen no se inmutó ni cambió de postura, sino que esbozó una sonrisa lobuna y su mirada cambió a repugnancia.
—Meterse contigo es una señal de alerta de ETS—replicó Hagen—, medio Viena ha estado ahí dentro.
—Sobre todo Egon y créeme que lo disfrutó muchísimo—.
Alardeó, orgullosa y su mirada volvió a Elara—, pero no quiero hablar contigo, sino con esta interesante chica.
A solas.
—Has perdido la cabeza si piensas que dejaré a Elara a solas contigo—.
Hagen se enderezó en la silla—.
Egon no lo permitiría y yo tampoco.
—¿Por qué la protegen tanto?
¿Qué tiene de especial?
—quiso saber la rubia, como si Elara no estuviera ahí y la escaneó de arriba abajo como si fuera tan poca cosa.
—Es la actual pareja de Egon—le informó Hagen—.
Y más te vale mantenerte alejada de ella.
—Con mayor razón debo hablar con ella, perro faldero.
Apártate o me la llevaré afuera—.
Todo rastro de amabilidad fingida se esfumó de la rubia y su mirada grisácea parecían dos cristales a punto de fundirse en llamas.
—No sé quién seas, pero ¿acaso jamás te han enseñado a que es de pésima educación hablar de una persona como si no estuviera?
Ni siquiera te has presentado conmigo y piensas que puedes exigirme una conversación, pero estás muy equivocada si crees que puedes venir a darme órdenes.
Solo en tu casa puedes hacerlo, aquí no y menos conmigo—.
Repuso Elara, con el mismo tono mezquino que la rubia.
—Si que tienes agallas—añadió Viktoria con una ceja arqueada, más interesada que nunca en ella—, pero te conviene hablar conmigo para saber que Egon no debería tener una pareja nueva en este momento.
—Viktoria, basta—.
Vociferó Hagen.
La rubia ensanchó más su sonrisa demencial.
—Ella debe estar a tanto de esa información delicada.
—Canturreó.
—¡Cierra la maldita boca, te lo advierto!
—la amenazó con los puños apretados.
Elara, presa de la desesperación, se puso de pie, histérica.
—Habla, di lo que tengas que decir y déjate de rodeos—le exigió a la rubia.
Hagen Falk se llevó la palma de la mano a la frente, dándose cuenta de que era imposible evitar esa conversación y negó con la cabeza.
La rubia se acomodó el saco con petulancia, cuadró los hombros y estiró la mano hacia Elara y esta se la estrechó con desconfianza.
Percibía que esa chica planeaba algo oscuro, y por eso Hagen había evitado sin éxito que eso sucediera, pero ya no había marcha atrás.
Y lo que salió a continuación de los labios de esa fémina, le heló la sangre a Elara Moreau.
—Mi nombre es Viktoria Richter, esposa legítima de Egon Schreitz.
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