El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 15
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15: Capítulo quince 15: Capítulo quince Elara fue la primera en soltar su delgada y fría mano de aquella chica.
En su mente solo se repetía la misma frase “Mi nombre es Viktoria Richter, esposa legítima de Egon Schreitz”.
La farsa de ser la pareja actual de Egon Schreitz se había salido de control y ahora no miraba tan mala idea la propuesta de él de dejarla libre, porque quizá estaba a tiempo de deslindarse para siempre de esa mafia sin salir herida.
Para Viktoria Richter, era claro que la miraba como una rival y no estaba tan segura si en el ámbito romántico o territorial.
No sintió celos ni sintió nada en el corazón, pero se sintió decepcionada y humillada.
Era esa sensación rara de estar ocupando un lugar que no era suyo… pero que ya le había marcado la piel.
—No te estoy quitando nada —dijo al fin—.
Yo no sabía que existías.
Viktoria ladeó la cabeza.
—Y sin embargo, estuviste en su cama.
La frase no fue un grito.
Fue una aguja.
Elara apretó los dedos.
—Si te refieres a la cama del hospital, sí, estuve cuando nadie más estaba antes de que llegaras a arruinarlo todo con tu presencia.
Viktoria dio un paso lento hacia ella.
—Yo estaba —dijo—.
Solo que en el lugar correcto.
Elara sintió el golpe sin sangre.
—Entonces vuelve ahí —respondió—.
Yo no quiero quedarme.
Viktoria la observó largo rato, como si buscara grietas.
—¿Sabes por qué te dejó entrar?
—preguntó—.
No fue amor.
Fue estrategia.
Eso sí dolió.
—Egon siempre piensa en términos de utilidad —continuó—.
Tú fuiste su coartada perfecta y su acto de bondad para los más necesitados.
Elara recordó sus brazos rodeándola, como si estar con ella fuese algo maravilloso y cálido.
Recordó cómo la había mirado… no como a un plan, especialmente cuando supo que ella había decidido quedarse por cuenta propia a que despertara.
—Tal vez empezó así —dijo—.
Pero no creo que continue de la misma manera.
Los ojos de Viktoria se endurecieron.
—Nada termina como empieza en esta familia.
Hagen se movió incómodo detrás, pero no intervino.
—Yo no voy a pelear por él —dijo Elara—.
Si es tu esposo, quédate con él, después de todo, solo quería cerciorarme de que estuviera bien.
Viktoria sonrió sin alegría.
—No se trata de quedármelo.
Se trata de que tú entiendas algo: Si sigues cerca de Egon Schreitz… no solo te van a mirar.
Te van a cazar.
Elara tragó saliva, recordando a Emil y que esa fuera la razón para empezar la farsa romántica para salvarla.
—Ya lo están haciendo.
Viktoria se acercó lo suficiente para que solo ella la oyera.
—Entonces aprende rápido —susurró—.
O no vas a durar.
Dio media vuelta y se alejó por el pasillo, con el abrigo ondeando como una bandera de guerra.
Elara se quedó quieta, sintiendo que ese abrazo con Egon, tan tibio y real… acababa de convertirse en algo peligroso.
Y no se movió de inmediato.
Sentía las piernas pesadas, como si el pasillo se hubiera vuelto agua espesa.
Hagen dio un paso hacia ella.
—No le hagas caso —murmuró—.
Viktoria siempre habla como si el mundo le debiera algo.
Elara negó lento.
—No habló como reina… habló como advertencia.
Hagen apretó la mandíbula.
—Quiero que estés segura de algo, Elara, Egon no la quiere, jamás la ha querido y ese matrimonio no es más que un convenio que después comprenderás.
—Pero le pertenece —dijo ella sin mirarlo—.
Y eso pesa más que el cariño o cualquier convenio.
Se giró por fin hacia la puerta de la habitación que estaba más allá del pasillo.
Sabía que Egon estaba ahí, respirando, vivo, con ese pecho ancho subiendo y bajando como si nada pudiera tocarlo… y, aun así, todo podía tocarlo.
—No sé si deba volver a entrar —susurró—.
Quién sabe qué fue lo que le dijo esa rubia para darle valor a venir a enfrentarme.
Hagen la miró serio y preocupado.
—Si no entras ahora, te vas a arrepentir cuando sea tarde.
Elara cerró los ojos un segundo.
—Egon me dio la opción de poder irme a casa y olvidarme de todo esto.
—¿Estás segura de que quieres eso?
Ella se encogió de hombros, abrumada.
Recordó cómo él había estado aliviado de verla ahí al despertar, cómo había apretado su espalda como si se le fuera a escapar la vida junto con ella.
Recordó su voz rota.
Eso no era estrategia.
Abrumada, decidió volver a hablar con él y abrió la puerta.
La habitación estaba en penumbra, como si Viktoria lo hubiera dejado así a propósito para que conciliara el sueño nuevamente.
El suero colgaba como una estrella pálida y Egon estaba recostado, con el torso vendado por debajo de la bata de hospital y el ceño fruncido incluso dormido, como si ni el sueño pudiera domarlo.
Elara avanzó despacio.
Cada paso era una traición a lo que acababa de prometer afuera.
Se sentó junto a él.
—No sé en qué lío me metiste, Schreitz —murmuró—.
Pero ya no sé salir sin dejar pedazos.
Le rozó los nudillos con cuidado.
Él se movió apenas.
—Elara… —su voz fue un hilo.
Ella se inclinó de inmediato.
—Estoy aquí.
Sus ojos se abrieron despacio, pesados, buscándola como si el mundo solo tuviera un punto fijo.
—Pensé que te habías ido después de que… Elara le colocó un dedo sobre sus labios para que no siguiera hablando y mucho menos de Viktoria.
—Casi.
Él apretó su mano.
—No te vayas.
Y en ese instante, Elara entendió que no era Viktoria, ni la mafia, lo que más miedo le daba… Era quedarse lo suficiente como para no poder huir.
—Quiero que me respondas una sola cosa, Egon—, se sentó sobre la camilla, cuidando de no aplastarlo.
Él buscó su mano y al agarrarla, se la llevó sobre el pecho.
—Dime.
—¿Sientes algo por Viktoria Richter, tu esposa?
Él no respondió de inmediato.
Elara sintió el latido bajo sus dedos: lento, pesado, vivo.
No era el corazón de un monstruo, era el de un hombre que ya había sangrado por ella.
Egon apretó su mano un poco más contra su pecho.
—Viktoria no es mi esposa por amor —dijo al fin, con voz ronca—.
Es una firma.
Un trato.
Una jaula bonita.
Elara no retiró la mano.
—Eso no responde lo que te pregunté.
Él alzó la mirada hacia el techo, como si ahí estuviera escrita la respuesta.
—Sentí algo… hace años.
Antes de saber lo que era el deber.
Antes de entender que en mi mundo querer es una debilidad que te arrancan a golpes.
Volvió a mirarla.
—Pero eso murió.
Elara tragó saliva.
—¿Y ahora?
Egon se incorporó apenas, ignorando el dolor que le cruzó el rostro.
Se acercó lo suficiente para que ella sintiera su aliento tibio.
—Ahora siento miedo —confesó—.
Porque por primera vez no quiero usar a alguien… quiero protegerlo.
Y eso me vuelve torpe.
Ella cerró los ojos un instante.
—No me hables en acertijos.
Egon apoyó la frente en la de ella.
—No amo a Viktoria.
La tengo respeto como cuando se respeta a un enemigo que todavía no te ataca.
A ti… —su voz se quebró apenas— a ti te pienso cuando sangro.
Elara abrió los ojos, atrapada.
—Eso no es una respuesta segura, Egon.
Él sonrió sin humor.
—Nada conmigo lo es.
Pero si tengo que elegir una verdad: Viktoria es mi pasado impuesto.
Tú… eres el error que no quiero corregir.
Ella le sostuvo la mirada, sorprendida por lo que acababa de decir.
—¿A qué te refieres?
Los ojos grises de Egon Schreitz la miraron con… devoción.
—Quédate conmigo y sé mi pareja real, Elara.
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